19

El comisario Jokin Sagasti esperó a que la luz pasara a verde para decir la primera palabra. Se encontraba en la sala de interrogatorios número 13 frente al joven detenido, que aparecía con los ojos hinchados y la nariz un poco torcida por los golpes. No estaba esposado y llevaba la misma ropa con la que lo habían encontrado, aunque le habían quitado todos sus efectos personales, incluyendo el cinturón, los cordones de los zapatos, y la cadena y los anillos que lucía.

Antes de iniciar las preguntas, el comisario le concedió generosamente un vaso de agua mineral.

SAGASTI: ¿Puedes decirme tu nombre y tu fecha de nacimiento, hijo?

JOVEN: Jaime Ribas Aguirre. Veinticuatro años. 5 de agosto de 1986.

SAGASTI: Gracias… Quiero que te relajes y contestes sinceramente a las preguntas que voy a hacerte.

JAIME: ¿Estoy detenido?

SAGASTI: Primero quisiera tener un intercambio de impresiones contigo. La respuesta a esa pregunta dependerá de tus recuerdos.

JAIME: Puedo negarme a hablar…

SAGASTI: Por supuesto, pero entonces sabré que ocultas algo y oficialmente tendrás que pasar por nuestros técnicos para que seas «inmortalizado». Te aseguro que aparecerás en todos los ficheros policiales del Estado español y la Europol. Esto último por si un día te fugas al extranjero.

JAIME: Pero si colaboro…

SAGASTI: Quizás accedamos a reconocer que todo fue un malentendido y podrás regresar a casa.

JAIME: Entiendo… Pregunte lo que quiera entonces.

SAGASTI: ¿Cuál es tu profesión?

JAIME: Informático.

SAGASTI: Quieres decir hacker, ¿verdad?

JAIME: Piense lo que le dé la gana.

SAGASTI: ¿Aprovechas tu tiempo libre para practicar algún hobby en especial?

JAIME: Leo… Me encanta leer. Y voy de farra con mis amigos. Y bebo, también… Como cualquier chico de mi edad, supongo.

SAGASTI: ¿Algo más que quizás estés pasando por alto?

JAIME: No que yo sepa.

SAGASTI: ¿Qué hacías en el interior del maletero?

JAIME: Iba conduciendo cuando alguien me echó de la carretera. El resto creo que ya lo conoce usted.

SAGASTI: ¿Puedes describirme a tu agresor?

JAIME: No. Todo fue muy rápido.

SAGASTI: ¿Qué coche conducías?

JAIME: Un A6.

SAGASTI: ¿Ese coche es de tu propiedad?

JAIME: No… Me lo prestó un amigo.

SAGASTI: Ya, un amigo… ¿Y cómo se llama tu amigo? Lo digo porque el A6 azul marino al que supongo que te refieres está a nombre de Frederick Ramiro. ¿Lo conoces?

JAIME: No puedo engañarlo, ¿verdad?

SAGASTI: Verás… Tenemos un pequeño problema. Ese hombre ha desaparecido, y a no ser que te quieras ver implicado, más te vale soltar aquí todo lo que sabes.

JAIME: Quiero protección.

SAGASTI: Aquí te sobra.

JAIME: ¡No! ¡Protección en la calle! Cuando salga de aquí… ¿Entiende?

SAGASTI: ¿Por alguna razón?

JAIME: Sí.

SAGASTI: Soy todo oídos. ¿Qué tal si empiezas por contarme cuál es tu relación con Frederick Ramiro?

Y ahí Jaime Ribas supo que se había metido en un lío. Podía negarlo todo… o podía vender a su jefe. A fin de cuentas, a estas alturas, ¿qué le debía? Era obvio que ahí fuera, en la calle, su menor preocupación ahora mismo sería quedarse sin trabajo. O andaba muy equivocado, o la próxima vez le esperaba una bala y no un maletero. «Salva tu culo», se dijo y arrancó a hablar.

JAIME: Trabajaba para él captando menores de edad a través de la red, aunque imagino que ya está al tanto de eso. Le juro que yo no participaba en nada más. Ramiro es un hijo de puta. No sabe cuánto le gustan… Pero le juro que nunca estuve presente en las sesiones fotográficas. Solo debía reunirme con la elegida, invitarla al coche de «Vitus», que era el alias que él utilizaba, y llevarla hasta el chalet de Castro Urdiales. Allí acababa mi misión. Una pareja me esperaba siempre a pie del edificio y pasaba a hacerse cargo de los menores. Yo recibía mis quinientos euros y regresaba luego andando para tomar el primer autobús a Bilbao.

