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Gracias a Dios, el de ayer no había sido un atentado etarra. La conclusión de los especialistas competentes del cuerpo de bomberos y de la Ertzaintza era que el incendio de los siete vehículos calcinados en los aparcamientos que había frente al centro comercial Zubiarte había sido presuntamente obra de un pirómano, alguien que habría dado rienda suelta a su ira en una furgoneta cargada con productos de limpieza. Esa noche de jueves se planteó que se hubiera roto el pacto de ETA de alto el fuego indefinido; siempre era la primera y más inquietante posibilidad que se sopesaba en el Departamento de Interior del Gobierno vasco cuando ocurrían hechos como aquellos, pero por suerte la banda armada no estaba tras el suceso.

Al menos habían podido sofocar el fuego e impedir que se extendiera a otros vehículos y acabara alcanzando el precioso parque de Doña Casilda. Yago Mellado Gorostiza, oficial del Cuerpo Especial de Intervención en Delitos de la Ertzaintza (CIDE), había recibido aquella información apenas una hora antes, de labios de su compañero y superior Xabier Elostegi, e iba dándole vueltas mientras entraba al Hospital Universitario Cruces, situado a la entrada de Barakaldo, y subía al ascensor junto a otra decena de personas.

Hasta ahora, el mayor logro del CIDE —departamento creado hacía poco más de un año— había sido la desarticulación de una peligrosa banda cuyo modus operandi habitual era dejar una víctima entre los empleados de los bancos que robaban, siempre con un disparo en la cabeza. Lo cierto era que había sido una acción conjunta con los Mossos d’Esquadra, la Guardia Civil y la Policía Nacional, que había acabado con la detención de la banda de atracadores más importante que operaba en España. Los siete detenidos —cuatro de ellos en el Puerto Exterior de Santurtzi, dos en Girona y el último, en Valdemoro (bastante cerca, por cierto, del Colegio de Guardias Jóvenes Duque de Ahumada de la Benemérita)— habían cometido treinta y dos atracos desde 2008 por toda la geografía española, llevándose suculentos botines y dejando siempre muerte a su paso. El arresto había sido posible gracias a la colaboración de treinta agentes de cuatro cuerpos policiales distintos, pero fueron Mellado y sus hombres los que mantuvieron en Santurtzi un intenso fuego cruzado con los cuatro atracadores, y quienes los arrestaron posteriormente, cuando dos de ellos resultaron malheridos. Los otros dos salieron de la nave poco después, con las manos en alto y la cabeza gacha.

El trayecto en ascensor se hizo en silencio de camposanto. Todos los ocupantes tenían gestos serios y de resignación por sus familiares o conocidos allí hospitalizados. El ascensor abrió su puerta en la cuarta planta y el oficial Yago Mellado —alto, anchas espaldas y con algunas canas que ya veteaban su cabello color trigo— se despidió de sus acompañantes con un seco «agur».

Ante él se extendía su particular vía crucis, el largo y ancho pasillo de siempre que era capaz de recorrer con los ojos cerrados. De paredes blancas, se encontraba iluminado por fluorescentes que emitían una fuerte luz también blanca, y con unas líneas de colores pintadas en el suelo de baldosas resplandecientes. Estaban unidas en el centro, lo partían en vertical a lo largo del pasillo. Yago sabía que tenía que seguir la línea roja, aquella que veinte metros más allá giraba a la izquierda para llevarle ante la puerta con la preocupante señal UCI, Unidad de Cuidados Intensivos. La línea azul continuaría su camino hacia Nefrología y la verde, hasta Cardiología.

Al oficial ya no le hacían falta señalizaciones para llegar hasta su destino. En los dos últimos meses y siempre que su exigente trabajo en la Ertzaintza se lo permitía, empleaba el tiempo libre en visitar a Nadine. Era esta una rubia despampanante, de veintitrés años de edad y con doble nacionalidad, rusa y española, que trabajaba como asistenta en un centro odontológico. Había recibido una brutal paliza en la salita donde limpiaba el material de trabajo, a manos de un desalmado del que no se tenían referencias. Para su agresión había aprovechado el descanso del mediodía de los especialistas, y empleado una barra de acero de un metro de longitud, en la que no se habían encontrado huellas. No tuvieron tampoco fortuna con la nota que dejaron sobre el cuerpo ensangrentado de Nadine, que había aparecido en posición fetal sobre una camilla.

