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Nos dio las gracias por haberla escuchado, se puso la bata del laboratorio y se marchó del restaurante.

—¡Pobre mujer! —dije.

—Es una mujer desdeñada —respondió Milo—. Y Ponsico tenía problemas de carácter, incluso sus padres no dudaron del suicidio. Sin la inscripción DVLL y ese artículo de Meta que encontraste, no perdería un segundo más en este asunto.

—Hemos conseguido alguna pauta —le dije—. Niños retrasados y genios. Un genio que no simpatizaba con los genéticamente lesionados. El único vínculo que veo entre nuestros crímenes es que Ponsico se enteró de algo en Meta que lo convirtió en una amenaza. El hecho de que el asesino cotilleara demasiado explícitamente sobre sus planes y el desprecio de Ponsico por los desdichados no se extiende hasta el homicidio.

—La doctora Sally está convencida de que Zena fue la asesina, pero Zena es menuda y esa teoría acerca de que sorprendiera a Ponsico por detrás es absurda. La herida lo hubiera lesionado, pero un tipo corpulento como él podría haberse sobrepuesto fácilmente. De modo que, si alguien lo mató, debió de tratarse de una persona fuerte. Al igual que en el caso de nuestros niños.

—¿Qué tal Zena y un amigo?

—Un equipo de asesinos… ¿Por qué no? Estamos considerando toda clase de fantasías, pero el único ataque contra esa muchacha procede de la otra que la odia a muerte. Aunque en algún lugar fuera de contexto podría resultarnos útil.

—Como modo de acceso a Meta.

Milo asintió.

—Entretanto veamos qué tiene que ofrecernos nuestro amigo israelí.

A la luz del día, la casa de Sharavi se veía descuidada. Cuando apareció en la puerta iba perfectamente afeitado y vestido con pulcritud. Llevaba una taza de té en la mano en la que flotaba una ramita de menta. Me sentí consciente de mi incipiente barba.

Observó la calle y nos invitó a pasar. La infusión humeaba en su mano.

—¿Queréis una taza?

—No, gracias —dijo Milo—. Confío en que tu ordenador esté funcionando.

Fuimos a la habitación de la parte posterior. El aparato estaba en marcha. Como protector de pantalla danzaba un hexágono rosado sobre el fondo negro. Sharavi había dispuesto dos sillas plegables en medio de la alfombra. La bolsa de terciopelo que contenía su equipo de plegarias había desaparecido.

Milo le mostró el artículo sobre el editorial de Farley Sanger acerca de Meta y le habló de Malcolm Ponsico.

Sharavi se centró en la estación de trabajo y comenzó a pulsar teclas, valiéndose de una sola mano, con mayor rapidez de la que yo hubiera imaginado.

Su malo inútil descansaba en el regazo, como un pedazo de carne inerte.

Yo veía cómo aparecían y desaparecían, unos tras otros, los bancos de datos.

Al cabo de un rato comentó:

—Si este grupo ha cometido algún acto criminal, no se ha enterado ninguna de las agencias más importantes. Comprobaré las bases académicas.

La palabra clave Meta suscitó centenares de tópicos irrelevantes de las bases de datos universitarias: metaanálisis en filosofía, montones de compuestos químicos, referencias a metabolismo, metalurgia y metamorfosis.

Cuando hubimos revisado todo ello, Sharavi dijo:

—Probemos en Internet. Se ha convertido en un cubo de basura internacional, pero nunca se sabe.

—Intentémoslo primero por teléfono —propuso Milo—. Busquemos información neoyorquina acerca de Meta.

Sharavi sonrió.

—Buena observación.

Marcó el número de información, aguardó y colgó.

—No figura en el listín.

—Tal vez la publicidad sobre el artículo de Sanger los hizo abandonar el negocio —dije.

—Es posible —respondió Sharavi—. Aunque el odio es un producto candente. También podrían conseguir más negocios. ¿Pruebo en Internet?

Utilizó una contraseña y se infiltró en una red en línea para mí desconocida. Sobre la blanca pantalla no aparecían bonitos gráficos ni tampoco anuncios sobre chats eróticos, solo austeras letras negras.

Transcurrieron varios segundos, en los que él permaneció inmóvil y sin parpadear.

Finalmente, apareció en pantalla la frase «Bien venido R. Van Rijn».

