11
La división Suroeste se encontraba a treinta kilómetros y un universo de distancia del parque donde Irit Carmeli había perdido la vida. Tomé Sunset hasta La Ciénaga, me dirigí al sur hacia San Vicente y cogí la autovía de Santa Monica por el este en La Brea. Al salir por el oeste cubrí las siguientes manzanas del interior de la ciudad con relativa velocidad. Se veían pocos coches por las calles a mi paso entre edificios cerrados con persianas y solares quemados en los que no se había vuelto a construir desde que se produjeron disturbios y en los que probablemente nunca más se construiría. El cielo era de un intenso gris pálido, casi blanco, y parecía como si se hubiera esfumado todo su azul.
Washington Elementary era un edificio viejo, pardusco e intensamente plagado de grafitti que se levantaba sobre áreas de patio de recreo llenas de baches. Toda la finca estaba rodeada por una cerca de tres metros y medio, con cadenas, que no había impedido a los vándalos simular ser artistas.
Aparqué en la Veintiocho, cerca de la entrada principal, que se hallaba totalmente abierta aunque custodiada por un tipo uniformado. Coches patrulla, breaks de los técnicos y la furgoneta del forense habían convergido en el extremo sur del patio, entre las barras paralelas y los columpios. Una cinta amarilla dividía el terreno por la mitad. En la parte norte, los niños corrían y jugaban bajo la supervisión de profesores y ayudantes. La mayoría de los adultos observaban la actividad desde el otro lado del terreno. Pocos niños lo hacían, y el patio estaba lleno de risas y gritos, la algarabía habitual de la infancia.
Aún no se veían vehículos de los medios informativos. O tal vez fuera que un crimen allí cometido no constituyera una noticia suficientemente interesante.
Me costó un poco que el tipo uniformado me dejara pasar, pero finalmente se me autorizó a entrar en busca de Milo.
Se encontraba hablando con un individuo de cabellos grises, vestido con un traje de color aceituna, y tomaba notas en su bloc. Su compañero llevaba un estetoscopio colgado del cuello y se expresaba con tranquilidad, sin dar muestras de emoción. Dos negros con insignias en sus chaquetas se encontraban a unos seis metros, contemplando una figura que yacía en el suelo. Un individuo hacía fotos y los técnicos trabajaban bajo el columpio, provistos de un aspirador portátil, pinceles y pinzas. Otros tipos uniformados se agrupaban en el escenario, pero no parecían tener mucho que hacer. Entre ellos se veía un hombre bajito, barbudo, hispano y cincuentón que vestía ropas de trabajo de color gris.
A medida que me aproximaba, los detectives de color interrumpieron su charla y me observaron. Uno era cuarentón, debía de medir metro setenta y tres y era corpulento aunque blando, con la cabeza rasurada, carrillos de bulldog y expresión dispépsica. Llevaba una chaqueta de color beige sobre pantalones negros y corbata también negra con orquídeas carmesíes estampadas. Su compañero debía de ser unos diez años más joven, alto y esbelto, con poblado bigote y cabellera abundante. Llevaba un blazer azul marino, pantalones de color crema y corbata azul. Ambos tenían expresión analítica.
Milo me vio y alzó un dedo.
Los detectives reanudaron su conversación.
Eché una mirada a la muchacha que yacía en el suelo.
No era mucho mayor que Irit. Estaba colocada en la misma posición que ella, con las manos a los costados, las palmas hacia arriba y los pies hacia lo alto. Pero su rostro era distinto: estaba hinchado y amoratado, le asomaba la lengua por la comisura izquierda inferior y el cuello estaba rodeado por una magulladura circular roja y arrugada.
Resultaba difícil discernir su edad pero parecía una adolescente. Cabellos negros y rizados, rasgos grandes, ojos negros y algo de acné en las mejillas. Era una mulata de cutis claro o latina. Llevaba pantalones de sudadera azules, calzaba zapatillas blancas de tenis y se cubría el top negro con una chaquetilla tejana.
Tenía las uñas de los dedos sucias.
Los ojos estaban abiertos, mirando sin ver el cielo de color lechoso.
La lengua se veía enorme, azulada.
