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Jon Ríos estaba horrorizado ante lo que acababan de presenciar. Yuri parecía haber sufrido un ataque de nervios, y se contorsionaba sobre la silla en su desmedido afán de soltarse. Gritaba palabras ininteligibles por culpa de la mascarilla de oxígeno.
En aquel momento los cuatro desconocidos se quitaron los pasamontañas, aunque Jon no reconoció a ninguno de ellos. Eran tres hombres y una mujer. Fue ella quien se acercó al ruso con la pistola de Noe —que sin duda le habían arrebatado a Jon cuando lo arrastraron hasta aquel cuarto— en una mano, y el peligroso y afilado machete en la otra. Desafió al más joven de los hermanos Eremenko colocando el cañón en su pecho y rasgando el jersey. Por increíble que pareciera, el eslavo comenzó a reír como una hiena, acompañándose de un torrente de blasfemias. La mujer le quitó la máscara de oxígeno.
—¡Una pequeña zorra! —exclamó, lascivo—. ¿Vienes a que te haga pasar un buen rato con mi verga?
La rubia lo ignoró, y con un hábil tajo vertical le abrió la ropa en dos.
—Vas a morir hoy. Y lo harás sufriendo —anunció fúnebre—. Todos esos niños y niñas que nacieron para amar y ser amados, a quienes el destino les negó esa posibilidad por culpa de monstruos como tú, están ahora aquí. —Su voz se hizo más fuerte—. A mi lado. Cada golpe que recibas es parte de su satisfacción; una sonrisa que recuperar y guardar en la mente.
Yuri intentó morder a la chica, pero un golpe seco en la boca, propinado con el cañón de la pistola, le rompió varios dientes.
La mujer se alejó, y el hombre que llevaba el bolso de Noelia arrojó su contenido al suelo. El mango de un cuchillo sin filo, una pequeña caja para llevar medicamentos, una cartera de mano y unas tenazas. Abrió la cremallera interior. Dentro se encontraba un diario, encuadernado en piel de cabra. Lo cogió y se lo guardó.
Al lado del ruso, Jon Ríos asistía a la escena muy confuso. Aún tenía la esperanza de que todo saliera bien, de que el Monarca buscase su vehículo con el localizador que habían conectado a los bajos. Aún tenía la esperanza de que llegaría a ver la luz de la mañana siguiente… Y esa esperanza se esfumó cuando la mujer se acercó a él con la caja, la abrió y sacó una pastilla negra de buen tamaño.
—Una sobredosis de foxy puede tener efectos muy nocivos… ¿Sabes cuántos jóvenes acabaron muertos por culpa de esto?
«¿Voy a morir aquí?». Esa infiltración se le había ido de las manos. Ahora sabía que jamás debió saltar algunos límites, que no es verdad que haya objetivos que merezcan la pena a cualquier precio.
El tipo le arrancó la máscara de oxígeno, le apretó los carrillos para que abriera la boca y luego introdujo la pastilla. Otro de los hombres apareció con una botella de licor, y le llenó el gaznate para evitar que la escupiera.
—No entiendo cómo un policía como tú, todo un suboficial de la Ertzaintza, puede aceptar el tráfico de esta mierda. —Mientras hablaba, iban arrancándole la peluca, el bigote, la perilla y las cejas—. No te preocupes… Todo será rápido. Solo nos falta grabar algo más; donde, por cierto, tienes el papel principal.
Jon no respondió. A pesar de la grave situación, se había percatado de un detalle que en esos momentos no podía importarle menos: el cuerpo de Jaime Ribas ya no colgaba al otro lado de las cabinas. Había desaparecido por completo.
—Hijo de puta…, cómo me has engañado.
La agria voz de Yuri Eremenko, que escupía sangre, le llegaba al ertzaina desde muy lejos porque empezaba a notarse raro.
Segundos después, vagamente pudo ver cómo tiraban al ruso al suelo y lo vestían con la ropa blanca que habían extraído del baúl. «¿Eso es una peluca de mujer?», se preguntó Jon, perplejo. Una náusea le sobrevino. Sintió también cómo manipulaban su cuerpo. Lo vestían. Se notaba arder. Supuraba fiebre por cada poro.
