22

Aquella noche a las diez entramos en el salón privado de un bar y asador del bulevar Santa Mónica, cuatro manzanas al oeste de la comisaría de West Los Ángeles. La hostelera, pelirroja y poco atractiva, pareció satisfecha al vernos, y el billete que le deslizamos en la mano mejoró aún más su buena predisposición.

La sala era bastante grande para celebrar un banquete de bodas, con empapelado color verde espárrago y banquetas de falso o verdadero cuero. Delicadas reproducciones impresionistas pendían de las paredes, escenas callejeras de París, del valle del Loira y de otros lugares donde era improbable que fuesen los policías. Pero los únicos que se encontraban en la sala eran tres policías en el reservado mayor situado frente al muro posterior.

Los detectives Willis Hooks y Roy McLaren de la División Suroeste tomaban té helado y un fornido individuo de cabellos blancos y que rayaba la sesentena, vestido con chaqueta deportiva de pata de gallo y un polo negro, degustaba una cerveza.

Cuando Milo y yo entramos en el recinto, él presentó al hombre de más edad como el detective Manuel Alvarado, de la División Newton.

—Encantado de conocerlo, doctor.

Su voz era suave y su cutis tostado, como el de los hombres que trabajan en el campo, áspero como la corteza de un árbol.

—Gracias por venir en tu noche libre, Manny.

—¿Una historia policíaca de misterio? No me la perdería por nada del mundo. Y la vida es muy tranquila en Saugus.

—¿Tan lejos vives? —dijo Hooks.

—Desde hace quince años.

—¿Qué haces allí para divertirte?

—Crío cosas.

—¿Cómo plantas?

—Verduras.

La hostelera volvió a aparecer.

—¿Han llegado todos?

—Así es —dijo Milo.

—¿Desean encargar la comida, caballeros?

—Traiga el aperitivo combinado.

Cuando se hubo marchado, McLaren dijo:

—Caballeros, evidentemente, no nos conoce.

Sonrisas obligadas en general.

—Tu llamada ha sido la mayor sorpresa que he tenido desde que mi exesposa me dijo que ya no era atractivo —dijo Hooks.

—A mí también me sorprendió, Willis —repuso Milo.

Alvarado sacó un paquete de goma de mascar del bolsillo de su chaqueta y lo ofreció a todos. Nadie aceptó y él desenvolvió un pedazo y se lo metió en la boca.

—DVLL. Un hilo común del que nadie había oído hablar antes.

—Lo hemos comprobado con todos los policías, cabecillas de bandas, asistentes sociales y líderes juveniles de nuestra división —dijo McLaren.

—Lo mismo hicimos en West Los Ángeles —intervino Milo—. Hubo cierta correspondencia con el FBI y los llamamos. No encontraron nada entre sus datos informáticos VICAP ni en ningún otro archivo.

—Yo volví a revisar mi copia del archivo de Ortiz —dijo Alvarado.

—¿Tu copia?

—El original se había extraviado, ha aparecido precisamente hoy, una especie de chapuza de archivos. Por fortuna, siempre saco una fotocopia. No había ningún mensaje DVLL en el baño donde probablemente raptaron a mi víctima y en aquella ocasión copié hasta el último fragmento de los grafitti. Aún trato de localizar las zapatillas del muchacho, pero por lo que recuerdo no había nada escrito en ellas, solo sangre. De modo que no puedo decir que el mío coincida con el tuyo.

—Y en tu caso se trataba de un muchacho —dijo Hooks.

—Cuyo cuerpo nunca recuperaron, lo que constituye una gran diferencia con vuestros casos.

—No parece que esa pauta signifique gran cosa aquí —dijo Hooks—. ¿La hija de un diplomático de West Los Ángeles y una mariposa de un barrio marginal?

Meneó su afeitada cabeza.

—Esto es de locos. Material de «La dimensión desconocida»… Precisamente su terreno, ¿verdad, doctor? ¿Qué opina? ¿Tiene DVLL algo que ver con la cosa demoníaca?