SAGASTI: ¿Puedes describir a esa pareja?

JAIME: Tengo algo mejor, si me devuelve mi móvil… Les hice una foto.

SAGASTI: Buen chico.

Jaime bebió agua y miró en dirección al panel de cristal donde se veían reflejados.

JAIME: ¿Nos están viendo?

SAGASTI: Claro que sí. Y uno de ellos es psicólogo. Su trabajo es analizar tu conducta, todo cuando dices aquí… Es capaz de detectar cualquier mentira por pequeña que sea.

JAIME: Pues yo pienso lo contrario, ¿sabe? Un comecocos nunca es de fiar.

Una agente entró en la sala con el móvil del detenido. Se lo entregó al comisario y abandonó el lugar sin mediar palabra.

SAGASTI: Toma. Muéstramelos.

Jaime Ribas no tardó ni veinte segundos en dar con la instantánea. Le pasó el móvil al comisario y este observó perplejo a la pareja retratada.

SAGASTI: ¿Estás seguro?

JAIME: Completamente.

SAGASTI: ¿Sabes algo más de ellos?

JAIME: Él se llama Guillermo, creo. Al menos eso le oí decir un día a la mujer.

SAGASTI: ¿Sabes que ha sido asesinado?

JAIME: ¿Asesinado…?

SAGASTI: Se llamaba Guillermo Gutiérrez y estábamos tras su pista.

JAIME: ¡Joder! No pensará que yo…

No contestó. Gracias a testigos presenciales, sabían que el asesinato fue obra de un extranjero, pero algunos interrogados responden mejor bajo presión que otros y ese chaval estaba a punto de venirse abajo. Podía ayudar. Lanzó otra pregunta.

SAGASTI: En cuanto a la mujer, ¿sabes algo de ella?

El interrogado hizo de pronto un gesto extraño, como si estuviera luchando contra los nervios que le apretaban la garganta, pero se sobrepuso enseguida.

JAIME: Mis conocimientos me hacen vivir aislado, en un lugar muy escondido. Pero esa mujer me encontró, me hizo una visita. Me chantajeó… Quería que enterrara algo que pensaban utilizar pronto.

SAGASTI: ¿Te chantajeó? ¿Qué enterraste?

JAIME: Sí, oiga… La muy cabrona tenía fotos de Lucinda y de Iván. Amenazó con crucificar en una mesa a mi hermana y a su hijo y esperar a verlos morir. Cómo iba… Joder, que era mi sobrino, mi sangre… ¡No tuve elección! Enterré en la parte de atrás de mi casa la bolsa que me dio. Una bolsa enorme.

Algo que acababa de leer en la prensa de última hora galopaba en la mente del comisario. Una casualidad que podía significar un gran paso adelante. Miró hacia el cristal de espejo:

SAGASTI: ¡Que alguien traiga el periódico de hoy! ¿Por dónde íbamos? Ah, sí… Ibas a contarme qué contenía la bolsa.

JAIME: Muerte.

SAGASTI: ¿Muerte…?

JAIME: No me dejó verlo, pero sí dijo que su contenido iba a provocar muchas muertes en un lugar público. Habló de cargas explosivas; de una bomba de fragmentación.

SAGASTI: Y no llamaste a la Ertzaintza, claro.

JAIME: ¡No podía! ¿Qué habría hecho usted ante una amenaza semejante? ¡Sé cómo actúan! Además, soy captador de menores, soy cómplice de aquellos pedófilos…

SAGASTI: Estoy de acuerdo contigo. Estás metido en un buen lío, muchacho, en uno bien jodido…

Una agente volvió a entrar con un periódico local en las manos. El ceñudo comisario buscó la página seis y la puso ante los ojos del joven.

SAGASTI: ¿Es esta la mujer que te chantajeó?

El Monarca ya sabía la respuesta, pero esperó a que el hacker asintiera. En la página del Deia aparecía una mujer tumbada en una camilla, al lado de una ambulancia. Al pie de fotografía, un párrafo: «Mujer rescatada viva gracias a una llamada anónima. Apareció clavada a una mesa en el Colegio de San Antonio de Etxebarri».

JAIME: ¡Maldita zorra! Bien merecido se lo tiene…

SAGASTI: Dime el lugar exacto donde enterraste esos explosivos.

