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Al llegar a este punto algo cambió en el ambiente.
Milo y Sharavi coincidieron en varios aspectos.
Trabajar en secreto era un asunto grave. Sharavi lo calificaba de disociación temporal.
—Hablamos de visitar una librería —intervine.
—Una visita que puede conducir a algo, doctor. Debes ser sumamente cuidadoso desde el principio.
—¿Qué quieres decir?
—Presentarte como otra persona, sentirte cómodo siendo otra persona.
—Estupendo.
—Y es preciso que Robin esté de acuerdo con ello —intervino Milo.
—¿No creéis que es un poco…?
—No, Alex, no lo creo. Lo más probable es que vayas allí, te encuentres con algunos libros raros y vuelvas a casa. Incluso aunque conectes con Meta, podría ser un callejón sin salida, tal vez incluso una nimiedad. Pero Daniel y yo sabemos que el trabajo policial consiste en un noventa y nueve por ciento de aburrimiento y un uno por ciento de pánico ante lo inesperado. Nos enfrentamos a una persona que apuñaló a un ciego por la espalda. ¿Cuánto tardarás en prepararle la documentación falsa? —preguntó, dirigiéndose a Sharavi.
—Medio día para los carnets de conducir y de la seguridad social, además de las tarjetas de crédito —repuso el israelí—. También puedo conseguirle ropas, si es necesario, y un coche.
—¿La dirección de los documentos identificativos será falsa o real? —quiso saber Milo.
—Es preferible que sea real. Conozco un lugar en el Valley que está disponible en este momento, pero quizá me sea posible encontrar otro en la ciudad.
—¿Cómo tapadera o para uso real?
—En el caso de una interpretación prolongada del papel, podría utilizarlo.
Milo se volvió hacia mí.
—Tal vez tuvieras que trasladarte por un tiempo, Alex. ¿Estás preparado para eso?
Se expresaba con dureza. Comprendía lo que estaba pensando. La última vez que me había mudado, el traslado había sido forzoso: huía del psicópata que había incendiado mi casa.
—Supongo que no nos referimos a un plazo largo.
—Probablemente unos días, no semanas —dijo Milo—. ¿Pero qué sucederá con tus pacientes?
—No tengo ninguno en estos momentos —respondí.
Desde que Helena Dahl había desaparecido. Pensé en su hermano, otro suicida con alto cociente intelectual.
—¿Y qué me dices de antiguos pacientes en crisis?
—Siempre puedo contactar con mi despacho. La mayor parte de nuestras actividades consisten en papeleo… preparación de informes.
—Bien —dijo Sharavi—. Hasta el momento, tu estilo de vida parece adaptarse a esto estupendamente.
Milo frunció el ceño.
Ambos me dieron más normas.
Con el fin de evitar descuidos accidentales necesitaría utilizar un falso nombre similar al mío verdadero y una historia personal que surgiera de la mía.
—Serás un psicólogo pero no en práctica activa —dijo Milo—. Nada que resulte fácil de investigar.
—¿Cómo alguien que hubiera asistido a una escuela de graduados en psicología pero que hubiera abandonado sin acabar? —dije—. Todos los estudios, salvo la tesina.
—¿Abandonar? ¿Por qué razón?
—Conflictos personales —dije—. Era demasiado listo para ellos, por lo que lo echaron a perder durante su tesina. Mi instinto me dice que se trata de un perfil compatible con los miembros de Meta.
—¿Por qué?
—Porque la gente que pasa mucho tiempo hablando y pensando en lo inteligente que es no suele conseguir nada.
Milo pensó en ello con detenimiento y luego asintió.
—¿Hasta ahora todo va bien? —preguntó Sharavi.
—Sí, pero deberías comenzar a pensar en primera persona, doctor, no en tercera.
—De acuerdo —respondí—, dejé los estudios porque los amenacé. Mi investigación los amenazaba. Los genes del cociente intelectual políticamente incorrectos…
—No —dijo Milo—. Demasiado próximo… demasiado bonito.
—Estoy de acuerdo —intervino Sharavi—. Tal vez esa gente no sean tan inteligentes como creen, pero no son tontos. No puedes meterte allí siendo demasiado afín a ellos.
