Capítulo 34

 

Sí, claro, muy forzado está

 

 

No podía dormir. Mil dudas azotaban mi mente y me recriminaba que fuera Aksel quien me hubiese activado el sensor de la culpabilidad. ¿En serio no era lo que parecía? ¿De verdad era una estratagema de esa mujer? ¿O de Javier? «Vete tú a saber.» Mi cabeza estaba embotada, martirizándome. Ya no sabía qué debía hacer, si seguir enfadada o escucharlo y lanzarme a sus brazos... «No, no, esto último por supuesto que no, no soy tan débil, yo me valoro mucho más... ¿O no...? ¡Diosss, ayúdame un poquito, si es cierto que existes!»

Di de nuevo una vuelta, para mirar hacia el lado contrario de la cama, pero nada, no podía permanecer tumbada, una sensación que nunca había sentido en el estómago no me daba tregua; no sabría cómo definirla... un cosquilleo, nerviosismo. Lo único que tenía claro era que necesitaba moverme y respirar, pues no me llegaba el suficiente aire a los pulmones y eso me desesperaba.

Salí sigilosamente, casi de puntillas, para no despertar a Aksel, quien estaba en el sofá y cuya respiración era profunda. Aún no podía creer lo que me había contado, era la primera vez que hablábamos y no podía evitar lamentarme de que se hubiera sentido así desde que llegué a su casa, pero yo también era una víctima de la situación, aunque la acepté más rápido, por el bien de mi padre.

Lentamente, abrí la nevera e intenté hacer el menor ruido posible al coger un vaso y beber agua. Regresé a mi habitación de puntillas, tras dar un último viaje al baño antes de intentar dormir de nuevo. Cuando me adentré en la cama, me reconfortó sentirla aún calentita; invitaba a enroscarme y descansar, pero mi maldita cabeza no tenía el mismo plan. Volvió a recordarme cada una de las preguntas que ya me había hecho momentos antes, cada una de las imágenes de lo que habíamos vivido, y eran tan íntimas que me estremecí. Me odié por ansiar una caricia, una mirada o simplemente que me atrapase contra la pared, sentir su respiración, desear besar sus labios, adentrar mis dedos entre los cabellos que sobresalían de su nuca. Estaba húmeda, no podía lograr entender por qué me sentía tan excitada, cuando lo que debería estar era enfadada. Con Thor nunca me había ocurrido nada parecido... necesitaba refrescarme, respirar hondo y apartar cada uno de los pensamientos lascivos que tenía en la mente.

De pronto, una luz atravesó mi cabeza. «¿Habrá escrito el capítulo?» Si realmente le importaba tanto y ése era su medio para explicarse, lo debería de haber hecho en cuanto recibió el mío. Me destapé de un manotazo y corrí hasta el escritorio para coger el ordenador portátil y llevarlo hasta la cama, donde volví a taparme y me acomodé para comprobar si tenía razón o no.

Por fin logré abrir el correo y una sonrisa ladina me curvó la comisura de los labios; efectivamente lo había escrito y enviado. Pulsé dos veces sobre el archivo y apareció el texto que había creado especialmente para mí.

 

Darek llevaba una hora en su guarida, como él la denominaba, escuchando a Alan. No podía creer lo tenaz e insistente que podía llegar a ser cuando creía que tenía la razón, pero tenía claro que no quería jugar con nadie, no era lo correcto. La voz de su compañero, que no estaba escuchando, seguía canturreando de lado a lado de la habitación. Lo iba a volver loco de un momento a otro, iba a estallar, provocando que derribara los ladrillos de la bendita casa de un grito. Lo miró y seguía hablándole, continuaba intentando convencerlo, y, por no seguir oyéndolo, decidió intervenir.

—Alan, vete, busca a quien quieras, pero, si esto sale mal, él único culpable serás tú.

—Cámbiate, es la hora, nos vamos.

—¿Perdona? Intento trabajar.

—Más tarde; joder, hazme caso.

