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El taxi la dejó ante la casa de dos plantas. ¿Era ese edificio el del bar Resbaloso? Sin duda debía de serlo. Varios hombres, de distintas edades, conversaban y fumaban al pie de las escaleras que llevaban al interior del establecimiento. Con la normativa antitabaco recién dictada, los clientes no tenían otra opción que salir a dañarse los pulmones al exterior, donde el dueño había acoplado una mesa alta con dos ceniceros.
Noe escuchó que la conversación de todos giraba sobre el mismo. Aún faltaba una semana para «el partido del siglo», magnificado hasta extremos ridículos, pero los medios ya iban calentando. Decían que un Real Madrid-Barça paralizaba el mundo, pero ella no hacía más que reírse de tal desfachatez. De todos modos, ahora no estaba para bromas.
Siguiendo las instrucciones recibidas por teléfono, comenzó a ascender la cuesta. Calle Santa Marina. Llegó hasta el cruce y, cautelosa, miró por encima de su hombro. No vio a nadie. Dejó atrás una parada de autobús, preguntándose si sería la de la famosa lanzadera, y subió la escalinata que llegaba hasta la verja de entrada al Colegio Público e Instituto de San Antonio de Etxebarri.
Noe empujó la puerta de hierro —gracias a Dios, no estaba cerrada con el candado— y bajo la luz de una única farola descendió por el sendero de cemento. Al llegar allí quedó completamente a oscuras. Las enormes cristaleras situadas ante ella no permitían ver nada al otro lado, aunque tampoco tenía curiosidad por verlo: debía ceñirse a las instrucciones recibidas. Continuó andando a mano derecha del porche. La pintura del techo aparecía a intervalos resquebrajada y su color blanco le vino bien para aportarle algo de visibilidad en aquella boca de lobo. Gracias a ese reflejo pudo llegar ante la puerta entreabierta que había al final del porche. Antes de traspasarla, miró los columpios bañados por una penumbra que devoraba por completo los vivos colores del tobogán, en una plazoleta al aire libre. Al fondo, una horda de seres oscuros e inquietantes, que a la llegada del amanecer se convertirían en inofensivos árboles.
Dentro, a un costado, se enfrentaba a una puerta —«Dirección»— y a varias más de color azul a lo largo de la pared. El silencio la sobrecogía y estaba sumida en la oscuridad, pero de pronto apreció un vago destello. Avanzó hasta allí. A medida que caminaba el brillo se hacía más fuerte. Por fin descubrió una linterna encendida, apoyada en el frío suelo del descansillo de la escalera. La recogió, y con ella como guía continuó subiendo.
Dos plantas. Según las instrucciones debía ir a mano izquierda, y es lo que hizo. Finalmente llegó a la puerta del aula donde había sido citada. Lo sabía por el globo rojizo que encontró atado al picaporte. Lo soltó. El globo ascendió hasta el techo y luego descendió en lentas parábolas, como una gota de sangre llorada desde el cielo oculto.
Pasó al interior. En previsión tenía la mano derecha dentro del bolso, aferrando el mango del cuchillo de caza. Por fin lo soltó al encontrar a la mujer atada. Al fondo había una serie de pupitres colocados en forma de cerradura, y al lado, un escritorio recio y ancho. Sin duda era la mesa de la profesora. La linterna enfocó la silueta de la desconocida. Estaba muy despeinada, un antifaz le cubría los ojos y una cinta gris tapaba su boca. «El obsequio que guarda para la niña que dejó de sonreír», recordó ahora Noelia. Entonces ¿el obsequio era ella, esa mujer atada a la silla por una cuerda tan apretada que se hundía en la ropa bajo sus senos, y los brazos sobre la mesa, con las palmas hacia arriba?
Al llegar a su lado entendió por fin el porqué de aquella posición. Le habían clavado las manos a la mesa. Los clavos resaltaban con sus oscuras cabezas en el centro de sus palmas, como lunares negros.
La pobre mujer gesticulaba con la cabeza y sus gruñidos, totalmente ininteligibles, eran sin duda lamentos que brotaban del fondo de su garganta.
Noe intentó ayudarla. Uno de los tobillos estaba atado con una correa a la pata del escritorio; la otra pierna aparecía escayolada hasta la rodilla. Pensó en cómo podía auxiliarla. En ese momento sonó un móvil. Descansaba encima del escritorio, sobre una bandeja de plástico llena de papeles. Sobre él, unas tenazas.
