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Yago tuvo que frenar para que pasara la ambulancia, que salía a gran velocidad con las luces puestas y la sirena activada.
Aquella explanada, que se convertía los domingos en el famoso rastro de Bolueta, tenía a un lado los pabellones y al otro, las vías del ferrocarril, y al final del camino asfaltado, una casona de fachada oscura con un cartel de neón sobre la entrada: DISCOTECA KIDS. Según se acercaba comprobó que había dos ambulancias más, tres coches patrulla de la Ertzaintza y un furgón del mismo Cuerpo policial, los compañeros de Atestados.
Estacionó su automóvil junto a una pared de cemento y suspiró. No era la primera vez que Vanesa se veía envuelta en problemas. Se secó las manos sudadas en los pantalones vaqueros y salió del coche.
Un agente, vestido con una indumentaria roja y negra y con la pistola reglamentaria enfundada, le recibió con gesto serio. Se llamaba Endika Zubigaray y había sido uno de sus mejores hombres cuando Mellado ocupaba su anterior puesto en el cuartel de Basauri.
—Arratxalde on, oficial —saludó—. Hemos separado a su hija del resto. Está en el furgón con Carlos.
—Gracias, agente. ¿Qué ha ocurrido?
—No le va a gustar: botellón en el prado que hay tras la discoteca, dos chicos envalentonados por el alcohol y con ganas de sexo invitan a unos gramos de coca a dos chicas y las llevan tras unos arbustos… —Torció el gesto al dirigir la mirada hacia la zona—. Total, que cuando ellas se niegan a mantener relaciones íntimas, intentan forzarlas por la brava.
—¡Dios! —Yago levantó la mano pidiendo un instante con la palma extendida. Esos segundos le sirvieron para imaginarse la escena y sentir cómo se le revolvía el estómago. Tragó saliva con dificultad y se atrevió a preguntar—: ¿Lo hicieron?
Zubigaray negó con la cabeza.
—No les dio tiempo —aclaró después en voz queda—. A lo más que han llegado estos chicos ha sido a… —Dudó un instante antes de proseguir en marcado tono confidencial—: Siento decírselo…, a unos cuantos bofetones y puñetazos.
Mellado se pasó la mano por el rostro. Empezaba a picarle la barba de tres días.
—¿Qué quiere decir con que «no les dio tiempo»?
—Según ha declarado Vanesa, un extraño vestido con prendas oscuras y con la cabeza cubierta por un pasamontañas surgió de improviso y golpeó a los chicos a lo bestia con una barra de acero, hasta dejarlos sin sentido. Uno de ellos tiene una rotura craneal y acaba de ser evacuado de urgencia al hospital de Basurto. El otro permanece en una ambulancia, sedado, con una severa rotura maxilofacial.
—¿Tenemos al agresor? —se interesó Yago, siguiendo la rutina de preguntas.
—No, señor, desapareció tal y como apareció. Pero dejó aquí la barra de acero —aclaró, ahora con firmeza profesional.
—¿Alguna descripción del sujeto? ¿Algún testigo que nos aporte algo? —Quiso saber Mellado, cuya frente presentaba nuevos surcos de preocupación.
—La amiga de Vanesa, Elena, tuvo la mala suerte de que le rompieran las gafas y los cristales se le clavaron en los ojos. No sabemos si los salvará la pobre. Al resto de los jóvenes los hemos metido dentro de la discoteca. Se está interrogando a todos aquellos que estaban en el prado, pero hasta el momento sin éxito. Es lo de siempre… Nadie vio ni oyó nada. La mayoría de estos chicos y chicas están «pasados» —concluyó con rostro sombrío, buen conocedor de la situación.