Se levantó siendo muy consciente de que, si no lo hacía, iba a ser imposible poder concentrarse.

Sentado en una terraza, le mostró una foto, era de una joven. La miró y algo en su sonrisa le llamó la atención. Sonrió disimulándolo, no quería que el pesado de Alan se percatase de ello y no lo dejase en paz en todo el día. Pero la joven que había elegido era tan... tierna, inocente. No podía entender cómo pretendía utilizarla; sin embargo, viendo su imagen, sintió curiosidad por conocerla, por hablar con ella... y la única forma que tenía de lograrlo era entrar en el juego de Alan, muy a su pesar. Por ello accedió.

De pronto Alan le dio un codazo y le señaló hacia una cafetería, y Darek, boquiabierto, la miró; la observó de arriba abajo, sorprendido por su hermosura; si en ese mismo momento le hubieran preguntado, hubiese asegurado que el amor a primera vista existía. Ella era diferente a las demás, exuberante... sonreía sin pudor, sin miedo a lo que pensara el resto del mundo. Era natural, todo lo contrario de lo que Darek estaba acostumbrado, y por ello necesitó hablar con ella. No sabía cómo ni cuándo lo lograría, pero necesitaba saber más de ella.

 

Y se acabó el capítulo, dejándome un sabor agridulce. Intentaba relacionarlo con nuestra historia personal, pero algo no tenía sentido: no nos habíamos visto hasta que presentamos el libro, y hablamos por el chat mucho antes. Dios, no entendía nada. ¿Ese capítulo debía desvelarme algo o simplemente estaba volviéndome una paranoica que quería ver cosas donde no las había? ¿Eso significaba que le importaba bien poco que estuviera enfadada? ¿Y si ya no quería saber de mí? Mi cabeza iba a estallar.

Estaba muy furiosa, quería más, un puñetero «perdón por todo». ¿Tan difícil era conseguirlo? Abrí mi correo electrónico y, cuando fui a pulsar, vi un archivo adjunto; me paré a leer el título y lo hice en voz alta: «Situación real de inspiración».

Ese archivo no me lo esperaba; temí abrirlo y ver algo que no me gustara, o simplemente que no terminara de convencerme como prueba irrefutable. Pero el deseo por descubrir qué contenía realmente pudo con las ganas de eliminarlo a él de mi lista de contactos y olvidarme de su cara, de sus ojos casi negros que me penetraban, calando en lo más hondo de mi alma, de sus manos que acariciaban mi piel consiguiendo hacerme sentir única.

«Definitivamente me estoy volviendo loca.» No lo pensé más: preferí tener que arrepentirme de ver lo que me decía antes que dudar sobre qué habría en él. Di un doble clic sobre el archivo y apareció un documento de texto con capturas de pantalla bien claras de su chat con Javier. Dios, eso sí que era una declaración de la verdad en toda regla.

 

Javier: Cómo te cuesta reconocer las cosas... Es por tu bien; si no, ni lo plantearía.

Markel: ¿Y el bien de ella?

Javier: Nadie la conoce, qué más da.

Markel: Eres el capullo más cruel y egoísta de este planeta.

Javier: Sí, pero voy a conseguir que seas rico. Sólo mira esta foto, es guapa.

(Imagen adjunta: Candidata perfecta)

Markel: Y eso qué más da... Yo no soy tan superficial. Es interesante...

Javier: Lo sabía, es ella, ¿no quieres saber más?

Markel: Ofrécele escribir conmigo, pero, te advierto, no quiero hacerme responsable de nada, no quiero que sufra porque eres un cretino.

 

Leí la conversación cinco veces seguidas y una lágrima recorrió mi mejilla; ahora sí que me sentía utilizada. Javier era la peor persona que había conocido nunca. ¿Cómo pudo buscar una imagen mía, simplemente para elegir quién sería la más idiota para poder ser mangoneada públicamente? Si esa conversación era para que entendiera por qué me habían utilizado de una forma tan egoísta, lo único que había conseguido era enfadarme más de lo que ya estaba.