Era el apellido de Rembrandt. ¿Le habría asignado a él tal apodo la policía israelí o acaso creía ser un artista?

La mano morena revoloteó rápidamente por el teclado y al cabo de unos segundos ya se internaba por la red.

Otro montón de tópicos sin conexión alguna: un entomólogo de París que realizaba investigaciones sobre una larva llamada metacercaria, un curandero holístico de Oakland que prometía curar dolores de los huesos metacarpianos…

Al cabo de veinte minutos se detuvo.

—¿Alguna sugerencia?

—Prueba con Mensa —dijo Milo—. Meta es un vástago; probablemente existe alguna hostilidad entre ambos grupos. Tal vez algún fiel de Mensa desee expresar sus sentimientos.

Sharavi giró en redondo y atacó el teclado.

—Está lleno de Mensa —dijo.

Lo observamos desplazarse lentamente página tras página. Aparecían fechas y lugares de reuniones de Mensa en todo el mundo, así como tópicos relaciones con tal entidad.

Una organización similar en Londres que se llamaba a sí misma «Perros Indeseables Ingleses» comentaba sus temas favoritos. Miembros con apodos —Chaval Listo, Dulce Bebé, Búfalo Bob— enumeraban «juegos de palabras equívocas», «café denso y dialéctica», «debates del infierno», «abrazos y perros afganos bien enseñados». Y así sucesivamente.

Algunas notas aparecían en idiomas extranjeros que Sharavi parecía interpretar.

—¿Qué era eso? —preguntó Milo.

Señalaba un punto mientras Sharavi saltaba a otro.

—Mensa Dublín. Probablemente, gaélica.

Más desplazamientos.

Un agente de fincas de Fond du Lac, Wisconsin, anunciaba sus servicios y relacionaba su pertenencia a Mensa como calificación laboral.

Lo mismo sucedía con un jefe de personal de Chicago, un higienista dental de Orlando, Florida, un ingeniero de Tokio y muchísimos más.

El desempleo no había perdonado a la cúspide de la curva laboral.

A continuación, apareció una sección dedicada a la «Medición del cociente intelectual». Varios autores, todos masculinos, exponían cuestiones de escalas de inteligencia: tests rápidos, del género que figuraba en los libros en rústica de conozca-su-cociente-intelectual. La mayoría de las selecciones estaban seguidas por variaciones de la afirmación de que «este es un juego de preguntas en extremo riguroso elaborado para mostrar un nivel de inteligencia estratosféricamente elevado».

El remate:

Cociente intelectual de Robert.

Cociente intelectual de Horace.

Cociente intelectual de Keith.

Cociente intelectual de Charles.

Algunas páginas contaban con trabajo artístico de acompañamiento: el rostro de Einstein era el preferido.

Todo ello con recuadros que indicaban: «Haz clic aquí para ver mi puntuación».

Las pulsaciones de Sharavi hacían surgir gráficos con estrellitas para Robert, Horace, Keith, Charles y…

Todos por encima de los ciento setenta.

—Cuánta gente inteligente —comentó Sharavi—. Por lo visto disponen de mucho tiempo libre.

—Gulliver en Lilliput —dijo Milo—. Que formen su club de élite.

Sharavi pasó varias páginas más, aunque sin ningún éxito.

—La era de la información —dijo Milo—. ¿Pasas mucho tiempo haciendo esto?

—Cada vez menos —repuso Sharavi sin dejar de mover la mano—. Cuando comenzó, Internet era más valioso como instrumento de investigación. Los profesores hablaban con profesores, se emitían datos científicos, las agencias se comunicaban. Ahora hay que navegar demasiado para conseguir muy poco. Parece haberse convertido en una gran sala de conversación para gente solitaria.

Se volvió a mirarme.

—Supongo que esto tiene una finalidad, doctor.

—Sigue adelante —insistió Milo.

Seguimos buscando y, al cabo de dos horas, aún no teníamos nada.

—Supongo que ya habrás buscado DVLL —le dije a Sharavi.

—Eso y todos los grupos biliosos que dirigen tablones de anuncios. Lo lamento, pero no he conseguido nada.

—¿Y si utilizaras otras palabras clave? —propuse—. ¿Galton, esterilización, eugenesia, eutanasia?

El hombre siguió pulsando teclas.

