50

Viernes noche, hora de la fiesta.

Salí de la casa a las siete tras pasar algún tiempo en el apartamento de Genessee, con el fin de acostumbrarme a él en el caso de que Zena sintiera el impulso de acudir allí. Al barrio judío.

Cuando Robin me preguntó cómo era Zena, me limité a responderle:

—Extraña, tal como hubieras imaginado.

Robin y yo hicimos el amor a las seis porque ella lo deseaba y yo también. Yo, además, tenía otra razón: todo cuanto debilitara mi respuesta refleja a Zena era bien recibido.

Esto me hizo sentir deshonesto.

Cuatro asesinatos, tal vez cinco, me ayudarían a aceptarlo.

Me senté en el polvoriento sofá de Andrew, escuché su música y hojeé sus libros. Luego Ciencia retorcida, las primeras páginas del ensayo del profesor Eustace sobre la Fundación Loomis.

El tono de Eustace distaba mucho de una crítica académica.

Acusaba, airado, al grupo de apoyo racista por explotar a esclavos en Asia y financiar fábricas de diplomas con el fin de sacar «soldados de infantería eugenésicos» en cantidades industriales. La Universidad Apex, el Centro de Graduados Keystone, la Universidad New Dominion… Sonó mi reloj, que yo había fijado para las nueve y media. Guardé el libro bajo el colchón, fui al garaje y saqué el Karmann Ghia. Voces infantiles inundaban la manzana y se percibían distintos olores a guisos procedentes de los edificios vecinos. Salí por la callejuela, subí por Fairfax hasta Sunset y viajé en dirección este, muy lentamente. Veinticinco minutos después me encontraba en Hyperion y Lyric.

El cóctel debía de haber empezado hacía ya mucho rato, y esperaba que fuera lo bastante tarde como para sumergirme entre la gente y poder observar. La suficiente gente como para que la anfitriona estuviese muy ocupada.

El Karmann Ghia trucado se abrió camino por la calle casi sumida en la oscuridad, peligrosa si alguien bajaba a toda velocidad desde lo alto. Mucho antes de llegar a la esquina de Rondo Vista ya comenzaban a aparecer los coches aparcados, por lo que tuve que detenerme y seguir a pie.

Me puse las gafas ahumadas pero volví a guardarlas en el bolsillo porque de noche resultaba arriesgado llevarlas y seguí mi camino, inspeccionando los coches. Eran vehículos corrientes, no se veían furgonetas. Algunas luces brillaban en las ventanas de los vecinos, pero en su mayoría se hallaban a oscuras. El viento de la noche había despejado algo de niebla y entre las fincas aparecían retazos de perspectivas. A medida que me aproximaba a la casa de Zena, distinguía el sonido de la música.

Calipso, al igual que en la librería.

Bongos y voces alegres. Una de tantas fiestas de la ladera.

¿Quiénes serían esas personas? ¿Cuántos de ellos serían asesinos?

¿Asesinos por alguna idea retorcida relacionada con la limpieza genética o solo por diversión?

¿O por ambas acaso?

Existía un precedente para esa clase de cosas. Hacía sesenta años, dos jóvenes con cocientes intelectuales altísimos habían apuñalado mortalmente a un inocente muchacho de catorce años en Chicago. Según pretendían, motivados por el desafío de conseguir perpetrar el crimen perfecto «sin motivo».

Pero Leopold y Loeb habían sido psicópatas sexualmente desviados y yo estaba dispuesto a apostar que los crímenes DVLL tenían sus raíces en algo muy distinto de un ejercicio intelectual.

Había llegado a la casa blanca y azul. Las luces apenas se filtraban por las cortinas echadas. Me volví e inspeccioné la calle, la hilera de coches aparcados.

¿Habría llegado ya Milo? ¿Habría anotado matrículas y se las habría enviado a Daniel para que realizase un rápido examen?

El calipso se fundió en Stravinsky.

Exactamente la misma cinta de la librería.

