29

Ya había tenido suficiente.

Lo único que no había conseguido examinar era Ciencia retorcida, la crítica de Fuga de cerebros, y aunque no podía imaginar qué podía añadir, lo pedí prestado y me lo llevé a casa.

Había recibido un mensaje. Correspondía al teléfono de casa de Milo, pero me llamaba el doctor Richard Silverman.

Rick y Milo vivían juntos desde hacía años, pero él y yo habíamos hablado muy pocas veces. Él era más propenso a escuchar que a hablar. Reservado, meticuloso, en forma, siempre bien vestido, constituía un sorprendente contraste con la deteriorada estética de Milo, y algunos los veían a ambos como una extraña pareja. Yo sabía que ambos eran considerados, impulsivos, muy autocríticos, que habían sufrido profundamente por su condición de homosexuales y que se habían tomado largo tiempo para encontrar su lugar, tanto de manera individual como a nivel de pareja. Ambos se sumergían en trabajos cruentos —Rick dedicaba cien horas semanales a ejercer como médico decano de urgencias en el Cedars-Sinai—, y cuando estaban juntos solían pasar mucho tiempo en silencio.

—Gracias, Alex. ¿Cómo va todo? —me dijo.

—Estupendamente. ¿Y a ti, cómo te va?

—Bien, bien. Escucha, solo deseaba preguntarte qué hace Helena Dahl… Nada confidencial, solo saber si se encuentra bien.

—Últimamente no la he visto, Rick.

—Comprendo.

—¿Algo va mal?

—Verás —dijo—, ayer se marchó del hospital sin dar explicaciones. Supongo que lo que le sucedió a ella hubiera alterado a cualquiera.

—Es duro —repuse.

—Yo tuve ocasión de conocer a su hermano. No a través de ella. Vino aquí por un tiroteo, no mencionó que fuera su hermana y yo no presté atención a la placa con su nombre. Pero alguien me lo hizo saber después.

—¿Helena no estaba de servicio?

—Aquella noche precisamente, no.

—¿Había algo especial en él?

—En realidad, no. Era un tipo grande, joven, muy tranquilo, podía haber salido de un cartel de reclutamiento de la policía de Los Ángeles. De la época en que era el tipo que reclutaban. Me sorprendió el hecho de que no se molestara en preguntar por Helena, pensé que tal vez sabía que ella no estaba. Pero cuando le dije a ella que él había estado aquí, pareció asombrarse. De todos modos, no deseo entrometerme. Ándate con cuidado. Y si la ves, salúdala de mi parte.

—Lo haré.

Se echó a reír.

—Saluda también a Milo. Probablemente estos días lo ves más tú que yo. Este caso de los niños retrasados lo está inquietando realmente. No es que haya mencionado nada acerca de ello, pero se pasa las noches dando vueltas en la cama.

Eran las dos y media. No había encontrado nada sobre los crímenes DVLL. Robin había salido aquella tarde, la casa era demasiado grande y el día parecía vacío.

Había apartado a Helena y a Nolan de mis pensamientos pero la llamada de Rick me hizo volver a pensar en ellos.

¿Qué había impulsado a Helena a una ruptura tan drástica?

¿Las fotos familiares de Nolan descubiertas en el garaje? ¿Tan fuertes eran los recuerdos de su infancia?

Ella era fuerte y constante en su trabajo, pero en su vida privada se encontraba aislada.

¿Sería más parecida al hermano de lo que había creído?

¿Acaso la autodestrucción de Nolan la había hecho preguntarse dónde acabaría ella? ¿En los senderos que no había tomado?

La depresión se difundía en las familias. ¿Se me habría pasado algo por alto?

La llamé a su casa. El teléfono estuvo sonando durante un rato y los peores pensamientos cruzaron por mi mente.

Pensé en la aparición de Nolan en urgencias sin preguntar por ella.

Incluso cuando éramos pequeños seguíamos caminos separados. Nos ignorábamos mutuamente. ¿Es eso normal?

Esta clase de distancia podría considerarse como cortesía cuando los ritmos vitales son superficiales. Pero cuando las cosas van mal, pueden conducir a la peor especie de culpabilidad.

Sus padres habían fallecido y se había visto abandonada por su marido cuando él se trasladó a Carolina del Norte.

Iba a trabajar a urgencias todos los días y realizaba heroicidades. Regresaba a casa para…

¿Se habría estropeado finalmente el resistente motor?

Puesto que no tenía nada que hacer, decidí ir a su casa.