Detrás de ella pendía un pedazo de cuerda desde la barra superior del columpio con el extremo limpiamente cortado que permanecía inmóvil, puesto que no corría ni un poco de aire.
El forense se marchó y Milo se aproximó a los detectives de color mientras me hacía señas para que me acercase. Me presentó al más corpulento como Willis Hooks y a su compañero como Roy McLaren.
—Encantado de conocerte —dijo Hooks.
Su mano parecía de cuero cocido.
McLaren me saludó con una inclinación de cabeza. Tenía la piel limpia, como carbón, y rasgos también limpios. Se volvió para mirar a la muchacha muerta, apretó la mandíbula y mascó el aire.
—¿La encontraron de ese modo o cortaron la cuerda? —me interesé.
—La cortaron —repuso Milo—. ¿Por qué?
—Me ha dado la impresión de que estaba como Irit. En la misma posición.
Se volvió a examinarla y enarcó las cejas unos milímetros.
—¿Llevas el caso de Irit? —preguntó Hooks.
Milo asintió.
—Estaba colocada de igual modo.
—Bien, a menos que el conserje sea nuestro asesino, no veo que eso tenga demasiada importancia.
—¿La dejó en el suelo el conserje?
—Sí. —Hooks sacó su bloc de notas—. Perdón, en realidad este individuo se encarga del mantenimiento de la escuela. Se llama Guillermo Montez y es ese anciano mexicano con uniforme gris. Se presentó a trabajar esta mañana a las siete, pasó primero la fregona por el edificio principal y luego, cuando vino a recoger la basura del patio, la descubrió. Corrió en busca de un cuchillo, cortó la cuerda y la depositó en el suelo, pero ella ya llevaba varias horas muerta. Dijo que la cuerda era gruesa, que le costó cortarla.
—Según el doctor Cohen, entonces ya llevaba tres o cuatro horas muerta, tal vez más —dijo Milo.
—Cohen suele ser bastante exacto —intervino McLaren.
—De modo que la asesinaron en algún momento durante la noche, pero el sol sale a las seis —dije—. ¿No la vio nadie que pasara a pie o en coche?
—Al parecer, no —repuso Hooks—. O tal vez alguien la viera.
Se volvió hacia Milo y le dijo:
—Háblame más de la tuya.
Milo así lo hizo.
Hooks lo escuchó con el dedo en la boca.
—Aparte de que ambas eran retrasadas, no veo demasiadas similitudes entre ellas —dijo mirando a su compañero.
—No, yo no calificaría este caso de «estrangulación suave» —intervino McLaren.
—La nuestra no fue violada —prosiguió Milo—. Y, según Cohen, tampoco se advierten señales evidentes de violación en este caso.
—Hasta el momento —dijo McLaren—. Pero quién sabe. El conserje dice que tenía las bragas puestas, pero tal vez el asesino se las subió. Cuando la examine el forense conoceremos más detalles.
—En cuanto a la estrangulación, por las dimensiones de la abrasión de la ligadura, yo diría que la cuerda pudo matarla, sin necesidad de que el asesino lo haya hecho primero de otro modo y luego la haya colgado.
—Podría ser —dijo Hooks—. Sería difícil colgar a alguien que se resistiera, aunque se tratara de una muchachita, pero tal vez no lo fuera si estuviera drogada. Nos consta que tomaba crack.
—¿Quién era? —me interesé.
—Una muchacha de por aquí; su nombre es Latvinia Shaver —respondió Hooks—. La agente de la patrulla la identificó antes de que llegáramos, pero yo también la conozco porque trabajaba en Vice hace un par de años.
—¿Era una profesional? —inquirió Milo.
—Había sido arrestada por ello, pero yo no la consideraría una profesional. Solo una chica de la calle, sin nada consistente aquí dentro. —Se tocó la calva—. No tenía nada que hacer en todo el día, de modo que se metía en problemas, tal vez hacía algún trabajo por una dosis o unas monedas.
—¿Estaba muy metida en el crack?
—La agente dijo que, a su parecer, no era nada importante. Pero espera, se lo preguntaremos a ella.
Se acercó al grupo de policías, del que separó a una mujer menuda y esbelta.
—Agente Rinaldo, le presento al detective Sturgis y al doctor Delaware, psicólogo. La agente Rinaldo conocía a Latvinia.
