25

Milo y Carmeli seguían uno frente a otro, sosteniéndose la mirada, resistiéndose a apartar la vista.

Carmeli fue el primero en ceder.

—He dicho cuanto tenía que decir —dijo.

Y a continuación regresó rápidamente a su despacho y cerró la puerta.

—¿Cómo saldremos de aquí? —le preguntó Milo a Sharavi.

Sharavi pulsó algo tras la fuente de agua fresca y seguidamente se oyó un clic. Mientras Milo se dirigía hacia la puerta, Sharavi le dijo:

—De acuerdo con mi promesa de contártelo todo, he aquí algo importante: alguien escribió DVLL con bolígrafo en la zapatilla derecha de Raymond Ortiz. Con letras pequeñas, pero discernibles bajo la sangre.

Milo apretó de nuevo los puños y una fiera sonrisa distendió sus labios de forma antinatural.

—Las tienes tú.

—No, están en la sala de pruebas de la División Newton. Con el transcurso del tiempo se ha desprendido parte de la sangre que debió de ser aplicada tenuemente… probablemente con una brocha, parecen distinguirse las pinceladas. Pero una vez sabemos lo que buscamos, las letras aparecen claramente.

—Una brocha —repitió Milo.

—Pintar con la sangre de un niño —dijo Sharavi, mirándome—. Tal vez se ve a sí mismo como un artista.

Milo maldijo en voz baja.

—Un detalle que me interesa es el hecho de que el escrito fuera hecho primero y luego se añadiera la sangre —comentó Sharavi—. Como el doctor Delaware ha señalado, incluso antes, cuando aún obraba de manera impulsiva, esas letras significaban algo especial para él, y eso demuestra que lo tenía todo perfectamente planeado.

—¿Qué más te interesa? —inquirió Milo.

—Exactamente los elementos que ya conoces. La variabilidad de métodos y colocación de los cuerpos, la dispersión geográfica, dos muchachas y un muchacho… La ausencia deliberada de pauta para despistarnos pero, aun así, una pauta, como ha sugerido el doctor Delaware. Evidentemente, su claro objetivo son los niños retrasados, por lo que quizá DVLL tenga algo que ver con ello o con las minusvalías en general. D por defectuoso. Diablo defectuoso, o algo parecido.

Sacó del bolsillo su mano estropeada y la miró.

—Hasta que se produjo la coincidencia entre Irit y Latvinia me sentía escéptico sobre la teoría de conexión del doctor. Incluso ahora parece haber una falta de conexión entre los tres crímenes.

—¿Falta de conexión? ¿Qué quiere decir? —inquirí.

—No lo sé.

Tensó el rostro y se le formaron arrugas en torno a los ojos.

—De todos modos, mi opinión no cuenta demasiado. Solamente me he enfrentado a un asesino en serie. En Israel, eso me convierte en un experto. Aquí…

Se encogió de hombros.

—¿Cómo conseguiste las zapatillas? —preguntó Milo.

—No las conseguí. Fui en su busca. Por favor, no preguntes más.

—¿Por qué no?

—Porque no puedo decírtelo.

—¿De modo que plena comunicación, eh?

—A partir de ahora. Las zapatillas pertenecen al pasado. Con tres crímenes en nuestras manos, tal vez más, ¿por qué preocuparse?

—¿Más?

—A este nivel de sutileza podría haber mensajes DVLL jamás detectados —respondió Sharavi—. ¿No lo crees así?

Milo no respondió.

—Comprendo que no confíes en mí —dijo el hombre moreno—. En tu situación, yo sentiría lo mismo…

—Prescinde de la empatía, subjefe. Ese es el territorio del doctor Delaware.

Sharavi suspiró.

—De acuerdo. ¿Deseas que retire los micrófonos esta noche o mañana?

—¿Dónde están?

—Todos en casa del doctor Delaware.

—¿Dónde más?

—Solo allí.

—¿Por qué debería creerte?

