7

¿Zaira?

Noe, de nuevo, estaba mirándose en el espejo del baño de su gestoría. Ahora podía ver lo que el hombre de la gabardina había escrito en su mejilla. Era el nombre de «Zaira», escrito entre interrogaciones. La única Zaira de la que tenía conocimiento era su alumna, aquella solitaria niña de Etxebarri que pintaba lágrimas de sangre. ¿Casualidad?

Bajó la vista y vio cómo el agua se teñía de rojo al contacto con sus manos. Se iba haciendo rosácea a medida que era eliminada por el agua del grifo y el jabón de manos. Una vez limpias, se agachó y metió el rostro en el lavabo para frotarse con fuerza la mejilla tatuada con sangre. Sintió la boca seca como la estopa y bebió con ansia. Odiaba hacer eso. Era muy maniática y solo le gustaba beber agua embotellada, pero ahora su mente se lo permitía, sumida como estaba en otros pensamientos. Aprovechó la postura para mojarse la nuca y humedecerse el pelo. Lloraba y sus lágrimas se mezclaban con el agua del grifo. Necesitaba liberarse, acababa de vivir un episodio angustioso y era ahora cuando su ánimo se venía abajo. Era una mujer frágil. Eso pensaba de ella misma. Creía que no había sabido desenvolverse acertadamente en las pruebas que le había planteado la vida. Y ahora esto.

Al levantarse, no le importó que el agua resbalara por su rostro. Tras un minuto, sacudió la cabeza como hacen los perros para secarse, e incontables gotas salpicaron el espejo. Lágrimas impresas sobre el cristal. Tras sentarse en la tapa del inodoro, se secó el pelo y la cara.

Había regresado a su despacho en estado de shock, sintiendo aún sobre su rostro la presión de los dedos húmedos del hombre de la gabardina. Había desandado sus pasos casi sin ser consciente de ello. Sin reparar en las miradas de los demás. Sin reparar en la sangre que pintaba su cara. Sin terminar de entender nada hasta que se vio de pie ante el espejo y la amenaza cobró una nueva forma insospechada. Propensa a las migrañas, acudió en busca de las pastillas que guardaba en el cajón. Eran antidepresivos, recetados por su nuevo psiquiatra. Aquellas cápsulas le hacían sentirse bien, pero la adormecían demasiado. Y también eran adictivas. Decidió descartarlas y en su lugar tomó dos aspirinas sin agua. Siempre llevaba una caja en el bolso. Era muy previsora, una hipocondríaca de matrícula de honor.

Se dejó caer en una silla de visita, y fue entonces cuando se dio cuenta de que alguien había estado allí. ¿Fue mientras ella se encontraba fuera o quizá mientras se limpiaba ante el espejo? ¿Puede que aún estuviera dentro? La idea cruzó por su cabeza. Fue un segundo. Ahora mismo toda su atención estaba fija en su mesa. Una de sus muchas manías era amontonar todos los papeles a mano derecha, y ahora las cartas de despido estaban a mano izquierda… clavadas a la madera de roble por un enorme cuchillo de caza.

Oyó un ruido a su espalda y se agarró con fuerza a los brazos de la silla. Sentía cómo los pasos se acercaban a ella. Chapoteando.

Con un rápido movimiento giró el cuerpo para enfrentarse a su agresor, pero no encontró a nadie. De nuevo escuchó un ruido. Procedía del acuario del despacho. Alguien acababa de echar comida a los peces, y eran ellos quienes emitían esos leves chasquidos al ascender rápidos a la superficie. Entonces se fijó en el buzo, una pequeña figura con una escafandra y un diminuto baúl del tesoro, que debería encontrarse en el fondo del acuario. Pero no estaba ahí. Alguien lo había posado sobre la mesa, y el baúl había sido sustituido por una cajita de plástico.

Sin importarle quién había allanado de forma subrepticia su lugar de trabajo, sin recapacitar siquiera si esa persona podía encontrarse aún en el interior de su gestoría, Noe bordeó su escritorio, ocupó el sillón y cogió la caja que el submarinista de plástico sujetaba con su peso.

