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Silvana le había secado el pelo con una toalla pequeña, sutilmente. Se puso el albornoz blanco, le estampó un beso ardiente en los jugosos labios y salió del aseo mientras su amante acababa de acicalarse. Alma se sentía fresca, con fuerzas renovadas y con la convicción de que ese domingo no iba a fustigarse con trabajo. Al carajo. Cerveza y pinchos por las siete calles del Casco Viejo bilbaíno, ese era el plan que pensaba llevar a cabo. Luego, y si a Silvana le apetecía, le gustaría subir en el funicular al monte Artxanda para disfrutar juntas de las vistas del Botxo, como llamaban a Bilbao sus habitantes. Podían sentarse a la sombra de algún árbol, agarradas de la mano. Alma sentía que estaba naciendo algo entre ellas, aunque aún era pronto para llamarlo amor. Y más en estos tiempos donde había que ir con pies de plomo por culpa de desengaños que quedaban en meras aventuras carnales.

En la cocina puso el extractor y se fumó un cigarrillo echando la ceniza sobre un cuenco. No se consideraba una fumadora activa, ya que apenas consumía tres o cuatro cigarrillos al día, pero el pitillo de la mañana no lo perdonaba por nada. Después se preparó una manzanilla y se dirigió al escritorio para desconectar el portátil. Lo había dejado encendido con aquella pregunta lanzada a un amigo cibernético que debía haberse consumido bajo millones de bytes un mes atrás. Alma se rio mientras su imaginación plasmaba una imagen donde una electricidad, en forma de rayos, deshacía a Jaime en una luz. Pero en realidad no le hacía ninguna gracia que él no le contestara. Es más, odiaba que la ignoraran y se subía por las paredes en cualquier situación donde la hicieran esperar, sobre todo en las consultas médicas y en las colas en el banco, por eso se llevó una agradable sorpresa cuando se inclinó ante la pantalla. ¿Acaso sus súplicas al fin habían sido respondidas?

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Gran Titus

Aquel era uno de los muchos apodos de Jaime, y también el que utilizaba para chatear con ella. Al fin había vuelto, pero… ¿por qué de aquella forma? ¿No sería más lógico excusarse primero?

—Maldito criajo maleducado —susurró entre dientes, ladeando la cabeza.

Movió el cursor: «Aceptar transmisión».

—Veamos qué quieres enseñarme —dijo para sí al tiempo que se dejaba caer sobre la silla.

La grabación empezó por mostrarle un lugar cerrado. Podía ser el interior de un calabozo, un sótano, un almacén en desuso o un zulo… En todo caso, se trataba de un cuarto cuadrado de paredes de frío hormigón.

Al fondo apareció un sofá de cuero y una pequeña mesa metálica con ruedas. Sobre ella, unas esposas, un látigo de siete colas, un trío de vibradores de distintos diseños y colores, además de una cámara y una bandeja con un bisturí reluciente.

Pero lo más incomprensible se encontraba en el centro de tan lúgubre estancia. Unas cadenas que pendían de argollas incrustadas en el techo mantenían con los brazos en alto a alguien vestido con un buzo naranja y con el rostro oculto bajo una capucha blanca. Por las formas, debía de ser una mujer, pues los pechos se marcaban debajo de la ropa de operario.

Se oyó un crujido, sin duda una puerta que se abría bruscamente, y una intensa luz se filtró entre el penumbroso reflejo rojizo de las bombillas. Tras escucharse unos pasos apresurados, aparecieron en imagen dos mujeres bajitas vestidas de doncellas, con su cofia incluida… Pero no, no eran mujeres. Alma lo dedujo al ver sus rostros tiernos e infantiles: aún no debían de haber llegado a los catorce años. Ambas dejaron una silla de madera a un costado de donde se encontraba la mujer colgada por las muñecas. De refilón, las niñas la miraban con expresión de horror. Alguien dio unas fuertes palmadas y ellas, obedientes, salieron a toda prisa con la cabeza gacha.

Segundos después, aparecieron dos hombres vestidos elegantemente con trajes de Versace y Armani, y el rostro cubierto con dos capuchas de látex negras, con aberturas para los ojos y la boca. Ambos visitantes bebían de enormes copas que llevaban en las manos mientras observaban a la mujer encadenada. Uno de ellos, el del traje más oscuro, se acercó y deslizó su mano libre con suavidad por los hombros, brazos y piernas de la chica maniatada. Esta tembló al contacto, pero no emitió queja alguna. Ni siquiera cuando el mismo hombre se situó a su espalda y exploró con los dedos la cintura y las nalgas, donde se detuvo para recrearse en el contorno con firmes apretones de sus manos.

Mientras tanto, el otro hombre se había situado frente a la mujer. Chasqueó la lengua y miró a la capucha blanca, como si se enfrentara a la mirada de su presa. Luego deslizó una mano sobre la cremallera del buzo, y la hizo descender con suavidad hasta el ombligo. Bajo la prenda estaba completamente desnuda, y quedaron al descubierto los senos. Luego vertió parte del cava de la copa sobre los pechos de la chica, y el estallido de ansiedad que le provocó quedó reflejado de inmediato en la dilatación de su bragueta.