—No existe razón alguna —repuso Sharavi—, salvo que no tengo ningún interés en mentirte. Compruébalo tú mismo. Os facilitaré el equipo para desconectarlos.

Milo hizo un ademán de rechazo.

—¿Cuántos micrófonos hay en casa del doctor?

—Cuatro. En el aparato telefónico, bajo el sofá del salón, bajo la mesa del comedor y en la mesa de la cocina.

—¿Eso es todo?

—Conéctame a un detector de mentiras, si eso te hace sentirte mejor.

—Se puede engañar a un detector.

—Desde luego —dijo Sharavi—, si eres un psicópata con un nivel anormalmente bajo de excitación. Yo transpiro.

—¿De verdad?

—Constantemente. Ahora bien, ¿debo desconectar los micrófonos o deseas hacerlo tú mismo? No es nada complicado. Son cuatro disquitos negros que saltan en seguida.

—¿Dónde está el alimentador?

—Un teléfono de mi casa.

—¿Qué más tienes allí?

—Un escáner policial, varios equipos…

—¿Un escáner con líneas tácticas?

Sharavi asintió.

—¿Qué más?

—Lo comente. Un fax, ordenadores…

—Estás enganchado a todos los bancos de datos de la policía, ¿eh? —dije—. Jefatura Superior de Tráfico, NCIC…

—Sí.

—¿A los archivos de delincuentes estatales también?

—Sí.

Se volvió hacia Milo.

—Estoy enterado de todo el trabajo que has realizado investigando coartadas…

—¿Con quién más estás trabajando además de con la señorita inglés-como-segundo-idioma?

—Trabajo completamente solo. Irina está empleada en el consulado.

—¿La hija de un pez gordo es asesinada y solo envían a un individuo?

—Soy todo lo que tienen para esta clase de asuntos —repuso Sharavi.

—¿Cuán importante es Carmeli?

—Está considerado un hombre… con mucho talento.

—¿Qué clase de caso fue el tal Carnicero?

—Un psicópata sexual, organizado, un planeador cuidadoso. Asesinaba a mujeres árabes; al principio, fugitivas y prostitutas, luego progresó hacia víctimas menos marginales, una mujer que acababa de dejar a su esposo y era socialmente vulnerable. Se ganaba su confianza, las anestesiaba y luego las diseccionaba y se deshacía de sus cuerpos en zonas montañosas en torno a Jerusalén, a veces acompañados de páginas de la Biblia.

—Otro caso con mensajes —dije—. ¿Cuál era el suyo?

—Nunca tuvimos la oportunidad de entrevistarlo, pero sospechamos que tenía cierta especie de agenda racista. Posiblemente trataba de provocar una guerra racial entre árabes y judíos. El FBI fue plenamente informado. Si lo deseas, te conseguiré copias de VICAP del caso.

—Nunca tuviste la oportunidad de entrevistarlo —dijo Milo—. ¿Significa eso que está muerto?

—Sí.

—¿Cómo murió?

—Lo maté. —Sus ojos dorados parpadearon—. En defensa propia.

Milo desvió la mirada hacia su mano lesionada.

Sharavi levantó el brazo y la carne fláccida osciló.

—No se merece todo el mérito de esto. Me quedé parcialmente incapacitado en la guerra de los Seis Días. Él destruyó el resto. Preferiría haberlo capturado con vida con el fin de oír su declaración. Pero… —Otro parpadeo—. Cuando todo hubo terminado, leí cuanto pude sobre gente como él. No había gran cosa, el FBI acababa de poner en marcha el programa VICAP. Deberíamos tener en cuenta el pasado de estos individuos, tal como hace el doctor Delaware. ¿Qué puede detener a un muchacho inteligente de proceder, asimismo, a su lectura y utilizarlo contra nosotros?

—¿Nosotros? —se sorprendió Milo.

—Los policías. Hay cierto… sentimiento inverosímil en estos asesinatos, ¿no te parece?