Soñaba con que podía llegar a ser un ángel sin contar con el Diablo.

Aquella especie de acertijo había desconcertado a todos, y aunque la investigación seguía su curso rutinario, cada día que pasaba las posibilidades de dar con el agresor eran aún más remotas.

Nadine era la pareja de Yago y lo había seducido con su impagable sonrisa, sus interesantes e inteligentes conversaciones, y cómo no, con su escultural cuerpo de curvas de infarto y aquellos ojos azules donde uno podía perderse hasta la eternidad. Cierto era que la diferencia de edad —diecisiete años— y un reciente divorcio habían hecho a Yago ir con cautela, pero al final los encantos de la eslava se impusieron claramente. Al menos hasta que aquel salvaje quebró la felicidad de ambos el mismo día que celebraban su tercer aniversario, enviando a Nadine a ese lugar intermedio que se extiende entre la vida y la muerte.

Tras franquear la pesada puerta, Marga Laínez, la doctora responsable de seguir la evolución de la joven, salió al encuentro de Yago con cara de cansancio. Llevaba el pelo moreno recogido en una coleta, y tras la bata abierta era posible imaginar una figura delgada pero con senos generosos, que oscilaban a la vista de los ojos lascivos. Colgado al cuello tenía un fonendoscopio, y en las manos, un cuaderno de anotaciones.

Una vez más, se saludaron y tras el rutinario cruce de palabras —«¿Qué tal está Nadine?», «Igual»—, la doctora lo llevó hasta la habitación donde se encontraba el bulto inerte de su novia. De él surgían cables, tubos y gomas que acababan conectados a distintas máquinas y monitores.

—Lo dejo solo, oficial Mellado… —Marga le agarró suavemente con la mano derecha—. En casos como este, rezar a Dios quizá le dé la fortaleza suficiente o le ayude a tener paciencia… —Se aclaró la garganta antes de sentenciar en tono neutro—: Que vuelva es casi un milagro.

—Gracias, doctora, pero ese mismo Dios permitió que Nadine esté en este estado —repuso él, profundamente apesadumbrado—. Mi confianza la deposito en ustedes y en la lucha que ella mantiene y que yo debo alentar con mis palabras, allí donde esté en realidad —concluyó en voz más baja, con ceño profundo y dientes apretados.

—Médicamente hablando no podemos hacer más —la especialista hizo un mohín con los labios—, pero le entiendo. —Salió del lugar dejando tras de sí el sonido de sus pisadas.

Yago observó detenidamente a su amor. Una venda cubría su cabeza. El traumatismo craneal severo había provocado un derrame cerebral, responsable del coma profundo en el que se hallaba sumida. A estas alturas se había aprendido de memoria la larga lista de secuelas de la agresión. Cuatro costillas rotas, una de las cuales había perforado el pulmón; fractura de codo; dislocación de la muñeca derecha; hematomas por todo el cuerpo; rotura de la tibia y el peroné, los dedos de los pies machacados (solo se habían podido salvar dos en cada pie); hombro fracturado y bazo completamente destrozado por los golpes. Lo increíble es que todavía continuara con vida, conectada a aquel respirador artificial por tiempo indefinido.

El oficial de la Policía Autónoma Vasca tomó con suavidad la mano de la chica y acarició su suave piel con las yemas de los dedos. No fue consciente del tiempo en que permaneció callado hasta sentir la imperiosa necesidad de decir algo.

—Anoche lo pasé muy bien, cariño —dijo con ternura—. Acertaste de pleno con ese italiano. La ensalada de pasta que me recomendaste estaba exquisita… —Suspiró con nostalgia al rememorar los tiempos felices—. Y esos tortellini y ravioli alla carbonara… aún me estoy relamiendo. Eso sí, reconozco que el Lambrusco me dejó un poco achispado, pero ahí me la jugaste cuando desististe de tomar más de una copa.

Con un brillo especial en los ojos, Yago miraba los de ella y los imaginaba abiertos.

—Luego ese baile… Cómo te reías de mí viendo lo patoso que soy en la pista… ¿Cuántas veces te pisé? ¿Ocho? ¿Tal vez diez? —Lo que parecía una risa forzada brotó de sus labios, pero se quedó enseguida en una mueca de dolor.