En el interior de la cajita encontró una cápsula negra que dejó caer sobre la madera. La recogió y la levantó hasta sus ojos, sosteniéndola entre el pulgar y el índice. ¿Qué clase de medicamento era aquel? Pronto iba a saberlo. Y también comprendería que el compromiso que la ataba al autor de la misiva tomaba una nueva e impensable dimensión.

De pronto, las letras comenzaron a brotar en la pantalla del ordenador.

Vanesa estaba dando buena cuenta de las patatas fritas y de la hamburguesa con queso, cebolla y pepinillos. A su lado estaba el desconocido con el que se había citado: pagaba él. Vitus no pasaría de los veintipocos, guapo, alto y delgado, con el pelo teñido color plata. Vestía como cualquier joven de su edad y para nada encajaba con el perfil de supuesto pervertido con el que había chateado. Es más, la hija del oficial Mellado intuía que, con su planta, podía ligar con quien quisiera. Aún no sabía que la vida esconde infinidad de secretos…

Estaban sentados a una mesa junto a la escalera mecánica del centro comercial. Vitus se había presentado y hablado lo justo. Observó a aquella chica disfrazada de gótica con una marcada sonrisa de complacencia.

—¿De verdad tienes trece años? —preguntó con desconfianza. Esperó pacientemente a que ella terminase su Menú Gigante Burger para entrar en materia.

—¿Y qué importa eso, si estoy dispuesta a hacer todo lo que quieras?

Vitus se encogió de hombros.

—Bien, bien… —convino luego, al cabo de un breve silencio—. Supongo que tienes razón.

—Mira, me viene de perlas un dinero extra, y a ti creo que puede interesarte una chica decidida, ¿no? —Vanesa arqueó las finas cejas de forma harto significativa—. Pues esa soy yo —concluyó con decisión.

—¿Te importaría enseñarme el carné?

—¿Por… por qué? —balbuceó ella.

—Quiero saber tu edad. Hay unas reglas.

Vanesa sacó una cartera negra, con un llamativo ataúd rojo en relieve, y le tendió el documento oficial. Vitus, cuya expresión era impenetrable, se quedó pensativo más de un minuto.

—Acabas de cumplir diecisiete —subrayó al fin.

—Siento haberte engañado.

—La verdad es que aparentas menos.

—Y me has calado. Qué lástima. Supongo que entonces no te interesará —adujo Vanesa, acompañándose de una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—Bueno, no era la idea pero… Creo que podrá valer. —Vitus se recostó sobre la mesa para acortar distancias, y de pronto habló en susurros—: En realidad, tienes la edad perfecta para el reportaje. Y además, eres distinta a las otras… Mmm, cómo lo diría, misteriosa. Las fotos se harán en mi chalet, es la condi…

—No me importa —lo interrumpió Vanesa, tras llevarse la servilleta de papel a los labios.

—Me alegra oírte decir eso. Sal a la puerta trasera por los garajes subterráneos que hay en la zona de ocio —propuso con cierta frialdad—. Te recojo allí en diez minutos, ¿okey?

—Sí. Pero ya te digo que si no me adelantas la pasta gansa, me negaré a todo lo que te gustaría ver de mí —replicó sin tapujos y con la cabeza ladeada.

—No te preocupes, te pagaré por adelantado.

El joven se levantó y acarició la barbilla de Vanesa, que le dejó hacer mientras fingía una mirada de colegiala embobada. Cuando Vitus besó con suavidad sus labios, ella agarró su cabeza y tras la caricia, con un gesto de picardía, le susurró al oído:

—Prométeme que después del reportaje habrá más de estos.

Su cuerpo irradiaba calor. Vitus debió de entenderlo así, ya que cuando se separó sus palabras indicaban deseo.

—Me dejaré someter a tu voluntad —respondió, divertido.

—No te arrepentirás…

Vanesa le guiñó un ojo cómplice y deslizó suavemente su mano izquierda por el costado, recorriendo su figura hasta detenerse en las caderas.