«Esterilización» nos aportó más referencias a seguridad alimenticia que «castración», y la mayor parte de las discusiones sobre eugenesia consistían en anuncios personales ensalzados: «A continuación relaciono mi ADN en la urna del escrutinio público. Las mujeres que deseen proteínas nucleicas escogidas están cordialmente invitadas a formular solicitudes».

De todos modos, Sharavi lo imprimía todo, una página tras otra, que iban aterrizando en silencio en la papelera. De vez en cuando Milo se levantaba, retiraba hojas, las examinaba y las devolvía a su sitio.

A las cinco y media dijo:

—Ya basta. Es evidente que esos idiotas de Meta se mantienen en segundo plano.

—Podríamos hacer algo —dijo Sharavi—. Enviar un e-mail acerca de Meta a alguno de los bancos de datos y esperar a ver qué sucede.

—¿Estás seguro de que tu identidad estará totalmente protegida? —dijo Milo.

—No. Cambio de contraseña y de direcciones con regularidad, pero nunca se puede estar completamente seguro.

—Entonces no, todavía no. No deseo poner a nadie sobre aviso.

—Yo ya lo hice con mi llamada a Mensa —dije.

Les describí el mensaje que había dejado.

—Eso no tiene demasiada importancia —repuso Milo.

Pero pude adivinar que estaba molesto y me sentí como un aficionado.

—¿Alguna otra idea? —le preguntó a Sharavi.

—El suicidio de Ponsico. Pese a la falta de evidencia, parece irregular. Para empezar, la utilización de veneno. Las envenenadoras suelen ser mujeres, ¿no es cierto?

—Ponsico era un científico.

—Cierto —repuso Sharavi—. Lo que me conduce a otra cuestión: como científico, sabía lo que podía esperar. El cloruro potásico causa una muerte rápida, pero no es ni mucho menos indoloro, provoca una repentina arritmia cardíaca y un fuerte ataque al corazón. Cuando se ejecuta a los criminales con ello, se añade pentotal sódico como sedante y bromuro de pancuronio para interrumpir la respiración. ¿No podía haber escogido una muerte más indolora?

—Tal vez se estaba autocastigando —sugirió Milo—. Creía merecer algo cruel e insólito.

—¿Complejo de culpabilidad? —inquirí. Y volví a pensar en Nolan—. ¿Por qué?

—Tal vez había intervenido en algo realmente desagradable. Nuestros crímenes o algo diferente. O quizá solo fuera un muchacho con cambios bruscos de humor que concluían en profundas depresiones en el laboratorio y dio la casualidad de que tuvo acceso al veneno. Y aunque él se pusiera las cosas más difíciles de lo que debía, aun así, fue relativamente rápido y limpio. Muchísimo mejor que algunas cosas que he visto hacer a otros suicidas. ¿No es cierto, subjefe?

—Daniel —dijo Sharavi—. Sí, es cierto. El odio contra uno mismo puede ser algo sorprendente. Pero… creo que me gustaría saber algo más acerca de ese joven.

—Llamaré a sus padres —repuso Milo—. Son profesores en Princeton. Y tal vez hablaré con algún compañero de trabajo en PlasmoDerm.

—¿Es una empresa biomédica?

—De investigación cutánea. Ponsico se esforzaba por mejorar el éxito de los injertos cutáneos. ¿Por qué? ¿Ves alguna clase de relación laboral?

—No —repuso Sharavi—. Aunque supongo que si hubiera algún cliente insatisfecho, alguien cuyo injerto no hubiese funcionado… Pero no, habrían envenenado al cirujano, no al investigador… No, no veo ningún tipo de relación.

Bebió su té y depositó la taza en la mesa.

—Dispongo de buenas fuentes en Nueva York. Si Meta existe, la encontraré. También podemos intervenir la línea de Zena Lambert…

—Olvídalo. No tenemos ninguna base para pedir una orden judicial, y mucho menos para intervenir su línea. En el caso de que estuviera relacionada con algo, no deseo estropear la cadena de evidencias.

—Buena observación.

—Así que, ni pensarlo —añadió Milo.

—De acuerdo —dijo Sharavi.

—Lo digo en serio.

—Muy bien, de acuerdo.

—La librería donde trabaja Zena —dije—. Spasm. Un nombre poco convencional, de modo que tal vez sea lugar de reunión para gente con ideas poco convencionales. Tal vez haya un tablón de anuncios con alguna referencia a Meta.