Su superior, sumido en un reflexivo silencio, asintió levemente con la cabeza. La vida de los jóvenes se estaba yendo a la mierda por culpa de las drogas, de la mala planificación familiar y, en gran medida, de una sociedad consumista y desestructurada que, en su opinión iba camino del abismo. Ponerle freno a aquello parecía imposible. El Gobierno central y lo mismo el autonómico que los políticos de las respectivas oposiciones, se escupían responsabilidades, pero solo de cara a la galería. No hacían absolutamente nada por solucionar la agotadora crisis que golpeaba a los más desfavorecidos, y que salpicaba también a aquellos jóvenes sin oficio ni beneficio que, además, necesitaban dinero para sufragar los vicios a los que se veían arrastrados. A su lado, Zubigaray carraspeó antes de continuar, sopesando bien las siguientes palabras:
—Y en cuanto a su hija, tampoco ha podido dar ningún dato. Debo decirle que…, pues que estaba bastante perjudicada —concluyó con lo primero que se le ocurrió. Era la forma más suave de definir su lamentable estado etílico.
—¿Ebria?
—Sí —confirmó, muy a su pesar, el agente primero de la Ertzaintza—. Y ha dado positivo en el control de drogas.
—Llévame ante ella.
El furgón estaba a un lado de la discoteca, frente a una furgoneta blanca que el oficial no había visto hasta ahora. Un equipo de los de Científica se había presentado en el lugar del altercado. Endika Zubigaray abrió la puerta de copiloto del furgón, donde se hallaba una chica envuelta en una manta, con la mirada perdida en algún punto del parabrisas.
—Aita —dijo secamente, sin girar el cuello. En ese «padre» con el que le llamaba siempre no había afecto.
—Vámonos a casa, Vanesa —indicó él con frustración.
La muchacha dejó caer la manta sobre el asiento y de un salto bajó del furgón, sin mirar a su padre. Este se despidió de Zubigaray y le hizo un gesto al agente de pelo rizado que había custodiado a su hija hasta el momento; el otro asintió mordiéndose los labios, como si comprendiese bien lo duro que era ser padre y policía al mismo tiempo. Luego Mellado echó a andar tras su única hija, que enfilaba el camino hasta el Passat sin esperarle.
Dentro del vehículo de tecnología alemana se podía cortar la tensión con un cuchillo. Las únicas palabras que salieron de boca del oficial fueron para ordenar a Vanesa que se pusiera el cinturón de seguridad. Durante el trayecto hasta su residencia en Arrigorriaga, localidad de la comarca del Gran Bilbao, ninguno de los dos soltó ni un monosílabo. Al menos con eso evitaban una conversación en caliente, de la que podían brotar palabras altisonantes y en sí muy poco acertadas.
Al llegar, Yago metió el coche en el garaje que había construido en el terreno adyacente a la casa familiar, y dejó que Vanesa saliera del vehículo y entrara en el hogar. Cuando la vio perderse tras la puerta, la ira contenida estalló. Golpeó sin control el volante y el salpicadero con los puños hasta despellejárselos. Después pateó la carrocería interna del coche por encima de los pedales. Como si un ataque epiléptico hubiera vencido la medicación apoderándose de su cuerpo, golpeaba también su espalda contra el respaldo del asiento. Segundos después, dolorido pero con las ideas más claras, se calmó y quiso relajarse fumando un pequeño purito que escondía en la guantera. Nadie sabía que a veces se permitía aquel pequeño placer, y que cuando lo hacía, siempre en soledad, era para celebrar algo o para atemperar los nervios ante situaciones que, literalmente, se le iban de las manos.
Unos diez minutos más tarde, ya más sereno, traspasaba la puerta de entrada. Su madre, Virginia —una mujer oronda con el pelo totalmente blanco y un delantal manchado de algo que parecía puré—, salió a su paso.
—¿Qué le sucede a la niña? Ha pasado corriendo sin darnos ni las buenas noches. La estamos perdiendo, hijo, la estamos perdiendo… —dijo quejumbrosa.
—Se ha saltado las clases de peluquería —mintió su hijo.
—¡Has vuelto a regañarla!
—¿Y el aitite? —inquirió Yago, intentando cambiar el rumbo de la conversación. Hablaba de su padre, pero hasta él había comenzado a llamarle «abuelo» en los últimos tiempos: el alzhéimer avanzado le había echado encima un siglo de un año para otro.
—Estaba dándole de cenar cuando Vanesa ha pasado como una exhalación.
—Enseguida estoy con vosotros. Voy a hablar con ella.