¿Frugalidad? Probablemente también bebida barata.

No importaba: no pensaba beber.

La puerta estaba cerrada y tuve que llamar varias veces hasta que la abrieron. El hombre que apareció ante mí debía de tener treinta y tantos años, llevaba una poblada barba trigueña e iba rapado. Vestía sudadera gris y pantalones de color pardo y sostenía un vaso que contenía algo amarillo y transparente.

Me miraba con ojos pequeños y despiertos. Su boca también era pequeña y no sonreía.

Mantenía la puerta lo bastante abierta como para enmarcar su silueta fuerte y enjuta. Sus manos eran toscas y llevaba las uñas sucias. A su espalda se veía la sala salpicada de algunas luces de colores, pero entre una gran oscuridad. Vislumbré algunos rostros con bocas gesticulantes, pero la música resonaba con fuerza y sofocaba las conversaciones.

—¿Qué desea?

Distinguí las palabras en lugar de oírlas.

—Soy Andrew Desmond. Zena me ha invitado.

Alzó un dedo y cerró la puerta. Permanecí allí varios minutos hasta que apareció Zena. Llevaba un traje largo de crepé de seda azul marino estampado con orquídeas color mandarina; de mangas largas y escote bajo, suelto en la cintura y de corte generoso. Me pareció una especie de túnica, probablemente un clásico. En una mujer corpulenta habría parecido una tienda de campaña, pero el tejido transparente flotaba sobre su menudo cuerpo y ponía de relieve su pelvis, y en cierto modo, la estilizaba, de manera que parecía más alta.

Holgado y flotante… ¿Para facilitar el acceso a las partes íntimas?

—Comenzaba a preguntarme si vendrías —dijo ella—. ¿Esto de llegar tarde es una moda?

Me encogí de hombros y le miré los pies. Llevaba las uñas pintadas de rosa y de nuevo calzaba sandalias de tacón alto, de unos ocho centímetros, que le permitieron besarme sin tener que ponerse de puntillas.

Fue una caricia leve con sus flexibles labios. Luego me cogió por la barbilla, como hizo en el restaurante, e introdujo su lengua entre mis labios. Ofrecí cierta resistencia con los dientes, pero finalmente le di acceso. A continuación me asió por el trasero y me lo apretó. Retrocedió, me cogió por la mano e hizo girar el pomo de la puerta.

—Aquellos que entren aquí que olviden toda esperanza —dijo.

—¿De qué?

—De aburrimiento.

Me cogió de la mano. La casa estaba atestada de gente, la música resonaba, estentórea, de un modo casi doloroso. Mientras me conducía entre la multitud traté de inspeccionar el recinto con disimulo. Junto a la entrada había dos puertas, un baño calificado como «LE PISSOIR» por un letrero hecho con ordenador y otro sin calificativo alguno que probablemente era un excusado. Una escalera sin barandilla conducía hacia abajo. Los dormitorios se encontraban en la planta baja, como en muchas otras casas construidas en la ladera de la montaña.

Había una mujer de cabellos blancos, vestida de negro, con cuello blanco Peter Pan, que aguardaba nerviosa cerca del lavabo y que no se molestó en mirarnos cuando pasamos por su lado. Las personas allí apiñadas se hallaban imbuidas por la música de Stravinsky, en la penumbra. Algunos bailaban, otros charlaban de pie y conseguían comunicarse a pesar del estrépito. Las luces de colores eran bombillas navideñas colgadas del techo de vigas bajas y se limitaban a parpadear en oposición a La consagración de la primavera. Distinguí sombras, más que personas.

No había más letreros ni estandartes, nada que identificara aquello como una juerga de Meta. ¿Qué era lo que yo esperaba encontrar?

Zena me arrastró hacia adelante. Los restantes invitados se apartaban a un lado en diversos grados de colaboración pero ninguno parecía reparar en nosotros. La casa era más pequeña de lo que yo había imaginado. La primera planta consistía en una sala principal, y un mostrador a la altura de la cintura separaba la reducida cocina a la derecha. El mostrador estaba totalmente repleto de botellas de gaseosa, bolsas de hielo, latas de cerveza, paquetes de platos de papel y utensilios de plástico.