—Defensa propia —repuso Milo—. De modo que te han traído aquí para «defenderte» contra nuestro elemento.

—No —dijo Sharavi—. No soy un asesino a sueldo. Estoy aquí para investigar la muerte de Irit Carmeli porque el cónsul Carmeli pensó que yo podía ser útil.

—Y el cónsul Carmeli consigue lo que desea.

—A veces.

—Dijo que cuando te llamaron tú ya estabas en Estados Unidos. ¿Dónde?

—En Nueva York.

—¿Qué hacías allí?

—Trabajo de seguridad en la embajada.

—¿Trabajabas en defensa propia?

—Trabajo de seguridad.

—Hablas un inglés excelente —dije.

—Mi esposa es norteamericana.

—¿Está ella aquí contigo? —preguntó Milo.

Sharavi profirió una risa queda y suave.

—No.

—¿De dónde es ella?

—De Los Ángeles.

—Tienes muchas relaciones con Los Ángeles —observó Milo.

—Otro punto a mi favor. ¿Debo desconectar los micrófonos?

—¿Has sido intervenido alguna vez?

—Probablemente.

—¿No te importa?

—A nadie le gusta perder su intimidad —repuso Sharavi.

—Vosotros sois expertos en esto, ¿verdad? Artilugios, alta seguridad, alta tecnología. Pero todas esas monsergas del Mossad no ayudaron a su primer ministro, ¿no es cierto?

—No —repuso Sharavi—, no le sirvieron de nada.

—Fue un caso interesante —prosiguió Milo—. Yo no soy aficionado a las conspiraciones, pero este caso me crea una duda: el tipo dispara a Rabin por la espalda a poco más de medio metro. Al día siguiente, aparecen imágenes televisivas que lo muestran interrumpiendo a Rabin en un montón de mítines, echando espuma por la boca y teniendo que llevárselo. Y al cabo de unas horas del asesinato, todos sus confederados están reunidos. De modo que era bien conocido por las autoridades, pero, sin embargo, los guardias de seguridad lo dejaron acercarse mucho a su objetivo.

—Interesante, ¿verdad? —dijo Sharavi—. ¿Cuál es tu teoría?

—Que a alguien no le gustaba el jefe.

—Hay gente que coincide con tu opinión. Otra teoría es que ni siquiera gente experta en seguridad podía imaginar a un judío asesino. Sin embargo, otra es que el plan original era utilizar cartuchos de fogueo, hacer una manifestación pública y que el asesino cambió de idea en el último momento. En cualquier caso, es una desgracia nacional, que me ha ocasionado mayor dolor porque el asesino era de origen yemení, al igual que yo. Bueno, ¿debo desconectar ahora o más tarde? ¿O te importaría hacerlo tú mismo?

—Más tarde —repuso Milo—. Creo que primero me gustaría echar una ojeada a tu casa.

—¿Por qué? —se sorprendió Sharavi.

—Me gustaría saber cómo vive el semialto tecnólogo.

—¿Trabajaremos juntos?

—¿Acaso tengo otra opción?

—Siempre hay otra opción —repuso el hombre moreno.

—Entonces, mi elección en estos momentos es ver tu organización. Si no puedes siquiera transigir en esto, sabré con quién estoy tratando.

Sharavi se tocó los labios con la mano buena y miró a Milo. Sus sorprendidos ojos parecían inocentes.

—Desde luego —dijo—. ¿Por qué no?

Nos indicó una dirección en la manzana 1500 de la calle Livonia y nos dijo que fuéramos a reunimos con él. Seguidamente se deslizó tras un tabique divisorio y desapareció.

Nos dirigimos hacia el sur por La Ciénaga, pasando por un oscuro restaurante tras otro en dirección a Olympic.

—Utiliza la mano como puntal —observó Milo.

—Un detective minusválido en un caso lleno de víctimas minusválidas. El caso podría tener otra dimensión para él.