JAIME: Si se lo digo, encontrarán algo que me llevará a la cárcel de por vida…

SAGASTI: No te entiendo.

JAIME: Prométame que me liberará y que se me dará tratamiento de testigo. No quiero que hurgue nadie en mis archivos…

SAGASTI: Me imagino por dónde vas… Lo pensaré. Pero si nos haces perder el tiempo, te arrepentirás toda tu vida. Puedes estar seguro de ello.

JAIME: Les ayudaré. Es lo que quiero. Pero mi trabajo no es negociable.

SAGASTI: Es estúpido por tu parte chantajear a la propia Ertzaintza.

JAIME: Si no acepta mi petición, ya sabe que en cuarenta y ocho horas estaré en la calle, en espera de un juicio por complicidad que podría alargarse mucho tiempo con los abogados que siempre cuentan los ricos. Para entonces, quizás hayan utilizado ya el contenido de esa bolsa. Seguro que no podrá quitarse de la conciencia el peso de haber dejado morir a muchos inocentes por preocuparse tan solo de un pobre chico como yo.

SAGASTI: ¡Ya me has hartado, mocoso! Vas a decirme inmediatamente dónde está tu puto refugio.

Y Jaime le dio la dirección. Pero fue con una nueva condición…

Aquella grabación era la que había mostrado a su equipo. Ahora, todos a excepción de Yago Mellado —incomunicado y seguramente todavía en busca de Vanesa— habían acudido al lugar: desvío a Galbarriatu-Artxanda 12, el antiguo criadero de conejos.

Jokin Sagasti permaneció dentro del Focus de camuflaje. No parecía haber nadie. El resto continuaba emprendiendo labores de búsqueda. En las manos tenía aquella noticia de periódico que le dio Yago en el hospital de Cruces: «Gloria Sáez desaparecida». La llevaba con él en el bolsillo y la desplegaba cuando estaba solo. Tenía la mirada perdida en el bosque…, pensando…, recordando…, retrotrayéndose en el tiempo…

Era una tarde preciosa, con apenas algunas nubes de algodón de las más caprichosas formas, que invitaba a cruzar el pantano. Salió sobre las cinco, tras echarse una buena siesta, en la pequeña lancha que siempre tenía amarrada junto al cobertizo para las reuniones nocturnas con sus amigos «semiprofesionales del póquer». Más bien se autodefinían así. Eran cuatro. Se reunían en las vacaciones estivales, reservando siempre la última quincena de agosto. Pedro era banquero; Jordi, arquitecto; Agustín, ingeniero industrial. Normalmente acababan borrachos, y lo pasaban muy bien. Era aquello una necesidad imperiosa para vencer el estrés anual de sus puestos de trabajo, y unos días exclusivos para sustituir trajes y corbatas por bermudas y chanclas.

El caso es que aquella tarde Sagasti había decidido cruzar el pantano de Villarreal y llegar hasta el pueblo más cercano, Legutio, para abastecerse de pizzas congeladas y sobre todo de vodka, whisky y cervezas.

Olga, su compañera sentimental, no aprobaba aquellos encuentros, pero tenía un corazón tan grande que acababa cediendo, y aprovechaba el tiempo en el que se quedaba sola para bordar y coser encargos atrasados.

Regresó sobre las siete de la tarde, bien surtido de suministros en la parte delantera de la lancha, disfrutando el sol que regaba ahora su rostro con tibia calidez y mirando los surcos que abría la motora en las silenciosas y calmas aguas verdosas.

Al avistar el pequeño embarcadero que servía a los propietarios de aquellas casas de campo, de pronto sintió inquietud. Había tres personas sobre el puente y a Olga la reconoció de inmediato, inconfundible con aquel pañuelo azul cubriendo la cabellera. Según fue acercándose tuvo la certeza de reconocer al agente que la acompañaba, y más tarde, a una joven rubia que daba la mano a Olga. Nada más llegar saltó a la plataforma de madera, sin pararse a llevar la lancha hasta el cobertizo.

Olga salió corriendo a su encuentro. Se abrazó a él. Llorando, temblando.

—Es ella… Ha vuelto… Mi niña… Gracias —musitó con intensa emoción.