En las paredes distinguí confusamente grabados con marcos metálicos donde aparecían motivos florales anodinos. No parecía acorde con el estilo de Zena, ¿pero quién sabía con cuánta frecuencia se reinventaba a sí misma?

De algo estaba seguro: no le interesaba la decoración. Las escasas piezas de mobiliario que veía no eran mucho mejores que las de Andrew y los libros que llenaban dos paredes estaban dispuestos en estanterías de aspecto poco sólido, casi idénticas a las de casa de Desmond.

Escalofriante intuición por parte de Daniel. Si alguna vez se cansaba de trabajar en la policía, se le auguraba un buen porvenir como casamentero.

La mano de Zena ardía en la mía mientras seguía guiándome junto a una larga mesa plegable cubierta con un papel blanco. Detrás de ella aún había más gente comiendo y bebiendo.

Y entonces vi la única característica que elevaba la casa por encima de la caja de cerillas de bajo alquiler: unas cristaleras que daban a un balcón tras el cual se desplegaba una sinfonía estelar.

Constelaciones artificiales que centelleaban desde hogares situados a un kilómetro de distancia tras el oscuro barranco, y las constelaciones auténticas, fijas en un firmamento de melanina.

Cualquier agente inmobiliario diría que tenía unas «impresionantes vistas», y haría todo lo posible por mostrar la casa por la noche.

A medida que nos acercábamos a la comida tomé una actitud pasiva y conseguí hacer un recuento aproximado de los presentes. Serían unos sesenta o setenta, suficientes para congestionar la modesta habitación.

Traté de localizar a Farley Sanger. Aunque hubiera estado presente, habría sido imposible detectarlo a oscuras entre todo aquel gentío.

Sesenta o setenta desconocidos tan corrientes como sus coches.

Parecía haber más hombres que mujeres. Las edades oscilaban de los treinta a los cincuenta y tantos.

No había nadie feo en particular, como tampoco bellezas esplendorosas.

Podría haberse tratado de un casting para seleccionar a intérpretes de personajes anodinos.

Pero era un grupo activo que movía rápidamente las bocas en una masa de labios sincronizados con mucha gesticulación, poses, sonrisas, muecas y agitación enfática de los dedos.

El hombre de barba poblada que me había abierto la puerta se encontraba solo en un rincón, sentado en una silla plegable con una lata de Pepsi en la mano y un libro en rústica, y mordisqueaba un pliegue de su sudadera.

El hombre alzó los ojos y, al verme, fijó en mí su mirada y retornó después a su lectura con la intensidad de alguien que está ansioso por conocer el desenlace de la historia que está leyendo. Cerca de él, otros dos hombres, uno de ellos con traje holgado beige y corbata escocesa y, el otro, con camisa blanca suelta y pantalones caqui, estaban sentados ante una mesita y jugaban en silencio al ajedrez mientras fumaban.

A medida que mis ojos se adaptaban al entorno, advertí que en los extremos de la sala la gente se entregaba a otros juegos. Se veía otra partida de ajedrez entre un hombre y una mujer que movían las piezas rápida y encarnizadamente. A la izquierda de la mujer había un reloj de arena. A corta distancia se desarrollaban más enfrentamientos lúdicos. Scrabble, naipes, Backgammon, Go… Dos individuos con gafas y bigote y vestidos de negro, que podían haber sido gemelos, jugaban a algo parecido al ajedrez pero en una estructura plástica de forma cúbica: ajedrez en tres dimensiones. En la parte más próxima a la división de la cocina, otros dos hombres se entregaban a una actividad intensa con piedras pulidas, dados y un cubilete de madera. ¿Cómo les sería posible concentrarse con todo aquel ruido?

Naturalmente se trataba de seres inteligentes.