Encendí Skype y lo llamé; sabía que estaba conectado, el estado de su sesión así lo indicaba, y no tardó en aparecer su cara en la pantalla.

—Dunia.

—Cállate y escúchame. —Asintió muy serio, imaginé que mi cara no debía de ser nada amigable a las tantas de la madrugada—. Javier es lo peor que he podido conocer en este mundo, calculador, egoísta, sin escrúpulos... pero ¿qué quería de mí?, ¿pisotearme delante de todas tus puñeteras fans? Y tú no tienes perdón, ¿cómo has podido acceder a... a... a toda esa mierda? No entiendo nada, ahora no puedo creer nada de lo que me has dicho, todo ha sido mentira, me has utilizado desde el primer momento y yo...

—Dunia, no es así; por favor, déjame explicarme.

—No... no quiero que hables, ahora me vas a seguir escuchando hasta que me dé la real gana de callarme y, cuando decida que es el momento, terminaré la llamada para olvidarte, para no recordar ni tu nombre. Y sólo espero que vuestra jugada te haga rico, pero a la vez estés cada uno de los días de tu vida solo, porque es lo único que te mereces. Que jueguen contigo, que te hagan sentir que no vales para nada y que después veas públicamente en las revistas que te han engañado... Gracias por conseguirlo, Markel, ya se lo avisaste: tú no te hacías responsable de que yo sufriera, pero tú solito lograste hacerme creer algo que no has sentido nunca, en ningún momento. Te odio, lo odio, os odio a los dos.

Finalicé la llamada y me tumbé con la cabeza bajo la almohada, jadeando en silencio. No quería hacer ruido, pero me sentía tan mal... que no pude retener algunos de mis gemidos.

Oí moverse a Aksel y silencié cada uno de los ruiditos que se escapaban de mi garganta. Permanecí inmóvil, como si estuviera dormida, con la esperanza de desvanecerme en un profundo sueño que me despertara de la pesadilla en la que me encontraba.

 

 

Abrí un ojo y era de día. Miré hacia el salón y el bulto de Aksel había desaparecido. Me estiré sintiéndome pesarosa, como si no hubiera dormido en días, y a decir verdad apenas había dormido, sólo di vueltas y vueltas hasta que por fin conseguí mi objetivo. Me senté en el borde de la cama y, palpando sobre la fría madera con los pies, me puse las zapatillas.

Caminé unos pasos hasta llegar al cuarto de baño, y me lavé la cara y los dientes. Mi rostro reflejado en el espejo era espantoso, sin mencionar mis pelos, que parecían los de la abuela del rey león. Puse cara de pena, sabiendo que era la única que la podía ver, y, tras enjuagarme la boca y recogerme el horrible cabello en una cola firme y tensa, salí en busca de Aksel y el desayuno.

Pero, para mi sorpresa, en el salón no estaba, y tampoco en la cocina. Abrí la puerta de la calle y su coche había desaparecido, así que se había ido. Miré la hora del reloj que colgaba de la pared de la chimenea y vi que eran las diez de la mañana. Entendí que ya no estuviera: era demasiado tarde, tenía que presentarse en el aserradero a las ocho en punto.

Entré en la cocina, necesitaba un café y, si podía ser, doble. La nube que la noche anterior se instaló sobre mi cabeza continuaba martirizándome, pero de otro modo, de uno más objetivo y relajado. Debía tener la mente fría, para poder continuar trabajando en la historia y, cuando terminara, no volvería a colaborar con él, era la mejor decisión que podía tomar. Y estaba deseando que llegara ese momento. Por ello tenía que adelantar lo máximo posible.

Cogí el café de la cafetera y, sin perder más tiempo, me senté en el escritorio; necesitaba continuar, terminar con esa pesadilla y poder pasar página de una vez. Abrí el archivo que me había enviado la noche anterior y, tras leerlo rápidamente en diagonal, negué y pensé en cómo continuar; obviamente sólo tenía una forma, y era seguir con su presente.