Jokin miró a la bella pero escuálida muchacha, que bajó la vista como avergonzada. Aquella fue la primera vez que el Monarca vio a Gloria y desde entonces habían pasado muchísimos años…

Salió del sopor de sus recuerdos y guardó rápidamente la página de periódico. Xabier Elostegi se dirigía apresuradamente hacia el coche. Por lo general el Monarca no acudía al trabajo de campo, y delegaba en sus agentes tal menester, pero la incertidumbre que le provocaba que el nombre de Gloria apareciera en una investigación, cuando hacía seis meses que no sabía nada de ella, le obligaba a inmiscuirse de pleno en el caso.

—Tiene que venir, jefe. Alguien ha estado aquí antes que nosotros y ha desenterrado la bolsa. —Sagasti descendió y comenzó a caminar a la par que el joven subcomisario, sorteando hayas—. No hay rastro de los posibles explosivos. Pero debe ver algo… Menudo zulo tiene montado el chaval. Parece una sala de la NASA. Sin duda puede entrar donde quiera… —El Monarca se detuvo y miró fijamente el rostro de su segundo en el CIDE. La condición que había puesto el hacker para su cooperación era que el informe del caso le señalara únicamente como testigo—. El chico está intranquilo. Han hecho algún cambio que él desconocía. No para de repetir que han mancillado su templo sagrado.

El comisario hizo un gesto cortante con la mano.

—No te entiendo. Explícate mejor, hombre.

—Es una grabación que acabamos de ver… —Elostegi tragó saliva—. Debería echarle también usted un vistazo.

Entraron en la cabaña y descendieron desde la boca del arcón hasta el insólito sótano cibernético. De Marco, recostado contra la pared, con una mano intranquila acariciándose la barbilla. Vicky Dámaso, acuclillada con las manos en las rodillas y la vista en el suelo. Jon Ríos, con rostro hierático, mirando la imagen congelada en las pantallas: un sujeto con capucha sentado en una butaca con una grabadora en la mano. Mónica Antúnez, por su parte, no paraba de refregarse las manos sudadas por los costados del pantalón, mientras observaba a Jaime sentado en el sofá pero inclinado ante el panel.

—Ponlo de nuevo —ordenó Elostegi al hacker.

En las pantallas apareció la chica de buzo naranja, atada a unas cadenas que pendían del techo. Pero eso no le ponía nervioso a Sagasti. Lo que le alarmaba era que acababa de reconocer a la víctima de aquella violación…

—Llama al forense —susurró al oído de su subcomisario—. Que compruebe si el cadáver de Ángel Márquez presenta una mancha de nacimiento… Si es así, necesitaremos una fotografía. Debemos comprobar las similitudes con ese tipo.

La grabación terminó y apareció el sujeto de la grabadora. Inmóvil.

—Debería tener tiempo para desencriptar los códigos del resto de la grabación —propuso el hacker, sonriendo con aire misterioso.

—Gracias, chaval. —El Monarca posó una mano sobre el hombro de Jaime—. Nuestra experta se encargará de eso… ¿Quién coño puede haber desenterrado la bolsa y dejado esta grabación? ¿Quién más conocía este refugio?

—Que yo sepa, nadie. Se lo aseguro. Pregunten a la arpía que me chantajeó —repuso el detenido.

Jokin Sagasti se pasó la mano por el pelo, resoplando luego como un búfalo.

—¡Necesito un nombre! —rugió con manifiesta impotencia, mirando al hacker con extraordinaria fijeza.

—¿Cree que le miento? —Se defendió este. Por un momento reinó el silencio—. Mire dónde estamos. Me he pringado trayéndolo a este lugar… ¿No es motivo suficiente para creerme? —rezongó al fin con hosquedad.

Justo entonces las pantallas se apagaron solas. Durante unos segundos. A continuación mostraron un escenario de teatro, tal vez de cine. Sobre unos caballetes había una caja alargada. Más allá, un hombre de espaldas junto a un andamio, que recogía algo de una silla. Alguien a quien conocían. Había sacado el móvil y hablaba por él. De repente apareció a su espalda un encapuchado, totalmente vestido de negro, con una barra de acero en las manos.

Yago Mellado acababa de bajar la mano que sujetaba el móvil. Tras gruñir con incredulidad, Elostegi aprovechó para sacar el suyo y llamarlo. En las pantallas, el ertzaina observó su teléfono durante un instante. Luego, las luces se apagaron.