Fuimos hacia las bebidas. El mantel era un trozo de papel de rollo cortado de forma desigual. Gaseosas, cervezas, agua embotellada, whiskies escoceses de marcas desconocidas, vodka, bourbon, palomitas, galletas saladas, salsas, guacamole y camarones aún sumergidos en recipientes sintéticos.

Zena cogió una patata frita, la hundió en la pasta de aguacate, de donde surgió con una saludable prominencia verde, se la comió y repitió el procedimiento, dirigiéndolo a mi boca.

—¿Es bueno? —articuló con los labios.

—Excelente —repuse.

Se ahuecó el flequillo, sonriente, me lanzó un beso y tras cogerme por la hebilla del cinturón ladeó la cabeza hacia las puertas cristaleras. Sus ojos eran lo más brillante de la habitación.

Me hizo salir al balcón y cerró las puertas.

—Un sordo estrépito. Así los vecinos no nos maldicen.

Allí se estaba más tranquilo, pero no estábamos solos. Compartíamos el balcón con una docena de personas aunque nadie volvía la cabeza ni observaba con ojos vigilantes.

Se oían muchas conversaciones. Traté de descifrar palabras y capté algunas como «economía», «textura», «bifurcación» y «sistema de deconstrucción».

Zena se las ingenió para conducirme al rincón de la izquierda y me obligó a apoyarme contra la barandilla. Aunque no era tal cosa exactamente, sino un metal delgado cuyas piezas superiores e inferiores estaban conectadas por postes diagonales situados a bastante distancia unos de otros. A un hombre corpulento le hubiera sido difícil deslizarse entre ellos, pero a cualquier otra persona le hubiera resultado fácil.

Zena se apretujó contra mí y el metal se hundió más en mi espalda. El aire era cálido; la perspectiva, sorprendente.

Tal vez eso la convertía en la zona romántica de la fiesta porque junto a nosotros otra pareja se acariciaba febrilmente. El hombre, de mediana edad y algo calvo, era fornido y vestía chaqueta de tweed demasiado ajustada en los hombros, que se subía sobre sus pantalones de pana. Su compañera era unos años más joven, rubia, con gafas y delgado rostro, pero de gruesos brazos que se veían fláccidos con su traje blanco sin mangas mientras retorcía la solapa de su compañero. Él le dijo algo y la mujer le rodeó el cuello con los brazos y volvieron a besarse.

Junto a la pareja, tres hombres discutían acaloradamente… sobre módems, software, los idiotas que se conectaban a Internet y cómo había sido tergiversado el significado de la palabra «ciber» desde el concepto original de Norbert Wiener.

Zena me volvió la cabeza y aplastó su boca contra la mía.

Nadie reparó en ello.

La apatía era reconfortante. Pero también decepcionante, porque ¿qué reflejaba acerca de mis reflexiones conspiratorias?

¿Sería aquel un club de asesinos? Yo solo veía a algunas personas ansiosas de sexo y cháchara, jaquesmates y grupos de personas discutiendo.

Sesenta o setenta personas.

¿Cuántos de ellos eran asesinos?

Si es que había alguno, claro está.

Los tórtolos que estaban junto a nosotros seguían adelante con sus arrumacos mientras el trío que discutía elevaba el tono de voz, uno de ellos casi gritando.

Zena seguía explorando mi paladar con su lengua.

Descubrí que tenía las manos en sus hombros. ¿Cuándo las había puesto allí?

Retiró la lengua, preparándose para un nuevo ataque, y yo me aparté y le masajeé la nuca, su cuello pequeño y delicado y luego el hombro. Reparé en las prominencias de su clavícula.

Traté de disimular la retirada con una sonrisa.

—Es una fiesta agradable —dije—. Gracias por invitarme.

—Gracias a usted por venir, señor.

—¿Qué celebras exactamente?

—¿Por qué hay que celebrar necesariamente algo?

—De acuerdo —respondí—. ¿Cuál es el criterio organizativo?