 

Chloe estaba decidida, sabía que el mejor golpe para un hombre era la ignorancia y eso era lo que pensaba hacer. Caminaba sobre sus nueve centímetros de vértigo, contoneando las caderas, consiguiendo que su trasero fuera envidiado por todas las mujeres con las que se cruzaba y despertando el deseo de mucho de los hombres. La comisura de sus labios se curvó de forma maliciosa al ver a Darek sentado en la terraza que había justo delante. Sabía que estaría esperándola, pero ella le iba a dar de su propia medicina, se iba a enterar de lo que eran los celos. Ralentizó el paso para que la sensualidad que desprendía su contoneo se acercara a un nivel de infarto para los hombres. Sacó de su bolso unas grandes gafas de sol y se las colocó tras un movimiento de pelo que quitó el hipo a todos los tipos que la seguían con la mirada.

Darek se estaba enfureciendo al ser consciente del magnetismo de la que hasta el día anterior era su chica, pero por imbécil ya no estaba a su lado y no sabía cómo diablos solucionarlo. Conforme ella se acercaba, Darek se puso en pie en busca de un minuto, unos sesenta tristes segundos en los que le diera la oportunidad de explicarse.

—Chloe, por favor.

—Perdone, pero creo que no lo conozco.

La agarró del brazo obligándola a parar y, para su sorpresa, la besó. Durante unos instantes, se quedó paralizada por el roce de sus labios; su boca entreabierta la hizo desvanecerse y flaquear, abrir la boca y responder. Pero, cuando su consciencia regresó para advertirla de que debía controlar sus actos, reaccionó y se separó como si quemara. Y sí quemaba, más de lo que nunca había sentido, aunque se obligó a darle una torta y amenazarlo.

—Como vuelvas a acercarte a mí, te denunciaré por acoso.

Y sin más, dejándolo sin palabras, continuó su camino y desapareció de la vista de Darek.

 

«¡Toma ya!, que te den, Darek, por golfo, por besar a otra mujer... es lo mínimo que mereces.» Yo misma me reafirmaba en que, lo que había escrito, era lo que el personaje se merecía... o más bien Markel. Estaba comenzando a confundir la realidad con la ficción, aunque, visto lo visto, creía que mi relación había sido, toda, una ficción; por tanto, podía estar delante de dos argumentos de novela, aunque uno de ellos lo hubiese vivido en mis propias carnes.

Releí el capítulo por segunda vez y se lo envié a Esther. Ésta, que estaba deseando leerlo, no tardó más de unos minutos en escribirme por chat un «Uaaauuu, OMG, nena, así se hace. Date por aludido, chico listo».

No pude evitar reírme por su comentario y se lo envié al momento sin ningún texto aclaratorio ni explicativo, las palabras sobraban... aún más después de lo que le había dicho la noche anterior a través de Skype.

Miré por encima el resto de correos pendientes de leer y regresé al primero con la intención de responderlos. Me había pasado más de veinte minutos contestándolos, dando las gracias por los comentarios sobre mi forma de escribir y reenviando a Dulce los que sólo podía responder ella, ya que yo no tenía la información suficiente como para hacerlo. Luego, de pronto, un nombre me sorprendió: el mensaje que aún no había leído y llevaba cinco minutos en mi buzón era de Markel. Lo abrí y descubrí un nuevo capítulo, ¡era imposible! No podía escribir tan rápido.

Durante unos segundos intenté buscarle una lógica, hasta que me di cuenta de que era obvio: no debía esperarme, pues él relataba el pasado; él solo podía seguir escribiendo y creo que lo hizo hasta las tantas, porque era bien largo.

