30

Horas después.

Diario de Nadia Butalkin:

Para todos, Kamenets fue una ciudad vista y no vista. Veníamos en varias furgonetas viejas, y a través de las rendijas de las ventanillas traseras vimos pasar casas, personas, perros y polvo; sobre todo grandes concentraciones de polvo que se levantaban a nuestro paso.

Cuando llegamos al castillo, a las afueras de la ciudad, ya no quedaba nada que ver de Kamenets. Nos sacaron de los vehículos a empujones y nos obligaron a ponernos en fila. Estábamos en un patio ancho y nos rodeaban unos altos muros que nos impedirían escapar.

Había hombres armados paseando entre nosotros, y también escondidos en las garitas que se divisaban en lo alto de las almenas, en tres emplazamientos separados desde los cuales se abarcaba todo el recinto.

El hombre que golpeó a Luka y Sasa apareció al fondo. Salía de aquel enorme edificio que iba a ser nuestro «hogar». Se plantó ante nosotros. Conté que éramos doce niños y trece niñas. Distinguí a Luka y a Sasa, y vi cómo se encogían y bajaban la mirada al ver aparecer a aquel monstruo.

—Me llamo Yuri y os doy la bienvenida —dijo alzando la voz a modo de saludo—. A partir de ahora me debéis obediencia lo queráis o no. No aceptaré rabietas: las castigaré y os prometo que no me temblará el pulso. Pensad que sois afortunados por lo que vais a hacer. Vuestra obediencia y servicio harán dichosas a personas que nos pagan por ser felices y a las que apreciamos por lo mucho que nos aportan… —Había empezado a pasear entre las filas, ahuyentando con su mirada de víbora las de mis compañeros, y finalmente llegó hasta mí. Le sostuve los ojos con lo que me pareció una pizca de valentía—. Si lo entendéis, la convivencia será más llevadera y quizá hasta os acabe gustando.

Recuerdo que después de esas cínicas palabras me cruzó la cara con el dorso de la mano diestra, donde llevaba un grueso anillo que de hecho me partió el labio.

—¡Nunca me retes con la mirada, piojosa campesina! —rugió, colérico.

Me dolía muchísimo y las lágrimas afloraron a mis ojos, pero supe recomponerme y no dudé en dar voz a lo que me preocupaba.

—¿Dónde esta Simona? ¿Dónde está mi hermana? Quiero verla —grité.

Por toda respuesta, aquel bruto me agarró de la barbilla y apretó. Me hacía daño, pero más dolor sentía en el alma por no tener noticias de mi querida hermana.

—Tienes suerte de que mi hermano haya puesto los ojos en ti, que si no… —Yuri apretó los dientes en un gesto de rabia contenida—. En cuanto a esa perra a la que llamas «hermana», su bautismo será pronto. Y te prometo que ese día la perderás para siempre.

—¡No, jamás! —exclamé. No debí decirlo.

El hombre me sacó del grupo y me tiró al suelo. Recuerdo que tragué polvo, y además sufrí un rudo puntapié en los riñones. Me quedé sin aire. Sentí que me moría. Vi de refilón cómo aquel salvaje echaba la pierna hacia atrás para pegarme de nuevo…, pero no llegó a hacerlo. Un seco estampido lo impidió. El hombre de la cicatriz había aparecido con un rifle en la mano y disparado al aire. Era Yurkov, que llegaba en mi ayuda. Amonestó a su hermano con una mirada severa y mientras este dispersaba la fila, en dirección hacia los barracones, dejó el rifle en el suelo y se agachó para socorrerme.

—Mi preciosa niña… —casi susurró el muy canalla—. Tranquila… Ya ha pasado, ya ha pasado…

Me llevó en brazos hasta un edificio pequeño, situado casi a un kilómetro de distancia. Una vez allí me depositó sobre una cama pequeña, y me dejó en manos de un hombre con bata y grandes barbas que me dio una pastilla para conciliar el sueño y calmar el dolor. Respondía al nombre de doctor Richards.

No sé cuánto tiempo permanecí allí. ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas? En un duermevela continuo, no dejaba de mezclar sueños preciosos con Simona como acompañante, con vagas imágenes del hombre de la cicatriz, que me observaba preocupado y me retiraba el flequillo sudado de los ojos.

