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La Policía Autónoma Vasca había organizado un gran dispositivo operativo. Cuando se trataba de una menor se dragaba el agua, invirtiendo todo el tiempo que fuera necesario y poniendo en marcha recursos que agilizasen la búsqueda. Una desaparición no era algo intrascendente, y más aún cuando la sociedad se encontraba tan sensibilizada ante hechos inexplicables como aquellos. Para los más agoreros, tras una desaparición seguía necesariamente la muerte. Para los más optimistas, era una escapada de casa como castigo a los padres por cualquier discusión insignificante; hoy en día, la mayoría de los jóvenes no admitía un «no» ante sus peticiones, y muchos pensaban que actuando de esa forma llegarían a salirse con la suya. Para los más, se trataba de una situación insostenible que debía ser reparada, para aliviar el dolor. Y porque la inseguridad ciudadana era algo que no se podía tolerar.
Por desgracia, y bajo una impresionante cobertura mediática, las pesquisas llevaron a detener a unos jóvenes, entre ellos un menor de edad, que confesaron haber matado a la desaparecida. Desde entonces habían pasado dos años y el cuerpo seguía sin aparecer tras seguir la estela de múltiples emplazamientos donde teóricamente deberían estar enterrados los restos de la chica. Además, el juicio estaba resultando un fiasco y una infamia para los familiares, dada la absoluta frialdad de los imputados.
Alma Reyes, licenciada en Periodismo y escritora de un par de novelas de ficción, se empeñó en resolver el caso, embarcada en una cruzada cuya última meta nadie conocía. De veintiocho años, esbelta y de pelo negro corto, al principio se había limitado a actuar como el resto de los mortales. Tan solo se había obsesionado con preguntarse una y otra vez: «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?». A medida que pasaron los días, y más tarde los meses, la ira acumulada contra los culpables crecía y crecía, royéndole las entrañas. Tenía que hacer algo. Se venía abajo cuando veía a los padres y familiares de la víctima por televisión, pidiendo, entre llantos y palabras entrecortadas, que encontraran el cuerpo de su pobre niña. ¿Qué habían hecho esas personas para merecer tanto dolor?
Tamaña injusticia derivó en una especie de adicción para Alma, que empezó a escribir sobre el caso, dándole forma de un relato de ficción por temor a futuras represalias. Su única intención era hacer una crítica de ese sistema de justicia en el que nadie con dos dedos de frente podía creer. ¿Cómo se podía dar tregua a quien estaba implicado en un hecho tan terrible? Algo así decía Baroja, en una frase ácida pero tristemente realista: «Las leyes son como los perros: solo ladran al que va mal vestido».
La benevolencia con la que los jueces trataban a los culpables la irritaba sobremanera, igual que al resto de la población. ¿Se harían todos esa pregunta que solo debía ser pensada y jamás pronunciada? ¿Por qué no la venganza? ¡Si la ley amparaba al asesino, entonces nos protegerá cuando acabemos con esos mismos asesinos y los hagamos desaparecer! Pronunciar aquello era una blasfemia y una reflexión inapropiada, pero ¿cuántas personas habrían pensado como ella cuando se cuestionaban qué habrían hecho de haberles ocurrido a ellos? ¿Acaso no merecían esos padres, que tal vez desconocerían toda la vida el paradero de su hija, tener dignidad? Así que Alma decidió escribir una novela para preservar el honor de esa destrozada familia y para que nadie olvidara nunca a aquella inocente.
La inspiración para el cierre del relato le había sobrevenido a las nueve de la mañana, mientras observaba el techo en penumbras con las manos bajo la nuca, en la cama donde descansaba desnuda tras unas intensas y placenteras horas de sexo.
Ahora, sentada frente al ordenador, esa idea se le congeló cuando apareció en pantalla la imagen de una mujer rubia de pelo encrespado, con traje de campaña y un sombrero colgando a su espalda. Estaba rodeada de niños de raza negra, desnudos o vestidos de harapos y descalzos, que intentaban desesperadamente arrancar de manos de la mujer una bolsa de plástico con golosinas.