Tal vez la encontrara con albornoz en el sofá, mirando culebrones y atiborrándose de comidas preparadas. Quizá se enojara ante la intrusión y yo me sintiera como un estúpido.

Podría resistirlo.

Tardé cuarenta y cinco minutos en llegar al extremo oeste del Valley y otros diez en encontrar su dirección en Woodland Hills.

La casa consistía en una pequeña estructura ocre sin ningún estilo en particular situada en una calurosa y amplia calle lateral bordeada por antiguos árboles de flores rojas en plena floración. Las aceras estaban sucias de hojas y de pegajosos residuos de los árboles y los arrendajos de California se sumergían entre las ramas. El sol se filtraba entre la neblina, y aunque no podía oír la autovía, me llegaba su olor.

El césped delantero estaba seco y necesitaba ser segado. Grandes e informes arbustos de margaritas se apretujaban contra el porche delantero. No se veía su Mustang en el paseo, y la puerta del garaje estaba cerrada. El buzón se hallaba vacío y mi timbrazo y mi golpe en la puerta quedaron sin respuesta.

Había dos coches en el camino de la casa contigua, una minifurgoneta blanca y un Acura también blanco.

Me dirigí allí. La placa de cerámica que estaba bajo el timbre decía «MILLER» bajo un crucifijo y parecía de fabricación casera. Un aparato de aire acondicionado en la ventana interpretaba un vals.

Llamé y advertí cómo se movía la placa de latón de la mirilla.

—¿Quién es?

Era una voz masculina.

—Soy el doctor Alex Delaware, amigo de su vecina Helena Dahl. Hace tiempo que no la vemos y estamos algo preocupados.

—Hum… Aguarde un segundo.

La puerta se abrió y un aire frío me acertó en el rostro. Una pareja que rondaban la treintena me miraban. Él era alto, moreno, con barba y la nariz quemada por el sol. Llevaba una camisa hawaiana rosa, pantalones tejanos cortos e iba descalzo. En la mano sujetaba una lata helada de Sprite.

La mujer que lo acompañaba era esbelta, de anchos hombros, aspecto agradable y cabellos revueltos de color mantequilla y lucía dos míos en lo alto. Llevaba una camiseta de color azul eléctrico embutida en unos pantalones cortos negros y las uñas largas y pintadas de un tono blanco nacarado.

—¿A quién le preocupa Helena? —inquirió él.

—A sus amigos, sus compañeros de trabajo en Cedars.

No hubo respuesta.

—Dejó su trabajo sin dar ninguna explicación —añadí—. ¿Se ha marchado de la ciudad?

El hombre asintió de mala gana y permaneció en silencio. Tras él se veía un salón decorosamente amueblado y una sesión de venta televisiva en una gran pantalla que ofrecía un collar de perlas con pendientes a juego por tan solo doscientos treinta y cuatro dólares.

—Solo deseábamos saber cómo le va —dije—. ¿Están enterados de lo de su hermano?

El hombre asintió de nuevo.

—Él nunca vino a su casa, por lo menos desde que nosotros vivimos aquí, hace dos años.

—Pero ambos se habían criado en este lugar —intervino la mujer—. Era la casa de sus padres.

Se expresaba con acento sureño.

—Helena dijo que era agente de policía. ¡Qué extraño lo que hizo!

—¿Tienen alguna idea de dónde está ella?

—Dijo que se iba de vacaciones —repuso el hombre.

Tomó un trago de la lata y se la ofreció a su mujer, que la rechazó negando con la cabeza.

—¿Mencionó adónde iba?

—No —repuso él.

—¿Cuándo se fue?

—¿Cómo ha dicho que se llamaba?

Se lo repetí, le tendí mi tarjeta de visita y le mostré mi insignia de asesor de la policía.

—¿También es usted policía?

—A veces trabajo con ellos, pero no tiene que ver con el agente Dahl.

El hombre pareció relajarse.

—Mi tipo de trabajo también se relaciona en parte con las funciones policiales. Enseño tráfico escolar, acabo de abrir mi propio negocio… ¿Está seguro de que esto no tiene nada que ver con él? ¿Investigar su muerte por cuenta del seguro o algo parecido?

—En absoluto —dije—. Solo me preocupaba por Helena.

—Bien, ella acaba de irse para descansar un poco. Por lo menos eso fue lo que dijo y no se la puede censurar.

Negué con la cabeza.

—¡Pobre mujer! —dijo la esposa.

Su marido me tendió la mano.

—Soy Greg Miller y ella es Kathy.

—Encantado de conocerlos.