Dejó a su espalda a su ama, inmóvil como una estatua de mármol, y subió las crujientes escaleras de madera que, en espiral, conducían a la planta superior. Al llegar ante la habitación de su hija golpeó suavemente la puerta y sintió los pinchazos de dolor en los nudillos dañados.
—¿Puedo pasar?
No recibió contestación, pero entró de todos modos. Al menos por esta vez no había cerrado con llave.
La encontró sentada sobre la cama, con un pijama azul claro puesto, y mirándolo fijamente con esos ojos oscuros de pupilas dilatadas: dejaban a las claras que había consumido alguna sustancia. Su cara estaba pálida, casi tan blanca como la leche; el esperpéntico maquillaje aún sin borrar, con el contorno de los ojos y pestañas pintados de un negro lúgubre, y los labios perfilados con un morado oscuro. Se fijó también en los cuatro piercings habituales —dos en la ceja izquierda, uno en la nariz, otro en los labios—; el ataúd tatuado en el cuello; el pelo engominado, en forma de cresta; la cadena, con la cruz invertida apoyada en el pecho… No reconocía a su hija. Pensó que, en efecto, la adolescente se le estaba yendo de las manos.
—¿Estás bien? —preguntó él, con voz de desesperación y agotamiento.
—Puedes ahorrarte las preocupaciones.
Aquella áspera respuesta fue como un disparo a bocajarro. Con paciencia se sentó en la cama, junto a su hija.
—Está bien, cariño, no quiero saber cuánto alcohol has tomado ni qué te has metido, pero esto tiene que cambiar. Debes marcarte unos objetivos de provecho y dejar de lado estas fiestas que, como has podido comprobar, pueden ser muy peligrosas… —Se aclaró la garganta, esforzándose para seguir hablando en tono neutro, sin alterarse más, pero fue imposible: sintió cómo empezaba a palpitarle una vena en las sienes, y de repente estalló—: ¡Hostias, hija, que casi te violan esos desgraciados! ¿Es que no te das cuenta? ¿Tan estúpida puedes llegar a ser?
Vanesa le devolvió el golpe:
—¿Y no has pensado que tal vez yo les diera pie?
—Pero ¡qué diablos estás diciendo! —Yago no daba crédito a lo que acababa de escuchar—. ¿Estás mal de la cabeza?
—No, aita… Me dejo llevar por esta vida, simplemente —repuso ella, con marcado desdén.
—No quiero oírte más. Eres una niñata malcriada —le escupió él.
—En efecto, eso es lo que soy… Me separaste de amatxu.
Hubo una pausa tensa entre ambos. A Yago jamás se le escapaba la diferencia y no dejaba de hacerle daño: Vanesa cada vez era más fría con él, pero aún llamaba «mamá» a su madre.
—Sabes de sobra que eso no es así… Lo que te apartó de ella fue su maldita adicción al alcohol.
—Lo que tú digas, aita. Evitaste ayudarla porque dejaste de quererla y ahora me sermoneas con objetivos en la vida cuando el tuyo fue un asunto de bragueta, y preferiste sustituir a amatxu por la carne más joven de esa puta rusa.
Yago no pudo contenerse. Se lamentaría el resto de sus días de su visceral respuesta, pero el bofetón fue tan inesperado como violento, excesivo. Esa reacción le salió del alma. El impacto impulsó hacia atrás a Vanesa como un muñeco de peluche.
Su padre se levantó y se dirigió hasta la puerta. Allí, en el umbral, se detuvo para volver la cabeza solo por un instante.
—A partir de hoy te impondré unas normas. Y las acatarás aunque tenga que ponerte un par de escoltas… —insistió marcando las palabras—. ¿Me has entendido?
Vanesa se levantó con la diestra apoyada sobre la enrojecida mejilla.
—A partir de hoy, como tú dices, tus preocupaciones serán otras… ¡Te lo aseguro! —amenazó ella, con profundo resentimiento—. Desde que te separaste de amatxu me has dejado de lado… ¡Me culpas a mí cuando ni siquiera te acordaste de que ayer cumplía diecisiete años!