Bajo la fotografía estaba el cuadrante para introducir el código y llegar hasta el archivo de la novela. Alma sucumbió ante la belleza de la mujer de la fotografía. Ojalá estuviera a su lado. Ojalá pudiera besarla de nuevo…
Gloria Sáez seguía desaparecida. Seis meses atrás estaba realizando unas misteriosas investigaciones, de las que nunca hablaba, para rodar un documental. Lo último que sabía de ella era que había tomado un avión en Madrid con destino Moscú… y luego, simplemente, se esfumó. La Embajada de España en la Federación de Rusia emprendió los trámites necesarios para esclarecer el caso, pero la información recabada insistía en que Gloria no había pasado por el control de aduanas del aeropuerto de Sheremetyevo. Ningún registro sobre su pasaporte. Nada que brindara esperanzas sobre su destino.
La fotografía con los niños africanos databa de 2004, cuando Gloria llegó a aquel pueblo olvidado de Mozambique para grabar un reportaje sobre la constante desaparición de niños en la zona. Se exponía a un gran peligro, pero no era una mujer fácil de amedrentar. Para ella lo más importante, más que poner a salvo su propia vida, era dar a conocer las barbaridades que desconocían los países industrializados. Le apasionaba su trabajo, sobre todo si con él lograba ayudar a los más desfavorecidos y concienciar al resto del planeta del horror que acechaba en sus confines.
Gloria acudió a Mozambique tras ver en televisión la entrevista a una monja que realizaba labores humanitarias en la antigua colonia portuguesa. Durante el último semestre, decía la informante, habían desaparecido más de treinta niños de la calle, con edades comprendidas entre los diez y los trece años. Al saberlo, Gloria se armó de valor y, tras administrarse las vacunas correspondientes, se presentó en aquel país que se encuentra en la mayor planicie costera de todo el continente y donde pasó dos de los meses más angustiosos de su vida. Acompañada por su fiel escudero, el fotógrafo francés Jean Guignou, y jugándose cada día el pellejo, no tuvo inconveniente en enfrentarse a todos los obstáculos.
Resultó que tras las desaparición lo que había era brujería y una red de trasplantes clandestinos. Los padres que perdían a sus hijos hacían hincapié en aquellos motivos, asegurándolos con extrema convicción… Un día lograron grabar con una cámara oculta una misa negra que incluía un sacrificio humano. La Policía lo desmintió insinuando que eran fabulaciones de los turistas occidentales, y a los dos meses los obligaron a salir del país, sin duda a instancias de un alto cargo del Gobierno de Maputo. Les confiscaron carretes, anotaciones, cámaras y grabadoras, pero nunca intuyeron que los documentos y vídeos necesarios para emprender las denuncias iban escondidos en dobles bolsillos cosidos a mano en el interior de sus abrigos. Las fotografías de aquellos cadáveres vaciados de órganos y cosidos… Aquella niña a la que metían a la fuerza en la parte trasera de una vieja furgoneta, mientras por el suelo quedaban esparcidas las bananas que vendía… Aquella avioneta en un hangar destartalado y aquellos niños acuclillados junto a las alas, contemplando con ojos asustados a cuatro personas, dos de ellas de raza blanca, que intercambiaban apretones de manos y maletines… Una de las grabaciones enfocaba a supuestos médicos inclinados ante las camillas donde operaban, ante una pared al fondo llena de moho y sangre, y pisando los charcos rojos formados bajo sus pies…
El reportaje dio la vuelta al mundo. Meses después, Gloria recibió un premio y las promesas de altos mandatarios de todo el planeta con sus protocolos de intervención. Nunca se supo si se cumplieron. Silenciar aquello era tarea de los tejemanejes de la alta diplomacia. La reportera solo había encontrado un grano de arena en un gran desierto y se le había vuelto a escapar de las manos.