El día que por fin mi mente se aclaró y me sentí con fuerzas para poner pie en el frío suelo del hospital, Yurkov en persona, acompañado del doctor Richards, me ayudó a pasear de aquí para allá. Me temblaban las piernas y el costado aún me enviaba sordos quejidos, pero pensar en Simona me bastaba para no quejarme.

Dos días después, tras múltiples paseos de lado a lado del pequeño lugar y una más que correcta alimentación, dadas las circunstancias, Yurkov me llevó a los barracones. Eran tres. Uno de ellos servía como aseo. Dentro había cubos llenos de agua fría y trapos que raspaban cuando los aplicábamos sobre nuestro cuerpo. El suelo del barracón tenía una ligera pendiente que hacía fluir el agua hacia un sumidero que quedaba justo en el centro de la estancia. Junto a la puerta había un armario empotrado sin puertas, cuyas baldas sostenían una especie de pijamas azules. Elegí el que creí que se adaptaba más a mi enclenque figura, y una vez vestida, sintiéndome por fin limpia y fresca, salí al exterior. Allí me esperaba Yurkov para acompañarme al siguiente barracón.

En este me encontré con varias mesas alargadas de madera, con sus respectivos bancos sin respaldo. Olía a alimentos cocinados, aunque no había rastro de ellos por ninguna parte.

—Una comida diaria. De dos a tres de la tarde. Os reunimos a todos para que juntos podáis dar gracias a Dios por los alimentos que se os proporcionan —me informó él, mordaz.

Lo miré enfadada. ¿Cómo podía hablar él de Dios cuando lo que hacía estaba tan alejado de lo que el Señor había predicado?

—¿Veré a Simona? —pregunté al fin.

—¡No! Las chicas mayores comen en la residencia.

¿Residencia? ¿Así se llamaba a aquel gigantesco y misterioso edificio?

—Señor, usted ha sido bueno conmigo… Déjeme verla, por favor —supliqué.

—La verás, la verás… Antes de lo que imaginas.

Sus palabras me reconfortaron y aliviaron en parte mi tristeza. Aquella posibilidad, aunque fuera efímera, era más de lo que podía esperar.

El último barracón era más grande y estaba dividido en cuatro. Al traspasar la primera puerta me encontré ante el hombre que había tirado los linces al interior del vehículo el día que papá nos entregó. Era alto y fuerte, y tenía el pelo rubio alborotado. Sobre un buzo blanco llevaba un delantal salpicado con manchas.

—Gustav es el encargado de dar cristiana sepultura a los débiles —explicó Yurkov.

Lo comprendí cuando distinguí a un niño dentro de una larga bolsa negra, cuya cremallera cerró de un tirón. El tal Gustav, un tipo de aspecto sueco, tiró de la camilla con ruedas y salió por una puerta que había al fondo, y que al abrirse nos azotó con un golpe de calor que me hizo entrecerrar los ojos.

—La verdad es que utilizamos la incineradora más de lo que nos gustaría. A veces los clientes se exceden, y otros eligen la opción completa, que incluye la caza.

Esas frías palabras me pusieron el vello de punta. Me tapé los oídos para no seguir escuchando.

Al pasar al siguiente espacio, mi miedo se incrementó. Aquello parecía una sala de torturas o algo similar. Me recibió una silla de madera con brazaletes abiertos en los reposabrazos y en las patas, y una especie de cinta de acero en la parte superior en forma de casco de la que salían unos cables unidos a un generador.

—No te asustes, pequeña. Este espacio está reservado para los clientes que se exceden el servicio contratado y su disponibilidad de efectivo. Si no pagan, nosotros mismos nos lo cobramos.

Pero eso no me tranquilizó en absoluto. Aquellos tipos no eran personas corrientes. No importaba que Yurkov se hubiera portado bien conmigo. El infierno existía y yo estaba dentro.

En el último recinto me tomó unas fotos y me grabó luego con una cámara. A mi lado había una enorme pantalla que reflejaba el mapa del mundo, con cientos de luces verdosas que palpitaban por todos los continentes.