—Pese a lo que dice, ¿crees que está aquí realmente para aclarar el embrollo?

—No lo sé.

—Entre tú, yo y el salpicadero, Alex, no suena muy mal. Capturamos a ese bastardo, los israelíes acaban con él, sin publicidad, sin tonterías de los medios informativos, sin condenados abogados, y los Carmeli y Dios-sabe-cuántos otros padres consiguen cierta tranquilidad.

Se echó a reír.

—Valiente servidor público estoy hecho. Hay que seguir las normas. Pero alguien que hace algo así con niños retrasados…

Renegó algo entre dientes.

—Pintar con sangre. Escribir DVLL en las zapatillas. De modo que Raymond también es coincidente. Lo que me fastidia es que solo la casualidad y tu vista de lince nos condujeron al mensaje.

Siguió riendo y eso me crispó los nervios.

—¿Qué sucede?

—¿Has encontrado alguna alusión a ese Carnicero en tus lecturas?

—No.

—Se trae a un compatriota que ha resuelto un caso…

Se pasó la mano por la cara y consultó el reloj del salpicadero.

—¡Santo cielo, ya son las dos! ¿Estará preocupada Robin?

—Confío en que esté durmiendo. Cuando fui a reunirme con los policías le dije que llegaría tarde.

—¿Por qué?

—Suponía que haríamos progresos.

—Bien, ya hemos conseguido algo, ¿de acuerdo?

—¿Vas a quedarte en el caso aunque eso signifique trabajar con Sharavi?

—¿Por qué iba a renunciar? ¿Solo porque es un elemento controlado por Carmeli? ¡Oh, diablos, olvida mi indignación! Ese tipo perdió a su hija y recurre a todos los medios que tiene a su alcance. ¿Haría yo algo diferente si tuviera influencias? ¡Pues no! Actuaría exactamente igual que él.

—Otra cosa —dije—, si trabajas con Sharavi puedes contar con él como colaborador y con todos los recursos de los que Carmeli habló.

—Sí. Toda clase de juguetes de vigilancia. Pero primero necesitamos a alguien a quien vigilar.

En aquellos momentos nos encontrábamos en el sur de Robertson. Al llegar a Cashio, Milo giró a la derecha y se rio de nuevo.

—Además, ¿quién mejor que yo para trabajar con ese enigma, no es cierto? Tengo el promedio más alto de casos resueltos de West Los Ángeles.

—Un dieciocho por ciento más que la competencia —dije—. ¡Ajá!

—Mi mamá siempre me dijo que sería superior.

—Las mamás lo saben todo.

—En realidad, lo que dijo fue: «Milo, querido, ¿cómo puedes estar en tu habitación todo el día sin salir para nada? ¿Y qué sucedió con aquella linda joven a quien solías ver?»

Livonia era la primera manzana al oeste de Robertson. Para ir al 1500 había que girar a la izquierda. Condujo lentamente.

—Está a un kilómetro y medio aproximadamente de la casa de Carmeli —comenté.

—Tal vez el jefe acude aquí para darle instrucciones.

—Probablemente. Por eso cambió la actitud de Carmeli. Sharavi le dijo que tú sabías lo que estabas haciendo. O le hizo escuchar las cintas de vigilancia.

—Influencias del «Gran Hermano» —bromeó—. Me pregunto si los vecinos saben que están viviendo con James Monstruo Bond.

Los vecinos vivían en casas pequeñas de unos setenta años de antigüedad y estilo español, al igual que Sharavi. Casi escondido por un retorcido seto de enebro hollywoodiense, el sonrosado bungalow de Sharavi se encontraba tras una pequeña extensión de césped segado a ras de suelo. En el camino se encontraba el Toyota gris que yo había visto en el patio de la escuela.

La luz amarilla del porche iluminaba la puerta principal de madera. Una pequeña mezuzah de olivo, símbolo de la fe judía, estaba clavada en el poste lateral. Antes de llamar, Sharavi abrió la puerta y nos invitó a entrar.

