12
Milo salió a la calle con su coche y aparcó detrás de mi Seville.
—¡Ah! —exclamó, mirando por el retrovisor—. Por fin comienza el juego.
Detrás de nosotros acababa de aparcar una furgoneta de alguna emisora local de televisión, y descargaba a un equipo provisto de todos los elementos necesarios, que corrieron veloces hacia la entrada. Mientras el agente allí apostado consultaba con Hooks, un coche pequeño y gris arrancó de la esquina y pasó por nuestro lado. El chófer, un hispano que lucía el mismo uniforme gris que llevaba Montez, nos miró un instante y siguió su camino hacia Western.
—La hija de un diplomático en el West Side y una adicta al crack aquí —dijo Milo—. ¿Qué opinas?
—Que existe alguna semejanza física entre Irit y Latvinia, ambas son retrasadas y han muerto estranguladas, Irit no fue violada y hasta el momento tampoco se han descubierto evidencias de que lo haya sido Latvinia. Y en la posición del cadáver. Pero Latvinia no fue estrangulada con fuerza bruta y el conserje la trasladó.
—El conserje…
—¿Te agrada?
—Desde luego, porque estaba allí y porque la trasladó.
—Para ahorrarles el espectáculo a sus nietos —dije—. Los conserjes limpian; los conserjes usan escobas.
—Algo más, Alex: le corta la cuerda, la coloca de modo respetuoso pero no esconde la lengua en su boca. Hooks le preguntó acerca de ello y dijo que cuando comprendió que estaba realmente muerta no quiso complicar la situación. ¿Tiene eso sentido para ti?
—Una persona normal que viera un cuerpo colgado probablemente correría en busca de un teléfono. Pero si Montez está orientado a la acción, si es un hombre familiar con fuertes vínculos en la escuela, su actitud podría tener sentido. Y también concuerda con otro escenario: Montez tiene una cita con Latvinia, admitió que la conocía. Se encuentran en el patio de la escuela porque es su territorio. La mata, la cuelga, luego comprende que pronto aparecerán los estudiantes y que tal vez tiene tiempo sobrado para librarse del cadáver. De modo que, en lugar de ello, interpreta el papel de héroe.
—O fue mucho más frío. Como tenía bastante tiempo para deshacerse del cadáver, la deja allí porque quería dejarnos con un palmo de narices. O ser un héroe… Se cree listo, piensa que es inteligente, un simulador, como has dicho tú. Como uno de esos bomberos que causan un incendio y luego acuden a empuñar la manguera.
—Otra cosa —dije—. Montez lleva uniforme. El suyo es gris y el obrero que vi segando el césped en el parque iba de beige, pero habría quien no apreciaría tal distinción.
—Irit —repuso, entornando los ojos.
—Para ella podría tratarse de cualquier funcionario. Alguien que perteneciera a la plantilla y mereciera su confianza. La mayoría de la gente considera los uniformes de ese modo.
—Montez —dijo—. Bien, si hay algo de que enterarse acerca de él, Hooks es uno de los mejores detectives que existen.
—Ese pedazo de papel con la inscripción DVLL… —dije.
—¿Significa algo para ti?
—No, estoy seguro de que no… ¿Qué dijo Hooks acerca de que se tratase de un trozo de memorándum de la escuela?
—¿Qué sucede, Alex? —preguntó, volviéndose hacia mí.
—Me parece demasiado listo. Trasladar el cadáver y ya está. Según los archivos, no se encontró nada parecido cerca de Irit.
—¿Qué quieres decir?
—A veces pasan por alto pequeñas cosas —dije.
Frunció el entrecejo.
—Creo que Montez o quienquiera que matase a Latvinia dejó un mensaje.
—O estaba en su bolsillo y se cayó cuando la colgó o cuando Montez le cortó la cuerda.
Se frotó el rostro.
—Iré al depósito y examinaré personalmente las bolsas de las pruebas. Es decir, si el material no ha sido devuelto a la familia. A propósito, Carmeli me ha llamado esta mañana y dice que tiene copias de los anónimos amenazadores del consulado, que debería ir a recogerlas. Lo haré a las cinco. Después me propongo colgarme al teléfono para ver si alguien ha encontrado víctimas sordas o retrasadas que parezcan interesantes. Si te dejo los anónimos esta noche, ¿podrás analizarlos?