—Son nuestros clientes —explicó Yurkov, visiblemente satisfecho—. Aquí os registramos y enviamos vuestros perfiles. Ellos os van eligiendo y deciden qué es lo que quieren hacer… Después se os pone en subasta y el mejor postor gana.

Me temblaban los labios. Ahora entendía mejor cuál era el propósito de tomarme fotos y grabarme. Sin duda aquel tipo estaba enfermo, muy enfermo.

Sin añadir nada más, me condujo al gran edificio. Recorrimos un pasillo inmenso con estatuas desnudas, colmillos de elefantes, alfombras persas y luminosas lámparas de araña. Decoración venida de las cuatro puntos cardinales. Tanta suntuosidad me dejó perpleja. Divisé al fondo una barra con camareras ligeras de ropa, sirviendo whisky y cócteles a media docena de personas entre las que estaba el deleznable Yuri.

Tras ello, Yurkov me guio hasta un ascensor y me dejó en manos de una mujer alta y esquelética. Cuarentona y vestida como un hombre, blandía una vara en la mano. Para mi sorpresa, Yurkov se despidió de mí con un beso en la frente.

—Haz caso a Laluska… —me dijo al oído en tono paternal—. Pronto verás a tu hermana.

Cuando desapareció, la mujer alzó la mano y apoyó la punta de su vara contra mi pecho.

—Si quieres evitarte problemas conmigo, mantente siempre a la distancia de mi vara. Si la acortas, la sentirás en la carne —me amenazó con voz glacial—. Ahora, andando.

Obedecí sumisa y avancé por el estrecho pasillo de paredes desnudas. Apenas diez metros. Una puerta al paso. La vara raspó mi espalda.

—Ahora puedes unirte al resto. Es la hora de descanso.

Abrí la puerta y pasé al otro lado. Laluska tras de mí. Se quedó apoyada en la jamba mientras yo continuaba avanzando entre las tristes miradas de todos los niños tendidos en el suelo de cemento, al calor de andrajosas mantas. Tuve que pasar con cuidado para no pisar a nadie y al final encontré un rincón para mí, con una manta con olor a repelente veneno de rata que, eso sí, me esperaba doblada.

Antes de tumbarme, la alarma pareció cundir entre los niños. Laluska llevaba en el cinturón un walkie-talkie que había comenzado a sonar. Todos, incluyéndome a mí —aunque aún no sabía el significado de ese repentino aviso— dirigimos nuestras miradas hacia la mujer y la vimos escuchar y mover los ojos como si buscara a alguien en concreto. Cuando los encontró, señaló a dos niños y a dos niñas. Advertí que en nuestro pijama, a la altura del pecho, teníamos cosida una numeración: los elegidos eran T-12, T-19, T-24 y T-28. Sumisos, los cuatro se levantaron y acudieron como corderitos a la llamada de aquella bruja. Se marcharon con la cabeza gacha y azuzados por la siempre amenazante vara. Cuando la puerta se cerró, algunos suspiraron aliviados porque en esa ocasión no habían sido los elegidos. Otros lloraron en silencio con los rostros enterrados entre los brazos, o simplemente se abandonaron al cansancio o al sueño. Puse mi atención en la niña que estaba junto a mí y me miraba con sus grandes ojos, sin pestañear. Me observaba con curiosidad, o quizá intentando recordar quién era.

—Hola —le dije.

No me contestó. Me fijé después en los cardenales amarillentos de sus brazos y su rostro. Sin embargo, no parecía que le doliese, como si estuviera sumida en algún tipo de trance hipnótico.

—Te recuerdo… Eres Sasa —insistí con suavidad.

Esta vez alargó un brazo y posó una de sus manos sobre la mía. La dejé hacer, y esa simple camaradería que le ofrecí la llevó a dormirse en apenas unos minutos. La observé largo rato mientras dormía, así como al resto de mis compañeros. Todos llevaban la identificación cosida al pecho, excepto yo. ¿Por qué yo era distinta? Con el tiempo, por desgracia, acabaría conociendo la respuesta.