—Solo un poco —repuso Rinaldo con voz apagada—; del vecindario.
Aparentaba unos veinticinco años, llevaba los cabellos teñidos con henna, recogidos en una cola de caballo, y tenía rasgos menudos y afligidos que parecían envejecer rápidamente.
—¿Qué más sabe de ella aparte de sus artimañas para conseguir droga? —dijo Hooks.
—En general no era mala chica —respondió Rinaldo—, aunque era retrasada.
—¿Cuán retrasada? —se interesó Milo.
—Creo que tenía dieciocho o diecinueve años, pero se comportaba como si tuviera doce. O incluso menos. Con una situación familiar muy confusa. Vivía con una abuela, o tal vez fuese una anciana tía, por la Treinta y Nueve, con gente que constantemente entraba y salía de la casa.
—¿Era un centro de drogas?
—No lo tengo por seguro, pero no me sorprendería. Tenía un hermano en San Quintín, que era un elemento importante de una banda callejera.
—¿Cómo se llama?
—Tampoco lo sé, lo siento. Solo lo recordaba porque la abuela me habló de él y dijo que se alegraba de que se hubiera marchado porque así no influiría negativamente en Latvinia.
La mujer frunció el ceño.
—La señora parecía esforzarse.
Hooks anotó algo en su bloc.
—¿Algún novio delincuente o amistades conocidas? —inquirió McLaren.
Rinaldo se encogió de hombros.
—Por lo que he podido ver no permanecía mucho tiempo con nadie en particular. Con ninguna banda, quiero decir. Más bien con cualquiera que anduviera por ahí… Básicamente era bastante promiscua. También bebía, porque la encontré mareada alguna que otra vez con botellas de malta y ginebra.
—¿La arrestó por ello?
Rinaldo se sonrojó.
—No, solo le quité las botellas y las tiré. Ya sabe cómo son las cosas por aquí.
—Desde luego —dijo Hooks—. ¿Algo más en su mochila?
—Probablemente, pero nunca vi nada peor… Es decir, que yo sepa no se inyectaba heroína.
—¿Tenía hijos?
—No tengo noticias de ello. Aunque tal vez, era muy inocente, ¿sabe? Fácil de engañar. Como una niña con cuerpo de adulta. De modo que, ¿quién sabe?
—Será interesante saber si estaba embarazada —dijo Hooks—. Ardo en deseos de ver su autopsia.
Volvió a echar una ojeada al cadáver.
—En realidad no lo parece. Es menuda.
—Sí, lo es —convino McLaren—. Cohen calculaba que debía de medir metro cincuenta y algo y que debía de pesar unos cincuenta y cuatro kilos.
—Sí era menuda —intervino Rinaldo—. Cualquiera podía causarle daño.
—¿Tienen alguna idea de quién pudo hacerlo?
—En absoluto.
—¿Tenía enemigos conocidos?
—No, que yo sepa. En general, era una muchacha encantadora, pero cualquiera podía haberla engañado. Como he dicho, era retrasada.
—Aún trato de hacerme una idea de cuán retrasada era —dijo Hooks.
—No lo sé exactamente, señor. Quiero decir que decía cosas con sentido y a primera vista no parecía extraña, pero una vez hablabas con ella comprendías que era inmadura.
—Como una niña de doce años.
—Quizá más joven incluso. Diez, once. Pese a todos sus manejos por ahí era… inocente.
Volvió a sonrojarse.
—No era una muchacha difícil, ¿sabe?
—¿Estaba sometida a algún programa? —dijo McLaren—. ¿Alguna escuela especial o algo por el estilo?
—No creo que asistiera a ninguna escuela. Yo solía verla por las calles, merodeando, vagabundeando. En ocasiones tenía que decirle que se moviera, que se fuera a su casa.
Hizo una mueca.
—El caso es que a veces no se ponía suficiente ropa. No llevaba ropa interior ni sujetador o usaba géneros realmente transparentes. O llevaba la camisa desabrochada. Cuando yo le decía «¿qué diablos haces, muchacha?», soltaba una risita y se abrochaba.
—Quizá buscaba publicidad para hacer negocios —dijo McLaren.
