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EL OBSERVADOR
No le habían dedicado ninguna atención, estaba seguro de ello.
Aguardó veinte minutos después de que el coche se hubo marchado, se apeó de la segadora, ató la última bolsa de hojas, volvió a subirse a la segadora y avanzó en punto muerto hacia la entrada del parque. Se detuvo a corta distancia, tras las puertas amarillas, y empujó la máquina a un lado del camino. El servicio del parque no la había echado de menos: eran muy descuidados.
El descuido: causa del infortunio de la niña.
Había sido un descubrimiento acertado: la segadora se había sumado al beneficio del uniforme.
Como siempre, el uniforme funcionaba perfectamente: realiza trabajo manual con atuendo oficial y nadie reparará en ti.
Su coche, un Toyota Cressida gris con matrícula falsa y letrero de minusválido en la guantera estaba aparcado a tres manzanas de distancia. En una caja bajo el asiento del conductor ocultaba una nueve milímetros semiautomática.
Era esbelto, ágil y caminaba con rapidez. A tres metros del vehículo desconectó el sistema de alarma con el control remoto, miró a su alrededor con disimulo, entró en el coche y marchó a toda velocidad hacia Sunset, donde giró hacia el este.
Por la misma dirección que habían tomado ellos.
Un detective y un psicólogo y ninguno había reparado en él ni un momento.
El detective era corpulento, con pesados miembros, hombros caídos y el paso torpe de un toro sobrealimentado. Y con el rostro fofo y nudoso de un toro… no, de un rinoceronte.
Un rinoceronte deprimido. Ya parecía desanimado.
¿Cómo encajaba tal pesimismo con su reputación?
Tal vez sí. El tipo era un profesional, tenía que comprender que las posibilidades de descubrir la verdad eran remotas.
¿Lo hacía eso sentirse más sensible?
En cuanto al psicólogo, era una historia diferente.
Se veía hiperdespierto, con ojos hasta en el cogote.
Centrado.
Más rápido y más menudo que el detective, metro ochenta aproximadamente, con lo que aún mediría unos ocho centímetros más que el hombre moreno. Era inquieto y se movía con cierta gracia, como un gato.
Se había apeado del vehículo antes de que el detective hubiera apagado el motor.
Con entusiasmo… ¿Se orientaría hacia el éxito?
A diferencia del detective, el psicólogo parecía cuidar de sí mismo. Era robusto, con cabellos negros y rizados, algo largos pero pulcramente recortados. De cutis claro y mandíbula cuadrada. Los ojos eran muy claros, muy grandes.
Muy activos.
Si se comportaba así con los pacientes, ¿cómo podía tranquilizarlos?
Tal vez no visitaba a muchos pacientes.
Se imaginaba a sí mismo como un detective.
Con su chaqueta deportiva azul, camisa blanca e impecables pantalones de color caqui, se asemejaba a uno de esos profesores que tratan de parecer informales.
De los que fingen ser informales, que simulan que todos somos iguales, pero que mantienen un sentimiento muy claro de rango y posición.
El hombre moreno se preguntó si el psicólogo sería así.
Mientras conducía hacia Brentwood, pensó de nuevo en el aire rápido y decidido del hombre.
Estaba cargado de energía.
Durante todo aquel tiempo nadie había llegado a imaginarse lo que le sucedió a Irit.
Pero el psicólogo había hecho grandes progresos… Tal vez el tipo era un optimista.
O quizá era tan solo un aficionado, demasiado ignorante para saber tales cosas.