Atendió el mensaje. Sabía que era para ella. Lo confirmó al leer el único párrafo que lo formaba:
En el pupitre que hace esquina al fondo te esperan mis siguientes instrucciones. No te acerques aún a la presa. La he invitado a reflexionar en espera de que tú decidas qué hacer con ella.
Aquellas palabras le provocaron un escalofrío. Buscó desesperadamente una cámara por la estancia, camuflada en algún lugar, o quizá el propio chantajista escondido en el guardarropa. Pero la luz de su linterna, bailando en su diestra nerviosa, tan solo provocaba sombras burlescas que danzaban aquí y allá.
Decidió obedecer las órdenes. Al fin y al cabo, aquel psicópata tenía a Vanesa. Así que se dirigió al rincón y tomó asiento en la silla de madera. Sobre el pupitre había un libro de Lengua Española, en cuyo interior encontró un sobre rojo. Antes de recogerlo se fijó en el nombre que aparecía escrito en la portada: «Zaira Gutiérrez Mena. 3.º de Primaria». Y lo supo. Supo que hacía días que la tenían. Supo que la cogieron a ella incluso antes que a su propia hija. Era eso lo que gritaban los ojos del hombre de la gabardina.
Un gemido, apenas ahogado, brotó de su garganta. Aprisionó su boca con fuerza con la mano izquierda. ¿Qué quería decirle el chantajista? ¿Qué pretendía llevándola hasta el pupitre de una de sus alumnas del cursillo de dibujo? ¿Significaba acaso que, si no hacía lo que le pedía, pondría a Zaira en un serio peligro? ¿Contra qué desalmado se estaba enfrentando?
Sacó el sobre rojo y lo abrió para desplegar la hoja que había en el interior:
¿Los niños siempre consiguen lo que se proponen? ¡No! Tengo dos mensajes que darte. Primero una decisión, y luego una búsqueda.
En lo que atañe al punto primero, te propongo que acabes con el sufrimiento de la mujer con la que te has encontrado. Sé que llevas contigo el cuchillo que te dejé. He preparado a conciencia la escena. Solo debes acercarte y cruzar con el filo sus muñecas. Morirá desangrada. Lo sé. ¡Pero lo merece!
Si eres tan débil que te ves incapaz de actuar con firmeza, tienes otra opción para contentarme. Enciende el proyector. Encontrarás unas diapositivas muy ilustrativas. Te recomiendo que las veas. Comprenderás mi rabia… y quizá crezca la tuya.
Después, si aún dudas, te ofrezco la posibilidad, única y exclusiva, de llamar a emergencias para darle auxilio. Que se pudra en la cárcel. Por supuesto, si tienes intenciones de decir algo inapropiado, te recomendaría que lo pensaras antes de hacerlo.
Tengo a tu hija, te lo recuerdo. Y ahora sabes que la acompaña otra niña hermosa… Ya imaginas quién.
Ahora hay dos fosas en el bosque. Un trabajo agotador pero gratificante. Dos lechos para un descanso eterno. La belleza de la naturaleza en armonía con la belleza de la inocencia.
Lo segundo que quería decirte… Me ahorraré las palabras. Sigue tu instinto cuando tengas el objeto en la mano. Busca.
Los niños ahora duermen, pero muy pronto regresarán para ver los resultados. Porque debes saber que mis niños, y los tuyos, no esperaban que la vida dejara de sonreírles.
Abrumada, Noe encendió el proyector. Ante sus ojos comenzaron a desfilar las diapositivas. Terroríficas. ¿Eran náuseas esas contracciones que sentía ascender por su esófago? ¿Era aquello real o solo un montaje? Su mano aferraba el cuchillo de caza. No sabía en qué momento lo había sacado del bolso, y ahora lo acercaba a la muñeca izquierda de la desconocida clavada en la mesa. Sentía asco por ella, y sin duda alguna, merecía ser juzgada. Posó la afilada hoja del cuchillo sobre aquella vena gorda y latiente. Era muy fácil. Tampoco debía presionar mucho para seccionarla; apenas un imperceptible movimiento y…
Justo antes de hacerlo, sus ojos descubrieron la llave pegada con cinta aislante al ventanal que había tras la mujer y el escritorio. Una llave y un plástico verde que contenía una dirección. Y en la cristalera, escrito con sangre, unas palabras junto al dibujo de una enorme lágrima roja:
La historia de los niños que dejaron de sonreír será difundida…
En ese momento sonó su móvil.