El hombre que estaba a la espalda posó la copa en el suelo y aprovechó para coger el buzo desde las hombreras y apartarlo. A medida que resbalaba por la espalda de la mujer, la cremallera bajaba sola, y en cuestión de segundos dejó desnuda a la chica… Porque en realidad eso es lo que era, una muchacha bonita y joven, tal y como podía deducirse por su tersa piel, sus firmes nalgas y senos, y un pubis enmarañado que temblaba ante el acoso del hombre que tenía delante. Este ya había perdido toda prevención y se dejaba llevar por el deseo más lascivo, explorando superficialmente aquel terreno prohibido. Su agitación era tal que arañaba los muslos de la chica. El otro pareció reclamar su atención sobre las nalgas de la mujer, que apretó con fuerza. Pero el tanteo duró apenas unos segundos.

Los dos hombres dejaron su mercancía, se acercaron a las sillas y comenzaron a desvestirse, para doblar luego con cuidado sus ropas. Una vez desnudos, con solo la máscara de látex como prenda, uno de ellos fue hasta el sofá y se sentó, en espera de su momento de placer, con el miembro alzado en gloriosa erección. El otro llegó hasta la chica, que parecía fatigada y asustada, con la capucha hinchándose y deshinchándose por su respiración nerviosa. El varón llevaba una llave en la mano, que empleó para abrir los grilletes de la joven. Liberadas de su carga, las cadenas protestaron meciéndose de un lado a otro mientras los eslabones entrechocaban.

Quien la había liberado la cogió de la mano, la acercó hasta el sofá y la obligó a girarse hasta situarse de espaldas.

—No tengas miedo, pajarillo, hay dolores más fuertes en el alma —dijo con voz profunda.

El hombre sentado tiró de ella obligándola a dejarse caer de nalgas… Ahora sí, el grito fue espeluznante. Resonó entre las paredes como un eco sobrecogedor.

Impactada, Alma bajó la vista. No quería ver más. Se sentía como si fuera a ella a quien estuvieran violando aquellos demonios. Ahora sabía por qué Gloria se negaba a acostarse con hombres y se refugiaba en las mujeres. Porque, al ver el vídeo, había reconocido la tarántula negra tatuada en el hombro de la joven sodomizada. El mismo tatuaje que tantas veces había recorrido con sus dedos y besado. Ahora entendía por qué Gloria luchaba tan denodadamente contra las injusticias.

La joven no podía controlar el temblor de sus manos. Los gritos fueron apagándose como la llama de una vela al consumirse. Alma sabía que Gloria ya había dejado de padecer bajo esa capucha blanca. Que ahora solo debía esperar a que aquellos dos criminales se desahogaran, para después lamer sus heridas tumbada en el jergón que debía de tener en algún otro zulo. A partir de aquel momento su dolor dejó de ser físico.

Pasados unos minutos, Alma se atrevió a mirar la pantalla. Los dos hombres estaban ajustándose las corbatas y mostraban sendas sonrisas de satisfacción bajo las aberturas de sus máscaras de látex.

—El dinero mejor invertido de mi vida —sentenció en voz alta uno de ellos.

Cuando se marcharon, al fondo, acurrucada sobre unas piernas con manchas de sangre, aparecía Gloria apoyada en la pared. Temblaba incontroladamente, con sollozos ahogados por culpa de la capucha.

Una imagen fija sustituyó a la grabación, que se había evaporado de manera repentina. Había una persona vestida de negro y con una capucha blanca por rostro, acomodada en una butaca de cine. Tenía las piernas cruzadas y una grabadora en la mano. Al fondo, una pared estucada de amarillo.

—Señorita Reyes, reconozco que no es plato de buen gusto ver esto, pero considero que necesita saber —pronunció con determinación—. La mujer a la que ama trabajaba en una investigación para denunciar un hecho horrible que no se debe obviar. Ahora pongo mi fe en usted. Recoja la oportunidad que le brindo. Sea la embajadora de esa verdad que debe darse a conocer. Tiene cuarenta y ocho horas para encontrar la documentación de esa investigación que Gloria se vio obligada a abandonar. Es la única solución que le ofrezco para saber de ella. Usted quiere algo y yo también. Intereses distintos, pero conectados. El encargo bien hecho le reportará reconocimiento y un fulgurante éxito editorial. Ahora me pregunto: ¿se atreve? Seguro que Gloria lo haría por usted. Quiero ayudarla. Busque en AVESCO.

La imagen se fundió en negro.

En esos momentos, Alma mezclaba lágrimas con estupor.

Unas palabras blancas habían aparecido en la pantalla del MacBook.

¿Se atreve? Sí o no… Sí o no… Sí o no…