Ella rio alegremente, guio mi mano hacia abajo por el crepé y la introdujo entre sus piernas.

Sentí su calor, la morbidez de sus muslos y luego un arrugado parche que fruncía la seda.

No llevaba bragas, no… allí había algo, una cinturilla pero muy delicada y muy baja. Era una braga biquini. ¿Por qué diablos hacía conjeturas?

Ella apretó los muslos apresando mis dedos.

Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, que olía a ginebra. Con una mano había asido el tejido de mi chaqueta y deslizaba la otra hacia abajo.

Otra vez, no… Realicé una frenética proyección mental de imágenes: rostros muertos, zapatillas ensangrentadas, callejuelas mugrientas y padres afligidos… Y me mantuve impávido.

Ella me miró. En su blanco y terso rostro aparecía el ya conocido destello de rabia narcisista.

Aparté su mano, le cogí el rostro y la besé.

Cuando nos detuvimos a respirar, su confusión era gratificante.

—Hay demasiada gente —dije con un movimiento de cabeza—. No me gustan las exhibiciones.

Miré hacia la apasionada pareja, que se dirigía lentamente hacia las puertas cristaleras.

A la mujer le tembló el labio inferior al tiempo que asentía.

—Lo comprendo, A. —dijo Zena.

Me volví, apoyé las manos en la barandilla y simulé contemplar el paisaje. Había muchas zonas oscuras entre la calle y los destellos. Allí podía encontrarse cualquiera.

Ella se acercó a mí, apoyó su cabeza contra mi cuerpo y yo la rodeé con el brazo y acaricié su mejilla. La excitada pareja se había marchado pero la discusión entre los tres hombres proseguía con violencia. Salieron dos mujeres con copas y riendo, y se dirigieron al extremo opuesto del balcón.

—Repito mi pregunta original, Z.: ¿qué acontecimiento se celebra? No se trata simplemente de una reunión de amigos, ¿no?

Noté cómo se ponía tensa.

—¿Por qué dices eso?

—Porque esta gente no se comporta como si fueran amigos tuyos.

Le froté la nunca con más intensidad, lentamente, y ella se estremeció.

—Nadie te dedica la menor atención, y es bastante difícil ignorarte. Por lo que deben de tener sus propios intereses.

Introdujo los dedos bajo mi chaqueta y me acarició el coxis.

—¡Oh, no sabía eso! Que sea difícil ignorarme.

—¡Oh, yo sí, Z.! Cualquier grupo que sea capaz de eclipsarte es patológicamente egocéntrico o está muerto.

Le levanté los cabellos y rocé el lugar donde sus finos mechones se encontraban con la suave carne del cuello.

—Son conocidos —repuso—. Piensa en ellos como almas gemelas.

—¡Ah! ¿Se trata de la élite intelectual? —dije.

—En realidad, sí.

—¿Basándose en qué criterio?

—En pautas válidas y muy fiables, Andrew. Establecidas por psicólogos.

—¡Oh, Dios Santo! ¿Por qué no me siento sobrecogido?

Ella se echó a reír.

—Creo que podríamos ser aún más selectivos, pero este es un buen principio.

—Un club de gente inteligente —dije—. Y tú pones la casa.

Ella me miró fijamente.

—Hoy me corresponde a mí. Y esa es mi única obligación, pues estoy en libertad de divertirme a mis anchas.

Volvió a cogerme por la barbilla —una costumbre enojosa— y me hizo cosquillas en el labio inferior con una uña.

—Bien —dije—. Me siento privilegiado por encontrarme en tan elevada compañía. Y sin tener que pasar ninguna prueba.

—Has superado la mía.

—Gracias, señora. Solicitaré una subvención federal basándome en ello.

—¡Qué cínico!

Sonrió pero había algo indeciso en su voz, ¿tal vez se había sentido herida por algo que yo había dicho?

Me volví sin dejar de acariciarla y centré mi atención en las casas que se encontraban al otro lado del cañón. En el aire había una extraña mezcla de polución y olor a pino.

