30

Aquella tarde, a las ocho, Robin y yo estábamos en el baño cuando sonó el teléfono. Ella se encontraba frente a mí, con los cabellos recogidos en lo alto y el agua le llegaba hasta debajo de los senos.

Me sonrió.

Yo aún vibraba.

Al igual que el teléfono.

Jugueteamos con los dedos de los pies hasta que el maldito aparato dejó de sonar.

Más tarde, cuando me secaba, escuché el mensaje grabado.

—Soy Milo. Llámame al teléfono del coche.

Así lo hice.

—Hemos encontrado otro caso DVLL. Concierne a la División Hollywood, anterior a Raymond Ortiz. Sucedió hace diecisiete meses.

—Otro pobre niño —dije—. ¿Qué edad…?

—¡No, no, no se trata de un niño! Ni tampoco es retrasado. Al contrario.

Me reuní con él en una cafetería que abría las veinticuatro horas, en Highland, al norte de Melrose, llamada Boatwright’s. De arquitectura que se remontaba a los cielos y mostrador en forma de bumerán, tres taburetes estaban ocupados por entrometidos periodistas que comían pasteles, los instrumentos de cuerda de Hollywood en disonante banda ruidosa.

Milo se encontraba en su habitual reservado posterior destinado a los policías y sentado frente a una mujer de cabellos negros. Me saludó con la mano y ella se volvió. Parecía tener unos veinticinco años, era muy delgada y bonita, aunque con aire severo. Tenía la barbilla puntiaguda y la nariz recta, cutis marfileño, cabellos muy lustrosos cortados en forma de cuña y ojos también negros y brillantes. Vestía traje pantalón negro y delante de ella tenía un batido de chocolate en un gran vaso. Milo llevaba una servilleta bajo la barbilla y comía camarones fritos y aros de cebolla acompañados de té helado.

La mujer siguió mirándome hasta que me encontré a pocos pasos de ellos. Luego sonrió más como cortesía que por amabilidad y me examinó de la cabeza a los pies como si estuviera tomando medidas para hacerme un traje.

—Alex, te presento a la detective Petra Connor, de Homicidios, de Hollywood. Petra, este es el doctor Alex Delaware.

—Encantada de conocerlo —me saludó la Connor.

Acentuaba la profundidad de los ojos con un poco de pintura y no necesitaba nada más. Tenía las manos muy largas y delgadas, con cálidos y firmes dedos que estrecharon los míos unos instantes y luego volvió a coger la pajita de su batido.

Me senté junto a Milo.

—¿Quieres comer algo? —me dijo.

—No, estoy bien. ¿Qué sucede?

—Sucede que la detective Connor tiene una vista de lince.

—Pura suerte —respondió ella con suave voz—. La mayor parte del tiempo no les presto atención a los memorándums.

—La mayor parte del tiempo dicen tonterías.

Ella sonrió y retorció la pajita.

—¡Ah, sí! Lo había olvidado —dijo Milo—. Al trabajar con Bishop, sin duda nunca habrás oído discursos sucios.

—No, pero Bishop los hace —repuso Connor.

—Su compañero es mormón —me dijo Milo—. Muy inteligente, muy recto, probablemente será jefe algún día. Petra y él asumieron el caso hace algún tiempo. En estos momentos, él se halla con su mujer y sus múltiples hijos en Hawai, por lo que tiene que arreglárselas sola.

—Todo esto me sorprende —comentó ella—. Que pueda estar vinculado a una serie de muertes. Porque nuestro caso ni siquiera fue un asesinato, solo un dudoso suicidio. No bastante dudoso para cambiar el veredicto del forense, de modo que lo cerramos como suicidio. Pero cuando vi tu memo…

Meneó la cabeza, apartó el batido a un lado y se dio golpecitos en los labios. El carmín que se había quedado en la pajita tenía tonalidades marrones. El negro de su cabello era real. Probablemente se acercaba más a los treinta que a los veinticinco, pero no se veía ninguna arruga en su rostro.

—¿Quién fue la víctima? —inquirí.