—¿No se anuncia en el listín telefónico y crees que convocará reuniones en una tienda? —repuso Milo.

—Sí, en una tienda poco común que atrae al público adecuado. ¿Quieres que pase por allí y eche un vistazo?

Se frotó el rostro.

—Déjame pensar en ello… Deseo obtener el máximo de todo cuanto hagamos.

Sharavi se levantó y se desperezó, levantando los brazos sobre la cabeza. La mano inválida osciló.

—Voy a por más té, ¿estáis seguros de que no queréis una taza? La menta está fresca. Descubrí que crecía en un gran bancal del patio posterior.

—Desde luego —dije—. Gracias.

Cuando se hubo marchado, Milo lanzó una mirada irritada al ordenador.

—Basura que entra, basura que sale… Ahora mismo te pareces a Arafat. En vista de la compañía que tenemos, eso hay que pulirlo, Alex, ese aspecto de puerco espín…

—Acudí precipitadamente a la biblioteca; no tuve tiempo de afeitarme.

—¿Eso es la mitad de una jornada de trabajo?

Asentí.

—¿Vuelves a tomarte esas pastillas de testosterona?

Flexioné un bíceps con un gruñido y él esbozó una cansada sonrisa.

Sharavi regresó con el té hirviendo y ligeramente dulce. El perfume de la menta planeaba con el vapor.

Mientras lo tomaba utilicé uno de los teléfonos para llamar a mi oficina.

—¡Hola, doctor! Hemos recibido una llamada de un tal Loren Bukovsky, de algo parecido a Mensa. Aunque dicen que ha preguntado por Al. La muchacha, una nueva empleada, trató de convencerlo de lo contrario, pero él insistió en que usted era Al. Hace usted cosas extrañas, doctor Delaware, pero eso es asunto suyo, ¿verdad?

—Verdad. ¿Qué tenía que decir el tal señor Bukovsky?

—Veamos. Lo siento, esta empleada nueva tiene una caligrafía terrible… Parece como si él fuera… No, no tiene nada que ver con Mela, o Meta… o algo parecido… De todos modos, no desea tener nada que ver con Mela o lo que sea… Hum, pero si usted tiene el… Lo siento, doctor, esto es muy poco correcto.

—¿Qué es lo que dice, Joyce?

—Si usted tiene tan mal gusto para desear… parece confraternizar con… idiotas… le aconseja que acuda a un lugar llamado… algo así como Spastic… Pero no ha dejado ninguna dirección… Es muy extraño, incluso para usted, doctor Delaware.

—¿Y eso es todo?

—También dice que no le devuelva la llamada, que no le interesa usted. ¿Qué grosero, verdad?

—Mucho —respondí—. Aunque tal vez tenga motivos para serlo.

—Firmes opiniones —dijo Milo mientras anotaba el nombre de Bukovsky.

—Ahora ya saben que estamos investigando Meta. Lo siento.

—Pero por lo menos estamos enterados de que vale la pena investigar la librería.

Se volvió hacia Sharavi y le dijo:

—¿Qué te parece si utilizáramos un poco ese acceso ilegal a la Jefatura de Tráfico para investigar al tal Bukovsky y a la señorita Lambert?

Sharavi dejó a un lado su taza y se sentó frente al ordenador. Al cabo de unos momentos teníamos: «Loren A. Bukovsky, con domicilio en Corinth Avenue, Los Ángeles, 90064».

—En West Los Ángeles —observó Milo—. A escasos minutos de la comisaría. También podríamos hacerle una visita.

—¿Cuándo debería pasarme por Spasm? —pregunté.

—Déjame comprobar primero al tal Bukovsky.

—Si Bukovsky tiene algo interesante que decir, tal vez el doctor Delaware podrá conseguir más resultados que pasando simplemente por Spasm —observó Sharavi.

—¿Cómo por ejemplo?

—Si Meta aún celebra reuniones, podría intentar asistir a ellas. ¿Quién mejor que un doctor en Filosofía? Podría simular ser alguien interesado en…

—Olvídalo —dijo Milo.

Sharavi parpadeó pero permaneció inmóvil.

—De acuerdo —respondió finalmente.

—Y no pienses en ir por tu cuenta, subjefe.

El hombre sonrió.

—¿Yo? No estoy calificado para ello.

—Lo mismo sirve para cualquiera de tus hombres.

—¿Mis hombres?