Inasequible al desaliento, continuó sus investigaciones y no tuvo reparos en atravesar las selvas americanas para hablar de los niños soldados en las milicias nicaragüenses y colombianas. Incluso cayó prisionera de una de esas guerrillas: tres meses a pan, agua, plantas y bayas, encerrada en una oscura cabaña de techo de paja de las FARC, hasta que fue liberada gracias a la intervención de la Embajada de España en Bogotá y la repatriación de un importante cabecilla de un cártel del narcotráfico.
Entonces se conocieron. Corría el mes de agosto de 2008, y una fiesta en una concurrida discoteca de Ibiza las unió. Gloria, ya repuesta de su cautiverio, había decidido tomarse unas vacaciones. Allí se enamoraron y acabaron en una cala cercana de madrugada. Alma consumía drogas de diseño, y Gloria sujetaba una Coronita entre las manos. Rebozadas en la arena y acariciadas por la tenue luz de la luna, dieron rienda suelta a su pasión. Fue un encuentro asombroso, donde el placer más exquisito las invadió a ambas. Ni siquiera repararon en el mirón que las grababa, escondido tras unas hamacas. Días después el vídeo circuló por internet. Por suerte, el enfoque era tan malo y la imagen se movía tanto que sus semblantes no eran más que meras sombras. Irreconocibles. Alma nunca le dio importancia a que Gloria tuviera catorce años más que ella. No tenía relevancia hasta que…
Alma se sentía culpable. La noche antes de que Gloria partiera hacia Moscú, tuvieron una fuerte discusión. La última imagen de su gran amor fue la de una Gloria malhumorada, cerrando de un portazo la casa de alquiler que compartían en la calle Somera, en el Casco Viejo bilbaíno.
Gloria había preparado un viaje sorpresa con Alma, para un asunto que ella definió como muy importante y especial, y también para pasar unos días de asueto tras la resolución del misterioso asunto en el que andaba embarcada —«Conocerás a mi familia», le dijo—. A Alma aquello la aterró. No conocía a los familiares de Gloria y, a decir verdad, tampoco es que lo estuviera deseando. Tontamente se martirizó con el tan manido tópico del «qué pensarán» o si aprobarían la relación. Le daba pavor ser rechazada.
Le expuso las razones a Gloria, y esta recibió sus sinceras frases como si la hubieran apuñalado. Se lo tomó tan mal que dejó fluir un torrente de exabruptos y palabras desagradables. Nunca la había visto tan fuera de sí, y ella no tardó en ponerse a su altura, diciendo cosas de las que aún se arrepentía. Gloria concluyó la amarga discusión con un: «Si me quieres, lo harás». Alma perseveró en su negativa, y su pareja rompió el billete de ella delante de sus narices antes de marcharse.
En aquel momento, Alma pensó que había hecho bien. Antes de conocer a Gloria había tenido una actividad sexual frenética con hombres de diferentes edades. Estudiante universitaria responsable de lunes a viernes, joven alocada los fines de semana. Nunca pensó que podría enamorarse de alguien de su mismo sexo, y cuando eso sucedió, le quedó una fuerte sensación de culpabilidad. Intentó ocultar lo más posible la relación, sonriendo con alivio cuando el videoaficionado que las grabó en la playa no pudo hacerlo con claridad. Para sus puritanos familiares habría sido una catástrofe, y aún hoy pensaban que Gloria tan solo era una compañera de piso…
Cuando esta desapareció tras la puerta con gesto muy contrariado, Alma no imaginaba que quizá no volvería a verla. Desde entonces, al menos una vez al mes, se había puesto en contacto con el comisario que llevaba el caso de su misteriosa desaparición, sin resultado positivo hasta el momento.
De pronto, los pensamientos de Alma se esfumaron. Unos brazos la rodeaban desde atrás, y sintió cómo le besaban el cuello, y al hacerlo, se sintió arrancada de sus profundas cavilaciones.
—¿Te apetece un zumo de naranja?
—No. Gracias, Silvana.