Se había quitado la cazadora e iba con la camisa azul clara y los tejanos. La camisa era de manga corta, y sus antebrazos carecían de vello, eran delgados pero musculosos y se le distinguían las venas. En el anular de la mano buena lucía una alianza.

Junto a la entrada se veía un panel de alarma. El salón y el comedor estaban completamente vacíos: bajo los techos blancos lucía la limpia y dorada madera; se veía una chimenea impecable, sin pantalla, y todas las ventanas estaban cubiertas por cortinas plisadas que aislaban la habitación del exterior.

Nos indicó que pasáramos por un corto y estrecho pasillo central, junto a una cocina con armarios grises hasta la parte de atrás de la casa.

—¿Queréis tomar algo? —nos invitó.

Pasamos junto a un pequeño cuarto de baño cuyas luces también estaban encendidas. Todas las estancias se hallaban iluminadas. ¿Deseaba mostrarnos que no había nada que ocultar?

—Veamos tus chismes —dijo Milo.

Sharavi cruzó por un dormitorio. El lecho era de grandes dimensiones, el cubrecama tenía un aire militar, y en la mesita de noche solo había una sencilla lámpara.

Nuestro destino era el segundo dormitorio al final del pasillo.

Aquellas ventanas estaban cubiertas con postigos metálicos. Un escritorio de patas también metálicas idéntico al de Zev Carmeli se apoyaba contra la pared del otro extremo y delante de él se encontraba una silla de vinilo negro. En el escritorio había un escáner policial, radios de onda CB —frecuencia de onda de comunicaciones privadas— y corta, un ordenador portátil gris metalizado, impresora de láser, batería de seguridad, fax y un destructor de papel con un cesto de recogida vacío. En el suelo se veía asimismo una papelera también vacía. Una colección de manuales de hardware y software y cajas de cintas de seguridad y CD-ROM se amontonaban pulcramente entre sujetalibros de madera de olivo.

Junto al ordenador había dos teléfonos blancos, tres resmas de papel y un par de bolsas de terciopelo marrón, cada una de ellas con las estrellas de David bordadas en oro. Encima de la bolsa más pequeña se veía un casquete de ganchillo azul oscuro con rosas rojas en el borde.

Sharavi reparó en que yo observaba las bolsas.

—Es el equipo de oración —dijo—. Chal, filacterias y libro de oraciones. Necesito toda la ayuda que puedo.

—¿Por qué rezas? —se interesó Milo.

—Depende —respondió Sharavi.

—¿Por lo que deseas?

—Por sentirme digno.

Abrió la bolsa mayor y sacó un pedazo cuadrado de tejido blanco de lana con franjas negras.

—¿Lo veis? No es nada peligroso.

—Tener a Dios de tu parte puede ser peligroso —repuso Milo—. O creer que lo tienes.

Sharavi arqueó más las cejas.

—¿Por ser religioso debo convertirme en un fanático peligroso?

—No, solo decía…

—Comprendo tu resentimiento, hemos tenido un mal comienzo. ¿Pero por qué perder más tiempo con ello? Tú deseas resolver esos casos y yo también. Amén del incentivo profesional, yo deseo regresar a Jerusalén con mi esposa y mis hijos.

Milo no respondió.

—¿Cuántos hijos tienes? —le pregunté.

—Tres.

Devolvió el chal a la bolsa.

—Te vigilé porque eras el único medio de obtener información. ¿He sido brusco? Sin duda. ¿Falto de ética? Podría discutirlo, pero diré que sí. En conjunto, no es un gran crimen. Porque una criatura inocente fue asesinada… ahora tres criaturas. Por lo menos acepto mis pecados. Y sospecho que tú también.

—Me conoces, ¿verdad?

Sharavi sonrió.

—Bien, he tenido ocasión de saber cosas sobre ti.

—Ajá —exclamó Milo—. ¿Tenéis comedias de un solo personaje en Jerusalén?