No podía dormirme. El suelo no facilitaba las cosas —notaba las imperfecciones del cemento clavándose en mi espalda—, y además no dejaba de hacerme preguntas sobre los cuatro niños que se habían ido con Laluska. ¿Los vería regresar? ¿En qué condiciones? Entre preguntas y sollozos continuados que provenían de varios niños, el cansancio hizo mella y al fin me quedé dormida.

Un potente ladrido me despertó. Más bien nos despertaron a todos. Nos incorporamos sorprendidos y medio aturdidos. Era Laluska, acompañada de su fiel vara y de un hombre muy alto que agarraba las correas de dos doberman que parecían enloquecidos.

—Hora de trabajar —anunció la bruja con voz tétrica.

Tenía hambre. Las tripas me rugían. Pero no había piedad para nosotros. Nos hicieron bajar por unas angostas escaleras y nos repartieron por el enorme edificio. Con bayetas, escobas y fregonas, nos asignaron distintos emplazamientos que había que adecentar. Junto a tres niños que no conocía de nada y otras dos niñas, entre las que se encontraba Sasa, nos ordenaron limpiar el enorme recibidor por el que entré con Yurkov, mientras unos hombres vestidos de negro nos vigilaban con armas y perros, a la espera de un motivo para atacarnos con sus afilados colmillos.

Después de la limpieza nos hicieron formar en una amplia sala para recibir una charla del doctor Richards. Nos explicaba por qué estábamos allí. Habló de la fragilidad de la mente y, asimismo, nos invitó a ser fuertes. Habíamos dejado de ser niños, y eso teníamos que entenderlo si queríamos sobrevivir allí. La charla informativa fue dura de digerir, pero muy útil para comprender la nueva realidad. Aquel hombre que hechizaba con la palabra nos sirvió de mucho. Todos teníamos entre doce y trece años, pero a partir de aquel momento supimos que la edad ya no importaba nada.

Tal vez para compensar su triste discurso, ese doctor nos fue preguntando nuestro nombre y dos cosas que nos gustaran. Se habló de dulces, chocolate, juegos, equipos de fútbol, juguetes, ropa, amigos, helados, comida, trineos, Navidad, vacaciones, colegio, muñecos de nieve, pescar, patinar y muchas cosas más. Al menos fue un rato agradable para mis compañeros, aunque no para mí, que tiré por la borda sus expectativas y saqué de sus casillas a Yuri, que había llegado minutos antes para observarnos desde un rincón en compañía de su hermano.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el doctor.

—Nadia.

—¿Apellidos?

—No los recuerdo desde que mi padre me hizo repudiarle —dije con dureza.

—¿Qué dos cosas te gustaban?

—¿Cuándo?

—Antes.

—No hay antes. Ya no tengo pasado.

Yurkov estaba visiblemente satisfecho.

—Bien, ¿y qué deseas entonces? —Quiso saber aquel canalla.

—Recuperar a mi hermana.

—¿Y…? —insistió.

—Ser mayor y ser libre, para buscaros y haceros el mismo daño —resumí con osadía.

Noté sobre mí la mirada atónita de todos. Sasa me agarró una mano. El doctor se mordió el labio y Yurkov me observó con una sonrisa complacida. En cambio, Yuri parecía enfadado —eran visibles los latidos en las venas de su cuello—.

—¿Vas a consentir que una mocosa…? —preguntó al de su misma sangre.

—Tranquilo, hermano —murmuró con calma Yurkov, que parecía mascar las palabras—. Muy bien, pequeña. Recuperar a tu hermana es difícil, pero verla no… Si es lo que deseas, la verás. En cuanto a lo otro, me enorgullece saber que no me he equivocado al elegirte. Eres valiente y arrogante. Justo lo que tu padre me dijo cuando os vendió… Si a alguien deberías hacer daño es a él, no a nosotros… Pero ¿por qué esperar?

No dijo más. Desapareció por una puerta lateral seguido de Yuri, que me lanzó una última mirada de odio. Sus ojos me decían que me desnucaría sin rechistar.