—Un científico de veintinueve años llamado Malcolm Ponsico. Fisiólogo celular, recientemente doctorado en Filosofía en CalTech. Se le tenía por una especie de genio. Vivía en Pasadena pero trabajaba en el laboratorio de investigación de Sunset, cerca de Vermont, en el Hospital Row. Allí tuvo lugar el hecho, por lo que pasó a nuestra jurisdicción.

—Yo había trabajado en el pediátrico de Western.

—Precisamente fue allí, dos manzanas más arriba, en un lugar llamado PlasmoDerm, donde realizan investigación cutánea y elaboran injertos sintéticos para víctimas de quemaduras, y esa clase de cosas. La especialidad de Ponsico consistía en las membranas celulares. Se suicidó con una inyección de cloruro de potasio, las mismas que utilizan para las ejecuciones por inyección letal. Lo hizo un día en que debía trabajar hasta muy tarde, y lo descubrió la mujer de la limpieza a las cuatro de la madrugada, desplomado sobre su mesa del laboratorio. Mostraba una gran laceración aquí, en el lugar donde la cabeza había chocado con el borde.

Y trazó una línea sobre sus bien formadas y negras cejas.

—¿Se cayó de cabeza al morir?

—Así lo creyó el forense.

—¿Dónde está el vínculo con DVLL?

—Lo dejó escrito en la pantalla de su ordenador. Cuatro letras exactamente en el centro. Stu…, el detective Bishop y yo pensamos que sería algo técnico, una fórmula. Pero preguntamos a todos por precaución, por si se trataba de una nota suicida codificada. En PlasmoDerm nadie sabía lo que significaba y no apareció en ninguno de los archivos informáticos de Ponsico… Hicimos que los comprobara uno de nuestros expertos en procesamiento de datos. Todo eran números, fórmulas. Nadie pareció sorprenderse de que Ponsico escribiera algo que solo él comprendiera. Era de esa clase de individuos. Un gran cerebro encerrado en un mundo propio.

—¿Dejó algún mensaje en su casa?

—No. Su apartamento se hallaba en perfecto orden. Todos dijeron que era una persona agradable, tranquila, reservada, muy entregada a su trabajo. Nadie había advertido que estuviera deprimido y sus padres, que residen en Nueva Jersey, dijeron que cuando los llamaba parecía estar perfectamente. Pero los padres suelen decir cosas por el estilo. La gente oculta cosas, ¿no es cierto?

—¿Qué parecía estar perfectamente? —dije—. Eso no respalda de modo clamoroso su felicidad.

—Sus padres dijeron que siempre había sido un muchacho muy serio. Utilizaron esa palabra: muchacho. Un genio, siempre lo habían dejado obrar a su aire y siempre había resultado. También lo dijeron así. Los dos eran profesores. Tengo la sensación de que existía una gran presión familiar que acabó en suicidio. Las huellas de Ponsico estaban por doquier en la aguja hipodérmica y en el frasco de potasio y el forense dijo que la posición en que lo encontramos era consecuente con un acto autoinfligido. Asimismo, dijo que era una muerte bastante rápida que provocaba un agudo ataque al corazón, aunque Ponsico podía haberse facilitado las cosas si se hubiera tomado un tranquilizante como los que les administran a los tipos que están en el corredor de la muerte. De nuevo no había nadie de la ACLU[2], mirando por encima del hombro de Ponsico.

—¿Qué había entonces de dudoso en ello?

—La exnovia de Ponsico, otra científica del laboratorio llamada Sally Branch, estaba convencida de que el asunto no estaba claro y siguió llamándonos y pidiéndonos que continuásemos investigando. Dijo que no tenía sentido, que Ponsico carecía de motivos para suicidarse, que ella se habría dado cuenta si algo no marchaba bien.

—Aunque era una exnovia.

—Eso pensé exactamente yo, doctor. Y asimismo ella trató de proyectar sospechas sobre la nueva novia de Ponsico, por lo que nos figuramos que se trataba de celos. Luego conocí a la novia actual y me sorprendió.

Se tomó un trago de agua.

—Se llamaba Zena Lambert y era un personaje extraño. Trabajaba como administrativa en PlasmoDerm pero se marchó pocos meses antes de la muerte de Ponsico.

—¿Extraña? ¿Cómo?

—Con cierto aire de… superioridad. Insignificante… pero de un modo mediocre. Impertinente. Como si dijera «soy más inteligente que tú, de modo que no me hagas perder tiempo». Aunque pretendía estar afligida por Ponsico.

