14
A la mañana siguiente, a las diez, me llamó el doctor Roone Lehmann.
—He estado revisando el archivo de Nolan. ¿Cómo lo lleva su hermana?
—Resistiendo —dije—. Es duro.
—Sí, bueno… era un joven complejo.
—Complejo y brillante.
—¿Cómo?
—Helena me dijo que lo consideraban superdotado.
—Comprendo… Es interesante. ¿También ella es superdotada?
—Es una mujer inteligente.
—Sin duda. Bien, si quiere pasar por mi consulta, digamos hacia mediodía, podré dedicarle veinte minutos. Pero no puedo prometerle nada extraordinario.
—Gracias por su tiempo.
—Forma parte del trabajo, ¿no es cierto?
Al cabo de unos momentos me llamó Milo.
—El forense dice que Latvinia no fue violada. Según Hooks, Montez, el conserje, tiene una coartada durante el tiempo en que se produjo el crimen.
—¿Consistente?
—No perfecta, pero a veces los criminales presentan las mejores coartadas. Estuvo trabajando en la licorería desde las siete hasta las once y media. El propietario lo confirma, dice que Montez tiene un impecable historial laboral. Luego estuvo en su casa con su mujer y sus hijas, ambas mayores; estaban todas levantadas. Las tres juran que se acostó poco después de la medianoche y la mujer está segura de que él no abandonó la casa. Ella se levantó a las tres para ir al lavabo y lo vio. Sus ronquidos volvieron a despertarla a las cinco.
—La mujer —dije.
—Sí, pero Montez es tan sólido como el que más: lleva treinta y cinco años casado, hoja de servicio en Vietnam, no se le conocen actividades criminales, ni siquiera le han puesto multas de tráfico. El director de la escuela asegura que se lleva bien con todos, que siempre está dispuesto a realizar trabajos extras y que se preocupa mucho de la escuela y de los alumnos. Le dijo a Hooks que cortar la cuerda y depositar el cuerpo en el suelo era exactamente lo que Montez haría. Hace un par de años, un niño estuvo a punto de ahogarse y Montez le aplicó la maniobra de Heimlich y lo salvó.
—Un verdadero héroe.
—Aguarda: aún hay más. Hooks localizó a un antiguo compañero del ejército de Montez, un vecino del mismo edificio. Al parecer, Montez se defendió de una patrulla del vietcong y rescató a otros seis soldados. Le han concedido muchas medallas. Algo que recuerdo claramente es que los cong colgaban los cadáveres y que nosotros les cortábamos las cuerdas constantemente. De modo que esta podría ser otra razón. Con referencia a Latvinia, Hooks y McLaren hablaron con su abuela y ella dijo que la muchacha era incorregible, que salía a todas horas y que no atendía a razones. No tenía novios formales ni se había incorporado a ninguna banda. Solo que no era brillante, pero sí tranquila y crédula, y que a veces se comportaba de forma extraña, cantaba y bailaba y se levantaba la blusa. Los vecinos dicen de Latvinia que era una muchacha a la que cualquiera podía convencer para lo que fuera.
—¿Descubrieron drogas en su organismo?
—Los resultados de toxicología aún no se han recibido, aunque el forense dijo que no se advertían marcas de pinchazos en el cadáver. Sin embargo, sus orificios nasales estaban significativamente erosionados y presentaba ciertas cicatrices en el corazón, de modo que seguro que tomaba coca. Aún estoy investigando las muertes de muchachas sordas en otras divisiones y también he hecho comprobar la nota con las iniciales DVLL. Hasta el momento no se ha descubierto nada. Probablemente sería un pedazo de papel que cayó fortuitamente.
—¿No se ha encontrado nada en la bolsa de pruebas de Irit?
—No había efectos personales en ella. Se devolvió todo a los padres, y en los registros de la sala de evidencias no figura contenido de bolsillo de ninguna clase.
—¿Se suelen devolver los trajes en un procedimiento habitual no resuelto?
—No, pero sin haber hallado semen, fluidos orgánicos ni cualquier otra evidencia, y como Carmeli es un pez gordo, comprendo que haya sucedido así.