La oscuridad llegó cuando Yago miraba en la pantalla del móvil el nombre de «Xabier Elostegi». Había ignorado las llamadas del Monarca, pero Xabier era Xabier. No llegó a llevarse el aparato al oído, ya que a los pocos segundos los focos se apagaron y justo en ese instante recibió un inesperado empujón que lo abatió sin remedio contra el suelo. Sintió cómo su frente se golpeaba con la superficie, y algo tibio y pegajoso se derramaba por sus sienes. Luego, un calambre en su espalda. El agresor se había dejado caer de rodillas sobre él. Con una mano enguantada y la ayuda de una barra de metal, levantó la barbilla de Yago. El dolor que este sintió fue inhumano.

—Debes cubrir tu retaguardia, oficial —le advirtió una voz desconocida, que sonaba como un silbido a causa de la capucha—. También deberías saber proteger tu madriguera. No hacerlo, te expone a perder a tu cría y a que lleguen las alimañas que pueden devorarla… El tiempo es escaso. Contenta al depredador con otra presa y salva a tu cachorrilla… Esto es un aviso. La siguiente vez que nos encontremos desearás que te parta el cuello con la barra porque el depredador habrá saciado su hambre.

El desconocido aflojó la barra, agarró el pañuelo empapado de cloroformo que llevaba en el bolsillo y lo apretó contra el rostro de Mellado.

—Te obsequiaré con una información privilegiada. La agresión a Nadine está grabada…

El oficial de la Ertzaintza pataleó impotente, pero la postura y la falta de aire le obligaron a respirar y sumirse en la inconsciencia. No llegó a escuchar las últimas palabras. Hecho esto, el encapuchado recogió el móvil, que no había dejado de sonar en ningún momento.

—¡Yago! ¡Yago! ¡Cuidado! ¿Yago? —gritaba Elostegi.

—Su compañero los espera en los antiguos cines Bilbondo —explicó la voz. A continuación, cortó la llamada y rescató la fotografía de las manos de Yago.

Ya no le hacía ninguna falta. El oficial sabía perfectamente a quién tenía que matar…

El domingo llegaba a su fin. Eran las once y media de la noche. Hacía frío, por lo que Jokin Sagasti se había subido el doble cuello de su abrigo. La ambulancia que llevaba a Mellado partía en esos mismos momentos. Permanecía inconsciente y estaba conectado a una bombona de oxígeno, pero aún vivo… A su lado, habían encontrado el cuerpo de Frederick Ramiro. Hinchado y empapado en queroseno, ocupando el espacio de aquel ataúd.

Vicky Dámaso se le acercó con un termo y un vaso de plástico en las manos.

—¿Un café, jefe?

Ante el relente de la noche, el comisario del CIDE asintió complacido.

Mila esker —agradeció en su lengua paterna.

—Los de Científica aún están con las pruebas. El juez ya ha dado el visto bueno para el alzamiento del cadáver.

—Buen trabajo, Dámaso… —El Monarca sorbió el caldo negruzco, y dejó que los efluvios calientes llegaran a sus fosas nasales—. Ahora sí debes darle la «buena nueva» a la mujer del difunto… —añadió cáustico.

La agente arqueó las cejas.

—¿Buena nueva?

—No nos engañemos. Tú misma lo sugeriste. Le llorará unos días, luego buscará a un cachas sin cerebro, pero muy dotado en la entrepierna, y despilfarrará el dinero a lo grande. Lo de siempre… —sentenció el comisario, acompañándose con una sonrisa maliciosa.

Un derrape les hizo volverse. Otro Focus camuflado de la Policía Autónoma Vasca quedó obstruyendo media salida del patio trasero. Era Xabier Elostegi, que llegaba hasta ellos a la carrera.

—¿Cómo está Yago? —inquirió con nervio.

—Bien… —lo tranquilizó su superior—. Solo magulladuras y contusiones. ¿Qué me cuentas de nuevo? —inquirió, con voz templada pero apremiante.

—¡Por Dios, menos mal! Como ordenó, Jaime Ribas ha quedado en libertad. Un agente lo vigilará mientras Mónica filtra todo el material de los ordenadores… —El subcomisario se aclaró la garganta—. Quizá tenga razón y solo nos habló de lo superficial, y ese cabrito aún sepa mucho más… —Antes de abrir un sobre, ladeó la cabeza—. Ah, casi se me olvidaba… El forense nos ha enviado esto. Es una foto.

—Ahora sabemos por qué ha sido asesinado Ángel Márquez —se limitó a responder Jokin Sagasti.