Vitus se alejó por el ancho pasillo que llevaba a las tiendas de moda. Vanesa esperó un minuto. Acto seguido, sacó el móvil y escribió en él un mensaje que envió, según lo acordado, a la persona que esperaba su información.

Se incorporó para tirar los restos del menú en el cubo de basura del armario de desechos más próximo y dejar la bandeja en el lugar correspondiente. Después se dirigió a la primera planta del aparcamiento subterráneo. En el garaje hacía calor y el aire era irrespirable, contaminado por los gases nocivos de los vehículos aparcados y el olor a neumático. Lo cruzó y subió por una pequeña rampa empinada que conducía a la calle, en la parte trasera del centro de ocio. Tuvo que echarse a un lado porque un Accord, con un hombre barbudo y de airada expresión al volante, salió del garaje a toda velocidad.

A continuación pasó un Audi A6 azul marino con los cristales tintados, que aminoró la marcha a su altura. Cuando Vanesa se detuvo para observarlo, el vehículo aceleró y se perdió como cien metros más adelante, a mano izquierda.

La joven continuó andando en aquella dirección. No se equivocaba. En el aparcamiento exterior de una nave, donde se vendían lámparas, Vitus la esperaba sonriente y apoyado sobre el capó del Audi.

—Debemos tomar nuestras precauciones —dijo abriendo la puerta trasera del coche.

Vanesa aceptó la invitación y accedió al vehículo. Los asientos eran de cuero y en el del copiloto había un hombre embutido en un caro traje gris, con pajarita color granate y el pelo canoso peinado hacia atrás.

—Hola, Vanesa —saludó. Intentaba hablar con dulzura, pero su voz era grave.

—¿Quién eres?

—Vitus. —El tipo sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y se lo pasó—. Jaime es quien valora, y también mi primer contacto con las chicas. Pero si te sientes ofendida, lo comprenderé y podrás marcharte en paz.

Vanesa tenía el ceño fruncido y la vista clavada en el fajo de billetes de cincuenta euros que asomaba de aquel sobre.

—Aquí hay más dinero de lo acordado… —replicó, aunque acto seguido dejó a un lado cualquier conjetura. El desconocido la miraba con interés, sin duda evaluando las poses que podían ser más sugestivas—. No se hable más, quiero hacer el reportaje.

Esas palabras llevaron a Vitus a relamerse los labios. Sus ojos se habían encendido con una mezcla asquerosa de alegría y placer.

—Vámonos, Jaime —ordenó a su colaborador.

El coche se puso en marcha. Salió del aparcamiento y, tras completar una rotonda, se incorporó pronto a la autovía en dirección Santander. Veinte minutos más tarde entraban en Castro Urdiales, aunque no enfilaron hacia el pueblo, sino que tomaron una carretera comarcal que llevaba hasta una urbanización de chalets ubicada en lo alto del monte, sobre la autovía del Cantábrico.

El todoterreno blanco que los había seguido, siempre a distancia prudencial, desde la salida de Barakaldo y que los había adelantado rebasando los límites de velocidad un par de kilómetros antes de la primera salida hacia Castro Urdiales los esperaba cruzado en la carretera tras la siguiente curva.

Su ocupante se había escondido tras los árboles que había en uno de los lados de la carretera. Se cubría con un pasamontañas, vestía ropa negra y su mano derecha sujetaba con nervio una barra de acero.

Los niños no aprueban tu actitud. Me lo recriminan con el silencio, se niegan a hablarme y no acuden a mí. Están enfadados. Más bien, decepcionados.

Evidentemente, preparé un plan alternativo ante la posibilidad de que tu elección no fuera la correcta.

«No puedo tomar esa decisión. Solo la mano de Dios debería señalar la muerte de una persona».

¡No, estúpida blandengue! ¡No es eso lo que debías haber respondido! ¡Era fácil! Un hombre o una mujer, personas desconocidas para ti. Individuos anónimos señalados por causas distintas. Gente cuyo futuro dependía de ti… Ahora soy yo quien escoge.

He elegido al hombre. Sé que es lo que hubieses querido de haber hecho caso a tu cerebro. Los odias. Lo sabes muy bien.

Te han arruinado la vida.