Hizo una pausa y añadió:
—Sí, es muy enojoso. Pero en estos momentos me conformaría con el abogado de un culpable que le diera vueltas al asunto.
—¿Le pedirás a los Carmeli que te dejen ver las ropas?
—¿Crees que vale la pena?
—Probablemente, no, pero por si acaso…
—Sí. Sacaré el tema cuando hable con la madre. Le dejé un mensaje a Carmeli solicitándole respetuosamente la entrevista, pero no he recibido respuesta. Según tengo entendido, las ropas ya habrán sido enterradas. ¿Entierran las ropas los judíos?
—No lo sé.
—Bueno. De acuerdo, te llamaré si surge algo interesante. Gracias por escucharme, y mándame la factura.
Me dirigí al centro evitando la autovía y tomando Sunset. Deseaba sentir la ciudad desde Bel Air a Skid Row. Al entrar en el hospital Row recordé mi época en el centro Western de pediatría, mi introducción en un mundo de sufrimiento y soluciones poco frecuentes. Y también heroica. Pensé en Guillermo Montez, que había salvado tantas vidas en Asia, que había ganado aquellas medallas y que a la sazón trabajaba como conserje como segundo empleo.
Al llegar a Echo Park, Los Ángeles se convertía en Latinoamérica. Entonces, el perfil de la ciudad central aparecía a la vista tras un trébol de la autopista, acero azul y cemento blanco y puro oro en el reflejo de los cristales de las torres, que penetraba en un cielo como de leche cuajada.
El consultorio de Lehmann en la calle Séptima se encontraba en un bonito edificio de seis plantas y piedra caliza, de los más antiguos, en una parte circunscrita del distrito donde predominaban los trajes rayados y las agendas de bolsillo, y los enfermos y los sin hogar eran invisibles.
Dejé el coche en un aparcamiento de pago próximo y me dirigí a la casa. La planta baja del edificio estaba ocupada por una compañía de seguros que tenía entrada propia. A la derecha se hallaba un vestíbulo separado del resto de la estructura, generosa y fría, en granito carbón con adornos dorados, dos ascensores con cajas también doradas, olor a tabaco y loción postafeitado y un mostrador de recepción de nogal tallado en el que no había nadie.
Según el directorio, las plantas primera y segunda estaban ocupadas por un banco privado llamado American Trust y la tercera por algo que figuraba como City Club, adonde se accedía tan solo con una llave privada del ascensor. El resto de los inquilinos eran firmas inversoras, abogados y contables y en el piso superior se encontraba Roone Lehmann, doctor en filosofía, que figuraba como «asesor».
Aquel era un escenario insólito para ejercer la terapia, y Lehmann no se anunciaba como psicólogo.
¿En consideración a agentes de policía tímidos para someterse a tratamiento y a pacientes asimismo reacios?
En aquel momento llegó uno de los ascensores y subí hasta la sexta planta. Los techos del pasillo eran altos y blancos y estaban rodeados por molduras que formaban guirnaldas; los vestíbulos, con paneles de roble y alfombrados de lana color tabaco, tenían impresas estrellitas blancas. Las puertas de los despachos eran asimismo de roble y se identificaban por pequeñas placas plateadas que habían sido pulimentadas recientemente. Una música suave y anodina fluía de invisibles altavoces. De las paredes pendían litografías cinegéticas y cada cinco metros se veían flores naturales en jarros de cristal sobre relucientes mesitas Pembroke. No se parecía en nada al desangelado ambiente del consulado israelí.
El despacho de Lehmann se encontraba en una esquina, custodiado por sendos bufetes de abogados de múltiples socios. Su nombre y titulación figuraban sobre plata, de nuevo sin mencionar su ocupación.
Intenté abrir, pero la puerta estaba cerrada. A la derecha, un botón iluminado irradiaba resplandor ambarino-anaranjado contra la madera.
Lo pulsé e inmediatamente me introduje en una reducidísima antesala de paredes oscuras en la que se encontraban dos sillones con orejas y un sofá rígidamente tapizado de color verde y estilo reina Ana. En una mesita de té china con cubierta de cristal se veían ejemplares del Wall Street Journal, el Times y el USA Today. Las paredes estaban desnudas. Llegaba una tenue luz de dos puntos empotrados en lo alto. En la puerta interior aparecía otro botón sobre un letrero que decía: «Llame, por favor».