—¿Una esnob intelectual? —pregunté.

—Exactamente. Lo que resultaba divertido, porque Sally Branch, con su doctorado en Filosofía era realista, y la otra era una administrativa que se creía sumamente importante. Aun así, una personalidad nefasta no convierte a alguien en sospechoso y no había nada en absoluto que nos hiciera recelar de ella.

—¿Dio Sally Brach alguna razón para sospechar de Zena?

—Dijo que Ponsico había cambiado notablemente desde que había comenzado a salir con ella, que se había vuelto más callado, menos sociable, más hostil. Todo lo cual me parece lógico. Se mostraba menos sociable con Sally porque había roto con ella.

—¿Le explicó por qué habían roto?

—Por culpa de Zena. Según he dicho, Zena cayó sobre ellos por sorpresa, como una arpía, y se lo robó. También dijo que esa muchacha lo había introducido en cierta especie de club de cocientes intelectuales elevados y que él se había llegado a obsesionar con su inteligencia; que se había vuelto arrogante por el éxito. Pero eso era todo a modo de evidencia, y no me dio motivos para imaginar que Zena deseara perjudicarlo. Con el tiempo dejé de recibir sus llamadas. Ahora Milo me habló de esos tres crímenes DVLL, alguien que se libraba de gente retrasada, y tal vez exista un vínculo con limpieza genética, de modo que he acabado por preguntarme por ese grupo de alto cociente intelectual.

Movió la cabeza, dubitativa.

—Aunque aún no puedo encontrar relación alguna con Ponsico, a menos que conociera a su asesino en el club de cerebros y se enterara de demasiadas cosas para su propio bien.

—¿Consiguió Zena otro trabajo tras dejar PlasmoDerm? —le pregunté.

—En una librería de Silverlake, está en los archivos.

—¿Le facilitó Sally el nombre del club? —inquirí.

Pensaba en Nolan Dahl, otro suicida con un alto cociente intelectual.

—Meta —respondió ella—. ¿Cree realmente que puede existir un vínculo?

Les hablé a ambos de lo que había leído en la biblioteca.

—Supervivencia de los corrompidos —dijo ella—. Me recuerda algo que mi padre me contó una vez. Era profesor en Arizona, antropólogo físico, investigaba con lobos y en el desierto. Dijo que allí se estaba desarrollando un estudio gigantesco —el Proyecto Genoma Humano—, por el que se planificaban todos los genes del cuerpo humano, que trataba de imaginar qué rasgos son ocasionados por cada uno de ellos. El objetivo final consiste en recoger datos detallados sobre cada uno de nosotros. Mi padre decía que el potencial superior para investigación médica era inmenso pero, asimismo, aterrador. ¿Y si las compañías de seguros obtenían la información y decidían negar cobertura por alguna mutación anteriormente producida en el árbol familiar? ¿O las empresas se negaban a contratar a alguien por el elevado riesgo de desarrollar cáncer que tendría diez años más tarde?

—O el Gran Hermano identifica las mutaciones y elimina a los portadores —intervino Milo—. ¿Estaba PlasmoDerm implicada en esa clase de investigación?

—No, solo en injertos cutáneos, pero aunque lo hubieran estado, eso no explica por qué se suicidó Ponsico.

—Tal vez descubrió que tenía alguna enfermedad incurable.

—No, el forense dijo que estaba perfectamente sano.

Milo sacó su bloc de notas.

—Meta. Suena a griego.

—Lo es —repuso Petra—. Repasé el archivo antes de venir aquí y lo examiné. Significa cambio, transformación. Algo que desencadena nuevos aspectos.

—¿Un mundo condenadamente valeroso y nuevo? —dijo Milo—. ¿Un puñado de arrogantes brujos que se reúnen y teorizan acerca de mejorar las especies y uno de ellos decide ponerlo en práctica?

En aquel momento me miraron los dos.

—Sin duda —respondí—. Si uno llega a creerse tan superior, puede comenzar a imaginar las normas que no se aplican.

—Esta mañana he hablado con Stu —dijo Connor al llegar al aparcamiento—. No regresa de Maui hasta la semana que viene; me ha dicho que les facilite todos nuestros datos.