—Podría ser —dije—. Pese a las diferencias, Irit y Latvinia tienen cosas en común: eran ligeramente retrasadas y adolescentes de origen no inglés. El hecho de que el asesino escoja víctimas minusválidas demuestra que desprecia la debilidad en los demás y tal vez en sí mismo.

—¿Un asesino minusválido?

—O alguien preocupado por la fuerza y la debilidad. Por el dominio. Podría significar impotencia en su vida.

—Un blandengue que mata —dijo McLaren.

Tenía las manos enormes y sujetaba con ellas el mango de una cuchara.

—Raymond Ortiz también era retrasado —dijo Alvarado—. Pero al ser un muchacho… Por lo general, cuando van detrás de los chicos no buscan chicas.

—Por lo general —intervino Hooks—, cuando van detrás de muchachas de núcleos urbanos deprimidos no buscan a las ricas que residen en el West Side. Por lo general, cuando cuelgan a uno no dejan al otro tendido en el suelo. De modo que, si existe una pauta, se me escapa.

Y me miró.

—Tal vez en este caso la pauta consista en evitar intencionadamente la pauta —dije—. Ser más listo que vosotros. Los asesinos en serie suelen documentarse sobre procedimientos policiales y coleccionar revistas sobre crímenes auténticos para estimularse. Este podría haberlo utilizado como material de referencia. Aprenden las normas con el fin de quebrantarlas. Varían su modus operandi, se trasladan de un distrito a otro y a otras superficies variables.

—¿Qué quieres decir con superficies? —preguntó Alvarado.

—El núcleo de los crímenes suele ser consistente —dije—. La marca comercial. Como los asesinos sexuales son Psicológicamente rígidos, anhelan una estructura. En este caso, se trata de adolescentes retrasados y deja tras ellos el mensaje DVLL. Esto podría ser un mensaje personal para él o una provocación o ambos. Hasta el momento no está dando publicidad; la deja tan sutilmente que no puede esperar que nadie la encuentre. Una ventaja para los buenos. Ignora que alguien haya establecido una relación.

—Una provocación —comentó Milo—. Un jueguecito privado. Ese cretino es un jugador.

—Ese papel en el bolsillo de tu víctima —dijo McLaren—. «Revisado por el número 11». ¿Había sido impreso previamente o lo había mecanografiado también?

—Parece preimpreso —respondió Milo—. Pero con los ordenadores e impresoras que existen hoy en día, nunca se sabe. Lo envié al laboratorio, a ver si pueden aclararlo. Sea como fuere, lo llevó consigo porque el papel DVLL era de una fuente diferente, el laboratorio dice que probablemente se trata de un ordenador y no me imagino a nadie que se proponga matar y lleve consigo un ordenador.

—Eso nunca se sabe —dijo Hooks—. Ahora hacen unos ordenadores portátiles pequeñísimos. Y el doctor cree que tal vez le tomó una foto. De modo que si llevaba una cámara fotográfica, ¿por qué no un ordenador portátil? Tal vez se llevó consigo un coche cargado de material.

—Una furgoneta —sugirió Alvarado—. A esos tipos les encantan las furgonetas.

—Sí —intervino Hooks.

—Yo siempre busco las furgonetas —dijo Alvarado—. En el caso de Raymond me pasé semanas comprobando todas las furgonetas del vecindario, multas de aparcamiento, todo. Nunca se encontró al asesino, pero descubrí que muchas de ellas estaban preparadas como dormitorios móviles y a un turco que tenía esposas e instrumentos de robo.

—Es cierto —dijo McLaren—. Las furgonetas y los camiones para largas distancias son característicos de asesinos bien equipados. Probablemente existe un catálogo para la venta por correo en algún lugar.

—De modo que DVLL es importante para él, pero no está dispuesto a anunciarse —comentó Milo.

—O aún es un principiante y está forjando su confianza o nunca se anunciará por exceso de cobardía. El hecho de que escoja víctimas especialmente vulnerables apunta a la cobardía —dije yo.

Sonó un golpe en la puerta y Milo exclamó:

—¡Adelante, Sally!