La había conocido semanas atrás. Aquella preciosa rubia, de pelo corto y ojos de increíble azul cielo, se acercó mientras daba cuenta de un menú que engullía en el Bocatta cercano a su piso. Alma aceptó su compañía tras la educada petición de aquella belleza que no quería cenar sola. Horas después, tras divertirse en un karaoke cercano, ambas acabaron en la cama de matrimonio de Alma y Gloria, buscando con ansiedad esas caricias que provocaban una suerte de electricidad que las iba llevando entre besos y oleadas de placer hacia el orgasmo. Gloria había desaparecido. La amaba. Sin embargo su cuerpo se negaba a vivir de la memoria.
—Voy a darme una ducha —avisó Silvana, desnuda y pícara de nuevo—. ¿Vienes?
Sin duda aquella era una insinuante invitación que no podía dejar pasar. Pero ver de nuevo a Gloria rodeada de esos pobres niños africanos mirándola desde la pantalla la hizo desistir…, al menos de momento.
Después de la desaparición, Alma había mantenido contacto con un hacker al que Gloria usaba como confidente de sus investigaciones. El joven echaba de menos a su amiga cibernética, y así se lo hacía saber a Alma en cada correo electrónico. Ambos se compadecían el uno al otro, pero por un motivo diferente. Aun así, en el último mes se habían evitado, ya que lo que los unía era Gloria. El hacker pensaba como Alma, y estaba seguro de que algo grave le había ocurrido, y ese «algo» sin duda estaba relacionado con el último reportaje que planeaba con tanto secretismo. Siempre acababan su intercambio de impresiones con un: «Si alguno descubre algo, informará al otro». Así se habían despedido también la última vez que chatearon. Desde entonces, treinta días sin saber nada de Jaime. Ese era el verdadero nombre del hacker, tal y como le había confesado en una ocasión Gloria, tras hacerle prometer que no lo divulgaría jamás.
Una vez Silvana cerró la puerta del baño y escuchó correr el agua, Alma se decidió a meter el código. Al hacerlo, la foto de Gloria desapareció. Buscó el archivo donde tenía el borrador del libro, aunque primero envió un mensaje a Jaime, inquieta tras tantos días de ausencia: «¿Estás ahí?».
Esperó medio minuto, pero sin suerte. Silvana gritaba desde el baño. Estaba llamándola. Al fin sucumbió a la tentación. Después de las caricias y el agua tibia estaría más relajada para añadir la nueva idea a su libro, calculó. Jaime no le contestaría. Lo sabía… Pero precisamente en el momento de entrar al baño llegó la respuesta. En el ordenador aparecieron unas palabras:
«¿Aceptas ver esta grabación?».
Le costó abrir los ojos. Debía de tenerlos hinchados. La figura que salió de entre los árboles le había golpeado con algo contundente en el rostro. Luego debía de haber perdido el conocimiento, ya que no era capaz de recordar lo que pasó después. Lo poco que podía vislumbrar le decía que estaba en una especie de agujero muy oscuro. Al menos no tenía las manos atadas, aunque sentía entumecidas las piernas.
Palpó con las manos el techo. Chapa, o algo parecido. Si alzaba la cabeza un poco, se golpeaba, aunque quizá pudiera presionar… Lo intentó, pero una punzada dolorosa en la nunca le hizo desistir.
Avanzó con los dedos por el suelo, que parecía enmoquetado, hasta toparse con algo duro, pero que al tacto parecía goma. Sí, eso era… Siguió el contorno, y finalmente descubrió que el objeto era redondo. Un neumático.
Entonces comprendió por fin. Estaba encerrado en el maletero de un turismo. Tenía que salir, notaba el aire pesado. Resollaba como un toro al respirar. Comenzaba a faltarle el oxígeno, o quizás solo era la angustia de saberse atrapado. ¿Si empezaba a golpear le oirían desde el exterior? Pero… ¿no sería un riesgo? ¿Y si al otro lado estaba el que le había atacado, preparado con un gato hidráulico en la mano para rematarlo a golpes?
Oyó unas pisadas que se acercaban.
Jaime se acurrucó aún más. Tuvo ganas de sollozar. Escuchó cómo introducían la llave en la cerradura del maletero.
La luz de un emergente sol lo cegó por un momento.
Debido a la intensa claridad, al principio no vio los cañones de las escopetas de caza que lo apuntaban.