Los vigilantes nos pusieron en filas y nos sacaron del lugar. Primero nos trasladaron al barracón para la higiene, donde tuvimos que lavarnos sin quitarnos la ropa, para más tarde llevarnos hasta el comedor. Mientras comíamos con ansiedad una asquerosa plasta de garbanzos, observé de refilón a los cuatro niños que la noche anterior se llevó Laluska. Habían vuelto con nosotros, pero estaban como idos. Apenas probaban la comida y mantenían la cuchara en alto durante unos interminables segundos con la mirada perdida, antes de volver a bajarla al plato. Parecían marionetas de feria.

Cuando Laluska entró y golpeó con su recia vara la campana, entendimos que el tiempo para comer se había acabado. Algunos no habían terminado, pero eso le daba igual a la mujer de rostro severo y pétreo que nos vigilaba.

Nos volvieron a poner en fila para salir del barracón en silencio. Bueno, todos menos Sasa, que iba detrás, y también yo. Nos impidió continuar, cortándome el camino con la vara tendida.

—¡Tú no! —bramó.

Me obligó a apartarme a un lado, y conmigo arrastró a Sasa, que no dejaba de agarrarme el pijama.

—De acuerdo, una voluntaria nos viene muy bien —comentó mordaz, en referencia a la niña asustadiza que parecía haber encontrado en mí la protección y cariño que demandaba.

Nos tuvo un rato contra la pared, hasta que el último niño desapareció de nuestra vista.

—Estirad los brazos y enseñadme las manos —mandó Laluska.

Armándome de coraje, quizá protegiendo la vulnerabilidad de Sasa o quién sabe si la mía propia, hice caso a lo que pedía Laluska. Me examinó las manos con la vara. Tocó los dedos, las uñas… y de pronto me propinó un golpe sobre el dorso de la mano derecha.

—Las señoritas deben comer con educación. Nuestros clientes no necesitan ver restos de comida en las uñas de sus acompañantes.

Entendí lo que quería decirme. Tenía tanta hambre que dejé a un lado los cubiertos para acabar comiendo con las manos, a puñados, como una salvaje; aquello en lo que seguramente me estaba convirtiendo.

Sasa también extendió las manos, pero cuando la vara se acercaba las retiraba para volver a tenderlas de nuevo. La cruel Laluska no estaba para juegos, y por eso mismo le soltó un varazo en las rodillas que llevó a Sasa a caer al suelo, retorciéndose de dolor. Después de esto y sin la menor compasión por nuestras lágrimas, nos obligó a lavar todos los platos y cubiertos en un tonel que contenía un agua grasienta y más negra que la noche. Acabé extenuada, al igual que Sasa, pero la bruja nos mandó salir del lugar sin tiempo para, al menos, sentarnos un minuto.

Llegamos al barracón de la higiene personal, y nos obligó a desnudarnos y a lavarnos. Sasa a mí y yo a ella. Con la vara amenazadora, tuvimos que emplearnos en una limpieza más íntima e intensa, y no paramos hasta que Laluska dio el visto bueno tras examinar que no quedaran costras sobre nuestros cuerpos, ni restos de comida en uñas y dentadura, que limpiamos con un hilo de coser que nos hizo sangrar las encías.

No nos dejó vestirnos. A empujones, y con la ayuda de la vara, nos sacó del barracón. Desnudas, recorrimos el camino hasta el edificio central, entre las miradas de los vigilantes y una docena de niños que acarreaban baldes de agua. Con ambas manos nos tapamos las zonas íntimas como pudimos, pero la humillación que aquella mujer nos hizo pasar era peor que recibir una bofetada.

Esta vez dimos un rodeo y entramos por la puerta trasera. Allí había un amplio terreno donde aterrizaron dos helicópteros. Por la nube de polvo levantada y el rotar de las hélices, cada vez con menos fuerza, entendimos que uno de ellos acababa de llegar. Yuri, con ropa verde y gafas de sol, se protegía el rostro con la mano izquierda, a la espera de que aquellos dos hombres vestidos con traje descendieran del aparato.

