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El sonido de las motos de cross era estridente. Allí, en la loma del monte, entre caminos de tierra serpenteantes y abruptos, seis muchachos con equipamiento de cuero de competición y cascos adornados con logos de conocidas marcas brincaban con sus máquinas de dos ruedas, sin miedo a jugarse la vida. Una veintena de chavales, vestidos de manera informal, los aplaudían y vitoreaban desde sus emplazamientos a ambos lados del circuito de tierra, entre las nubes de polvo que las motos dejaban a su paso.
Yago Mellado estacionó el coche en diagonal, ocupando dos plazas del aparcamiento del Parque Comercial Bilbondo. No importaba. Era domingo y solo se veían unos cuantos vehículos particulares dispersos por la amplia explanada de asfalto. El lugar al que se dirigía, los antiguos cines, quedaba situado a su izquierda. Lo había reconocido en el vídeo o, más bien, aquellas letras escritas en la pared estucada.
El camino se le había hecho eterno, angustiado por la idea de imaginar a Vanesa secuestrada. En algún momento del trayecto recordó también a Noelia, pensó en cómo se pondría si llegaba a enterarse de la situación… Pero al pensar en ella sus recuerdos le jugaron una mala pasada, obligándole a revivir lo que había ocurrido dos meses después de salir, en teoría sana, del centro de desintoxicación mucho más conocido como El Observatorio.
Aquel día Yago había acabado tarde la jornada de trabajo, tras una noche larga y dura. Cinco muchachos habían quemado vivo a un indigente dentro de un cajero automático, acción de la que habían sido testigos otros jovencitos, menos borrachos y drogados, que socorrieron sin éxito al pobre hombre y luego se enzarzaron en una auténtica batalla campal contra los homicidas.
La intervención de Mellado y sus compañeros fue inmediata: redujeron a los muchachos con contundencia. Los alrededores de la calle La Cruz, en el Casco Viejo de Bilbao, mostraban los estragos de la riña, con lunas de comercios hechas añicos, botellas de alcohol rotas por el suelo y contenedores de basura volcados, con su maloliente contenido esparcido por los alrededores.
Fue una noche tensa, desagradable, y llegó a casa abatido y agotado. Recordaba que nada más traspasar el umbral de la entrada el reloj de carillón con sonería del salón, modelo Ginebra, marcó las diez de la mañana, pero con un sonido apagado que le extrañó, no sonaba tan contundente como el habitual. Enseguida comprobaría con pena que alguien había golpeado aquella antigüedad —herencia de tres generaciones— con algún objeto de recio porte. Pero no solo el reloj de maquinaria suiza mostraba signos de violencia. La televisión, los cuadros, los jarrones, la mesa baja de cristal, las paredes… Todo a su alrededor tenía algún desperfecto, y hasta en el suelo de parquet vio tablillas hundidas y astilladas. De pronto escuchó ruido. Golpes sonoros y profundos. Arriba. En la zona de los dormitorios.
Subió a toda velocidad. La barandilla aparecía abollada en ciertos tramos. El ruido provenía de la habitación de su hija, que por aquel entonces apenas contaba trece años de edad.
Yago se encontró en el pasillo con una botella de whisky vacía. Se temió lo peor. Una recaída monumental. No se equivocaba. Al entrar en la habitación vio cómo Noe, hecha un vendaval de furia, aporreaba con un martillo la puerta cerrada que daba al baño particular de Vanesa. A cada golpe, las astillas saltaban por los aires, y el agujero de la puerta se iba agrandando. Desde el interior llegaba el llanto irremediablemente histérico de su hija.
—¡Para ya, joder!
El grito de Yago hizo que Noe se volviera. Despedía un olor corporal insoportable. Parecía que hubiera bebido por todos los poros de su piel. Se acercó hasta él blandiendo el martillo en actitud amenazadora.
—¡Vanesa, tranquila, mi niña! —Su ama, desquiciada, movía las manos como si apartara un enjambre de abejas—. ¡No dejaré que te lleven! —Tenía sangre en el dorso de las manos, en los dedos, en la desencajada cara…
Dicho esto, con voz pastosa, se abalanzó contra su esposo con el martillo alzado. Este apenas encontró oposición y le arrebató la herramienta con facilidad. Luego, Noe se desmayó en sus brazos. La otra Noe. La alcohólica, la frágil. Esa a la que ya no amaba. La dejó en el suelo y rápidamente entró en el baño, forzando la puerta con una violenta patada. Allí estaba Vanesa, acurrucada entre la ducha y el inodoro, temblando de manera incontrolada y llorando sin parar.
Su aita cayó de rodillas y la abrazó con ternura.
Cuando salieron observaron a Noe, inconsciente sobre la alfombra. Ya no había marcha atrás. Fue la última vez que estuvieron juntos. Yago hizo las llamadas correspondientes. Su mujer resultaba un serio peligro para la unidad familiar, y no podía continuar a su lado bajo ningún concepto.