—Siempre pensé que simplemente se comportaba de manera estúpida —repuso Rinaldo.
—Se anunciara o no, si iba de ese modo probablemente conseguía negocios —dijo Hooks.
—Seguramente —repuso Rinaldo.
—¿No tenía novio? —dijo McLaren.
—Que yo sepa, no.
—¿No había maleantes en su vida social?
—El hermano es el único que conozco. Tendría que preguntarle a su abuela.
—Lo haremos —repuso Hooks—. ¿Cuál es su dirección?
—No sé la dirección exacta, pero está en la Treinta y Nueve, a un par de manzanas al este de aquí. Es una casa verde, vieja, una de esas grandes casas de madera convertidas en habitaciones con cadenas delante y cemento en lugar de césped. Lo sé porque la acompañé a su casa en una ocasión en que llevaba un vestido corto e iba sin bragas. El aire le levantaba el vestido y pensé que lo mejor era llevarla a su casa. —Parpadeó y añadió al instante—: La abuela vive en el primer piso.
—Cuando arrestaron a Latvinia, ¿fue usted quien se encargó de hacerlo? —le preguntó Hooks.
—Sí, con mi compañero Kretzer. La detuvimos en dos ocasiones por ofrecerse como prostituta. Ambas veces era muy tarde y ella se encontraba en Hoover, cerca de la rampa de acceso a la autovía, interfiriendo el tráfico.
—¿La rampa del este o del oeste?
—Del oeste.
—Tal vez trataba de pescar a algún tipo de Beverly Hills —comentó McLaren.
Rinaldo se encogió de hombros.
—¿Cuándo sucedió eso? —dijo Hooks.
—El año pasado, en diciembre, creo. Hacía frío y ella llevaba una chaqueta acolchada pero iba sin top debajo.
Hooks anotó algo en su bloc.
—De modo que podré obtener su informe personal en los archivos…
—Probablemente, no. Era el arresto de una menor y fue cerrado. Le faltaba poco para cumplir los dieciocho y le dije que podía considerarse afortunada. Si solo necesita conocer la dirección, puedo acompañarlo hasta allí.
—La dirección es un buen punto de partida —repuso Hooks.
Miró a McLaren y añadió:
—¿Quieres ir?
—Desde luego —respondió el joven.
Rinaldo y él se alejaron, subieron a un coche patrulla y se dirigieron hacia la entrada sur.
—¿Aún aprecias paralelismos importantes? —le preguntó Hooks a Milo.
—Realmente, no.
—En tu caso era hija de un diplomático, ¿verdad?
—Sí, un diplomático israelí.
—No ha aparecido en las noticias ni en los medios de comunicación, ¿verdad?
—Silenciaron el asunto.
Y a continuación le explicó los motivos de Carmeli.
—Bien —dijo Hooks—, acaso él tenga razón, pero no lo sé. Parece un tipo curioso.
—Sí. ¿Adónde vas a parar con esto, Willis?
—Lo habitual. Si tenemos suerte encontraremos a algún delincuente en la puerta contigua. Si no, ¿quién sabe? No llevaba precisamente una vida recatada.
Milo miró al otro lado del patio.
—Esos niños están mirando el cadáver.
—Habría sido peor si el conserje no hubiera venido y la hubiera encontrado colgando.
—Una reacción interesante, cortar la cuerda.
En la frente de Hooks se formaron cuatro líneas paralelas.
—Voluntariado cívico. Acaso escuche los discursos del alcalde. Aguarda.
Se adelantó hacia la multitud con pasos rápidos y oscilantes, distinguió al hombre vestido con el uniforme gris y le hizo señas para que se acercase.
El tipo acudió, mojándose los labios con la lengua.
—¿Puede dedicarnos otro momento, señor? —dijo Hooks—. Le presento al señor Montez.
El conserje saludó con una inclinación de cabeza. De cerca advertí que rondaba los sesenta y tenía el rostro curtido de un boxeador profesional y la barba cana y descuidada. Debía de medir metro setenta y era ancho de hombros, tenía las manos gruesas y rechonchas y los pies enormes.
—Soy el detective Sturgis —dijo Milo al tiempo que le tendía la mano.
Montez se la estrechó. Tenía los ojos inyectados en sangre.
