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Estaba tan nerviosa que, irresponsablemente, decidió refugiarse en su casa. Era lo único que la unía al pasado familiar: una vivienda propia, libre de cargas hipotecarias. Acurrucada en la bañera, se agarraba las rodillas con los brazos mientras el agua caliente caía sobre ella. No podía dejar de temblar. Los días tan frenéticos que estaba afrontando comenzaban a hacer mella en su organismo. Ni siquiera la ducha podía aliviar del todo la fatiga que se había apoderado de ella. Todo era tan deprimente… Alzó la mirada y vio las cápsulas junto a la jabonera. Las tenía a mano y eran una tentación. Una dosis más alta de la indicada podía llevarla a una muerte dulce, al sueño eterno. ¿Justo lo que necesitaba? ¿Ahora? «No, no te dejes llevar por ideas tan drásticas», se dijo con el ceño fruncido. Comprendió que no podía abandonar ahora, y menos después de lo que había vivido en los últimos días.
Apartó la vista de las pastillas y cerró los ojos. El chorro la golpeó en el rostro, la ayudó a abordar ese recuerdo que nunca la había abandonado… Aun así se preguntó si hizo bien aquel día. Sabía que Yago necesitaba un motivo más para dar el paso definitivo y dar carpetazo a la relación. Ella lo amaba. Ambos querían a Vanesa. Pero la decisión fue suya. Se volcó por encima parte de una botella de whisky y echó el resto por el retrete. Hizo lo que debía, para que las pruebas la culparan. Solo por ellos.
Luego tomó cinco pastillas del frasco que le suministró el doctor Bellas, se apropió de un martillo y volvió a casa con un único fin: destrozar algún mueble, completar el escenario mientras los calmantes hacían efecto… pero he aquí que poco a poco todo se distorsionó. Con esas pastillas esperaba caer en un sueño profundo, asomarse incluso al abismo de la muerte, cualquier cosa para que Yago viese que necesitaba alejarse de ella. No fue eso lo que pasó. En su lugar, las pesadillas llegaron a ella despierta. Empezaron a surgir sombras oscuras que resbalaban por las paredes y se acercaban amenazadoras. La rodeaban para llevársela con ellas. Tuvo que defenderse. Con el martillo les abría surcos blancos en sus velos oscuros.
Peor aún fue ver aparecer, al pie de la escalera, a su pequeña. La niña, histérica, comenzó a chillarle cosas que no entendía. Fue angustioso percibir cómo las mismas sombras agarraban a Vanesa por los brazos y tiraban de ella escaleras arriba. Siguió a los intrusos, golpeándolos a diestro y siniestro, luchando por llegar hasta las sombras que se querían llevar al único fruto de sus entrañas. La balaustrada eran sombras. Los escalones, más sombras. Nada se escapaba a su furia por defender lo que más quería.
La danzante oscuridad encerró a Vanesa en el baño. Su madre quiso entonces arrancar la puerta con las uñas, pero no logró nada. Ni siquiera sintió dolor cuando se le fracturaron dos dedos. Comenzó a acometer a martillazos la madera. Las astillas le salpicaban el rostro mientras chillaba en el límite de la demencia: «¡Vanesa, tranquila, mi niña, no dejaré que te lleven!». No pudo continuar. A su espalda apareció un monstruo oscuro con la cara de Yago. Había abierto sus alas negras y mostraba una infinidad de púas largas y afiladas. Lo atacó. Pero aquel engendro era escurridizo como un reptil y le tendió una trampa. La rodeó con su ala y la atravesó con cientos de púas. Consiguió apoderarse de ella, y todo terminó ahí…
Sus acibarados pensamientos se esfumaron como por ensalmo. Cortó con energía la ducha, se levantó y se puso el albornoz que había preparado sobre la puerta. De pronto escuchó unos ruidos. Alguien parecía corretear por el pasillo. Alguien estaba sujetando el picaporte. Una respiración pesada a través de la madera. Noe sintió que se le salía el desbocado corazón por la boca. Con un crujido, el picaporte volvió a su sitio y la puerta se desplazó apenas unos centímetros. El vaho escapaba por la rendija abierta como si fuera succionado por un ventilador.
Noe esperó. Al menos había conseguido salir de la bañera, pero no tenía escapatoria, y lo sabía. Era solo cuestión de tiempo. Sin embargo, nada ocurrió. El silencio era tan opresivo que incluso el roce del albornoz contra su piel parecía delatarla. Se acercó muy despacio a la puerta. Ni siquiera supo de dónde reunió las fuerzas suficientes para hacerlo. Se movía a impulsos. Agarró el picaporte y abrió con brusquedad. Nada al otro lado. Cruzó el umbral. Ningún hacha afilada cayendo sobre ella como una letal guillotina. ¿Había sido todo producto de su imaginación? La única luz que se percibía en el pasillo era la del baño, así como la que se escapaba bajo la ranura de la puerta del dormitorio. Se dirigió hacia allí, acompañada de los últimos jirones de vaho que se dispersaban rápidamente.
Al llegar ante la puerta agarró el picaporte, y en ese momento sintió algo a su espalda. Un movimiento. Una rápida respiración. El vello se le había erizado por completo. Estaba tras ella. Deseando que se diera la vuelta. Para clavarla en la puerta con el atizador de la chimenea… Ruidos precipitados en la escalera. Se volvió. De nuevo, nada. Abrió la puerta del dormitorio con celeridad y se precipitó dentro. Tenía que escapar de ahí. De repente recordó que había perdido el bolso en el bosque. Ellos debían de haber venido a por ella.
Una vez vestida, bajó las escaleras haciendo el menor ruido posible. Justo antes de salir por la puerta le pareció ver una figura oscura que pasaba por el exterior, visible a través de la ventana, pero con la silueta distorsionada por las cortinas.
Llevándose la mano a la boca, la madre de Vanesa esperó unos segundos conteniendo como pudo la respiración. Luego abrió la puerta y alcanzó corriendo el camino que enfilaba a la carretera. Allí estaba el Seat Alhambra. Encontró la puerta trasera incomprensiblemente abierta. La cerró de golpe y se sentó al volante, pero al echar un vistazo al retrovisor, algo la detuvo en seco: había una pila de ropa negra sobre los asientos traseros; a su lado, anudada a unas gomas, una barra de acero. A través de una bolsa abierta se apreciaban las máscaras de cuero. Y recordó algo…
«Nadine».
La puerta del conductor se abrió de nuevo y alguien la obligó a desplazarse al asiento del copiloto.
Luego entró.
Metió las llaves en el contacto y arrancó. Le dijo algo a su presa.
Noe obedeció en silencio de cementerio. Al fin y al cabo, ese hombre tenía a las niñas.
Se dejó esposar las manos. Estaba como ida. Sumisa.
El conductor la observaba a través de un pasamontañas…
Poco después el monovolumen se perdió entre las sombras que proyectaban los árboles que bordeaban la carretera. Centinelas que callaban lo que veían.
Con un destino previsto para dar cabida a la última pieza del puzle.