Lo abrí y no pude evitar dejar que mi curiosidad se apoderara de mí, para pasar a leerlo con mucho detalle. El capítulo finalizaba así:

 

El primer día que cruzó la primera palabra con ella, su cara de sorprendida porque no se esperaba su presencia, fue el inicio. En ese momento supo que le importaba muy poco el plan de Alan, que lo único que quería era que esa mujer fuese suya... pero no como lo habían hecho otras anteriormente. Ella era especial, a su lado necesitaba ser él mismo, que conociera a la persona que llevaba en su interior. Y soñó con besar sus labios, con saborear su cuerpo... no pudo más que sentirse afortunado cuando sus sueños se hicieron realidad. Cuando por fin la hizo suya, estuvo dentro de Chloe en repetidas ocasiones y, cada una de ellas, era nueva, fantástica, especial, como si conociera a una persona nueva cada vez que se acostaba con ella.

En ese momento fue consciente de que se estaba enamorado de esa mujer.

 

No podía creer lo que estaba diciendo, ¿cómo podía contradecirse tanto? Sus palabras me hablaban de amor profundo, amor verdadero, pero sus actos me demostraban lo contrario. ¿Debía creer lo que escribía o lo que veía? Ese hombre me iba a volver loca; en un instante lo odiaba, tenía ganas de insultarlo, de no verlo más... y, tras leer sus palabras, en las que se suponía que estaba siendo sincero, me moría por tenerlo delante, por besarlo y olvidarme de todo lo ocurrido.

Ni yo misma me entendía, no era capaz de decidirme, así que lo mejor era pedir consejo. Entré en la aplicación de correo electrónico y se lo reenvié a Esther para luego abrir la pantalla de chat y escribir:

 

Dunia: SOS, te necesito

Esther: Estoy trabajando, pero dime.

Dunia: Tienes un email, espero tu consejo.

 

Esperé durante unos minutos que me parecieron horas, días, siglos. Lo único que hacía era observar la pantalla del ordenador sin mirar nada concreto, sino el vacío, y Esther continuaba sin contestar, sin cambiar el estado que indicara que su última conexión había sido hacía dos minutos, tres minutos, cuatro minutos...

 

Esther: Perdón, acabo de perder mis bragas.

Dunia: ¿Quéee?

Esther: ¿Tú has leído semejante declaración de amor? ¡Dios!, he muerto y me han resucitado. Dunia, no sé qué decirte...

Dunia: Gracias por tu ayuda, amiga.

Esther: Joderrrr, es que es muy fuerte. Yo se lo perdonaría todo a ese hombre si me dedicara esas palabras.

Dunia: Me estoy volviendo loca. No sé qué pensar, más bien... cada cuatro horas pienso algo diferente.

Esther: Cariño, sonsácale más. Yo voy a intentar investigar... Te dejo, jefe a la vista. Mua. Te quiero.

 

Esther pensaba como yo, era imposible posicionarse a un lado de la balanza; una de cal y una de arena, así era él. Y ahora tenía que escribirle. Pero ¿qué diablos le contestaba...?

Me levanté y, tras dar un sorbo al café y tener que escupirlo dentro del mismo vaso porque estaba helado y asqueroso, fui a la cocina a tirarlo y a hacerme uno nuevo que me ayudase a pensar con un poco más de claridad. Sentada en la silla mientras veía caer la última gota de ese nuevo café dentro del vaso, que casi desbordaba, fui incapaz de moverme.

—¿Te ocurre algo? —Di un brinco al oír la voz de Grete, pues era lo último que esperaba en ese momento—. He llamado a la puerta y ni caso.

—¿Con quién está Fredrik?

—Con papá, en el aserradero; quería salir de casa. Ahora que estamos tú y yo solas y que por fin tengo unos minutos, me vas a explicar por qué has regresado, sé que ha sucedido algo. —Puso los brazos en jarra para demostrarme que no se iba a mover hasta que me explicara.

—He roto con Markel, por eso he vuelto.

—Pero ¿qué ha pasado? —Me ofreció el vaso de café y se sirvió uno ella para posteriormente sentarse en la silla que había justo delante de la mía y esperar a que comenzara a hablar.