Le pusieron algo que cubría su rostro. Parecía cuero. Se pegaba a su piel. Le costaba respirar. No podía controlar su organismo. Desde la punta de los pies le ascendía una quemazón que le hervía la sangre. No sabía de qué forma, pero de pronto estaba de pie y tenía entre las manos algo largo y sólido. Todo daba vueltas a su alrededor… Una sombra le atacó por la derecha; susurraba a su paso como si fuera la risa de un niño que es feliz jugando al escondite cuando consigue salvarse a sí mismo.
Intentó golpearla. Un nuevo susurro, ahora a la izquierda. Otra sombra más que lo empujaba a su paso.
Empezaron a surgir de todos lados. Lo zarandeaban. Se escapaban cuando intentaba golpearlas con el acero.
De pronto comenzó a reír de un modo histérico. Fue consciente de haber caído en su propia trampa. Todas las sombras y los susurros habían cruzado la puerta que se abría frente a él y traspasó el umbral blandiendo su bastón de acero. Las sombras resbalaban por las paredes, se sujetaban a ellas como pegamento. Pero había más, muchas más. Estaban en el centro e intentaban arrancarle los miembros a María, su mujer, vestida enteramente de blanco. La bata que utilizaba en la escuela, para salir al recreo, la tenían extendida sobre una camilla dispuesta en horizontal.
Ríos gritó como un demente y se abalanzó sobre aquellos demonios oscuros, sin forma definida. Golpeó aquí y allá. Ahora sabía que les estaba haciendo daño. Los reventaba contra la pared, y su sangre negra le ensuciaba la ropa y las manos. No le importaba. Se sentía poderoso defendiendo a quien realmente amaba.
No cejó en su ciego esfuerzo. No dejó que escaparan a refugiarse en las paredes. Les dio caza a todos, sin dejar uno con vida. Había pisado un terreno resbaladizo, y por tal motivo, no debía haber piedad alguna.
Por fin soltó la barra, que repicó al caer al suelo. Luego de acercarse a María, se quitó esa capucha de cuero que solo le permitía mirar y relamerse los labios secos.
En un breve acto de lucidez descubrió que no era María. Se parecía, eso sí, pero se trataba Nadine… y estaba destrozada. Las sombras ya habían acabado con ella antes de que él las ahuyentara, moliéndola a su paso. Se giró sobre sí y miró algo que relucía a su espalda…
En otro espacio, el hombre que había forzado a Jon Ríos a tomar la pastilla miraba los movimientos de este a través del monitor. Poco después el suboficial de la Policía Autónoma Vasca desapareció de escena.
—Okey. Todo registrado y zanjado —sentenció con voz grave.
Lo habían preparado todo a conciencia. Ambientaron el espacio como si fuera la misma sala donde Nadine ejerció de auxiliar de odontología. No ahorraron ningún detalle. Todo parecía idéntico. Incluso la ropa blanca y la peluca que le pusieron a Yuri recordaba a la bellísima eslava. Y habían tomado las precauciones necesarias para no recoger un solo plano de sus rasgos. Todo lo grabado mostraba a un encapuchado Jon Ríos, situado de espaldas, tapando con su cuerpo a Yuri Eremenko, disfrazado a su vez, y golpeándolo con la barra de acero. Eso bastaría como prueba y exculparía al auténtico responsable, Jean Guignou —el falso Guillón—, quien lo hizo para descubrir a ese demonio con cara de ángel y obligar a sacar la cabeza de sus caparazones a la cúpula de la mafia rusa. Para mayor satisfacción, el ertzaina había mostrado su rostro por propia voluntad.
Surgió el CD por la ranura del ordenador. El hombre lo cogió y pulsó el botón de un mando a distancia. El techo del habitáculo cayó a plomo, destruyendo por completo la fascinante recreación de esa sala como clínica dental.
