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EL OBSERVADOR
El psicólogo.
Su presencia complicaba la situación. ¿Debía ocuparse de él o de Sturgis?
Sturgis era el profesional pero, hasta el momento, lo único que el corpulento policía había hecho era permanecer en su despacho durante todo el día.
Probablemente, ocupado con el teléfono.
Algo previsible.
El psicólogo era algo más aventurero. Había hecho dos salidas.
Tal vez eso podría ser utilizado de modo ventajoso.
La primera visita la había realizado al dúplex de Sycamore para reunirse con la rubia de aspecto agradable pero expresión tensa.
Su tensión le había hecho imaginar que debía de tratarse de una paciente con la que realizaba alguna clase de terapia callejera.
Aunque, sin embargo, existía otra posibilidad: una novia. El tipo le ponía los cuernos a la mujer de cabello castaño rojizo con la que vivía; una belleza que practicaba cierta clase de escultura. La había visto transportando bloques de madera desde su camión hasta la parte posterior de la casa.
Observó cómo charlaban el psicólogo y la mujer de aspecto desdichado y cómo entraban después en el dúplex. ¿Mantenía relaciones con la una y la engañaba con la otra?
La rubia era esbelta y bonita, pero no tenía nada que ver con la escultora. Y las dos veces que había visto a esta última con el psicólogo parecían tenerse verdadero afecto: se tocaban mucho y con entusiasmo.
Pero la lógica tenía poco que ver con el comportamiento humano.
Casos terribles lo habían aleccionado sobre el elemento autodestructivo que recorre el alma humana como una corriente contaminada.
Permanecieron en el interior durante veinte minutos y luego se dirigieron al garaje. El psicólogo no parecía estar relacionado con ella de un modo romántico pero tal vez pasaran por una situación tormentosa.
No, no se apreciaba hostilidad entre ellos. Ella hablaba y él la escuchaba como si le importase mucho lo que decía.
Atento, pero manteniendo las distancias.
¿Distancias profesionales?
De modo que, probablemente, ella era una paciente.
O una hermana. Definitivamente, no parecía una relación romántica.
Anotó la matrícula del Mustang de la rubia, aguardó hasta que los dos se hubieron perdido de vista en el coche y luego se acercó lentamente a la parte posterior del dúplex con su uniforme de electricista y pasó por la puerta trasera, reventando un sencillo cerrojo.
En breve fue evidente para él por qué la mujer parecía tan triste.
Habían robado en el apartamento.
Fisgoneó entre las basuras y encontró facturas de suministros públicos a nombre de Nolan Dahl que coincidían con aquella dirección. Aquella noche, más tarde, tras cenar un bocadillo frío y una botella de agua y rezar algunas oraciones con escasa convicción, conectó su ordenador, se infiltró en el archivo de la Jefatura de Tráfico y buscó la matrícula de la mujer.
Se llamaba Helena Allison Dahl, tenía treinta años, cabellos rubios, ojos azules y residía en Woodland Hills.
¿Sería la exesposa del tal Nolan al que habían robado?
Y, si así era, ¿dónde se encontraba Nolan?
¿O tal vez el tipo era un marido airado que había arruinado su casa para vengarse de su esposa?
Y ella habría recurrido al terapeuta para hacer algo similar.
Algo parecía probable: no tenía nada que ver con el asesinato.
Lo cual tenía sentido. Sturgis estaría totalmente concentrado en Irit, pero el psicólogo llevaría otra vida muy distinta. Para él, Irit solo sería un caso más.
Conclusión provisional: la salida número uno no tenía nada que ver con sus propias preocupaciones.
Como tampoco la número dos, según podía conjeturar hasta el momento.
En el centro de la ciudad, entre el abundante tráfico, durante todo el trayecto, había sido difícil seguir al Cadillac verde del psicólogo a una distancia prudencial. Otro desafío fue encontrar aparcamiento para la furgoneta cerca del lugar que el hombre había escogido sin perderlo de vista ni un solo momento.
Sin embargo, entrar en el edificio de piedra caliza fue muy sencillo.
No había vigilancia y el uniforme de electricista le confería un aire familiar.
Así como la furgoneta.
Uniformes y furgonetas. Había pasado gran parte de su vida con ellos.
Su principal accesorio para el edificio era una linda caja de instrumentos cuyo contenido podía ser más útil que para tal fin. La llevaba con su mano útil y metía la otra en el bolsillo porque consideraba innecesario llamar la atención.
Llegó al vestíbulo cuando el psicólogo entraba en el ascensor y observó cómo subía al último piso.
Al cabo de unos momentos, él también se encontraba arriba, examinando las placas de las puertas, tratando de imaginar adónde habría ido aquel individuo.
Bufetes de abogados, contables, banqueros inversionistas y un doctor en filosofía.
¿Otro psicólogo? En el letrero se leía ASESOR.
Roone M. Lehmann, doctor en filosofía.
Un asesor que visitaba a otro.
A menos que el psicólogo fuera un importante inversor y hubiera acudido a comprobar el estado de sus acciones.
Aquello era improbable. El tipo vivía confortablemente pero no entre despilfarro. El asesor Lehmann estaba mejor situado.
Anotó el nombre para comprobarlo en Tráfico, se escondió tras una esquina, desde donde veía perfectamente la puerta de Lehmann, sacó su metro eléctrico y desenroscó una bombilla situada en lo alto. Si se abría alguna de las puertas con paneles de madera, daría la impresión de que estaba repasando una lámpara y no llamaría la atención.
No sucedió nada hasta casi media hora después, cuando el psicólogo salió al vestíbulo.