—En Israel todos son profetas —repuso Sharavi—. Es lo mismo.

Tocó la bolsa de rezos.

—Eres efectivo, detective Sturgis, y la gente efectiva se centra en lo que es importante. Esto no es un intento de halagarte, simplemente es la realidad. Voy a preparar café. ¿Estás seguro de que no quieres una taza?

—Afirmativo.

Nos dejó solos en la habitación.

Examiné los manuales de informática y Milo abrió la segunda bolsa de terciopelo. Contenía tiras de cuero negro y cajas.

—Filacterias —dije—. Contienen…

—Sé lo que son —respondió—. El año pasado tuvimos un caso de robo, unos mocosos punkis entraron en una sinagoga no lejos de aquí. La destrozaron, robaron dinero de las cajas petitorias y desgarraron rollos de pergamino de la Torá y también estos objetos. Recuerdo el escenario y haberme preguntado qué hacían aquellos cinturones allí. El anciano que cuidaba el lugar, el sacristán, me lo explicó. Luego se derrumbó y se echó a llorar. Dijo que le recordaba los pogromos que había visto en Europa durante su infancia.

—¿Los cogisteis?

—No. También hay un tipo en West Valley, un policía llamado Decker, que es de religión judía, y los usa realmente. Lo sé porque alguien lo vio en un retiro de policía, madrugando para rezar, envuelto con todo eso. Por lo visto, su mujer lo introdujo en la religión o algo parecido. Lo llaman el Rabino. Yo lo ayudé en un caso hace unos años, precisamente relacionado con israelíes. Tal vez debería llamarlo y preguntarle si conoce a Carmeli o a este payaso.

—¿Otro caso de asesinato? —inquirí.

—Un caso de desaparición familiar que terminó en asesinato. Le conseguí un documento, nada importante. Era honrado, pero no confío en él.

—¿Por qué no?

—Fue ascendido a teniente.

Me eché a reír.

Abrió el armario. No se veían trajes colgados de la barra. En el estante de arriba había varias cajitas de cartón marrones de aspecto consistente y tres estuches de lona negra oblongos.

Levantó el primer estuche, lo abrió y apareció algo negro y metálico.

—Es el cañón de una Uzi, el resto está aquí.

Metió la mano en la funda y extrajo componentes de una ametralladora, los inspeccionó y los devolvió a su sitio. En las otras dos fundas había un rifle con mira telescópica y una escopeta de doble cañón, ambos relucientes.

Las consistentes cajas de cartón —diez en total— contenían municiones.

—Listo para la batalla —dijo Milo—. Nos ha dejado solos para demostrarnos que no tiene nada que ocultar, pero esto son nimiedades, debe de haber pistolas y otros elementos que no nos muestra.

Sharavi regresó con un tazón en su mano sana.

—¿Dónde está la nueve milímetros? —inquirió Milo—. Y cualquier otro material que estés ocultando.

—No oculto nada —repuso Sharavi—. Todo está en su lugar adecuado.

—¿Dónde?

—¿Dónde guardas tus armas pequeñas? En la cocina y en el dormitorio. Ve a comprobarlo tú mismo.

—De acuerdo —repuso Milo, paseando tranquilamente hasta el armario—. Parece que estás preparado para asaltar la OLP. ¿Seguro que no piensas emprender caza alguna?

—No —respondió Sharavi—. No cazo —sonrió—. Aunque soy conocido como pescador.

—¿Qué más tienes en tu arsenal?

—¿Te refieres a mis granadas, lanzacohetes y bombas nucleares?

—No, a tu armamento pesado.

—Lamento decepcionarte —dijo Sharavi—; esto es todo.

Bebió un sorbo y dejó el tazón a un lado.

—Salvo esto.

Se sacó del bolsillo un disco negro de las dimensiones de un Lacasito y se lo tendió a Milo, que le dio la vuelta.

—Es lo que he pegado a tu sofá y a las mesas, doctor Delaware.