—Exactamente —dijo Milo—. Tal como yo lo veo, debes mostrar curiosidad pero no subirte a su carro. Si es que llegas tan lejos.
—De acuerdo —dije sintiéndome vagamente estúpido—. Esencialmente soy un tipo antisocial que no confía en grupos, de modo que no deseo unirme a ninguno nuevo. Mi investigación trataba sobre… ¿Qué tal sobre estereotipos de papeles sexuales y pautas para la crianza infantil? Hice algún trabajo sobre eso en la escuela de posgraduados, luego cambié a trabajo hospitalario y no publiqué nunca, de modo que no existe ninguna relación por escrito.
Sharavi tomó unas anotaciones.
—Estupendo —dijo Milo—, prosigue.
—Me quedé sin dinero. El departamento no me subvencionó porque me negué a seguirles el juego y…
—¿Qué juego? —intervino Sharavi.
—Política entre departamentos. Es algo de lo que puedo hablar con autoridad.
—¿Cuándo sucedió todo eso? —inquirió Milo.
—¿Hace diez años?
—¿En qué escuela?
—¿Qué tal un programa desacreditado? ¿Uno que se fue a pique? Durante los años ochenta los hubo a montones.
—Me gusta eso —dijo Sharavi.
Miró a Milo, que gruñó en señal de asentimiento.
—Encontraré uno y crearé algún ensayo para ti.
—En vista de que tu imprenta es tan buena, ¿qué tal si hicieras billetes de veinte dólares? —bromeó Milo.
Sharavi señaló con la mano la deprimente habitación.
—¿Cómo crees que financio tantos lujos?
Milo se rio entre dientes y luego se puso serio.
—Hablando de financiación. ¿Cómo te has mantenido desde que abandonaste los estudios, señor Excepto la Tesina?
—¿Dinero familiar? —propuse—. ¿Una pequeña herencia? Lo suficiente para ir pasando pero sin lujos. Sin embargo, ese es otro motivo de mi frustración. Soy brillante, demasiado bueno para mi situación en la vida.
—¿Trabajas?
—No. Aún busco algo en lo que realizarme. El típico holgazán de Los Ángeles.
Ambos asintieron.
—Así pues, ¿cómo me llamo? —dije—. ¿Cuán parecido puede ser?
—Lo suficiente para que te resulte fácil de recordar —dijo Milo—, pero no tanto como para que utilices el verdadero por error.
—¿Qué tal Allan? —propuse—. Allan Del… lo que sea. ¿Delvecchio? Podría pasar por italiano.
—No —dijo Milo—. No hagamos intervenir la parte étnica en esto. Tal vez no les guste ninguna clase de etnias y no deseo que tengas que fingir alguna conversación sobre recetas de pasta de mamá.
—¿Qué tal Delbert? Delham… ¿O simplemente Dell?
—¿Allan Dell? —repitió—. Suena a falso. Y es demasiado afín.
—¿Arthur Dell? ¿Albert, Andrew? ¿Andy? —dije.
—¿Qué os parece Desmond? —intervino Milo—. Como el tipo de Sunset Boulevard. Andy Desmond… ¿Podrías vivir con ello?
Me lo repetí varias veces.
—Desde luego, pero ahora espero una casa grande, Daniel.
—Lo siento —repuso Sharavi—, hay un límite.
—Andrew Desmond, el aspirante a psicólogo —repitió Milo—. Señor Aspirante. Así pues, ¿podemos tener los papeles mañana?
—Podríamos, pero te sugiero que esperemos unos días.
—¿Por qué?
—Para darle a Alex la oportunidad de sentirse cómodo con el papel. Y para dejarse crecer la barba… ¿Usas lentes de contacto?
—No.
—Bien. Puedo facilitarte gafas con lentillas claras. Es sorprendente lo efectivas que pueden ser. Y podrías considerar la idea de cortarte el pelo. Cortito. Esos rizos son un poco… llamativos.
—Tendré que consultarlo. A Robin le gusta mucho así —dijo Milo.
—Si hay algún problema…
—No es ningún problema —repuse.
Silencio.
—Estupendo, entonces —dijo Sharavi—. Sepamos algo más de ti, Andrew: háblame de tu infancia.
—Siempre he deseado contársela a un psicólogo —repuse tras echar una mirada a Milo.