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Zena estaba en la librería cuando llamé para confirmar nuestra cita.

—Te agradezco que hayas llamado, Andrew. Es muy galante por tu parte.

—Solo deseaba asegurarme de que no estabas demasiado agotada por la fiesta.

—¿Yo? Nunca. Al contrario, estoy rebosante de energías. Prepararé la cena: pasta con almejas, ensalada César y macedonia.

—La mujercita también sabe cocinar.

—¡Oh, naturalmente! —Se echó a reír—. Hiervo a fuego lento y a veces me desbordo. Te dejaré una llave en una jardinera vacía, junto a la puerta.

A las nueve y media me puse un uniforme de Andrew: camisa gris, pantalones holgados también grises, la misma chaqueta deportiva de tweed y la misma colonia.

Era una noche sin estrellas, con un cielo de pizarra lavada y el aire olía a papel mojado con humedad en los bordes.

Me metí en La Brea hasta Sunset. El bulevar estaba pletórico de fibras de poliuretano y cuero, espejismos pasajeros a modo de esperanza. El este del oeste había cambiado: oscuros edificios rodeados por esquinas cubiertas de sombra, todo lúgubre, mugriento, demasiado tranquilo.

Circulaba automáticamente, con lentitud, como si cabalgara por un sendero, llegué a Lyric poco después de las diez y escalé la serpenteante carretera ahora libre de coches.

Rondo Vista se encontraba mortalmente silencioso. El garaje de Zena estaba cerrado y se veía un coche aparcado ante su casa, un T-bird cincuenta y ocho rosa con el techo blanco, descolorido y lleno de arañazos.

Debía de ser de Zena.

Se distinguía la misma tenue luz desde su ventana. ¿Estaría preparando el ambiente?

Aparqué y me dirigí hacia la puerta. El camino cubierto estaba a oscuras, las plantas muertas se estremecían con la brisa nocturna. Experimenté una inexplicable punzada de ansiedad ante una primera cita y tanteé hasta encontrar la llave. La maceta estaba encima de un montón de tierra y abono muy secos.

Desde el interior llegaba el sonido de una canción.

Guitarras eléctricas que alguien tañía lentamente.

Una música hermosa y ensoñadora.

Sleepwalk, de Santo y Johnny.

Zena preparaba el ambiente. Recordé la canción de mi infancia. Ella no había nacido cuando triunfó en la lista de éxitos.

Abrí la puerta esperando encontrarla abajo, en el dormitorio, junto a sus animalitos de peluche.

Pero estaba allí mismo, en el salón, iluminada por una sola lámpara de pie con una tenue bombilla azul.

Muy teatral.

Desnuda en el sofá.

Estaba reclinada con un brazo extendido en lo alto, al igual que La maja desnuda. Abría los ojos con ansiedad, su cuerpo menudo, blando, perfectamente formado, aparecía nacarado a la luz metálica. Sus pezones sonrosados y erectos, eran de tamaño exagerado para sus pequeños y blancos senos, el negro cabello permanecía estático. Tenía las piernas extendidas lo suficiente para revelar brevemente el vello público teñido de rubio, entre cuya suave pelusa asomaba una sonrosada protuberancia. El otro brazo reposaba en su plano y terso vientre.

Percibí olor a salsa de almejas pero las luces de la cocina estaban apagadas.

No habría preliminares. ¿Cómo podía salir de aquel…?

—¡Hola! —la saludé.

Ella no habló ni tampoco se movió.

Me acerqué más. Estaba a pocos centímetros de distancia cuando distinguí la ligadura que tenía en el cuello. Era un alambre de cobre hundido con tanta fuerza en el esbelto cuello que me había resultado invisible hasta el momento.

Sus grandes y azules ojos estaban desorbitados. No resultaban seductores. Reflejaban la sorpresa definitiva.

Me volví dispuesto a correr, pero me asieron por los codos desde atrás.

Un rodillazo en la zona lumbar me difundió una oleada de dolor por la columna vertebral y las piernas se me doblaron.

Luego sentí que unas manos me rodeaban el cuello y experimenté un nuevo dolor, diferente… Una definición totalmente nueva de dolor mientras me estallaba la nuca. Yo…