No me dio tiempo a distinguirlos porque Laluska nos metió por lo que entendí que era un almacén. Pero no uno tradicional con aperos de labranza, artículos de limpieza o herramientas. Sobre las paredes, en su lugar, había ballestas, rifles, escopetas, pistolas, hachas, cuchillos de caza y todo tipo de armas de fuego y blancas. Dejando atrás aquel lugar tenebroso, avanzamos por otro largo pasillo mal iluminado hasta llegar a lo que Laluska llamó «vuestro camarote».

De un perchero con ruedas colgaban vestidos negros con delantales blancos. Los identifiqué enseguida como aquellos que nos pusieron el día de prueba, en nuestro primer encierro. Frente a nosotras había un par de espejos de medio cuerpo sobre una mesa llena de barras de labios, polvoreras, peines, pendientes, botes de pintaúñas y lápices perfiladores de ojos. Nos hizo sentarnos en las butacas que había junto a la mesa y tuvimos que esperar hasta que una mujer comenzó a maquillarnos para atender debidamente a nuestros primeros clientes.

Media hora después nos dirigieron, bien vestidas y maquilladas, a un ascensor que bajó dos plantas. Allí la bruja nos condujo hasta una estancia pavorosa. Unas cadenas surgían del techo y al fondo había un sillón de aspecto cómodo. Ensimismadas como estábamos, no vimos la mesilla de ruedas que Laluska empujaba hacia nosotras.

—Quiero todo bien limpio, y dejad la mesa junto al sofá —indicó muy seria.

Nos encerró en el interior. Había dos cámaras instaladas en lo alto, cada una en la pared opuesta, que sin duda nos enfocaban.

Aquellos artilugios que teníamos que limpiar me desconcertaron. Ahora sí nos habían provisto de trapos limpios, un cubo de agua con olor a limón y espuma en su superficie, y un cepillo de dientes para lograr un acabado perfecto. Lo más farragoso de limpiar fueron las esposas, pero quedaron impolutas y libres de sangre y bacterias. El látigo de siete puntas fue sumergido en el cubo para un posterior secado con los trapos. Los tres objetos largos, acabados en una semicurva, brillaban tras limpiarlos, sobre todo uno que era transparente. Hechos de goma, pero firmes, en apariencia irrompibles. A la cámara fotográfica nos limitamos a quitarle el polvo, pasando el cepillo por todas partes. Dejamos para el final el objeto que más miedo me daba. Al acabar, un bisturí resplandecía en su bandeja de plata.

Cuando terminamos apareció Laluska. Más dócil que nunca, se permitió felicitarnos por nuestro trabajo y nos llevó al final de aquel sótano, donde una puerta recia y recién barnizada se interponía en nuestro camino.

—Por vuestro bien, espero que seáis serviciales. —Dicho esto, golpeó la puerta con los nudillos y nos dejó solas.

Fue Yuri quien nos hizo pasar. Aquel espacio estaba decorado a todo lujo. Sillones de seda, tapices, candelabros de oro… Los dos hombres trajeados mostraban sus rostros sin miedo. Conversaban con Yurkov, sentados los tres en los mullidos sillones y sin parar de reír sus ocurrencias.

Cogimos las bandejas que Yuri nos señaló y servimos a los invitados. Mi bandeja contenía una cubitera con hielos, unas pinzas metálicas, tres vasos anchos y una botella que no pude identificar. Tiesa como un poste, esperé a que Yurkov se valiera de las pinzas para echar hielo dentro de los vasos y escanciar el líquido.

—Bonito ejemplar… ¿Hay puja por ella? —preguntó uno de esos trajeados que no dejaba de mirarme con un extraño brillo en los ojos.

—Esta pieza es única, camarada Frederick —contestó Yurkov—. La puja terminó antes de que comenzase… —Luego señaló a Sasa con el mentón—. En cambio, esta monada aún está por adjudicar.

Los tres hombres rieron, pero a mí sus palabras me habían dejado helada.

—No des por finalizada la puja sin esperar mi oferta —apuntó el cliente.

—Lo haré.

En la bandeja de Sasa había un cortapuros y una caja de habanos. Yurkov chasqueó los dedos y tuve que hacerme a un lado para que mi nueva amiga llegara hasta ellos. La contemplaron con lascivia de arriba abajo. Sasa se tragó sus lágrimas y se dejó manosear por aquellos monstruos trajeados.