Antes de hacerlo, la puerta se abrió.
—¿Doctor Delaware? Soy el doctor Lehmann.
Era la misma voz agridulce, más apagada que cuando la oí por teléfono, casi triste.
Estreché su mano blanda y nos examinamos mutuamente. El hombre era cincuentón, alto, de hombros redondos y aspecto suave, con abundantes cabellos blancos y rasgos gruesos y aplastados. Las cejas eran espesas sobre los párpados cansados. Me miraba con sus ojos castaños entornados.
Llevaba una chaqueta cruzada de color azul marino con botones dorados, pantalones grises de franela, camisa blanca y corbata rosa con el nudo flojo. Del bolsillo asomaba cuidadosamente la punta de un pañuelo blanco y sus zapatos tenían punteras negras.
Se veía descuidado, aunque sus ropas estaban planchadas a la perfección y eran caras. La chaqueta de cachemira y los ojales bordados en los puños revelaban la confección a medida, el cuello estaba rematado por una fina costura y la corbata era de una mezcla de seda.
Me hizo una seña para que entrara. El resto del recinto consistía en un pequeño baño con paneles de nogal y un enorme despacho color amarillo crema con techo alto y molduras y entarimado de roble envejecido en espiga que se había levantado en algunos lugares. Una deshilachada alfombra persa azul, al parecer muy antigua, se extendía en diagonal sobre el parqué. En el fondo de la sala, otros dos sillones azules con orejas y una mesa de filigrana de plata constituían un rincón propicio para la conversación. Entre aquella zona y el escritorio se veía una extensión vacía de alfombra y luego un par de sillones negros de tweed próximos a una enorme mesa de madera de cerezo.
Había dos librerías victorianas de caoba, atestadas de volúmenes, pero las puertas de cristal que las cubrían devolvían un negro resplandor que recibían de un par de ventanas y oscurecían los títulos. Las ventanas eran estrechas y altas y sus extremos exteriores estaban cortados por cortinajes recogidos de terciopelo carmesí y ofrecían rectángulos de la perspectiva de la ciudad.
Una gran perspectiva. Un edificio más moderno hubiera ofrecido todo un muro de transparencia. Cuando aquel había sido construido, el panorama probablemente consistía en chimeneas y campos de habichuelas.
Las paredes amarillas estaban tapizadas de seda. No se veían credenciales ni diplomas: nada que identificara la finalidad del consultorio.
Lehmann me indicó que ocupase uno de los sillones negros y se acomodó tras el escritorio de cerezo. La parte superior era de cuero verde con bordes estampados en oro y sobre él se veía una escribanía plegable de piel, un tintero de plata, un abrecartas, un soporte de pluma y un curioso artilugio de plata con la parte superior almenada extravagantemente grabada de cuyos diversos compartimentos surgían sobres. Probablemente era una especie de guardacartas.
Lehmann pasó el dedo por el borde.
—Interesante objeto —dije.
—Es un contenedor de documentos georgiano —me dijo—. Se encontraba en el Parlamento Británico hace doscientos años. Es un depósito de historia. Tiene un agujero en el fondo por donde estaba atornillado a la mesa del escribano para que nadie pudiera birlarlo.
Lo levantó con ambas manos y me lo mostró.
—De todos modos, ha encontrado su camino a través del océano —respondí.
—Es una pieza familiar —repuso, como si eso lo explicara.
Extendió las manos sobre la escribanía y consultó un pequeño reloj de oro.
—El agente Dahl. Me sería útil saber lo que usted conoce sobre él.
—Me han dicho que era brillante y que tenía un carácter muy variable —respondí—. No era el típico policía.
—¿No pueden ser brillantes los policías?
—Pueden serlo y lo son. Helena, su hermana, lo describió como alguien que ha leído a Sartre y a Camus. Acaso sea un estereotipo, pero no suele imaginarse como característico de la policía de Los Ángeles. Aunque si usted trabaja habitualmente con ellos, ya debe de saberlo.