—¿Resumen? —Asintió seria—. Empiezo. Cuando llegué a Madrid escuché una conversación que no debía y descubrí que Javier lo había organizado todo... Pretendían demostrar que cualquiera puede escribir una novela romántica...

—¿Y cuál es el problema? Es una táctica de marketing y tú has salido ganando: te has dado a conocer; seguramente, de otro modo, te habría costado mucho más.

—Dios, soy la única que pienso que me han utilizado...

—Sí lo han hecho, pero tampoco es tan grave. —La miré con cara de no poder creer sus palabras.

—Sigo... total, que me fui a casa de Esther, enfadada. Mi hermana, a quien desconocía hasta hacía muy poco tiempo, me dijo que su abuela, mi abu... e... la... estaba moribunda, y Esther y yo la acompañamos en sus últimos minutos, y en el entierro. Después la convencimos para que buscara a su padre; sólo sabíamos de él lo que había podido averiguar por Internet; vivía en Londres, se llamaba Arthur... ah, y trabajaba en una multinacional del gas. —Grete, con los ojos bien abiertos, escuchaba atentamente sin pronunciar palabra alguna; sin duda no tenía ni la menor idea de todo ello—. Total, cuando lo encontramos, después de inventarme una historia alucinante, resultó que estaba con la madre de Celeste... por tanto, con mi madre... y me fui, no quise hablar con ella. Regresé a Madrid, convencida de hablar con Markel y arreglarlo. —Grete sonrió satisfecha al ver la voluntad de mis actos, pero estaba segura de que, lo que iba a oír, no le gustaría tanto—. Pero, antes de ir, publicaron unas fotos de la noche anterior, en las que salía besándose con otra mujer... y luego me llamasteis para informarme de lo que estaba pasando aquí.

—¿Algo más? —Se levantó y se encaminó hacia la cafetera y la miré para saber hacia dónde se dirigía—. Necesito un café doble para asumir lo que te ha ocurrido en dos... días...

—Efectivamente. Y me voy a volver loca... porque...

—¿Espera, hay más? —Asentí a punto de llorar, y ella se sentó de nuevo delante de mí; con una tranquilizadora mirada, me indicó con la cabeza que continuara.

—Dulce nos pidió que escribiésemos la secuela de la novela, y en eso estamos... aunque, más bien, él me está explicando todo lo ocurrido, enmascarándolo con la historia de Darek, y yo me estoy vengando con el personaje de Chloe... Estoy loca de remate.

—Hija, tu vida es apasionante, pero demasiado precipitada para asumirla. No estás loca, estás aturdida, y no es para menos.

—¿Qué hago?

—¿Con... qué de todo lo que me has contado?

—Primero, con Markel; lo demás, que espere. —Reímos al unísono y me agarró las manos, con lo que sentí su cariño, ese que siempre me había entregado sin pedirme nada a cambio.

—Ya te dije una vez que, el día que lo tuvieras delante, sabrías si era él o no...

—Cuando lo vi antes de oír la conversación, sentí que lo era. Pero me ha utilizado y engañado con ésa, era su ex novia. Y lo ha visto todo el mundo.

—Ese tema es complicado y sólo puedes hablarlo con él. Debe explicarte qué ocurrió realmente y decirte muy claro lo que quiere de vuestra relación. La confianza es la base de todo, y ya la habéis fracturado.

—A todo esto, ¿a qué venías?

—A preguntarte por qué habías vuelto. Pero, ya que estoy aquí, me gustaría saber algo más... ¿Aksel durmió aquí ayer?

—Creo que debe de estar sufriendo una enfermedad terminal, porque no es normal que se presente aquí, me pague unas pizzas y se sincere conmigo sobre por qué me ha tratado tan mal durante años. Y no sólo eso; selló la paz conmigo. —Los ojos de Grete se abrieron de par en par, sin creer lo que estaba oyendo—. Eso sí, con unas Mack en el cuerpo, pero era consciente de sus palabras. Hasta me dio consejos sobre Markel...