Procedía del despacho de Lehmann. Este era un tipo grande, fofo, de cabellos blancos y espesas cejas que observó la marcha de Delaware con mirada poco amistosa. Permaneció allí, con aire inquieto, hasta que Delaware entró en el ascensor.
Delaware parecía rodearse de gente descontenta.
¿Riesgo profesional?
Finalmente, Lehmann se metió en su despacho.
La reunión había durado veintiocho minutos.
¿Una breve consulta acerca de algo importante para él?
Volvió a colocar la lámpara en su sitio y guardó el metro en la caja. Debajo de la bandeja superior de las herramientas había una automática de nueve milímetros, aparte de la que tenía en el coche, un modelo idéntico, totalmente cargada y envuelta en fieltro negro. Con todas las herramientas que transportaba, sería una pesadilla para un detector de metales.
Y pocos edificios los tenían.
Ni siquiera los edificios gubernamentales.
La semana anterior, un empleado de la fábrica de reparaciones electrónicas de la ciudad había acudido al trabajo con una ametralladora y había barrido a seis compañeros de trabajo.
Era una ciudad donde había muchísima violencia, pero la gente seguía simulando lo contrario.
Crimen y negación.
Él lo comprendía.
De regreso a su casa, consultó el ordenador, rodeado de silencio.
En la Jefatura de Tráfico figuraba un tal Roone M. Lehmann, doctor en filosofía, de cincuenta y seis años, metro ochenta y cuatro y ciento cuatro kilos, residente en Santa Mónica.
El mapa guía situaba la dirección en uno de los cañones que conducían a la autopista de la costa del Pacífico.
No muy lejos de Irit.
Otra pequeña coincidencia de la vida.
Eran las ocho de la tarde, tiempo de cambiar de objetivo.
Telefoneó a la comisaría de West Los Ángeles y preguntó por Sturgis. Al cabo de unos momentos, el fornido policía respondía a la llamada. Colgó el aparato.
De modo que el tipo seguía en su puesto.
Era un funcionario entregado.
¿Insistía con el psicólogo? Probablemente sería inútil, pero puesto que desde lo sucedido con la muchacha en el patio de recreo no había sucedido nada interesante, tenía que mantenerse ocupado.
Mantenerse ocupado era su misión, así como su naturaleza. Y le ayudaba a superar la soledad.
Fue hasta Beverly Glen y aparcó en un camino bajo la carretera desde el estrecho sendero que formaba curva hacia la limpia y moderna casa blanca del psicólogo y la escultora.
El azar quiso que al cabo de dieciocho minutos el Cadillac verde asomara por la cañada y pasara velozmente junto a él.
Distinguió confusamente dos rostros atractivos y sonrientes.
Diez minutos después se encontraba en la puerta principal, pulsando el timbre con su mano buena enguantada.
Desde el interior se oyó ladrar a un perro, al parecer pequeño, a juzgar por el sonido. Los perros podían ser peligrosos, pero le gustaban.
En otro tiempo había tenido un perro al que quería, un simpático perrillo de aguas con una mancha negra sobre un ojo. Su antiguo dueño maltrataba al animal, y él lo mató delante del perro. El animal se recuperó, aunque nunca fue totalmente confiado. Tres años después, un tumor de vejiga acabó con él.
Una pérdida más… Examinó el cerrojo de la puerta. Era un buen cerrojo de una marca de prestigio aunque muy corriente y tenía llaves maestras para él.
La octava llave con la que probó funcionó y pudo entrar en la casa.
También el interior era agradable. Techos altos y ventilados, paredes blancas, algunas piezas de arte, buen mobiliario y alfombras persas que parecían de calidad.
Sonó un agudo timbre de alarma mientras el perro se precipitaba hacia él.
Era pequeño y lindo. Abigarrado, con unas orejas ridículas y una cara lisa que no podía ser tomada en serio. Era una especie de bulldog en miniatura. El animal arremetió contra sus pantalones, gruñendo, aullando y soltando saliva. Lo cogió con destreza, era más pesado de lo que parecía, necesitó las dos manos para mantenerlo a distancia mientras él se debatía. Lo metió en un cuarto de baño y, allí encerrado, el animal golpeteó la puerta una y otra vez.
La alarma seguía sonando.
El teclado junto a la puerta destellaba en rojo.
Probablemente antes de un minuto sonaría la alarma pero allí no había por qué preocuparse. La respuesta policial en Los Ángeles era lenta, a veces inexistente, y en una zona remota como aquella, sin vecinos próximos que se quejaran, no resultaba inquietante.
La situación había llegado a un punto en que solo la sangre ponía en movimiento a la policía y, aun así, con escaso entusiasmo.
Paseó por la casa rápida pero tranquilamente, en busca de un objetivo, ignorando el ruido y oliendo a cera con perfume de limón.
Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que escoger al psicólogo era lo mejor. Tanto si el tipo podía o no reportar alguna ventaja directa, tenía acceso a Sturgis y por lo tanto era un conducto.
Mataba dos pájaros de un tiro.
En aquellos momentos la alarma sonaba con fuerza, pero no le molestaba.
La empresa de seguridad no tardaría en telefonear, y si nadie respondía, avisarían a la policía.
En aquel caso, a la comisaría de West Los Ángeles, pero Sturgis, encerrado en su despacho, no se enteraría de nada. Algún agente uniformado atendería la llamada y anotaría los detalles. Y finalmente, quizá alguien se acercara hasta allí.
Crimen y negación… De todos modos, lo que él tenía que hacer no se demoraría mucho.
No carecía de culpabilidad: el allanamiento de morada no formaba parte de su modus operandi. Pero lo primero era lo primero.
Cuando hubo terminado, sacó al perro del baño.