El tipo fornido y barbudo, el mismo que un día se dio a conocer con el nombre de Thor, apagó las luces. También hizo descender la palanca que activaba las grabaciones de voz de los niños en todas las salas allí dispuestas. Aldo Yáñez se uniría más tarde al grupo, cuando todo acabara y le hubiera dado a Noelia lo que un día le reclamó.
Era hora de irse. La chica le esperaba junto a Guignou. Debían resolver el asunto de Jaime…
Jon Ríos miró el destello. Tenía que escapar a cualquier precio. Le estaban apuntando al pecho con un arma. Cruzó el umbral de un salto, y casi cayó por la trampilla que había en el suelo y que alguien debía de haber levantado. Observaba cómo las sombras venían hacia él, deslizándose con sus afiladas garras negras. La única opción era descender por ahí. Al tocarse la espalda descubrió una pistola, ¿la había colocado allí la mujer? Pero no tenía suficientes cargadores. Las sombras superaban en número a las balas calibre 9 mm Parabellum que estos portaban.
¿Era Cris quien le llamaba en susurros?
Sí, sin duda. Era ella… Su niña…
Saltó por el agujero y aterrizó de pie. Ahí también las sombras se despegaban de la pared, arremolinándose sobre sus hombros, espalda… De un aparatoso manotazo las sacudió, y un enorme estruendo resonó acto seguido en aquella sala. Algo se había derrumbado.
—Aita, aita, prométeme que nunca más harás nada malo —se escuchó.
Avanzó decidido hacia la voz, pero una sombra se levantó y le puso su mano deforme y monstruosa en la cara. Quería cortarle el paso. Impedirle que salvara a su hija.
Jon sacó la pistola. Hizo dos disparos. El ruido casi le dejó sordo, y el monstruo se desvaneció por completo.
—Aita, aita, prométeme que siempre estarás a mi lado —oyó de nuevo, sintiendo el corazón en un puño.
—¡Ya voy, hija, ya voy! —gritó con furia.
Con profunda desesperación echó a correr hacia la voz. Llegó hasta otra trampilla abierta en el techo. Tuvo suerte. Había una escalera plegable de aluminio junto a la pared. Su hija susurraba. Aquellos monstruos le estaban tapando ahora la boca con sus viscosas y repelentes manos.
«¡Vamos, Jon, por Dios!», se animó mentalmente.
Los monstruos intentaban evitar que subiera. A cada peldaño, decenas de deformidades negras lo agarraban por los tobillos. Disparó varias veces a su espalda, sin mirar a quién. Surtió efecto y logró subir sin encontrar más oposición.
Al salir al nuevo espacio, cerró la trampilla —tuvo que hacer un gran esfuerzo, pues los monstruos empujaban desde abajo— y una vez logrado, se sentó encima. Aquel lugar brillaba, pero seguía concurrido por figuras demoníacas, aunque estas eran ahora blancas e iban acompañadas de una luz cegadora.
—Jon.
Era la voz de su hija. Le sorprendió que no lo llamara aita. Pero era ella. Allí estaba. La tenían atada por las muñecas y los tobillos a una enorme cruz que emitía destellos blancos, y que habían clavado en posición vertical.
El suboficial no podía permitir que expusieran a Cris a aquel destello cegador que, literalmente, la abrasaría. Debía recuperar a quien sembraba cariño en su vida; a quien le esperaba cada día para recibir el cálido beso de buenas noches; a quien le arrancaba una sonrisa; a quien en suma amaba por encima de todo y de todos.
Alzó el brazo y apuntó con el arma a la figura radiante que se abalanzaba sobre Cris.
Estaba bañado en sudor, pero ahora al menos controlaba el calor que inundaba su organismo. Esa fiebre que lo debilitó. Curvó el dedo sobre el gatillo.
La figura blanca se volvió. ¿Se reía de él?
Cris había crecido.
Ya era toda una adorable mujercita.
—¡No lo permitiré! —le dijo con rabia a la sombra blanca. Sus ojos estaban inyectados de sangre.