—¡Muy divertido! —exclamé.

—¿No serás un asceta, verdad Andrew? ¿Uno de esos aguafiestas de la nueva era?

—¿Qué tiene que ver el ascetismo con el cinismo?

—Según Milton, bastante. Escribió un poema acerca de eso… «Y busca sus preceptos en la tina de los cínicos, elogiando la magra y cetrina abstinencia».

—Magra y cetrina —repetí—. Hace mucho que no me miro al espejo, pero créeme, me consta que la abstinencia no vuelve más afectuoso el corazón.

Ella se echó a reír.

—Estoy completamente de acuerdo. Lo que estoy descubriendo es que pareces muy… antagónico. Advierto cierta resistencia.

Y se estrechó más contra mí.

Seguí mirando hacia adelante, luego me volví hacia ella y la cogí por los hombros.

—Lo cierto es que me han arruinado, Z. Que estoy socialmente deformado. Han sido demasiados años de oír lloriquear a muchos neuróticos.

—Puedo entenderlo —dijo ella.

—¿De verdad? Entonces comprenderás que las fiestas despiertan lo peor de mí. He venido esta noche porque deseaba verte. Eso convierte en basura a cualquier otro ser con dos piernas.

Se le aceleró la respiración.

—¿Y si organizásemos una reunión más tranquila? —le dije—. ¿Estás libre mañana?

Intensifiqué mi presión en sus hombros. Ella se veía frágil, muy fácil de herir. Entonces pensé en Malcolm Ponsico y tuve que contenerme para no apretar con más fuerza.

—Yo… ¿y si encontráramos un lugar más tranquilo aquí mismo, Andrew?

Ladeé la cabeza hacia la sala atestada al otro lado del cristal.

—Debes de estar bromeando.

—En absoluto —respondió—. Abajo, en mi habitación.

Cerró los ojos.

—Vamos, deja que te muestre mis animalitos de peluche.

¡Brillante, Delaware! ¿Y ahora, qué?

Me arrastró por el balcón y cruzamos la sala. Algunos se volvieron a mirarnos pero de nuevo sin mostrar verdadero interés.

Delante de nosotros, la puerta del baño se hallaba entreabierta, y las luces estaban encendidas. Ella la cerró a su paso y me condujo escalera abajo. Estaba desvencijada, los peldaños se estremecían bajo nuestro peso.

Al final había otra combinación de aseo-cuarto de baño y un solo dormitorio.

Puso la mano en el pomo, lo hizo girar y frunció el ceño.

—¡Mierda! —exclamó.

—Parece ser que alguien se nos ha adelantado.

—¡Mierda, mierda, mierda!

Golpeó con su puñito en el aire.

—¡Oh, no se podía esperar que hicieran eso! ¡Los machacaré hasta que…! ¡Oh, mierda!

Maldijo, agitó la cabeza y subió corriendo la escalera. Yo la seguí.

—Supongo que la élite establece sus propias normas… —dije.

—¡Deja ya de decir tonterías! ¡Estoy empapada y solo se te ocurre decir ingeniosidades, eres un bastardo misántropo!

—Prefiero divertirme que divertir a los demás, pero es evidente que esta no es nuestra noche de suerte. De modo que considera mi invitación original: mañana. O incluso esta noche, cuando concluya tu sarao. Ven a mi casa y te aseguro intimidad.

Le acaricié el cabello.

—Dios Santo —dijo ella, golpeándome muy suavemente el pecho y mirando mi cremallera—. Cielos, eso suena muy bien… Pero ¡maldita sea!, no puedo.

—¿Quién se hace ahora el duro?

—No es eso. Tengo que… limpiar, instalar a mis invitados. Y cuando ya estén acomodados… Es muy complicado, A.

—¡Pobre pequeña! —exclamé, atrayéndola hacia mí—. ¡Cuántas responsabilidades! A propósito, ¿cómo se llama este club?

—¿Cuál es la diferencia? —repuso con más cansancio que reserva.