Yurkov rompió el momento proponiendo un brindis. Al terminar, dejó caer su manaza sobre mi hombro. Me volví.

—Están encantados. Así me gusta. Ahora dejad las bandejas y acompañadme. Es hora de que conozcáis parte de los servicios que aquí ofrecemos.

Salimos por la misma puerta por la que habíamos entrado, y su hermano nos condujo de vuelta hasta aquella especie de mazmorra que habíamos ayudado a limpiar. Ahora había ahí un par de sillas de madera, recogidas contra la pared. Yuri nos dijo lo que debíamos hacer con ellas y acto seguido nos abrió la puerta. Un horror indescriptible se apoderó de mí. Las luces eran color sangre y de las cadenas colgaba ahora una mujer con buzo naranja, que debía ocultar el rostro bajo una capucha blanca.

Aposentamos las sillas en el lugar indicado por Yuri y yo miré fijamente a la mujer maniatada. No podía ver ni su cuerpo ni su rostro, pero algo muy dentro de mí me decía que la conocía de algo…

Resonaron unas palmadas a nuestras espaldas. Yuri no aprobaba la tardanza. Salimos. Fui mirando el suelo, pensando si esa mujer… ¡No! ¡No era Simona! O mejor dicho, esperaba que no lo fuera.

Casi nos chocamos de bruces con los hombres trajeados, que nos dedicaron una mirada burlona antes de ocultar sus rostros bajo unas máscaras negras que Yuri les había tendido. Tras penetrar en lo que llamaré «mazmorra», el canalla de Yuri cerró la puerta a su espalda y nos empujó hasta la habitación contigua. Una vez allí nos obligó a sentarnos en el suelo. Frente a nosotras había unos monitores. Solo dos permanecían encendidos, pero ambos enfocaban la misma estancia desde dos ángulos diferentes. Tuvimos que contemplar aquella aberración. Escuchar los desgarradores gritos de la muchacha, las risas y los gemidos de aquellos malnacidos que disfrutaban haciendo daño al prójimo. Abrumada por tanto horror, bajé la mirada un par de veces, pero Yuri me obligaba a levantarla pellizcándome con saña el cuello. Sasa, por su parte, se desbordaba en lágrimas que resbalaban por su rostro. Pero lo hacía sin emitir sonido alguno.

Nunca en mi vida me había sentido tan indefensa como en ese momento. Si aquello era lo que nos esperaba, quizá fuera mejor morir. La angustia me atenazó el corazón. No quería pensar que había nacido para acabar de aquella manera. ¿Era consciente papá de lo que hacía al entregarnos a aquellos seres tan inhumanos?

Los hombres se marcharon satisfechos y la joven objeto de su atención se acurrucó en una esquina. Lloraba inconsolablemente, con los muslos ensangrentados.

T-39, ve a limpiarla —ordenó Yuri, señalando la numeración en la ropa de Sasa. De nuevo me pregunté por qué yo no tenía mi propio número.

Mi nueva amiga, entre temblores, recogió la palangana medio llena de agua limpia y gasas que Yuri le señalaba. Salió del habitáculo y poco después apareció en el monitor, agachándose ante la joven que había sufrido aquella terrible experiencia. Laluska, impertérrita, accionó el botón que recogía las cadenas.

Sasa comenzó a limpiar a la chica, despacio, conmovida por lo que había visto. El agua de la palangana se fue tiñendo de rojo. De pronto Laluska se acercó e hizo algo que yo desearía no haber presenciado nunca. Arrancar la capucha a la muchacha.

Mis desgarradores gritos debieron de retumbar por todos los rincones del espacio cavernoso donde nos encontrábamos. Aquella desgraciada era mi hermana. Siempre tan dulce…, y ahora rota de por vida. Me abalancé sobre Yuri. Lo golpeé: solo quería llegar hasta Simona. Abrazarme a ella. Susurrarle al oído que me tenía a mí, que no nos separaría nadie, nunca. Pero me resultó imposible. Las carcajadas de Yuri aún hoy son pasto de mis sueños. Me agarró por las muñecas y me sacó de allí. No sé la distancia que me arrastró. Mi mente estaba con mi hermana. Con su padecimiento. Con la mentira de la vida. Lo que esperamos de ella sin ser dueños de nosotros mismos.