—Puedes estar tranquilo. Una rápida colaboración por parte de Carmeli. ¿A qué se debe este cambio de actitud?
—Tal vez se impresionó porque llevé conmigo a un psicólogo.
—Desde luego —dije—. Por eso y por la corbata.
Llegué a casa a las dos y media. Robin y Spike habían salido y me tomé una cerveza, examiné el correo y liquidé algunas facturas. Helena Dahl había telefoneado hacía hora y media, poco después de su sesión, y había dejado el teléfono de su trabajo. Y el doctor Roone Lehmann me había devuelto la llamada.
El empleado de la Unidad de Cardiología me dijo que Helena se hallaba en acto de servicio y no podía ponerse al teléfono. Dejé mi nombre y luego llamé al doctor Lehmann.
En esta ocasión no respondió ningún empleado, sino un contestador automático con voz masculina seca y melodiosa y, al presentarme, la misma voz irrumpió en la línea.
—Soy el doctor Lehmann.
—Gracias por devolverme la llamada, doctor.
—No se merecen. La hermana del agente Dahl me llamó también, pero preferí hablar primero con usted. ¿Qué trata de averiguar ella?
—Trata de comprender por qué se suicidó su hermano.
—Entiendo —respondió—. Desde luego. ¿Pero llegaremos alguna vez a saberlo?
—Cierto —le dije—. ¿Dejó Nolan algún indicio?
—¿Quiere decir si estaba desanimado o profundamente depresivo, al borde del suicidio o si lanzaba indirectas llamadas de socorro? Cuando yo lo vi, no, doctor Delaware… Aguarde un momento, por favor.
Se apartó unos momentos del teléfono y regresó con aire apresurado.
—Lo siento. Ha sucedido algo y en estos momentos no puedo extenderme. De todos modos, tampoco me sería posible. Aunque el paciente haya muerto y aunque los tribunales hayan abogado por suprimir la confidencialidad, soy de esos tipos anticuados que se toman sus compromisos muy en serio.
—¿Puede decirme algo que le sirva de ayuda a ella? —le pregunté.
—Algo —repitió, arrastrando la palabra—. Hum… Déjeme pensar en ello… ¿Viene alguna vez al centro? Podría dedicarle unos momentos. Porque prefiero no comentar estas cosas por teléfono tratándose de un caso policial, tal y como están las cosas… Nunca se sabe dónde acechan los medios informativos.
—¿Sigue usted muchos casos policiales?
—Los suficientes como para ser prudente. Desde luego, si a usted le supone un gran problema venir hasta aquí…
—No es ningún problema —respondí—. ¿Cuándo?
—Déjeme comprobar mi agenda… Debo decirle que no puedo prometerle nada hasta que haya revisado el archivo. Y preferiría no tratar directamente con la hermana. Por favor, dígale que hemos hablado.
—Desde luego. ¿Ha tenido usted problemas con este tipo de casos?
—Por lo general, no. Hay que tomar ciertas precauciones, ya sabe… En su calidad de terapeuta de la hermana, me gustaría que usted considerara una cuestión, doctor. La búsqueda de comprensión es normal, pero el valor de desenterrar cuestiones varía de un caso a otro.
—¿Cree usted que el caso lo merece?
—Digamos que el agente Dahl era… un tipo interesante. De todos modos, lo dejaré así por el momento. Estaremos en contacto.
Un tipo interesante.
¿Era una advertencia?
¿Se trataría de algún oscuro secreto que era preferible que Helena ignorase?
Pensé en lo que yo sabía acerca de Nolan.
Bruscas oscilaciones de talante, sensación de búsqueda, repentinos y extremos cambios políticos…
¿Se habría extralimitado en el curso de su labor policial? ¿Se trataría de algo que fuera preferible no explorar?
¿De algo policial en sus límites?
Un caso policial… Tal y como están las cosas…
Grabar en vídeo cómo se golpeaba a los sospechosos, policías tranquilamente sentados mientras los alborotadores incendiaban la ciudad, manipulación de pruebas en casos importantes, casos y casos de policías cogidos con las manos en la masa. El Departamento de Policía de Los Ángeles era tan popular como un abortista en el Vaticano.
Los medios informativos estaban al acecho.
¿Acaso Lehmann se había visto implicado en otros casos policiales y eso había provocado que ahora se comportase de un modo extremadamente prudente?