»Lo otro no debimos hacerlo: como policía que soy, debo dar ejemplo a la ciudadanía. Casi me caigo al agua cuando quise atrapar aquel pato… Y hacer el amor en aquella arboleda, donde cualquiera podía habernos pillado… Sí, es cierto, el riesgo es placentero, pero tengo más de cuarenta años y mi cuerpo deja mucho que desear al desnudo…

Yago se calló y movió la cabeza como si escuchara, aunque los únicos sonidos audibles provenían de los monitores y del fuelle que se inflaba y desinflaba en la máquina de ventilación asistida.

—Entiendo, nunca has estado en un balneario… Yo tampoco… De acuerdo, probemos, pero ahora las condiciones las pongo yo. Aceptar tu proposición equivale a condenarte a que estas vacaciones las pasemos en Venecia… Sí, ya lo sé, te da pavor el agua, pero no te pasará nada, y además, te ataré a mí con una cuerda para que estés más segura cuando vayamos en una góndola y nos perdamos por los pequeños canales mientras el gondolero nos canta canciones eternas en italiano… ¿Cómo dices?… Sí, de acuerdo, no es lo mismo… No sabes nadar… Siempre haces conmigo lo que quieres… Venga, no te enfades, sabes que yo también te amo… —Las lágrimas corrían por las mejillas de Yago, para más tarde encontrar acomodo en las comisuras de sus ahora temblorosos labios—. Me tengo que ir, cariño mío. Ya me están dando el toque. —La figura de Marga Laínez había aparecido silenciosamente en la entrada de la habitación—. Ponte buena, mi amor… Sabes cómo te necesito a mi lado. Lo sabes bien.

Tras secarse las lágrimas con la manga de su americana, Yago salió del lugar, no sin antes intercambiar un gesto de cabeza con la doctora. Ella cuidaría bien a su chica, de eso estaba muy seguro. Sabía que Marga lo apreciaba.

Fuera, el cielo continuaba plomizo y desdibujado, amenazando sirimiri de un momento a otro. Una vez dentro de su coche, situado en el aparcamiento subterráneo público del barrio de Cruces, encendió el móvil para encontrar doce llamadas perdidas de su jefe máximo directo, Jokin Sagasti. Era el impulsor de la creación de aquel nuevo departamento con los agentes más brillantes de la Ertzaintza. Sin duda, algo gordo debía de haber ocurrido para tanta insistencia. También tenía un par de llamadas perdidas de Xabier Elostegi, su más apreciado compañero en el departamento. Fue con él con quien quiso comunicarse primero, descartando recibir la segura bronca de Sagasti. Al quinto tono de llamada, la ronca voz de fumador de Xabier lo regañó:

—Joder, Mella, ¿dónde coño estás? —Que le llamaran así, recortando su apellido, solo se lo permitía a las personas de confianza, y Xabier tenía ese privilegio.

—Con Nadine, claro. Kaixo, saluda por lo menos.

—Ah, perdona… Arratxalde on —articuló el otro—. Oye, tienes que ir de inmediato a la discoteca Kids. Ya sabes, en los pabellones esos de Bolueta… Siento comunicarte que tu hija está involucrada en un altercado.

—¡Joder, joder! —bramó Yago, hastiado: aquello había dejado de ser una novedad. Notando el pulso alterado, se tomó unos segundos antes de proseguir—: Dime qué cojones ha ocurrido ahí arriba.

—No tengo los datos porque aún no ha llegado el informe preliminar, pero los compañeros que patrullaban la zona llamaron para dar parte. No te preocupes, hombre, que no ha sido nada grave.

—De acuerdo, gracias. Oye, ¿se ha puesto el Monarca en contacto contigo?

—Sí, claro, al no encontrarte… Está que muerde el cabrón, pero descuida, que me reuniré con él en representación del equipo. Te excusaré por un asunto familiar que no podía esperar —prometió el ertzaina, y Yago casi pudo ver cómo se retiraba el pelo de la frente en un movimiento característico.

—Eres un amigo… —Mellado resopló, algo más tranquilo—. ¿Intuyes algo?

—Ya sabes cómo es el Monarca, aunque creo que es un asunto relacionado con el cuerpo que encontraron en el taller de reparación del Puerto Deportivo El Abra, en Getxo.

—¿Asesinato?

—Te informaré cuando lo sepa… —prometió Xabier antes de soltar un aparatoso estornudo—. Barkamena —se disculpó—. Venga, ejerce tu función de padre que yo me ocupo de todo. Gero arte.

Agur bai —se limitó a contestar Mellado, pensativo.