—Sé que ha dado su versión de los hechos, señor —dijo Milo—, pero si no le importa, me gustaría volver a oírla.
Montez lo miró y se metió las manos en los bolsillos.
—Vine a trabajar a las siete —dijo en un claro y marcado acento inglés—. Limpié el edificio principal y el bungalow B como de costumbre, luego salí a barrer, como siempre. Barro temprano porque algunas veces la gente deja porquería… cosas en el patio, y no quiero que las vean los chicos.
—¿Qué clase de cosas?
—Botellas de licor, frascos de crack. A veces condones, jeringuillas. Incluso papel higiénico usado. Ya sabe…
—De modo que la gente entra en el patio de la escuela por las noches.
—Constantemente —repuso Montez, elevando el tono de voz—. Entran, celebran juergas, se drogan, hay tiroteos. Hace tres meses tres tipos murieron a tiros; el año pasado, dos. Eso es terrible para los niños.
—¿Quiénes eran las víctimas? —se interesó Milo.
—Delincuentes, supongo; no lo sé…
—Fue el caso de Wallace y San Giorgio —intervino Hooks—. Pasaron por aquí, a través de la verja.
Se volvió hacia Montez y le preguntó:
—¿Qué suelen hacer? ¿Rompen el candado?
—La cadena. O se limitan a escalar. Lo hacen constantemente.
—¿Recuerda la última vez que cortaron la cadena? —dijo Milo.
—¡Quién sabe! —respondió Montez—. Solíamos cambiar los candados con mucha frecuencia. Ahora… en la escuela no tienen dinero para libros. Mis nietos vienen aquí.
—¿Vive usted cerca?
—No, yo resido en Willowbrook. Mi hija y su marido viven cerca, en la Treinta y Cuatro. Su marido trabaja en Sports Arena. Tienen tres hijos… los dos que vienen aquí y un bebé.
Milo asintió.
—De modo que usted vino, comenzó a barrer y la descubrió.
—La descubrí inmediatamente —dijo Montez—. Colgando de ahí.
Agitó la cabeza, apesadumbrado, y el dolor ensombreció su rostro.
—La lengua…
Agitó de nuevo la cabeza.
—¿Comprendió en seguida que estaba muerta? —preguntó Milo.
—¿Con esa lengua? ¡Desde luego! ¡No podía ser de otro modo!
—Así que cortó la cuerda.
—¡Naturalmente! ¿Por qué no? Pensé que quizá…
—Quizá, ¿qué?
Montez lo miró fijamente y volvió a humedecerse los labios.
—Tal vez sea tonto, pero no sé… Acaso creí ayudarla… No sé, supongo que fue… el modo en que estaba colgada, no deseaba que la viera ningún niño… mis nietos. Siempre había sido una muchacha muy agradable, deseaba que se viera arreglada.
—¿La conocía? —dijo Hooks.
—¿A Latvinia? ¡Desde luego! Todos conocíamos a esa loca.
—¿Venía mucho por aquí?
—No entraba: pasaba por la calle. —Se dio unos golpecitos en la sien—. Vivía en la Treinta y Nueve, a pocas manzanas de mi hija. Todos la veían pasear por ahí sin ropa. Era un poco… anormal.
—¿Sin ropa? —se sorprendió Hooks.
Ante la confusión de Montez, añadió:
—¿Iba por ahí totalmente desnuda?
—¡No, no! —exclamó Montez—. Un poco de ropa pero no suficiente, ¿sabe? —Otro golpecito en la sien—. No estaba bien, ¿comprende? Pero siempre se la veía feliz.
—¿Feliz?
—Sí, riendo. —La expresión de sus ojos se endureció—. ¿Hice mal cortando la cuerda y bajándola?
—No, señor…
—Yo salí, la descubrí ahí y pensé que los niños, mis nietos, podían verla. Y fui a coger un cuchillo del armario de herramientas.
Hizo el ademán de cortar en el aire.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí, señor? —le preguntó Milo.
—Nueve años. Antes había trabajado doce años en Dorsey High. Aquella era una buena escuela entonces. Ahora tiene los mismos problemas.
Milo levantó el pulgar, señalando al cadáver.
