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Daniel los vio marcharse por entre las cortinas del salón.

Se veía escéptico, pesimista.

Y en el fondo lo era.

Había mantenido un frente amable durante la reunión; había asumido cosas, cedido muy poco.

¿Podría Delaware distinguir claramente entre todo ello?

El psicólogo parecía agradable, pero con los psicólogos nunca se sabía.

Otra reunión. ¿A cuántas había asistido en el transcurso de los años y había salido de ellas con aquellos mismos sentimientos de frustración?

Como Sturgis, él prefería trabajar solo.

Y, al igual que Sturgis, raras veces le era posible hacerlo.

Cuando ansiaba ser tan negativo como Sturgis, se cubría con la apariencia de la razón.

Niños muertos…

Él raras veces mostraba sus sentimientos a nadie, ni siquiera a Laura.

Había llorado dos veces al pensar en Daoud y en su obesa esposa, ambas a solas en la fría y oscura intimidad de una pequeña sinagoga yemení similar a una cueva y próxima al mercado de Mahane Yehudah. Una sinagoga vacía, porque había escogido el tiempo entre el shaharit matinal y el minhah vespertino.

Había recitado algunos salmos y había regresado a casa aquella noche, presentable ante Laura y los niños.

No tenía sentido mostrar su dolor ante ellos.

Los asesinos de Belén nunca serían castigados.

O, en cualquier caso, no en este mundo.

Ahora, esto. Irit, los otros niños. Tal vez un ciego… ¿Acaso podía ser más espantoso?

¿Conduciría a algo la pista de Meta? Probablemente, no.

Uno andaba por las arenas del desierto, se hundía en pozos, confiaba hallar petróleo…

De modo que Sturgis y él probablemente experimentaban emociones similares… ¡Eh, tengamos un grupo de discusión, como los que organizaba el departamento cuando un agente infiltrado era asesinado o alguien que actuaba secretamente recibía una cuchillada en una callejuela de la Ciudad Vieja!

A Daniel ya le parecía verlo. Sturgis y él, sentados en círculo, cada uno desafiando al otro a ser humanos. Y Delaware en el centro, el… ¿Cuál sería el calificativo? Mediador.

Sturgis gruñía. Era un oso grosero, pero inteligente.

A Zev Carmeli ya le caía mejor aquel tipo.

Como la mayoría de los diplomáticos, Zev no perdonaba. Se había visto obligado a llevar una máscara cortés durante todo el día, era crítico, esencialmente un misántropo.

Daniel recordaba la llamada.

«Imagínate qué me dan ahora, Sharavi: un homosexual».

Daniel estaba sentado en la sala posterior de la embajada de Nueva York y escuchaba las quejas de Carmeli. Su amigo reiteraba su opinión de la «imbécil policía de Los Ángeles».

«—Un homosexual que atornilla sus propios asuntos pero que se convierte en un marginado, ¿cómo es posible que sea efectivo? —repetía—. Pido por quien tenga el promedio más elevado de resolver casos y esto es lo que me ofrecen.

»—¿Crees que están jugando contigo?

»—¿Tú qué opinas? Esta es una ciudad especial, Sharavi. Cada grupo odia a los demás. Como en Beirut.

»O Jerusalén, pensó Daniel.

»—Tal vez sea el mejor, Zev. ¿Por qué desecharlo antes de conocerlo?

»Silencio.

»—¿Precisamente tú? —repuso Carmeli—. ¿Un individuo con yarmulke y apruebas esa clase de cosas?

»—Si es el que posee el porcentaje más elevado de resultados y la experiencia adecuada, entonces haces bien.

»—Me sorprendes, Sharavi.

»—¿Por qué?

»—Con semejante tolerancia. Los ortodoxos no son precisamente famosos por su tolerancia.

Daniel no respondió.

»—Bien —prosiguió Carmeli—, por eso te he llamado. Ven aquí y comprueba cómo van las cosas, cueste lo que cueste. Si me dices que lo conserve, lo haré. Pero, en cualquier caso, será bajo tu responsabilidad».

Y entonces había colgado.

Pobre Zev.

Años atrás, ambos habían estudiado en la universidad hebrea. Daniel era un alumno ya maduro de veinticinco años con tres de experiencia en el ejército; Zev, más joven, era uno de los pocos prodigios exentos por sus elevadas puntuaciones en los test y por sus relaciones familiares. Ya entonces, Zev era muy serio para su edad y francamente ambicioso. Pero se podía hablar con él y discutir; ahora era imposible.

Aquel hombre había perdido a una hija.

Daniel sabía cuál era el sentimiento de un padre hacia una hija.

A Zev se le podía perdonar casi todo.

A solas en la casa, terminó su bocadillo, luego telefoneó a un abogado de Nueva York que recibía la mitad de sus ingresos de la embajada y le encargó que investigase secretamente a Meta y a su colega Farley Sanger, el hombre que había escrito que los retrasados no eran seres humanos.

Dos horas más ante el ordenador solo le reportaron un agudo dolor en la mano.

El túnel carpiano, así se lo había dicho el doctor de la policía de French Hill. Y le había advertido que si no se cuidaba se quedaría sin manos, que se aplicara hielo y no la utilizara demasiado.

Sabio consejo. Daniel había contenido la risa y había salido de la sala de consulta preguntándose cómo sería no tener manos.

A las ocho de la tarde se dirigió a un mercado kosher de Pico e hizo acopio de comestibles tras ponerse su yarmulke con el fin de confundirse con el público. La mujer de la caja registradora le dijo: «Shalom», y se sintió en su casa como nunca desde que había llegado.

A las diez llamó a Laura a Jerusalén.

—Cariño, me moría de ganas de oírte. Los niños también quieren hablar contigo —le dijo ella.

El corazón le creció en el pecho.