Yurkov nos estaba esperando. Vi un almacén con grandes fardos de dinero perfectamente plastificado en la pared del fondo.

—Por favor, déjeme ir con mi hermana —le supliqué, agarrándome a sus tobillos. Yurkov era el único que parecía tener allí algún sentimiento.

—No —respondió glacial—. Yo ya he cumplido.

Alcé la mirada y vi algo en sus ojos que no me gustó.

—¿A quién culpar? ¿A nosotros? ¿A papá? —sentenció luego.

Más de lo mismo. Razón no le faltaba. Podían ser unos demonios, sí, claro que sí, pero únicamente se habían limitado a coger lo que les habían ofrecido.

—Tu hermana ha pasado un mal rato, pero se recuperará. Considero más importante castigar a quien ha dado pie a esto. Tu padre. Por ejemplo, ¿qué te parece si le ofrecemos el puesto de centinela de este dinero que he de esconder para evitar la codicia de mis hombres?

Me levantó, tras limpiarme las lágrimas con un pañuelo. Ni siquiera podía imaginar el significado de aquellas palabras.

Gustav estaba tapiando con ladrillos la pared donde se amontonaban los fardos de dinero. Entonces lo vi. Era mi padre. Atravesado por las manos y los pies a la pared, con enormes clavos. Habían retirado la cortinilla de plástico que lo ocultaba. Gustav seguía con el trabajo, y el tabique ya ascendía hasta llegar a la altura del pecho de papá.

—¿Por qué, papá? ¿Por qué?

Aún estaba consciente y me reconoció enseguida. Se le escapaban lágrimas de sangre. Pero ya no me importaba. Quería que lo emparedaran. Era justo. Por Simona, por mamá, por mí. La furia no me dejaba ver lo que representó ese hombre agonizante en mi pasado.

—Perdóname, hija —me rogó con angustia.

Gustav seguía sin descanso. Masa, ladrillo, masa, ladrillo.

—Tuve que hacerlo. Tío Lail perdió mucho dinero… Lo asesinaron en el pantano de Prípiat y me obligaron a saldar la deuda con vosotros… ¡Perdóname!

La voz y los gritos se apagaron para siempre. Gustav había acabado el muro. Tras él quedaron los fardos de dinero, y también mi padre. Sentía tanta rabia que ni siquiera creí su explicación. Por desgracia, no mentía y en realidad no hice nada por detener su castigo. No atendí sus últimas súplicas…

Unas horas después estaba en el dormitorio de los múltiples susurros. Tumbada en mi hueco miraba ciega al techo oscuro. Había perdido a Simona y también a mi padre. Pero había hecho una promesa: algún día los mataría a todos. «Ese día llegará. Lo sé», pensé entonces. Sasa se acurrucaba a mi lado. Temblaba como una hoja. Me dijo que Simona le había dicho que me quería. Que no la olvidara nunca. Y no lo haré. Claro que no.

Los niños no levantan la voz. Susurran y me miran. Ahora soy tan desgraciada como ellos. Ellos son mi nueva familia.

Alma Reyes tuvo que dejar de leer. Había comenzado a hacerlo nada más llegar a casa, tras dar las explicaciones a la Ertzaintza. Silvana, siempre con su sonrisa, se acercó con una tila humeante en una taza de porcelana.

La necesitaba con urgencia. Lo que había leído le había dejado sin aliento. La crudeza del relato no tenía nada que ver con nada a lo que se hubiera enfrentado hasta ahora. Pero debía seguir. Por Gloria. ¿O debería llamarla Simona? Eran mil las preguntas que hubiera deseado hacerle en ese momento. ¿Quién era Gloria en realidad? ¿Qué más callaba? ¿Qué mundo era ese que siempre le había ocultado y hacia el que la arrastraba ahora? Sabía que fue violada por dos hijos de puta. Y también veía ahora que ella no fue la única, que había habido muchas más. Debía seguir leyendo, aunque primero templaría su agitación. Un leve respiro…

Y después, vuelta al horror.