—Quítatelo de la cabeza. Ninguna operación secreta de la que yo no esté enterado.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo? ¿Sin más?

—Sin más.

Lo había dicho casi en un susurro, pero por vez primera el israelí mostraba emoción. Se habían tensado las líneas en torno a sus dorados ojos y tenía un tic nervioso en la mandíbula.

—Me esfuerzo todo lo posible por colaborar —dijo con voz queda.

—Soy un escéptico y un pesimista —repuso Milo—. Cuando las cosas no presentan problemas, me preocupo.

Sharavi relajó la mandíbula y exhibió una sonrisa mecánica, como si recordara datos del ordenador.

—Entonces tendré que ponerte las cosas difíciles, Milo.

—¿Por qué alterar una tendencia?

Sharavi movió la cabeza, apesadumbrado.

—Me voy a comer —dijo.

Salió de nuevo de la habitación y Milo ojeó con aire ausente los papeles impresos que estaban en la papelera.

—Intentaré entrevistarme hoy con Bukovsky. Y llamaré a los padres de Ponsico. Solo confío en que todo este asunto de Ponsico no nos haya despistado demasiado.

Se levantó y paseó por la estancia. La casa era pequeña y yo distinguía los ruidos que Sharavi hacía en la cocina.

—Si visitara la librería, podría sondear a la tal Lambert y ver si consigo hacerla hablar sobre Meta —le propuse.

—Alex…

—De un modo discreto. Aunque el asesino sea un socio de Meta, eso no convierte a todo el grupo en una camarilla homicida. Y si consiguiera asistir a una reunión y pudiera echarles un vistazo a todos ellos…

—Desecha ese pensamiento, Alex.

—¿Por qué?

—¿Tú qué crees?

—¿Por qué lo sugirió Sharavi?

Se volvió de repente con una mirada incendiaria.

—Pierdes diez puntos por una sospecha errónea.

—¡Eh! —dije—. Soy brutalmente franco porque me preocupo.

Se disponía a replicar, pero abatió los hombros y se echó a reír.

—Fíjate en esto. Trato de protegerte y tú disientes de mí. ¿Te parece inteligente codearte con un grupo de esnobs genetistas, uno de los cuales puede ser un maldito asesino en serie?

—No creo que vaya a correr ningún peligro por asistir a una simple reunión.

Milo no respondió.

—Y asimismo pienso que la implicación de Sharavi sigue molestándote, hasta el punto de que corres el riesgo de quitarlo de en medio.

Se frotó la cara con dureza y rapidez.

—Es tremendo. Él por un lado y tú por el otro… Tengo entendido que tiene micrófonos ocultos en toda la maldita habitación.

—De acuerdo, me callaré. Lo siento.

Hizo una mueca. Sonrió y volvió a reírse. Paseó por la habitación.

—¿Qué diablos estoy haciendo aquí? ¡Sí, sí, tienes razón! Tener que contar con él me pone furioso. No me gusta… hay demasiada gente metida en esto.

Lanzó los brazos hacia adelante, como si diera unas brazadas, para coger aire.

—Es como asfixiarse bajo una docena de mantas —concluyó.

—Desde luego —repuse—, pero a menos que se realice algún progreso en los asesinatos, corres el riesgo de soportar otras doce mantas. Como un destacamento de fuerzas.

—¿Qué es esto? ¿Amor porfiado?

—Es por tu propio bien, hijito.

—Doctor Vaselina, tú realmente deseas jugar a ser un agente secreto, ¿no es eso? Un par de días con el señor Mossad y ya estás deseando contar con nombres en clave y cámaras instaladas en el interior de plumas estilográficas.

—Ese soy yo —dije—. El Agente Cero-Cero-Siquiatra, con licencia para interpretar.

Sharavi regresó con un bocadillo en un plato de plástico. Pan de huevo relleno de atún y lechuga. Con muy poco atún.

Depositó el plato junto a los teléfonos. En su rostro se veía que no tenía ningún apetito.

—Tengo dos escáners policiales. El de la cocina estaba en marcha. Acaba de recibirse una llamada en uno de tus grupos tácticos. Los detectives de la División Central de Homicidios han encontrado un cadáver en una callejuela. Un apuñalado 187. Probablemente no estará relacionado, pero junto al cuerpo había un bastón blanco. Creí que debería informaros.

Cogió el bocadillo y le dio un pequeño pero decidido bocado.