Sacudió la cabeza para dejar atrás todos aquellos pensamientos que tanto le deprimían. El cartel de neón aparecía desprendido, y los paneles arrancados del techo mostraban gruesos cables. Rodeó el edificio donde habían estado ubicadas las salas de proyección —en los carteles de la fachada se anunciaban aún estrenos que ya sonaban a viejo— y se dirigió a la parte trasera.
Allí había un amplio patio, y las puertas cortafuegos, ahora herrumbrosas, se presentaban abiertas a lo largo de la fachada. Yago se detuvo ante las butacas que se amontonaban en una esquina. Solo una permanecía en pie, acoplada y sujeta por otras. En aquella se había sentado aquel malnacido que accionaba la grabadora. Se situó frente a ella, y sus ojos la sobrepasaron para fijarse en las palabras escritas en la pared, y que reconoció en cuanto las vio en el vídeo: «TE DAÑO PARA NO AMARTE».
Las recordaba de la última vez que había ido a aquellos cines que tanto añoraban los habitantes de Basauri, Arrigorriaga y Etxebarri. Se lo había prometido a Vanesa, que por entonces tenía diez años, y como padre honesto se tragó aquella película de animación que tanto entusiasmaba a su hija. Al salir por la puerta trasera reparó en la pintada, y le llamó tanto la atención que la frase se le quedó grabada para siempre en la memoria. Muchos años después, allí seguía inmortalizada, y gracias a la dejadez de los antiguos propietarios había resultado una pista fundamental para poder arañar segundos en aquella angustiosa cuenta atrás por salvar a su hija.
Entró por una de las puertas abiertas y, siguiendo un pasillo mal iluminado, llegó hasta una de las ocho salas con menor aforo. Tuvo que usar el móvil para alumbrar sus pasos. Una vez cruzado el espacio, salió al pasillo central de los cines. En concreto se topó con el abandonado y alargado mostrador que en su día hizo las delicias de pequeños y adultos con la venta de palomitas y bebidas de cola. Ahora aquello estaba yermo, con las urnas llenas de suciedad, y las baldas traseras desprovistas de golosinas y cubiletes de cartón vacíos. Al lado, la máquina de agua y refrescos había sido volcada en el suelo, sin suministros ni electricidad.
Fue una visión fugaz, pero durante un instante se sintió transportado en el tiempo. Seguían al acomodador, vestido completamente de azul, que les indicaba la entrada a la sala de proyección escogida. Aquel día Vanesa llevaba dos coletas y brincaba entusiasmada, con las comisuras de los labios manchadas de chocolate. Yago se miró. Agarraba dos cubiletes de palomitas y hacía equilibrios para que los refrescos no se le resbalaran de las manos. Había mucha gente.
Varios años más tarde, el oficial de la Ertzaintza observaba cómo el tiempo podía derruir cualquier cosa, convirtiendo la multitud en soledad; el brillo, en decadencia; el entusiasmo, en abandono. Aunque… una tenue luz se filtraba bajo las puertas de entrada de la sala 8, la más amplia. Se dirigió hacia allí, pisando la capa de polvo que cubría el suelo. Lo hizo tratando de evitar los desperdicios en forma de latas, envoltorios de sándwiches, restos de pizza y bolsas de patatas fritas vacías.
Entre la peste de orines llegó hasta la puerta de ojo de buey opaco, agarró el tirador vertical y accionó con fuerza. La puerta pesaba demasiado y necesitó de las dos manos hasta abrir el resquicio suficiente para hacer pasar su corpachón. Una vez dentro, la visibilidad era mayor. Bajó por la rampa enmoquetada en granate y al girar a la izquierda, accedió por fin a la sala. Desde allí la abarcaba con la mirada por completo. Había focos dispuestos por todas partes, pero la mayoría enfocaban el escenario, donde un día existió una gran pantalla blanca. Allí, sobre unos caballetes, aparecía ahora una alargada caja de madera de la que sobresalía algo…
Yago Mellado no pudo evitar llevarse la mano a la boca para ahogar un grito de sorpresa.
Recorrió el pasillo: necesitaba ver de cerca lo que creía haber distinguido. Cautelosamente, desenfundó la reglamentaria y fue inspeccionando fila tras fila, por si entre las butacas pudiera esconderse aquel maldito psicópata. No tuvo suerte. Tendría que esperar una mejor ocasión para descerrajarle una bala en la cabeza; pero a cambio, se percató de algo sorprendente. El descubrimiento le produjo una oleada de inquietud que recorrió su cuerpo como un calambre. Sobre las butacas aparecían diversas fotografías. Instantáneas de niños y niñas. Una fotografía por cada asiento.