—Se marchó ayer —prosiguió el hombre—. Disculpe nuestro recelo pero con todo lo que ocurre actualmente, todas las precauciones son pocas. Tratamos de formar una asociación de vecinos con el fin de cuidar unos de otros. Helena nos pidió que vigiláramos su casa mientras estuviera ausente.

—¿Tienen problemas delictivos en el vecindario? —le pregunté.

—Esto no es Watts, pero resulta peor de lo que podría imaginar. Aquí viven los chicos más estúpidos que existen, y ahora han inducido a pensar a los muchachos blancos que también son cabecillas de bandas. La semana pasada hubo una fiesta sobre Granada Hills. Aparecieron las bandas, y al ver que no los dejamos entrar, organizaron carreras de coches. A veces trabajo por las noches, por lo que estoy enseñando a Kathy a disparar y lo hace bastante bien. Probablemente también tendremos un perro de ataque.

—Parecen problemas graves.

—Bastante graves para mí —repuso el hombre—. Yo creo en la prevención. Hasta hace muy poco, aquí solo había chicos que conducían a altas horas de la noche con los estéreos a todo volumen, acelerando, gritando y arrojando botellas. Pero durante los últimos meses ha habido robos, por la noche e incluso durante el día, mientras la gente está trabajando.

Cruzaron otra mirada entre ellos. La mujer hizo una señal de asentimiento.

—Precisamente, la última víctima de los robos ha sido Helena. Hace solo dos días. Con lo que le sucedió a su hermano y ahora esto, ¿quién puede censurarle que se tomara unos días de respiro? Probablemente el robo haya sido la gota que colma el vaso.

—¿Hace dos días?

—De noche era cuando ella vivía. Salió a comprar y al regresar se encontró que le habían abierto la puerta trasera con una palanca. Kathy y yo habíamos salido, por fortuna no nos tocó a nosotros. Se le llevaron el televisor, el estéreo y algunas joyas, según dijo. Al día siguiente había hecho su equipaje y nos pedía que vigiláramos la casa. Dijo que ya estaba harta de Los Ángeles.

—¿Llamó a la policía?

—No, dijo que también estaba harta de la policía. Supuse que se refería a lo de su hermano y no quise presionarla. Aunque pensé que nosotros debíamos llamarlos, por la seguridad del vecindario. Pero ella estaba muy estresada.

—Entre todos, ha tenido que pasarle precisamente a ella —comentó Kathy—. Para empezar, estaba muy deprimida, y es una persona encantadora. Solía mostrarse muy reservada pero siempre ha sido muy agradable.

—¿Tienen alguna idea de adónde puede haber ido? —pregunté.

—Ninguna —respondió Kathy—. Solo dijo que necesitaba descansar y nosotros no quisimos ser entrometidos. Llevaba un par de maletas en el maletero del coche, pero ni siquiera sé si se marchaba de viaje o si se dirigía al aeropuerto. Le pregunté cuánto tiempo permanecería ausente y respondió que no estaba segura, que nos llamaría para decirnos si tardaría mucho en regresar. ¿Quiere que le diga que ha pasado usted por aquí si ella nos llama?

—Sí, por favor —respondí—. Y les deseo buena suerte con su asociación de vecinos.

—La suerte se la hace uno —repuso Greg—. Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos.

Regresé a la ciudad por la autovía entre el denso tráfico y mi mal humor. Mientras me hallaba detenido en un embotellamiento al norte de la salida de Sunset, pensé en el destino de la familia Dahl.

Tanto la casa de Nolan como la de Helena habían sido allanadas.

El promedio de robos de Los Ángeles había ascendido vertiginosamente, pero yo nunca había sido partidario de admitir las coincidencias, y aquella situación me ponía nervioso.

¿Alguien les estaba pisando los talones?

¿Buscaban algo? ¿Tal vez información sobre la muerte de Nolan?

¿Algo que poseyera Helena?

Lo único que ella había cogido el día que la acompañé a casa de Nolan eran los álbumes de fotos familiares, pero tal vez había regresado, había rebuscado entre aquel caos y había descubierto algo más.

¿Algo que la hubiera trastornado de tal modo que hubiera decidido anular su terapia, dejar su trabajo y abandonar la ciudad?

¿O tal vez aquella era la gota que colmaba el vaso?

El tráfico se puso de nuevo en marcha y luego se detuvo.

Sonaron las bocinas, se hicieron señales groseras, se oyeron insultos.

Los motores, tanto humanos como mecánicos, se hallaban recalentados.

Aquello era la civilización.