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—¡En qué habitación nos ha metido! —exclamó Milo cuando bajábamos en el ascensor—. Me pregunto si Gorobich y Ramos fueron dignos de entrar en su despacho particular.
—Tal vez tratara de establecer alguna distancia entre el crimen y su trabajo.
—La distancia es una cuestión importante para él, ¿no es cierto?
—¿Puedes censurárselo? —dije—. Perder a un hijo es bastante grave sin atribuirlo a la carrera por uno escogida. Estoy seguro de que él consideró inmediatamente la vertiente política, desde el principio. Es probable que lo hiciera todo el consulado y decidieron que no era un factor que hubiera que considerar. Como observaste, si creyeran que lo es, llevarían el caso ellos mismos. Lo que dijo Carmeli acerca de que el terrorismo trata de despertar la atención respalda esta teoría. Y lo mismo sucede con el contraterrorismo: se trata de enviar un mensaje. Alguien va tras vuestros hijos y golpea con dureza y rapidez, con lo cual logra bastante publicidad para facilitar una firme disuasión. Y algo más: el comportamiento de Carmeli no era el propio de quien ha alcanzado la menor conclusión. Está hiriente, Milo, hambriento de respuestas.
El hombre frunció el entrecejo.
—Y nosotros no le hemos dado ninguna. Tal vez sea esa otra razón por la que no le agrada el departamento.
—¿Qué quieres decir?
—Su indirecta acerca de que ya había trabajado con nosotros. Probablemente se molestó con alguien cuando organizaba el desfile o en alguna ocasión. Si seguimos con las analogías del béisbol, he comenzado con dos tantos en contra.
Entregó otra propina al encargado del parking, dio marcha atrás y tomamos la rampa de salida. El tráfico era denso en Wilshire y tuvo que aguardar para girar a la izquierda.
—En cuanto a esa habitación —prosiguió—, ¿te fijaste cómo absorbía el humo por el techo? Tal vez él no sea James Bond, pero me dominan mis fantasías del Mossad y me invaden imágenes intermitentes de túneles secretos por allí instalados y toda esa basura del espionaje.
—Licencia para suministrar comida —dije.
—Y el viejo cínico que hay en mí cree que protestaba demasiado. ¿Qué otra impresión te ha producido?
—Solo la que te he dicho: que estaba sumido en dolor.
—¿No has notado nada extraño?
—No, ¿por qué?
Se encogió de hombros.
—Puedo comprender su deseo de mantener la distancia entre el crimen y su trabajo, ¿pero no crees que podía haber sido algo más amable? Como ofrecerse para entregarnos los anónimos amenazadores del consulado… Aunque no lo censuro por ello. Desde su punto de vista, somos unos payasos que hemos ocupado ilegalmente sus posiciones.
En aquel momento tomó la curva.
—Cambiemos de tema —intervine—. ¿Qué me dices del audífono? Sigo pensando que lo dejaron allí deliberadamente. Tal vez el asesino nos diga de ese modo que la escogió precisamente a ella por ese motivo.
—¿Decirnos? ¿Se trata de un jugador?
—Tiene una calidad similar al juego, Milo. Un juego maligno. Y lo que Carmeli nos dijo acerca de que Irit desconectaba el aparato para retirarse a su propio mundo la convertiría en un objetivo perfecto. Para los niños, sus mundos privados suelen significar un evidente autoestímulo: fantasean, hablan consigo mismos, realizan movimientos corpóreos extraños. Quizá el asesino la observó y advirtió todo eso: primero el audífono, luego cómo deambulaba alejándose de los demás y que se comportaba con aparente preocupación, absorta en su fantasía. La sacó de su guión y la introdujo en el suyo propio.
—Deambulaba —repitió Milo—. De modo que estamos hablando de auténtica mala suerte.
—Una mezcla de mala suerte y de las características de la víctima.
Al cabo de unos momentos me chocó algo más.
—Existe otra posibilidad totalmente distinta —dije—. Que fuese alguien que la conociera, que supiera que cuando llevaba el aparato lo apagaba y que sería fácil hacerse con ella furtivamente.
Milo condujo con lentitud, apretando las mandíbulas y entornando los ojos no solo por causa del sol. Cruzamos tres manzanas sin que hiciera comentario alguno.
—De modo que, pese a lo que diga Carmeli, volvemos a la lista de antiguos conocidos, los profesores, el chófer del autocar y los vecinos —dijo finalmente—. He visto a demasiadas muchachas tratadas brutalmente por supuestos amigos y conocidos. Como el saludable muchacho de la manzana contigua que hasta entonces solo había descuartizado gatos y perros cuando nadie lo veía.
—¿Por eso preguntaste por posibles matones en el vecindario?
—Pregunté porque en ese punto no sé qué más preguntar. Pero sí, se me ocurrió la idea de que alguien podía haberle tenido manía: era retrasada, sorda, judía e israelí. ¿Qué opinas?
—¿Dices que alguien le tenía ojeriza pero cuidó de no violar su cuerpo?
—Es un tipo retorcido. Tú eres el siquiatra.
Tenía la voz ronca de irritación.
—Los archivos del modus operandi que me facilitaste solo la clasificaban como víctima característica por edad y sexo —le respondí—. Si pudieras hacerte con toda la información, yo examinaría los asesinatos de sordos y de gente con minusvalías en general.
—¿Qué tipo de minusvalías, Alex? Muchos de nuestros criminales y sus víctimas no ganarían ninguna valoración de cociente intelectual. ¿Acaso es minusválido un drogadicto empedernido con sobredosis que cae en estado de coma?
—¿Qué tal sordos, ciegos, tullidos? Retrasos documentados, si no son demasiado abultados. Víctimas menores de dieciocho años y estranguladas.
Milo aceleró.
—En teoría, esa clase de información puede obtenerse si contamos con suficiente tiempo, buenas suelas de zapatos y agentes de otras jurisdicciones que cooperen, con memoria respetable y que mantengan archivos decentes. Esto corresponde al condado de Los Ángeles. Si el asesino es nuevo en la región e hizo lo mismo a tres mil kilómetros de distancia, las posibilidades disminuyen. Y por la carta de Gorman, nos consta que los ordenadores del FBI no informaron acerca del crimen, lo que significa que no hay coincidencias VICAP, del Programa de Capturas de Delincuentes Violentos. Y aunque lográsemos encontrar otro caso, estaría sin resolver. Y si el canalla barrió la zona tan escrupulosamente, no llegaremos mucho más lejos desde el punto de vista forense.
—El pesimismo no es bueno para el alma —le dije.
—Vendí la mía hace años.
—¿A quién?
—A la puta diosa del éxito, que se largó de la ciudad sin saldar su deuda.
Agitó la cabeza y se echó a reír.
—¿Cómo?
—El muchacho consigue sus estadísticas directamente de las oficinas del alcalde. ¿Ves alguna proyección en la carrera resultante de este origen?
—Tal como lo expones, no —dije.
Se rio aún con más fuerza.
—Tu honradez es digna de encomio, doctor.
Se detuvo en un semáforo en rojo en Robertson y se tocó la oreja.
—Su pequeño mundo interior —dijo—. ¡Pobre niña!
Y al cabo de unos momentos añadió:
—Al menos, no oyó nada malo.
Aquella noche no dormí demasiado. Robin me oyó dar vueltas en la cama y me preguntó qué me pasaba.
—Demasiada cafeína —le respondí.