Levantó las manos hacia arriba y sus palmas se encontraron y se tocaron en silencio.
—Cada año mi práctica me comporta menos sorpresas, doctor Delaware. ¿No le resulta más difícil resistirse a ver pautas?
—A veces —repuse—. ¿Le envió a Nolan el departamento?
Otra pausa. Señal de asentimiento.
—¿Puedo preguntarle por qué?
—Lo habitual —dijo—. Problemas de adaptación. El trabajo es extremadamente estresante.
—¿Qué clase de problemas laborales tenía Nolan?
Se humedeció los labios y los blancos cabellos cayeron sobre su frente. Los apartó y comenzó a juguetear con su corbata rosa, golpeando la punta con la uña del pulgar, una y otra vez.
—Nolan tenía problemas personales y dificultades relacionados con su trabajo —dijo finalmente—. Era un joven preocupado. Lo siento, no puedo ser más específico.
¿Para eso había atravesado la ciudad en coche?
Echó un vistazo en derredor, observando la grande y decorada estancia.
—Variable. ¿Es expresión suya o de Helena?
Sonreí.
—Tengo un paciente vivo, doctor Lehmann. Y, por consiguiente, mis propias limitaciones confidenciales.
El hombre sonrió a su vez.
—Desde luego, simplemente intentaba… Dejémoslo así, doctor Delaware. Si utiliza «variable» como un eufemismo de trastorno afectivo, lo comprendo muy bien. Muy bien.
De ese modo me informaba, implícitamente, de que Nolan había sufrido bruscos cambios de talante. ¿Solo era depresivo o también maníacodepresivo?
—Supongo que es demasiado preguntar si hablamos de unipolar o bipolar… —sugerí.
—¿Importa eso realmente? Estoy seguro de que ella no busca un diagnóstico de lo más académico.
—Cierto —respondí—. ¿Se le ocurre algún otro eufemismo?
Se alisó la corbata y se irguió en su asiento.
—Doctor Delaware, simpatizo con su situación y con la de la hermana. Es muy natural que ella busque respuestas, pero usted y yo sabemos que nunca conseguirá realmente lo que busca.
—¿Y qué es lo que busca?
—La absolución que siempre ansían los supervivientes. Como le he dicho, es comprensible, pero cuando uno se ha enfrentado a muchísimos casos similares, sabe que eso los desconcierta. Ellos no han pecado; el suicida, sí. Por así decirlo, estoy convencido de que Helena es una mujer encantadora que adoraba a su hermano y que ahora se tortura pensando en lo que podía haber hecho y no hizo. Disculpe mi audacia, pero yo diría que sería más ventajoso para ella que usted la indujera a sentirse mejor consigo misma a que intente hacerle comprender las maquinaciones de una mente muy torturada.
—¿Estaba Nolan demasiado torturado para trabajar como policía?
—Evidentemente, pero eso nunca resultó claro. Nunca.
Había levantado la voz y le apareció una mancha roja en el cuello bajo la mandíbula. El color se extendió hacia abajo y desapareció bajo su camisa.
¿Se le habría escapado alguna señal de peligro? ¿Se estaría cubriendo las espaldas?
—Es una absoluta tragedia. Esto es cuanto tengo que decir —concluyó.
Y se levantó.
—Doctor Lehmann, yo no quería dar a entender…
—Pero alguien más podría hacerlo, y no lo aceptaré. Cualquier terapeuta digno de su profesión sabe que no se puede hacer nada en absoluto cuando un individuo está decidido a autodestruirse. Fíjese en los suicidios que tienen lugar en salas de psiquiatría con plena vigilancia.
Se inclinó hacia mí, tirando con una mano de la solapa de cachemira.
—Dígale a su paciente que su hermano la quería pero que sus problemas lo superaron. Problemas que es preferible que ella desconozca. Créame… es mucho mejor.
Y se me quedó mirando fijamente.
—¿Problemas sexuales? —indagué.
Hizo un ademán de rechazo.
—Dígale que ha hablado conmigo y que le he dicho que estaba deprimido y que su trabajo pudo haber exacerbado la depresión pero que no la causó. Dígale que el suicidio no se podía haber evitado y que ella no ha tenido nada que ver con él. Ayúdela a recomponer sus fisuras emocionales. Ese es nuestro trabajo: reparar, aliviar, masajear. Informar a nuestros pacientes de que están bien. Somos los correos de la tranquilidad.