Sacó un archivo de una gran bolsa negra y se la tendió a Milo.

—Gracias, Petra.

—No se merecen.

Exhibió una brusca sonrisa.

—Prométeme tan solo que si te envío un «memo» lo leerás.

La vimos alejarse en un viejo Accord negro.

—Es bastante nueva en el trabajo —dijo Milo—, pero llegará lejos… De modo que sospecho que el siguiente paso que debo dar es revisar todo esto; luego le echas tú una mirada. Después tendré una charla con las dos novias de Ponsico.

—Es la mejor pista que hemos conseguido hasta ahora —dije.

No le mencioné a Nolan porque aún me sentía ligado por la confidencialidad y no había razones para ello.

Fuimos hasta el Seville.

—Gracias por el trabajo de biblioteca, Alex. ¿Tendrás tiempo para volver allí y examinar ese asunto de Meta?

—Lo haré mañana a primera hora. Sharavi está bien equipado en el departamento informático. ¿Te propones ponerlo al día?

—Aún no lo he decidido. Porque cualquier cosa que le diga se la transmitirá directamente a Carmeli y lo último que deseo es que un padre afligido y poderoso esté enterado hasta ese extremo… No se trata de que pretenda mantenerlo en la ignorancia demasiado tiempo pero… ¡Diablos, si no le informo, probablemente volverá a ponernos micrófonos en los teléfonos!

Se echó a reír y profirió una maldición.

—Distracciones… A propósito, creo haber adivinado cómo consiguió Sharavi las zapatillas de Raymond Ortiz y cómo se hizo con el dossier. ¿Recuerdas que la primera vez que Manny Alvarado lo buscó no logró encontrarlo? Parece que un antiguo capitán de Newton acertó a visitar la comisaría un par de días antes. Un tipo llamado Eugene Brooker, uno de los más altos cargos del departamento al que creían destinado a ser nombrado subjefe, pero su mujer falleció el verano pasado y se retiró. Y adivina… era un elemento importante en el mismo equipo de seguridad olímpico que trabajaba Sharavi. De modo que los israelíes se relacionaban con el departamento y quién sabe dónde más. Por mucha honradez con que Sharavi se comporte, siempre pensaré que se reserva algo. ¿Crees que sus ordenadores pueden ayudar de manera sustancial?

—Yo puedo obtener referencias académicas de la biblioteca, material que ha aparecido en la prensa de lengua inglesa. Pero si Meta es un grupo internacional o está implicada en algún asunto criminal en el extranjero, él puede ser útil.

Meditó sobre ello.

—Todo eso, suponiendo que Meta sea muy importante. Por lo que sabemos, solo se trata de un grupo de esnobs que se reúnen para tomar una copa y darse palmaditas en la espalda porque Dios los hizo inteligentes. Aunque si el asesino es uno de ellos, ¿cómo vamos a identificarlo?

—Si existe una lista de miembros del grupo y la conseguimos, podríamos cotejarla con los archivos de delincuentes sexuales y de modus operandi, con el NCIC y con otras listas de crímenes que consigas encontrar. También podemos ver si algunos miembros presentan una clara oportunidad o algún motivo para haber efectuado los tres crímenes. Como trabajar en el parque cuando Raymond fue secuestrado y/o el parque natural.

—¿Un obrero del parque con un elevado cociente intelectual?

—Algún joven que no aprovechó los estudios —dije—. Así lo he visto en todo momento.

—La segunda novia de Ponsico, esa tal Lambert, también parece una de ellos, al actuar como administrativa. No es que sospeche gran cosa de ella, pues al fin y al cabo el tipo debe ser varón y fuerte por el modo en que trasladó a Irit y a Raymond y acabó con Latvinia.

Subí al coche.

—¿Qué opinas de ese proyecto genético del que nos habló Petra?

—Es exactamente lo que necesitamos en la era de la amabilidad, Milo. Alguna especie de extraño mapa que determine quién merece vivir.

—¿De modo que no eres partidario de depender de la buena voluntad de los intelectuales y de las compañías de seguros?

Me eché a reír.

—De los delincuentes, los traficantes de drogas y los asaltantes drogadictos, tal vez. Pero de ellos, no.