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Se encontraba a menos de media hora de trayecto en coche, girando a la derecha por Sunset, más allá del cruce de Brentwood con Pacific Palisades. No había letreros. A veces la gente que ama la naturaleza no cree que los demás puedan perturbarla.

Una calle residencial en la que se alineaban viviendas de medianas dimensiones conducía a una carretera de un solo carril sombreada por matorrales y que se estrechaba por momentos. Un autocar escolar se vería arañado por las ramas.

La verja era de hierro pintado de amarillo mostaza como un estadio de béisbol, con pestillo, pero sin cerrar. El primer letrero anaranjado, como los letreros de salida de la ciudad, especificaba las horas de visita. Faltaba una hora para la apertura. Abrí el pestillo, volví al coche de paisano y nos introdujimos por el asfalto con bancos de follaje. Aceleramos y pasamos por una zona de tierra apisonada mientras los matorrales se convertían en pinos, cedros, cipreses y sicomoros. Los árboles estaban plantados unos tan cerca de otros que formaban densos muros verdes, casi negros, delimitados tenuemente por sus ramas y hojas, detrás de los cuales podía ocultarse cualquier persona o cosa.

La carretera concluía en un claro en forma de cuchara. Unas líneas blancas descoloridas señalaban una docena de aparcamientos y Milo se introdujo en uno de ellos. Detrás de aquella zona había una franja de unos tres metros de césped seco y recortado sobre el que se encontraban tres mesas de picnic desvencijadas, una segadora eléctrica en forma de U y varias bolsas muy repletas de hierbajos secos, cerradas y de un negro brillante.

Detrás del césped seguía extendiéndose el bosque.

Seguí a Milo por el césped hasta que llegamos junto a dos letreros, situados uno encima del otro, que señalaban el acceso a un sendero de tierra que descendía entre los árboles. En el de encima se leía: «Paseo por la naturaleza. Por favor, no se desvíen del camino». Una flecha señalaba a la izquierda. En el de debajo, una pintura sobre tablero protegida por plástico opaco representaba hojas, bayas, bellotas, ardillas, conejos, arrendajos azules y serpientes y advertía que con tiempo caluroso y los días más largos aparecían los crótalos dispuestos a atacar.

Iniciamos el descenso. La pendiente era suave y el camino formaba terrazas en algunos lugares. En breve aparecieron otros caminos más escarpados y angostos que se ramificaban lateralmente. Los árboles seguían siendo tan densos que solo breves porciones del paseo se resistían a las sombras.

Avanzamos rápidamente, en silencio. Yo imaginaba y teorizaba y, por la expresión de Milo, comprendí que él hacía lo mismo. Al cabo de diez minutos mi compañero se desvió del camino y se internó en el bosque. En aquel lugar el olor de pinos era mucho más intenso, casi artificial, como un ambientador doméstico, y el terreno que pisábamos estaba alfombrado de agujas y piñas.

Avanzamos largo rato hasta que él se detuvo en un pequeño claro que no ofrecía ninguna característica especial.

Ni siquiera era un claro, solo el espacio existente entre enormes y viejos pinos con troncos grises y arrugados. Troncos en todo el entorno, como columnas griegas. El espacio quedaba encerrado, como una estancia al aire libre.

Como una cripta.

La idea que alguien tendría de una cámara mortal… Así lo dije, pero Milo no respondió.

Miré a mi alrededor y escuché. El canto de los pájaros y el rumor de los insectos se percibían distantes. Tan solo se veían árboles, ninguna carretera posterior. Le pregunté acerca de ello.

Levantó un pulgar sobre su hombro.

—El bosque concluye a unos trescientos metros aunque no puedas verlo desde aquí. Luego hay un campo abierto, carreteras, montañas y más carreteras. Algunas finalmente enlazan con autopistas, pero la mayoría concluyen en punto muerto. Ayer me lo recorrí todo, a pie y en coche, sin ver nada más que ardillas y un par de halcones enormes que volaban formando círculos, por lo que me detuve a comprobar por si hubiera algo más muerto por ahí debajo. Pero no vi nada. Ni tampoco otros predadores.

Observé en la dirección que señalaba. No despuntaba la menor claridad, ni siquiera la sugerencia de una salida.

—¿Qué fue del cadáver? —le pregunté.

—La enterraron en Israel. La familia se desplazó hasta allí, pasaron cosa de una semana y regresaron.

—Los ritos funerarios judíos duran una semana.

Enarcó las cejas, sorprendido.

—Trabajé en la sala del cáncer —le expliqué.

Paseó por el claro, que se veía inmenso entre aquel espacio oscuro, similar a una bóveda.

—Aislado —dijo—. A casi dos kilómetros del autocar, pero aislado. Tuvo que ser alguien que conociera realmente bien este lugar.

—El problema es que no se estrecha demasiado hacia abajo. Es de acceso público, por aquí siempre hay excursionistas.

—Lástima que no hubiera ninguno aquel día. Es decir, quizá sí los hubo.

Milo se detuvo.

—¿A qué te refieres?

—A la censura de las noticias. ¿Cómo podría haber sabido alguien que tenía que presentarse a declarar?

Estuvo meditando sobre ello.

—Tengo que hablar con los padres. Aunque probablemente es demasiado tarde.

—Tal vez consigas comprometerlos, Milo. Que informen del asesinato sin identificar a Irit por su nombre. Aunque estoy de acuerdo, no es probable tener éxito después de tanto tiempo.

Le propinó una patada a un tronco, masculló algo entre dientes, paseó de nuevo por el claro y, tras mirar en todas direcciones, dijo:

—¿Algo más?

Negué con la cabeza y acto seguido volvimos sobre nuestros pasos hasta el aparcamiento. La segadora estaba en marcha en aquellos momentos, un hombre moreno con uniforme caqui y salacot avanzaba y retrocedía con ella sobre la franja de césped. Se volvió brevemente sin interrumpir su trabajo. El ala de su sombrero le ensombrecía el rostro.

—¿Pérdida de tiempo? —dijo Milo al tiempo que arrancaba el vehículo y daba marcha atrás.

—Nunca se sabe.

—¿Tendrás tiempo para leer algunos de los archivos?

Recordé el rostro de Irit Carmeli y respondí:

—Desde luego.