—Todas esas responsabilidades con el Club-Cuál-es-la-Diferencia…

Ella sonrió.

—De acuerdo, Z. Será mañana. Si me haces esperar más, sabré que nuestro karma-sino-cósmico-algoritmo o lo que sea está maldito.

Me rodeó la cintura con los brazos. Pese a los tacones, se quedaba bajo mi barbilla y sus senos se hundían en mi estómago.

—Así pues, ¿cuál es la respuesta?

—Sí —dijo ella—. ¡Joder, sí!

Le dije que iría al baño y me marcharía.

—¿Tan temprano? —se asombró.

—Si me quedo, me volveré peligroso. ¿A qué hora mañana?

—A las diez de la noche —respondió.

Comencé a recitar la dirección de Genessee.

—No: tú vendrás aquí —dijo—. Mis invitados se marchan mañana. Te quiero aquí, en mi cama.

—¿Tú, los animales de peluche y yo?

—Te enseñaré los peluches, de acuerdo. Te enseñaré cosas que nunca has imaginado.

—Estupendo —respondí—. El escenario no importa, solo los intérpretes.

—¡Pues claro! —exclamó—. Soy una estrella.

Tras un largo e intenso beso, ella se marchó como una llamarada azul que circulara entre la multitud.

Entré en el lavabo. Era estrecho, estaba revestido de papel metalizado estampado con flores plateadas y las baldosas blancas que estaban sobre el tocador se hallaban agrietadas. No había ventanas y un ruidoso ventilador situado en el techo disipaba el hedor de las múltiples y recientes visitas.

Me senté sobre la tapa del váter y traté de ordenar mis pensamientos.

Había estado allí más de una hora y no había conseguido nada, ni siquiera el nombre de Meta. Porque lo único que a ella le interesaba era acostarse conmigo, no reclutarme.

Aún podía sentir el sabor de su lengua y el aroma de su perfume persistía en mí, lo percibía en mi mente, más que olerlo.

Me enjuagué la boca con agua del grifo y escupí.

Si volvía aquella noche a casa, Robin me preguntaría cómo habían ido las cosas.

Yo le diría que había sido aburrido, que aquella mujer estaba loca.

Probablemente era así cómo se sentían las mujeres policía de la brigada antivicio cuando aguardaban de pie en las esquinas a que hombres ávidos y asustados se acercaran y negociaran un precio…

Pero sería equivocado considerarla patética en lugar de peligrosa.

¿Habría cometido ese error Malcolm Ponsico?

Tenía que suprimir la piedad. Dejar de pensar como un terapeuta.

Había llegado el momento de regresar, llamar a Milo y decidir hasta qué extremo debía seguir aquella situación.

Me levanté, me lavé las manos y abrí la puerta. Distinguí movimiento a mi izquierda: dos personas subían la escalera.

La puerta del dormitorio de Zena estaba abierta, pero no salían de ella unos amantes tras una cita.

Primero apareció el tipo de barba trigueña y cabellos cortados al cero con su sudadera gris y su aspecto siempre torvo.

El hombre me dirigió una fría mirada que yo simulé no advertir.

¿Nos habríamos visto anteriormente…? Había algo que me resultaba familiar en él…

Entonces vi al hombre que lo seguía y me volví de espaldas entre los tumultuosos latidos de mi corazón. Traté de disimular el temor que sentía y me dirigí con paso normal pero firme hacia la puerta principal.

Una milésima de segundo había bastado para darme cuenta de todo.

Se trataba de un hombre de más edad, con chaqueta de seda gris. Tenía los cabellos castaños y cortos, y las sienes plateadas. Su rostro estaba bronceado, lucía gafas con montura dorada, tenía el paso atlético y era fornido.

Unas copas en el puerto marítimo, calamares y un espléndido cigarro.

Se trataba del sargento Wesley Baker, el oficial instructor de Nolan Dahl.

Y entonces comprendí dónde había visto al hombre de la barba.