37
Noelia observó al hombre que acababa de entrar a rostro descubierto, y que acercaba una silla plegable frente a ella.
—¿Estás incómoda? —se interesó. Ella frunció el ceño. ¿Aquel tipo estaba bromeando? ¿Es que no comprendía la situación? ¿Por qué no se dejaba de tonterías e iba directamente al grano?—. Ya queda poco. Quiero que sepas cuánto admiro y agradezco tu colaboración.
Noe lo miró con dureza. No podía más. Estaba agotada. Destrozada en espíritu. Pero aún tuvo fuerzas para rebatir las palabras de aquel insolente.
—¿Colaboración? —La mandíbula le temblaba al hablar—. Obligación y manipulación sería más adecuado.
El hombre simuló una leve sonrisa, arqueando las comisuras de los labios.
—Lo desagradable es agrio de sobrellevar cuando aún no se ha recogido la recompensa, pero todo cambia cuando llega el final deseado… —Dejó transcurrir unos segundos para que ella evaluase sus palabras, ahora con el rostro cincelado por la desconfianza y la incomprensión—. No, no me conoces. —El hombre había respondido a la pregunta que rondaba la cabeza a Noe.
—¿Por qué todo esto?
—Es lo que se te debe… Piensa fríamente en tu pasado. Rodeada de tu madre, tu hermana. Tenías una vida por delante, y también personas con quienes vivirla… —resumió él con un aire de atenta concentración en la mirada—. El futuro te era desconocido. Una historia por descubrir. Un libro por escribir… Pero luego ¿qué ocurrió luego con la estabilidad y la felicidad acuñada al lado de tus seres queridos?
—¿Usted qué sabe? —Al segundo Noelia se arrepintió de seguirle el juego—. Su filosofía no me impresiona. Nunca he tenido pasado, mi presente es un caos, y mi futuro… —Se interrumpió un instante—. Mi futuro parece que se ha quedado sin páginas en las que escribirlo.
Él la miró con desconfianza.
—¿Es eso lo que crees?
—¿Por qué iba a pensar lo contrario? —preguntó en un tono bastante brusco—. Estoy atada y no tengo nada que me haga confiar en lo que me espera. En los últimos días he visto un asesinato, me han disparado…
—La incertidumbre sobre el estado de tu hija te ha convertido en nuestra «empleada». —Su semblante reflejaba una seria determinación—. Y solo por ella has logrado avanzar por todo tipo de situaciones… Y si la amas de verdad, debes creer por encima de cualquier circunstancia.
Noelia le lanzó una mirada iracunda.
—¿Situaciones? ¿Creer? ¡Que te jodan! ¿Por qué no acabas de una vez conmigo? —lo retó, tuteándolo por primera vez.
—Tu vida te pertenece. Todo esto que has pasado tiene su razón de ser… —El tipo, inalcanzable, frío y distante, seguía con su voz pausada—. Por el contrario, y a pesar de que pueda ser desagradable para ti, sí consideramos que las vidas de otros deben ser cuestionadas y hasta arrebatadas. El mensajero al que viste morir, por ejemplo, hizo méritos para acabar como acabó. Era el padre de Zaira, y también su azote físico y emocional. Con la madre te encontraste en el colegio. Viste todas las diapositivas. Todos esos niños y niñas… —Acompañaba sus gélidas palabras con el movimiento de la cabeza—. Ese matrimonio tuvo mucho que ver en sus desapariciones. Por eso decidimos prescindir de él, utilizando a unos yonquis que, sin revelarte mayor información, sí eran importantes para nuestro cometido. Te dimos la oportunidad de aplacar tu ira sobre la mujer y confirmaste lo que yo esperaba. Eres incapaz de cargar con una víctima sobre tu conciencia. Dejarte las tenazas y presionarte en la llamada era parte de lo previsto. Esa mujer todavía nos era de provecho, aunque su final deba ser el mismo que el de su marido.
—No soy una asesina, como tú… —repuso la madre de Vanesa con mal disimulada irritación.
—Escúchame bien, Noelia, y luego saca tus propias conclusiones… —El hombre se inclinó hacia adelante, hasta quedar a solo un palmo de ella—. Me llamas «asesino», pero el que tú no lo seas no te da la razón… No soy el único. Hemos heredado el anonimato, como sombras, siluetas, espectros. Cualquiera de esos nombres nos haría justicia… —Entrecerró los ojos, tal como si estuviera recitando una lección que debía dictar—. Pertenecemos a una agencia de investigación y actuación global.
»Años atrás movilizamos una iniciativa a favor de los más vulnerables: los niños. Muchos desaparecen, otros sufren vejaciones de todo tipo… Son secuestrados, asesinados, vendidos. El horror más crudo contra el más débil. Eso nos afecta. Nos ahogamos en el llanto de los familiares, nos rompemos ante la inocencia arrebatada. Tanto mal al que había que buscar una solución. Por eso nos comprometimos a poner remedio y reinventamos la justicia. Restablecemos el equilibrio, focalizando toda nuestra atención en aquellos indeseables que borran con actos vejatorios la sonrisa de un niño. Por eso, lo que tú defines como “asesinato” nosotros lo llamamos simple necesidad. De ahí que los padres de Zaira fueran señalados y, una vez cumplido el cometido planificado para ellos, es justo que sean… purificados.
El refinamiento de la palabra no ocultaba su significado, y un escalofrío recorrió a Noelia de arriba abajo.