Te han convertido en una cáscara que no contiene un fruto sano.

Aprovecharon tu fragilidad… Ser mujer.

Sé más de ti de lo que pensabas. Lo suficiente para decidir qué es lo más conveniente. Y ajusticiaré a quien tanto tú como yo más despreciamos.

En ese preciso momento el texto desapareció, y tras unos segundos de un molesto granulado en la pantalla, surgió la imagen de una mujer con los brazos colgando a los costados, las manos llenas de sangre y un nombre escrito en rojo en la mejilla. Tenía los ojos enrojecidos y miraba fijamente al objetivo de la cámara, sin percatarse de que alguien la estaba grabando. Poco después la imagen se fundía en negro y daba paso al momento en el que el ladrón seccionaba la yugular del hombre de la gabardina. Fue entonces cuando la imagen se congeló y el objetivo se acercó para mostrar el miedo en los ojos del mensajero.

Noe notó un estremecimiento por toda la columna. Un sudor frío perló su frente. Esos ojos que la observaban desde la pantalla no pertenecían a un hombre peligroso. Solo alguien que pedía clemencia, que necesitaba ayuda. Las letras volvieron a la pantalla:

¿Qué mano ha acabado con él? ¿La de tu Dios?

¿Qué ha motivado a ese hombre a obedecerme?

Son preguntas que hablan de angustia, desesperación… ¿Vivimos como queremos?

Ese hombre no. Lo utilicé con el último fin de su muerte. Tenía preparado para él una pastilla llena de cianuro. La misma que espero esté en tu poder en estos momentos. La que tendrás que tomar si vuelves a desobedecerme.

Los niños no permiten errores, y tú no tendrás nuevas oportunidades.

Otra pausa y una nueva imagen ocupó el lugar de las letras. Noe reconoció a la joven que bajaba por aquella verja de la fachada. Era de noche, pero la luz de una farola mostraba claramente los rasgos de su hija, huyendo de casa de sus aitites paternos. Vanesa, exhibiendo una media sonrisa en la cara, que se acercaba, se acercaba…, hasta entrar en el coche donde estaba la cámara.

Tengo a tu hija.

Te prometí castigarte si me fallabas, ahora recuperarla dependerá de ti. Un fallo más y tu única elección posible será tomar la pastilla negra o que sepulte viva a esta preciosidad.

Tus siguientes pasos son más benévolos. De momento. Sé que tienes el móvil de quien fue mi contacto. Lo guardaste en el bolso. ¿Creíste que así darías conmigo? Pero no fue conmigo con quien habló: yo estaba ocupado grabando el espectáculo… ¿Lo recuerdas?

Quiero que llames a ese número y que le digas a quien conteste que debes recibir el obsequio que guarda para la niña que dejó de sonreír… Inmediatamente.

No te explayes mucho, estaré escuchando. Como he escuchado tu decisión de labios de mi nueva mensajera, una vez que el anterior se puso en contacto con ella para confirmar tu cobardía.

Ahora sé que lo harás y que no acudirás a nadie con placa.

De momento, mimo a tu hija.

He abierto una fosa en el bosque.

Solo quería que lo supieras.

¿Oyes sus voces? Los niños han vuelto. Aprueban que te ofrezca este nuevo reto. Y esperan… Quieren ayudarte… Necesitas el cuchillo que te dejé…

Ese filo por el que correrá la sangre de mi nueva víctima.

Todo desapareció de pronto, solo quedó el cursor parpadeante. Noe apagó el ordenador con rabia. Ahora sabía que el responsable de todo era el videoaficionado, pero no era capaz de recordar nada de su aspecto… Y era evidente que ese mismo hombre había estado en la gestoría mientras ella aún continuaba en el baño.

Ahora se encontraba entre la espada y la pared. Él tenía a Vanesa, ¿qué otra cosa podía hacer? Sacó el móvil del bolso y llamó al último número registrado. Los tonos sonaban como tubos de escape viejos y sucios. Mientras esperaba con paciencia, desclavó el cuchillo de caza de la mesa. Se preguntó para qué lo necesitaría…