A través de su cólera se percibía algo que creí reconocer. La tristeza resultante de pasar demasiados años absorbiendo el veneno ajeno. La mayoría de los terapeutas lo experimentan antes o después. A veces, esa sensación pasa; otras, se instala como una enfermedad crónica.
—Supongo que sí —respondí—. Entre otras cosas. A veces resulta difícil.
—¿Qué?
—Masajear.
—¡Oh, no lo sé! —dijo—. Uno escoge su trabajo y lo hace. Esa es la clave para ser profesional. No tiene sentido quejarse.
Cuando la situación se pone difícil, el terapeuta se vuelve aún más difícil. Me pregunté si habría utilizado el enfoque animoso con Nolan. El departamento aprobaría algo parecido.
—Después de todos estos años, el trabajo me resulta enriquecedor —repuso con una sonrisa.
—¿Cuántos años son esos?
—Dieciséis, pero aún me siento como nuevo. Tal vez porque mi primera carrera la desempeñé en el mundo de los negocios, donde la filosofía era muy diferente. No basta con triunfar: uno debe fracasar.
—Eso es brutal —dije.
—¡Oh, sí! En comparación, los policías son fáciles.
Me acompañó hasta la puerta y, mientras pasábamos junto a las repletas librerías, logré distinguir algunos títulos. Estructura organizativa, comportamiento de grupos, estrategias de dirección, pruebas psicométricas.
—Lamento no haberle podido facilitar más información —me dijo cuando llegamos a la sala de espera—. Toda la situación fue… sombría. Procure que la hermana conserve su propia imagen de Nolan. Créame, es mucho más compasivo.
—¿Esa indecible patología que demostró se halla directamente relacionada con el suicidio? —pregunté.
—Es muy probable.
—¿Se sentía culpable por algo?
El hombre se abotonó la chaqueta.
—No soy un sacerdote, doctor Delaware. Y su cliente desea ilusión, no hechos. Confíe en mí.
Cuando regresaba al ascensor sentí como si me hubieran hecho ingerir precipitadamente una comida insípida y de precio excesivo que estuviese empezando a repetirme.
¿Por qué me había hecho perder el tiempo?
¿Se proponía decirme algo más pero había cambiado de idea?
¿Se sabía profesionalmente vulnerable porque había omitido algo crucial?
Temía una demanda judicial que nos convertiría a Helena y a mí en una importante amenaza. Negarse en redondo a hablar conmigo se hubiera considerado como un obstruccionismo irracional.
Pero si ocultaba algo, ¿por qué había llegado a insinuar que Nolan sufría graves problemas?
¿Tal vez deseaba descubrir qué sabía yo?
El ascensor se abrió en la planta quinta y entraron en él cinco tipos fornidos vestidos de azul y con gafas que interrumpieron sus charlas joviales en cuanto me vieron. Se volvieron de espaldas mientras el más alto introducía una llave en la rendija del City Club. Cuando hubieron salido, el ascensor tardó unos momentos en ponerse de nuevo en marcha y distinguí la perspectiva de un suelo de mármol de cuadros blancos y negros, tabiques de madera pulimentada, óleos que representaban paisajes discretamente iluminados y mezclas de flores de llamativos colores en vasijas de obsidiana.
Un maître con esmoquin les sonrió y les dio la bienvenida. Entraron en el club charlando de nuevo y riendo. Detrás de ellos sonaba la cubertería de plata y camareros de color con americanas rojas pasaban, apresurados, con platos tapados sobre bandejas. Mientras el ascensor se inundaba con el aroma de rosbif y ricas salsas, la puerta dorada se cerró en silencio.
Me dirigí hacia el oeste, en esta ocasión por la autovía, sin dejar de pensar en Lehmann.
Era un pájaro extraño con una calidad de comportamiento tipo «viejo mundo» y pronunciación británica. Había dicho las cosas adecuadas, pero era diferente de cualquier terapeuta que yo había conocido.