—¡Están igual de locos que ellos! —estalló con un gesto de asco—. Infligir sufrimiento es inaceptable…
—No te estás haciendo la pregunta adecuada… ¿Por qué tu hija? —insistió el secuestrador tras un breve silencio—. Ella nos necesitaba…, como Zaira y tantos otros niños. —El hombre elevó el tono, cual profesor de instituto regañando una mala conducta de un alumno ejemplar—. Vanesa era el objetivo de hombres peligrosos y nos vimos obligados a protegerla. Tú eras inestable y tu ex, Yago Mellado, no tenía miras más allá de su propio trabajo. Tu hija ha estado a merced de la Providencia. Solo hay que ver lo fácil que nos resultó hacerla desaparecer para… poder darle nuestro amparo. Ocultarla era la opción idónea. La congoja, tu castigo y el de Yago.
Aquellas palabras sí hicieron mella en Noe, que dejó caer la cabeza sobre el pecho en gesto de claro abatimiento.
—Yo… yo… —farfulló. La voz se le quebraba y le sonó ronca, como si tuviese telarañas metidas en la garganta.
—Esos tipos peligrosos se encontraban aquí, y por eso aprovechamos el momento para utilizarte y tenderles la trampa. Encendimos la luz del Clio para que se percataran de que estabais allí, y abrimos el hueco en la valla para que no os quedara otra alternativa que correr hacia la fábrica. Dirigiros allí era la mejor opción para sacar a la comadreja de su guarida. Era necesario confundirlos para acelerar nuestra intervención.
—Me… me dispararon…
El varón negó con la cabeza.
—No corriste ningún peligro. Había dos francotiradores apostados cerca, para tu seguridad. Siempre te hemos tenido vigilada. Tu vida sí nos importa.
Noelia, que iba de sorpresa en sorpresa, no salía de su aturdimiento.
—¿Y esa chica, Alma?
—Ella, al igual que tú, se mueve por grandes emociones. Tú amas a tu hija, y obligándote a colaborar con nosotros lo has demostrado. Y ella amaba a…
—Gloria.
—Correcto. Gloria era mi compañera. La contraté por su convicción. Bajo la tapadera de reporteros, ella como periodista y yo como fotógrafo, ejercimos nuestro cometido en varios países donde el pecado de niños y niñas es haber nacido… —El hombre sacudió la cabeza. Sin duda recordando los horrores vividos—. Niños sacrificados en la venta de órganos, la guerra o la explotación sexual, e incluso… —¿Le estaba temblando la voz?—. Joder, hay personas que incluso los compran para comérselos bajo el pretexto del poder rejuvenecedor de su carne y su sangre. Yo lo vi con mis propios ojos… —Su voz se quebró en esta ocasión mientras apretaba las mandíbulas—. Nos sentimos satisfechos por lo que hacemos, y Gloria era la más dispuesta. Sin duda la mejor. No había término medio en su postura. No tuvo compasión por nadie y necesitaba provocarles dolor… ¿Qué valor tiene la sonrisa de un niño? ¡Muchísimo! ¿Qué vale la vida de quien les borra esa sonrisa? ¡Nada…!
El fotógrafo Jean Guignou, también conocido como Juan Guillón, sacó una fotografía y se la tendió a Noelia.
—Gloria tenía un objetivo que se tornó debilidad. Vengarse y vengarte a ti… Esa obsesión hizo que cometiera un error. Yo estaba con ella el día que un hombre bajó de un coche y le disparó a quemarropa en la cafetería donde nos encontrábamos. Me estaba hablando de ti, ¿sabes? Lo eras todo para ella.
Noe reconoció a la mujer que yacía en un charco de sangre. Los años no habían cambiado tanto los rasgos de su hermana. Un torrente de emociones surcaba incontenible sus mejillas.
—Nunca contestaste las cartas que te envió —le recriminó él.
—Las quemé… Quemé toda la correspondencia que llegaba escrita en el idioma que repudié. —Los ojos de ella relampaguearon. Quiso proteger a su familia y tomó medidas drásticas para separarse de ellos: volvió a beber para alejar a Yago y a Vanesa y liberarlos de lo que le ocurrió en el pasado, por miedo a que la hubieran descubierto. Ahora, todo lo que oía cambiaba las cosas—. Pensé que las cartas eran de ellos, aquellos cerdos… Y eran de Simona. —Los lamentos de Noe se volvieron desgarradores.
—Gloria se equivocó al mecanografiarlas… Se lo dije, pero no me hizo caso. Temía tu reacción. Tenías una vida nueva. Ni siquiera se lo comentó a vuestra madre… Jamás le dijo que te había encontrado. Cuando compraron el vestido de comunión para Vanesa y se lo regalaron, le ocultó que era su nieta a quien se lo obsequiaba.
—Recuerdo que Yago me habló de su jefe y de su misteriosa pareja… ¡Oh, no! —A Noelia se le mudó el semblante al comprenderlo todo de golpe.
—Vuestra madre murió. Antes de que la asesinaran, mi compañera llevó las cenizas al lugar donde la vida os respetó… Ahora, ambas descansan en la tierra que las vio nacer. Debías saberlo. Te hemos utilizado para hacer posible la última voluntad de tu hermana, y también la venganza… —Juan Guillón apretó las mandíbulas antes de continuar con sus duras revelaciones—: De las mismas personas que os arrancaron la inocencia y que ahora querían arrebatarte a Vanesa… —El hombre secó las lágrimas de Noe con ambas manos—. ¿Sabes por qué os llevamos hasta El Observatorio? Vuestra recompensa era descubrir el paradero de esos niños. Salvarlos te honrará y Alma tendrá así una historia que contar. Lo siento, de verdad.
Juan Guillón se levantó. Trasladó la silla. Alzó la trampilla y descendió por el hueco mientras, de espaldas a Noelia, se arrancaba los postizos de la cara.
—¿Sabes que hay personas que escriben sobre la esperanza para seguir creyendo…? Igual que hiciste tú. —Dicho esto desapareció, y la trampilla cayó con estrépito.