La hostelera entró con un carrito de dos pisos repleto de fuentes que contenían pasta china, pollo, camarones, bollos de huevo —todo ello frito—, cerdo en láminas y kebabs espetados —cada trozo de carne coronado de manteca—, miniporciones de pizza pepperoni, cuencos de salsa de diversos colores, nachos, galletitas saladas y patatas fritas.

—El aperitivo combinado, caballeros.

—Desde luego, ¿por qué no? —dijo Hooks—. He caminado cinco metros hoy desde el camión de comidas hasta mi coche, debo de haber quemado dos calorías.

Sally nos sirvió y volvió a llenar nuestras copas.

—Gracias —dijo Milo—. Ya estamos servidos.

—No habrá más interrupciones —prometió ella—. Si desean algo, asomen la cabeza y griten.

Los hombres se sirvieron comida y, en breve, la mitad de las fuentes de servicio estaban vacías.

—Me encanta esto —dijo Hooks, mostrando un ala de pollo—. Siento que mis arterias se atascan mientras hablamos.

—Respecto a tu caso —dijo Milo a Alvarado—, dices que las zapatillas han desaparecido.

—Según el diario, se hallan en la sala de pruebas, pero no están en el compartimento de la sala donde deberían encontrarse. Lo cual no es preocupante: se trata de un caso de hace un año, siempre tenemos problemas de almacenaje y las cosas se mueven de sitio. Si aparecen, te informaré.

Milo asintió.

—¿Algo más?

—Respecto a Latvinia —intervino McLaren—. Encontramos muchos indeseables por la calle que la conocían e incluso algunos que admitieron habérsela tirado, pero ninguno que ella frecuentara habitualmente. La abuela dice que la muchacha salía mucho sola de noche. Lo más próximo que hemos llegado a un lugar frecuentado con regularidad es la rampa de acceso a la autovía donde fue detenida. Acudía allí de vez en cuando, de modo que cualquiera podía haberla recogido, alguien que hiciera el trayecto habitual al West Side, tirársela en su coche, o furgoneta, y luego devolverla a la escuela, por lo que no imaginamos que fuera un tipo del West Side.

—Cuando las rampas están concurridas o cuando la autovía está embotellada aparecen pordioseros y gente que vende flores y bolsas de naranjas. El tráfico se hace un lío, Latvinia aparece por allí con su cutis radiante, la recoge algún bromista… Tal vez alguien lo haya advertido, alguien detenido en la compuerta de la parrilla. Yo quería intentar que alguna emisora de televisión sacara su imagen aunque no consiguiéramos una gran difusión, pues solo es una puta del suroeste que ha tenido problemas. Entonces tú me hablaste de la orden de silencio.

—¿Qué orden de silencio? —preguntó Alvarado.

—La familia de mi víctima —le explicó Milo—. El consulado israelí insiste en que no se difunda la noticia por los medios informativos por razones de seguridad y ejercen mucha influencia con los jefazos. Lo he comprobado hoy de nuevo con mi superior y dice que la orden procede de las oficinas del alcalde, que no interfiramos en ello.

—De modo que debemos mantener la boca cerrada —dijo Hooks.

—¿Entonces también se referirá al mío? Aún no estoy convencido de que estén relacionados —intervino Alvarado.

—¿Por qué? —dijo Milo—. ¿Pensabas recurrir de nuevo a los periódicos hispanos?

—No. Solo deseaba conocer las normas… ¿Cuáles son exactamente las preocupaciones de seguridad?

Milo se las resumió.

—Ahora, con la relación con Latvinia, no parece un terrorista. Se lo expliqué a mi superior pero…

Se tapó las orejas.

—Desde luego que no es un terrorista —aseguró McLaren—. Es un monstruo.

—Niños retrasados —comentó Hooks, meneando la cabeza.

—Así pues, ¿cuál es el plan? —preguntó Alvarado.

—Seguir buscando pistas, mantenerse en contacto —repuso Milo.

Alvarado asintió.

—Las zapatillas. Las encontraré.

—Tal vez tengamos suerte y cometa un error —dijo Hooks.

—Nuestro mejor amigo: el consagrado y viejo error humano —intervino McLaren.

—Suponiendo que sea humano… —concluyó Milo.