—Cuando vio a Latvinia colgada, ¿llevaba la ropa tal como está ahora?
—¿Qué quiere decir?
—¿Tenía las bragas subidas en aquel momento?
—Sí… ¡Cómo! ¿Cree usted que yo…?
—No, señor, solo tratamos de descubrir cómo estaba cuando usted la vio.
—Igual —repuso Montez, enojado—. Exactamente lo mismo, con las bragas subidas. Busqué un cuchillo, corté la cuerda y la deposité en el suelo. Pensé que acaso, por milagro, no estuviera muerta. Pero lo estaba. Y llamé a la policía.
—Nos referimos al modo en que la colocó —dijo Milo.
La mirada de Montez reflejaba incomprensión.
—Con los brazos a los costados —dijo Hooks—. Como si deseara que diera buena impresión.
—Desde luego —repuso Montez—. ¿Por qué no? ¿Por qué no debía dar buena impresión?
Hooks lo dejó marchar y observamos cómo regresaba al edificio principal de la escuela.
—¿Qué opinas? —le pregunté a Milo.
—¿Existe alguna razón para dudar de su historia?
—En realidad, no, pero me propongo examinar sus antecedentes y si la muchacha fue violada, trataré de conseguir algunos fluidos corporales. —Sonrió—. Muchas gracias para el buen samaritano, ¿eh? Pero hemos visto a muchos de estos que no resultaban tan buenos, ¿verdad? Aunque lo cierto es que si él fuese el culpable, ¿por qué iba a asesinarla aquí mismo, donde trabaja, y centrar la atención en él?
—Tenía los ojos inyectados en sangre —observó Milo—. Tal vez estuvo levantado hasta tarde.
—Sí —repuso Hooks—. Pero el aliento no le olía a alcohol, y dijo que trabajaba en dos sitios. Aquí durante el día y a tiempo parcial en una licorería de Vermont por las noches. Dice que anoche estuvo en la tienda, y eso es fácil comprobarlo. ¿Te ha parecido sospechoso? Si está implicado, se merece un Oscar.
Miró a través de la verja a la calle Veintiocho y luego observó el tráfico de Western.
—Cualquiera que pasara en coche o a pie podría haberla visto colgada perfectamente, pero ya oíste lo que dijo acerca de la basura que invade el patio del colegio. A diferencia del señor Montez, la gente no es muy servicial por aquí.
—Si había algo sucio en la puerta contigua, me pregunto por qué se molestaría en colgarla en este lugar —dijo Milo.
—¿Quién sabe? —respondió Hooks—. Tal vez se encontraron en la esquina, concertaron una cita y vinieron aquí para mantener relaciones sexuales. Montez dijo que encuentra condones constantemente.
—¿Tienen idea los técnicos de cuándo cortaron la cadena?
—Solo afirman que no es nada reciente, lo que encaja bastante bien con lo que dijo Montez.
—La escuela sigue usando una cadena rota porque en cuanto ponen una nueva alguien la rompe.
—Sí —intervino Hooks—. No existe ninguna seguridad para nuestros pequeños.
Contempló de nuevo el cadáver.
—Tal vez el hecho de traerla aquí signifique algo, como si el asesino quisiera hacer una especie de declaración.
—¿Cómo por ejemplo?
—Odio la escuela —añadió Hooks, sonriente—. Eso reduce el número de sospechosos, ¿verdad? Comprende a todos los malos estudiantes.
Milo profirió una breve y seca risa de profesional y Hooks rio también, ondulando su carnosa papada. Las cuatro arrugas se alisaron.
—Manos arriba, mocoso —dijo utilizando el dedo a modo de pistola—. Déjame ver el promedio de tus calificaciones. ¿Tres insuficientes? ¡Ve a ponerte en la fila!
Profirió nuevas risitas y suspiró con fuerza.
—De todos modos, salvo por la estrangulación y que ambas eran retrasadas, sigo sin ver ningún paralelismo con tu caso.
—Estrangulación, retraso y sin violación —observó Milo.
—No estamos seguros de que no haya habido violación —repuso Hooks.
—Pero si no la hubo, si no se produjo ningún tipo de agresión, es interesante, ¿no es cierto, Willis? ¿Cuántos maníacos sexuales dejan un cadáver intacto?