—Nunca los había visto tan pequeños —repuso Milo—. Es bonito. ¿Japonés?

—Israelí. Los instalados en casa del doctor Delaware están conectados al teléfono, a la izquierda. El otro es una línea convencional y asimismo conecta con el fax. Grabé tus conversaciones, las transcribí, destruí las cintas y entregué las transcripciones a Carmeli.

—¿Te cubres las espaldas?

—Es obvio que no bastante bien.

Meneó la cabeza.

—Utilizar la furgoneta dos veces en un día fue una estupidez. Debió de ser a causa del jet-lag.

—¿Cuánto tiempo hace que estás aquí?

—En Los Ángeles, cinco días. En Nueva York, un mes.

—Trabajo de seguridad.

—Me llamaron por los juicios del bombardeo del Trade Center. Sabíamos que habría una condena y esperábamos alguna especie de represalia. Acabé vigilando a alguna gente de Brooklyn. Gente que conocía del West Bank.

—¿Hicieron algo?

—Aún no. Instruí a nuestro equipo de Nueva York y me disponía a regresar a casa cuando recibí la llamada de Zev.

—¿Lo conocías de Israel? —le pregunté.

—Conozco a su hermano mayor, que está en la policía. Es comandante adjunto. El notable de la familia.

—Subjefe —dijo Milo—. ¿A qué equivale aquí?

—Probablemente, a capitán, aunque no existe un equivalente real. Aquello es un charco pequeño, todos somos pececillos.

—Muy modesto.

—No —repuso Sharavi—, religioso. Cumple el mismo objetivo.

—De modo que Carmeli te llamó y no pudiste regresar. ¿Qué edad tienen tus hijos?

—Mi hija, dieciocho, y acaba de ingresar en el ejército. Tengo dos hijos más jóvenes.

Cerró un momento los ojos.

—Eres amante de la familia… —dijo Milo.

—Y de todo lo relacionado con ella.

—Tal vez eso te inspire ideas que yo no tengo.

—¿Por ser homosexual? Tú no lo crees y yo tampoco. Los policías son como los demás: en el fondo, unos auténticos idiotas; asimismo, hay pocos grandes triunfadores, la mayoría son mediocres.

—¿Eres un triunfador?

—No soy yo quien debe decirlo.

—¿Tienes alguna idea más sobre este caso?

—Mi instinto me dice que hay que centrarse en la cuestión de las minusvalías y en la etnia de las víctimas, puesto que los tres niños no eran de origen inglés. Pero tal vez sea porque mi caso tenía aspectos raciales. Necesito asegurarme de que mi limitada experiencia no reduce mi perspectiva.

—Tal vez tu destino sea tratar con asesinos racistas —dijo Milo—. Tu karma, o cualquiera que sea el equivalente que tengáis en vuestra religión.

Mazal —dijo Sharavi—. ¿Has oído alguna vez la expresión mazal tov?

—Esto no es Kansas, subjefe.

Sharavi sonrió.

—¿Qué tal Daniel?

—De acuerdo. Sé lo que es mazal tov, Daniel. Buena suerte.

—Sí, pero mazal no es realmente suerte —dijo Sharavi—. Es el destino, como karma. Radica en la astrología. Un signo zodiacal es un mazal. Los judíos yemeníes tienen una firme tradición astrológica. No es que yo crea en nada de eso… Para mí se reduce a trabajar duro y a lo que Dios desee que uno haga.

—¿Dios quiere que estés en el caso?

Sharavi se encogió de hombros.

—Estoy aquí.

—Debe de ser bueno tener fe —dijo Milo.

Sharavi deslizó la silla del escritorio, levantó el brazo y dejó caer la mano en el cabezal.

—De un modo u otro, tengo que trabajar en el caso Carmeli, Milo. ¿Me permitirás hacerlo contigo en lugar de contra ti?

—¡Eh! —exclamó Milo—. No es mi intención discutir con Dios.