Fuera cual fuese la razón, sin duda trataba de disuadirme de efectuar una autopsia psicológica de Nolan.
El Departamento de Policía no había puesto inconvenientes cuando Helena decidió eludir el funeral de gala.
¿Estaban deseosos de echar tierra sobre el asunto?
Nolan era brillante, diferente porque leía libros.
Alienado.
El traslado de West Los Ángeles a Hollywood.
¿Por qué le gustaba la acción?
¿La acción ilegal?
¿Se habría metido en algún asunto que le dejaba el suicidio como única opción?
Mientras pensaba en ello, me llamó Helena, casi sin aliento.
—¿Muy atosigada? —le pregunté.
—Estamos muy atareados. Acabamos de asistir a un paciente de un infarto en medio de una angiografía. Era una gran arteria cuya lesión desconocía el doctor; practicábamos cateterismo en una y la otra se obturó. Pero el enfermo se encuentra perfectamente y ya se ha normalizado la situación. La razón de mi llamada es que inmediatamente después de nuestra sesión fui al apartamento de Nolan para revisar sus cosas y con la idea de que tal vez encontraría algo.
Se interrumpió y distinguí cómo respiraba profundamente.
—Primero fui al garaje; allí todo estaba en orden, pero alguien había entrado en el piso, doctor Delaware. Está hecho un desastre. Se llevaron su estéreo, su televisor, el microondas, la cubertería, un par de lámparas y los cuadros de las paredes. Probablemente, algunos trajes también. Alguien debió de presentarse con un camión y se lo llevó cargado.
—¡Caramba! —exclamé—. Lo siento.
—¡Gentuza! ¡Indeseables! —dijo con voz temblorosa.
—¿Nadie vio nada?
—Probablemente lo hicieron de noche. Es un dúplex, solo vivían Nolan y la dueña que es dentista y se encontraba fuera de la ciudad, en una convención. Avisé a la policía y dijeron que les costaría por lo menos una hora llegar hasta allí. Yo tenía que estar en mi trabajo a las tres, de modo que les di mi número y me marché. Y, de todos modos, ¿qué pueden hacer ellos? ¿Redactar un informe y archivarlo? El daño ya está hecho. Aunque esos bastardos regresen ya no les quedará nada que llevarse, salvo… el coche de Nolan. ¡Dios Santo! ¿Por qué no he pensado en ello? Su Fierro está en el garaje. O no lo vieron o no tuvieron tiempo de llevárselo y piensan regresar… ¡Santo cielo! Tengo que volver allí, conseguir que alguien me acompañe para poder conducir yo el Fierro a mi casa… Flay tantas cosas a las que hacer frente, el abogado acaba de llamarme para arreglar los últimos papeles… Robar a un policía. Esta condenada ciudad… Tiene el alquiler pagado para todo este mes, pero de todos modos tendré que ir a recoger el resto de sus cosas y… regresar allí…
—¿Quiere que la acompañe?
—¿Me haría ese favor?
—Desde luego.
—Es muy amable de su parte, pero no podría…
—No pasa nada, Helena, no me importa.
—Yo… ¿habla usted en serio?
—¿Dónde está el apartamento?
—En Mid-Wilshire, Sycamore, cerca de Beverly. Yo no puedo salir ahora mismo, hay demasiados pacientes graves. Tal vez al cambiar el turno, si tenemos bastante personal. Si se llevan antes el condenado coche, estupendo.
—Esta noche, entonces.
—No puedo pedirle que salga tarde, doctor Delaware…
—No hay problema, Helena. Soy noctámbulo.
—No estoy segura de cuándo estaré libre exactamente…
—Llámeme cuando termine. Si estoy libre me reuniré con usted allí. Si no, tendrá que ir sola. ¿De acuerdo?
Ella rio quedamente.
—De acuerdo. Muchas gracias. Realmente no deseaba ir sola.
—¿Tiene un momento? —le pregunté.
—A menos que suceda algo más.
—He hablado con el doctor Lehmann.
—¿Qué le ha dicho?
—Como esperábamos, nada, basándose en la confidencialidad. Pero accedió a releer el archivo de Nolan, y dice que si encuentra algo que le parezca oportuno comentar se reunirá conmigo.
Silencio.
—Es decir, si usted desea que lo haga, Helena.
—Desde luego —respondió—. Desde luego, es estupendo. Yo lo comencé, así que supongo que también podré acabarlo.