—¿Qué han hecho con mi hijo?

—Ni idea. —Una carcajada se escapó de mi garganta, contagiándola a ella, y continuamos así varios minutos, en los que pensé que, la confesión de Aksel sobre lo ocurrido con Fredrik no tenía por qué conocerla. No le iba a gustar y, después de firmar la paz, no iba a iniciar otra guerra a la primera de cambio.

Terminamos de bebernos el café y Grete me preguntó si quería que la acompañara al aserradero, donde la esperaba mi padre, pero no tenía muchas ganas de ir, así que decliné la invitación y me quedé en mi casa. Al rato, oí el sonido de mi móvil, varias veces seguidas. No me cabía duda de que era Esther y sus cientos de frases ocupando la memoria del teléfono.

 

Esther: Neni, no sé cómo decirte esto.

Esther: He encontrado una cosa.

Esther:¿Estás ahí?

Dunia: Dime, ahora sí estoy.

Esther: Dunia...

Dunia: Me estás poniendo nerviosa, ¡¡¡habla!!!

Esther: Mira mi email.

 

Una sensación extraña me invadió, sabía que algo no marchaba bien, o al menos que no iba a gustarme lo que iba a ver. Efectivamente, ante mis ojos tenía cinco fotos, cada una de ellas realizadas desde varias posiciones, y ninguna en el mismo lugar.

En la primera, Markel besándose con Penélope; en la segunda, sentados, ella hablándole al oído mientras su mano obligaba a su barbilla a mirarla y la mano de él reposaba sobre la de ella. En la tercera, despidiéndose de gente mientras la mano de Markel casi tocaba el culo de la actriz. Y, en la última, la que más me dolió, aparecía un Javier con una sonrisa espléndida abriéndoles la puerta de una limusina y a Markel agarrándole la mano para que ella se acomodara en el interior.

Volví al WhatsApp y le escribí a Esther.

 

Dunia: Te juro que ya no puedo más. Esto es el acabose.

Esther: Dunia, lo siento, pero tenía que enseñártelas.

Dunia: Has hecho bien. No quiero verlo más, lo odio.

Esther: Cariño, tranquila, te sobrepondrás. Vales mucho más que él.

Dunia: Te dejo, necesito pensar.

 

No me podía mover de la silla. Di otro sorbo al café y de nuevo me hundí al volver a ver las imágenes; no podía creer que estuviera con otra mujer, ésa debería ser yo, no ella... «Te odio, Markel», grité desesperada sin que nadie pudiera oírme. Pero eso no solucionó nada, seguí sintiéndome la más imbécil del mundo. Ni corta ni perezosa y con una seguridad aplastante que no sé de dónde había salido, me encontré caminando hacia mi habitación. Cogí el portátil y abrí el archivo donde había enviado su absurda y falsa historia de amor, para dar paso a Chloe, enfurecida; ella iba a poner los puntos sobre las íes.

 

Chloe estaba sentada en el sofá de su casa; eran más de las diez de la noche y era incapaz de olvidar el encuentro que había tenido esa misma mañana, cómo había besado sus labios y cómo se había marchado. Después del momento huida, había tenido tiempo para reflexionar y meditar en lo ocurrido. Y la única conclusión a la que había llegado consistía en que ella no era una más, y no pensaba perdonar su traición por nada del mundo.

Así que, dispuesta a vengarse, se obligó a darse una ducha. Tras relajarse, se hidrató la piel con su crema con olor a melocotón y se cercioró de estar perfectamente depilada. Y así era, estaba lista para vengarse y sabía cuál era la mejor forma. Abandonó el baño para entrar en su habitación; cogió de su armario un vestido negro de lycra liso con un único adorno en la espalda: una cremallera dorada que muchos hombres desearían tocar. Se trataba de un arrebatador vestido que Darek le había regalado, pero que ese día no iba a ser sólo para él, otros hombres lo verían... y vaya si lo harían. Se maquilló prestando la máxima atención a sus labios; un rojo intenso y mate, que permanecería intacto toda la noche.