—Tal vez, ¿pero quién sabe lo que pasa por la cabeza de uno de esos cretinos? Tal vez al colgarla se animó, la vio oscilar y se corrió, luego fue a su casa y tuvo felices sueños. Recuerdo un caso, hace unos años: un tipo que se estimulaba jugando con los pies. Primero las mataba, las colocaba en sus lechos y jugaba con sus pies. Eso le bastaba para dispararse. ¿Qué opinas de eso, doctor?
—Hay gente para todo —respondí.
—Ese tipo, el de los pies, ni siquiera tenía que masturbarse. Le bastaba con jugar con los pies.
—Yo también tuve un aficionado a los pies —dijo Milo—. Pero él no mataba, solo las ataba y jugaba.
—Probablemente las habría matado si hubiera seguido en ello.
—Probablemente.
—Sin duda podrías sentarte y desenterrar muchas historias sobre temas de pervertidos.
Hooks se irguió y dirigió a Milo una rápida y avergonzada mirada. El rostro de Milo permaneció impávido.
—De todos modos, si Mac y yo encontramos algo os informaremos de ello.
—Lo mismo digo, Willis.
—De acuerdo.
Un joven policía blanco se acercaba corriendo.
—Discúlpeme, detective —le dijo a Hooks—. El chófer del forense quiere saber si podemos transportar a la víctima.
—¿Deseas hacer algo más, Milo?
—No.
—Adelante —repuso Hooks.
El agente regresó a toda prisa, transmitió la autorización y se adelantaron dos empleados del depósito con una camilla y una bolsa negra para introducir el cadáver.
Advertí cierto movimiento por el extremo norte del patio. Algunos profesores se habían acercado a la cinta y observaban al tiempo que tomaban café.
—Épocas escolares —dijo Hooks—. Yo nací en la Treinta y Dos y nos trasladamos a Long Beach cuando tenía tres años. De no ser así, habría venido aquí.
Los ayudantes metieron el cuerpo en la bolsa y lo depositaron sobre la camilla. Mientras se la llevaban, el policía blanco centró su atención en el suelo y llamó a otro policía uniformado, alto y negro, más oscuro que McLaren. Luego regresó corriendo junto a nosotros.
—Probablemente no será nada importante, señor, pero tendría que venir a echar un vistazo.
—¿De qué se trata? —dijo Hooks, que ya se ponía en movimiento.
—Algo que se encontraba debajo del cuerpo.
Lo seguimos hasta allí. El policía negro había cruzado los brazos y fijaba su mirada en un trocito de papel blanco, tal vez de unos cinco centímetros cuadrados.
—A buen seguro que no es nada —repetía el primer policía—, pero estaba debajo de ella y tiene algo mecanografiado.
Distinguí las letras.
Hooks se puso en cuclillas para leerlas.
—D, V, L, L. ¿Significa algo para alguien?
Los policías se miraron entre sí.
—No, señor —dijo el primero.
—Tal vez, diablo[1] —dijo el segundo.
—¿Hay alguna banda que use este apodo?
Todos se encogieron de hombros.
—¿Y desde cuándo escriben a máquina los golfos de las bandas? —murmuró Hooks—. De acuerdo, usted tiene vista de lince, agente… Bradbury. Hágame un favor y compruebe los grafitti de los edificios de la escuela; mire si aparece la misma inscripción en algún lugar.
—Sí, señor.
Cuando Bradley se acercó a la línea de demarcación impuesta por la cinta amarilla, los profesores retrocedieron. Pero lo observaron mientras inspeccionaba los grafitti.
—DVLL —dijo Hooks—. ¿Significa algo para ti, Milo?
—Nada.
—Tampoco para mí. El conserje la depositó en el suelo, así que probablemente será algo que ya se encontraba en el cemento antes de que la colocara allí. Tal vez un pedazo de algo, un memorándum de la escuela o algo por el estilo.
El papel seguía inmóvil entre el aire metálico y estático.
—¿No debería avisar a los técnicos? —dijo el policía de color.
—No, dígales que lo guarden y tomen una foto —dijo Hooks—. No queremos que ningún abogado indeseable nos acuse de hacer mal nuestro trabajo, ¿no es cierto?