Había sido como si recitara en mi honor.
¿Me estaría analizando?
Algunos psicólogos y siquiatras —los malos— juegan a eso.
Créame, es mucho mejor que ella lo ignore.
Extraño pájaro y extraña localización.
Y se anunciaba como asesor…
Todos los libros que yo había visto trataban sobre dirección y pruebas psicológicas, ninguno sobre terapia.
¿Practicaría fuera de los límites de su competencia?
¿Por eso se mostraba tan nervioso?
De ser así, ¿cómo habría conseguido trabajar para la policía de Los Ángeles?
Aquel no era un gran misterio: como de costumbre, sería una cuestión política; debía de conocer a alguien influyente.
El traje de cachemira hecho a medida, el estudiado descuido y la decoración de rancio abolengo…
¿Un asesor con relaciones familiares? Contar con relaciones en el centro de la ciudad podía ser sinónimo de importantes negocios: un torrente de pacientes del Departamento de Policía y de otras agencias gubernamentales.
Una potencial marea de pacientes, porque aunque el Departamento de Policía de Los Ángeles contaba con pocos psicólogos en su equipo, la mayor parte del tiempo lo pasaban examinando a candidatos e instruyendo sobre negociaciones con rehenes, y estaban sobrecargados de trabajo.
Algo más: Milo me había dicho en una ocasión que los policías consideraban a los siquiatras internos como instrumentos del alto mando, que se mostraban cínicos en cuanto a asegurar confidencialidad y que solían ser reacios a recurrir a ellos en busca de ayuda.
Salvo cuando se resentían de incapacidad por causa del estrés; algo de lo que adolecían los agentes de Los Ángeles desde hacía años, y que incluso empeoraba en «época posdisturbios».
Significaba que un terapeuta podía conseguir mucho dinero si era contratado solamente para acallar quejas. La consigna tácita del departamento sería «encontradlos sanos».
Lo que explicaría la autodescripción de Lehmann como «correo de la tranquilidad».
Y la razón de que hubiera sido reacio a reconocer señales de aviso en Nolan.
¿Habría acudido el joven policía a él con una historia de cambios bruscos de estado de ánimo, alienación y estrés para recibir solamente a cambio una actitud inflexible?
Uno hace su trabajo. Esa es la clave para ser profesional.
Ahora Lehmann deseaba reprimir cualquier investigación en ciernes.
Que descansaran los muertos. Y también su reputación.
Cuando llegué a mi casa, traté de localizarlo en el directorio de la Asociación Norteamericana de Psicología. No figuraba en él, así como tampoco en ninguna de las corporaciones locales ni en las listas de proveedores de cuidados sanitarios, lo cual resultaba extraño, tratándose de un profesional. Aunque tal vez le bastaban para su negocio los pacientes del Departamento de Policía de Los Ángeles y no necesitaba utilizar otros recursos.
O, tal vez, en realidad pertenecía a una familia pudiente y había escogido la psicología como segunda carrera por realización personal más que por los ingresos que pudiera reportarle. Un respiro tras años de desenvolverse en el insensible mundo de los negocios.
La gran oficina, el escritorio de cuero y los libros… Los atributos del doctorado. ¿Serían simples accesorios para ayudarlo a llenar las horas antes de bajar a darse un masaje en el club?
Telefoneé al colegio médico local y me confirmaron que Roone Mackey Lehmann estaba debidamente autorizado para practicar la psicología en California desde hacía cinco años. Se había graduado en un lugar llamado Universidad New Dominion y había realizado sus prácticas clínicas en la Fundación Explorador, ninguna de las cuales me era conocida.
No aparecían quejas archivadas contra él ni irregularidades en su certificación.
Seguí pensando en él durante algún tiempo y comprendí que no podía ni debía hacer nada. Punto final, él estaba en lo cierto: si Nolan estaba decidido a abandonar este mundo, nadie podría haberlo detenido.
Graves problemas.
Mi pregunta acerca de sexualidad había suscitado un silencio significativo, de modo que tal vez se tratara de eso.
Una situación sombría.
Era mejor que no se enterase la hermana.
Lo que me conducía a la cuestión principal: ¿Qué iba a decirle a Helena?