Cogió su bolso de mano y salió a la calle, donde cogió un taxi en dirección a un lugar donde hacía mucho tiempo al que no acudía; desde que conoció a Darek no había vuelto a pisarlo.

Al pararse en la puerta, la reconocieron al instante y le cedieron el paso, como si de una persona importante se tratara... y así era, ya que, en el pasado, había sido una de las amas más exigentes y buscadas de aquel local. Pidió una copa en la barra y valoró el ambiente; apenas había hombres con los que realmente mereciera la pena pasar un rato divertido, pero una copa la ayudaría a volver a ser la de siempre.

Uno de los privados se abrió y, al verla, un hombre caminó sigiloso hasta que sus labios se posaron en su cuello.

—Ese olor a güisqui y sexo no cambiará nunca.

—Y el tuyo tampoco, nena, y sabes que te puedo ayudar.

—Hoy no te voy a decir que no, me vas a ser de mucha utilidad.

Tras decir esto, le hizo una seña a un joven que había al lado, observándolos, y le pidió que los siguiera y que los grabara con su teléfono móvil.

—Quiero que, sensualmente, tus dedos me bajen esta cremallera, acaricies mi espalda, la beses y prosigas recorriendo todo mi cuerpo. Eso es lo que necesito que graves.

—Estás de broma.

—¿Alguna vez he bromeado en este privado? —Eduard, un antiguo sumiso suyo, negó con la cabeza y la agachó al sentir el tono poderoso de su ama. Y, como ella le había dicho, lentamente cumplió cada una de sus órdenes, mientras ella recordaba las palabras de Darek el primer día que estrenó aquel vestido. Día en que le demostró amor verdadero y le hizo prometer que jamás un hombre bajaría esa cremallera despacio, ni tocaría el dibujo que formaba el reguero de besos que le entregaba, y mucho menos ningún otro hombre acariciaría aquel cuerpo que había sido creado para él.

Y en ese momento estaba en el privado de un club junto a un hombre que siempre le había pertenecido. Ella permanecía de pie, esperando a que cumpliera sus órdenes, pero, no satisfecha con ello, le ordenó que la tocara y luego fue un poco más allá y le pidió que se colocara en el sillón, para acabar provocando un orgasmo en su sumiso que cerca estuvo de no poder controlar. Ella sabía que mejor castigo que ése no podría imponerle a Darek, y continuó jugando sin dejar de pensar en él. Una acaricia, una atadura... todo le recordaba a él, su sexo se humedecía descontrolado, aunque lo disimulaba para no satisfacer a la persona que tenía delante; aquella excitación no era suya, no le pertenecía; por tanto, no quería una medalla para quien no la merecía.

Terminó la sesión sintiéndose vacía, traicionada... nada de lo que esperaba que ocurriría. En ese instante supo exactamente qué era lo que debía hacer para conseguir dañarlo de la forma más dolorosa. Pensaba enseñarle ella misma su traición; ésa sería su venganza y se sentía satisfecha por haberla tramado.

 

Al escribirlo, le estaba dejando claro a Markel que ya no era suya, que podía hacer con mi cuerpo, y con quien quisiera, lo que me viniera en gana sin miedo a pensar que él podía molestarse... porque, a la primera que habían traicionado, era a mí y no lo iba a olvidar tan fácilmente. «Oh, no, esta vez no.»

Adjunté el nuevo capítulo a un correo electrónico y añadí las fotos que Esther me había enviado. Luego pensé en qué poner en el cuerpo del mensaje.

 

Te adjunto unas imágenes que me han servido para inspirarme. Espero que mi escena te muestre la verdad de lo que siento.

Dunia

 

Antes de enviar el archivo, miré de nuevo las fotografías. «Sí, claro, está muy forzado, ¿verdad, hermanito?» La rabia, los celos y la traición tintaban mis palabras.

A través de sus palabras
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