De pronto llegó frente a los escalones que subían hasta el escenario. Había alcanzado la primera fila y rozaba la butaca más cercana. Allí se detuvo. Sentía como si el corazón se le hubiera subido a la garganta, y la rabia crispaba su rostro.
Hizo un barrido con la pistola en un giro de ciento ochenta grados. Quería disparar. Que el proyectil de 9 mm Parabellum encontrara la carne de ese hijo de puta. Ahora era algo personal; no actuaba como policía, sino solo como padre dispuesto a todo. Pero el intento fue en vano.
Tras caer de rodillas ante la butaca, dejó el arma corta de fuego en el suelo y cogió la fotografía que había en aquel asiento. Vanesa le observaba en silencio, de medio cuerpo, con una sonrisa desdentada y dos coletas recogidas por gomas rojas. Su hija tenía diez años en aquella instantánea descolorida, ajada por el tiempo.
Al observarla con mayor atención, Yago soltó un juramento. Aquel cobarde psicópata había dibujado con rotulador rojo dos signos de interrogación opuestos sobre el pecho de su hija. Igual que con Frederick Ramiro en aquella noticia de periódico.
Se llevó la foto al pecho. Cerró los ojos, levantó la cabeza y liberó la tensión en un grito desgarrador cuyo eco tardó unos instantes en morir en la sala desangelada. No había duda. Aquel psicópata no iba de farol. Tenía a Vanesa, y unos explosivos preparados…
Y quería algo a cambio.
Se levantó tras guardar la foto en el interior de la americana, y subió las escaleras. En la mano derecha, caída sobre el costado, llevaba de nuevo la pistola. Se acercó a la caja. Era un ataúd. Unas manos inertes quedaban a la vista, surgiendo por sendos agujeros abiertos en la tapa. Encadenadas. El fuerte olor a combustible le provocó una arcada y le obligó a apretarse con urgencia un pañuelo contra la nariz. El líquido formaba un charco extenso sobre la tapa e iba derramándose gota a gota por los laterales, golpeando el suelo con un ruido capaz de alterar los nervios al más templado.
Mellado no sabía quién podía ser la víctima, pero a su mente acudió de nuevo el nombre de Frederick Ramiro. Lo único que conocía era el método que habían utilizado para arrebatarle la vida. En el suelo estaban los embudos, los bidones vacíos. En la tapa, unos orificios abiertos. Una muerte cruel. Algo creado por una mente muy dañada, que superaba a cualquier psicópata al que se hubiera enfrentado hasta el momento en toda su trayectoria profesional en la Ertzaintza.
Distinguió una alianza en el dedo de la víctima. Se guardó la pistola, cogió aire y con el pañuelo se apoderó del anillo tras una dura batalla por culpa de la hinchazón de la falange. Venciendo la repugnancia que sentía, observó la inscripción de su interior.
Frederick y Brigitte. Enlace 13 Oct 2006
Su intuición se había visto corroborada. El asesino había logrado acabar con su objetivo. Por la posición de las manos, lo había metido en aquel ataúd boca abajo y provocado la asfixia, ahogándolo con el combustible que ahora llenaba sus pulmones. ¿Habría disfrutado el asesino pensando en la enconada lucha del señor Ramiro por sobrevivir, buscando un resquicio que en realidad no existía?
Observó que más allá había una silla junto a un andamio de tres cuerpos, y sobre ella, una pila de ropa bien doblada. Eso ya no constituía un misterio para él. Lo que sí vio intrigante fue el sobre que había encima de la ropa, con un visible «Oficial Mellado» inmortalizado con bolígrafo en la cara frontal de la carta.
Llegó hasta allí, tras abandonar la alianza sobre el ataúd y volver a llevarse el pañuelo a la nariz para vencer las náuseas. Las palabras del hombre de la grabadora seguían llegando en oleadas a su memoria, machacándola. Dentro del sobre, una foto y una nota. La leyó con ceño fruncido:
El tiempo avanza raudo.
Ejecuta el cometido por el que estás aquí.
En aquellos momentos su móvil vibró en el bolsillo del pantalón. Dejó caer el pañuelo y contestó. Era su madre. Estaba histérica, llorando y gritando. Se trataba de su padre, que se había caído y golpeado la cabeza contra el suelo. Estaba inconsciente o muerto, no lo sabía, pues había un charco de sangre rodeando su cabeza. Le rogaba que volviera a casa, que su aita se les iba…
Yago escuchó el relato de agonía mientras miraba inconscientemente la fotografía que había en el interior del sobre.
Ahora sabía por fin a quién debía matar.
Estaba tan aturdido que le parecía estar viviendo una pesadilla. Toda su vida pendía ya de un hilo. El de aquel globo que no podía dejar escapar.
No había tenido tiempo de descubrir la cámara que lo grababa. Ni tampoco, obviamente, de ver lo que estaba aconteciendo a su espalda…