EL PEQUEÑO PRÍNCIPE

El pequeño tirano.

AH, LOS NIÑOS. INOCENTES, DULCES, maravillosos, atávicos niños.

De eso nada. El niño es, en esencia, un pequeño dictador al que hay que educar. Indefenso, diminuto, débil, viene sin manual de instrucciones, pero con un código genético de supervivencia que le permite sobrevivir en las condiciones más adversas. A costa de su madre, de la que absorbe los nutrientes y a veces, la vida. A costa de la salud mental de los padres, si no come, no duerme, no crece.

El niño es un arma letal adorable a la que más vale conducir por el camino correcto, o darle hermanos que lo coloquen en su lugar. La idolatría al nieto único, la dedicación de los abuelos a los niños, mientras los padres intentan ser proveedores, se ha convertido en un arma de doble filo. Por un lado, nunca los niños han encontrado tanto respeto, cariño y atención. Por otro, nunca han sido tan conscientes de su posición en la familia y de su poder.

La práctica totalidad de los niños sobreviven al nacer. Muchas de las frustraciones de los padres anticipan ese estado: son estériles, o han padecido algún aborto, o conciben o engendran a los niños en situaciones límites. Los bebés son, por lo tanto, fruto de mucha espera, mucho dinero y gran sufrimiento. A diferencia de hace dos generaciones, cuando los padres intentaban, por salud mental, no encariñarse mucho del niño hasta los tres o cinco años, en la actualidad las expectativas depositadas en los hijos son descomunales.

Maravilloso que los niños cultiven su autoestima. Los problemas surgen cuando lo único que manejan es su ego, y no encuentran límites ni educación en la empatía y las emociones. Surgen entonces los pequeños Príncipe y Mendigo, o Hombres de la Máscara de Hierro, incapaces de conectar con la más nimia emoción si no la experimentan en persona. Son pequeños tiranos, que no dudan en berrinches como los de la niña del exorcista si no se salen con la suya.

Los padres creen que madurarán. Nunca hay que perder la esperanza, pero cuanto menor es el niño, más fácil es modificar su conducta. Los niños, incluso los más santos, son hipersensibles a la atención. Potenciarán o no actitudes si se les aprueba o no. El caos de la vida de los adultos hace que en ocasiones se les premie con atención negativa, o no se recompense, como en el hijo pródigo, al que de verdad se esfuerce. No se enseña a ser padres, pero se puede aprender.

En un momento de sobrevaloración de la maternidad (algo menos de la paternidad… todas las famosas afirman su deseo de ser madre; los varones aceptan ser padres), dar a luz a un hijo supone un conflicto que hay que resolver. Todo cambia: la privacidad, los roles, el trabajo, las prioridades. Muchos hijos se convierten en herramientas de padres dañinos, que los utilizan en cuestiones monetarias, de poder o como rehenes. No es obligatorio tener hijos: sí lo es educarlos de la mejor manera posible.

Hay parejas que se enfrentan a la titánica tarea de un hijo por fecundación asistida, o por adopción; por generoso que sea su interés, esos niños corren riesgos. Han sido demasiado deseados, se pagó dinero por ellos, si no se es cuidadoso, captarán esa emoción difusa. Se sentirán pequeños príncipes. No deben caer en manos de padres débiles o narcisistas.

Los niños, egoístas, impetuosos, directos, resuelven gran parte de los conflictos emocionales que sufren en el terreno de la ficción. Así, los cuentos, las películas, los videojuegos, permiten resolver en abstracto dudas reales. Aún resta un largo camino para que la psicología y la psiquiatría infantil solventen todos los problemas. Pero la toma de conciencia de la salud mental de los niños ha crecido exponencialmente. Hiperactivos, superdotados, trastornos límites, autistas o muy compensados reciben ahora una ayuda de la que carecían hace veinte años.

Desde el siglo XVIII la idea de la bondad innata de los niños ha sido un tópico. Por mucho que los hechos y los estudios lo hayan desmentido, continúa imperando. Pero no: existe una minoría, muy escasa, de niños asesinos. Nacieron psicópatas, y el medio no inhibió su agresividad. Algunos, como Jon Venables y Rob Thompson, mataron a un niñito en Liverpool (1993). Provenían de entornos terribles, y reprodujeron su conducta.

Quizá el caso más notable de niño asesino de menores sea el del Petiso Orejudo, un chaval nacido a finales del siglo XIX en Buenos Aires. El muchacho se llamaba Cayetano Godino, y era hijo de un napolitano sifilítico y maltratador. Inmerso en la pobreza, su infancia osciló entre la calle y las escuelas de las que era expulsado.

Inició su carrera delictiva a los siete años, cuando golpeó a un bebé de dos. Con ocho, intentó matar a pedradas a una niñita de dieciocho meses; aunque le sorprendieron, fue absuelto por su poca edad.

El Petiso había experimentado la excitación que llevaba la tortura, y se preparaba para su primer asesinato. Una nena de tres años, María Rosa, enterrada viva en un terreno sobre el que luego se edificó. Nunca se halló su cadáver. Mientras se buscaba a la niñita, Godino era denunciado por sus propios padres por ensañamiento con animales domésticos. El niño contaba con nueve años, y sus padres confesaban su incapacidad para controlarlo. Dos meses de reclusión no sirvieron para nada. Hasta que el chico cumple los doce, la familia pedirá constante ayuda. No aprende nada, es sádico y agresivo. Su estancia en un reformatorio sólo agudiza el problema. Su familia cree que quizá el trabajo lo redima.

Más crímenes: un niño de dos años, al que ahoga. Otro de similar edad, al que quema los párpados con cigarrillos. A partir de 1912, su actividad se recrudece. Propicia incendios, asesina a menores, a niños muy pequeños, cada vez con mayor sadismo. Mata a puñaladas a animales mayores (yeguas).

Cuando lo detuvieron, el Petiso se debatió, mintió e intentó huir. Ya condenado, lo trasladaron a la prisión de máxima seguridad de Ushuaia. Como en la época la idea de la maldad asociada al físico imperaba, le redujeron las orejas, en un intento de reducir su perversión.

Pese a la otoplastia, su maldad no disminuyó. Sus peticiones de libertad nunca fueron atendidas. Murió después de matar a la segunda mascota de la cárcel. A la primera, un gatito, la arrojó al fuego. Al segundo gatito le clavó una punta en la cabeza. Los presos, indignados, lo asesinaron. Contaba diecisiete años de edad.

La psiquiatría, no digamos la criminal, se encontraba en pañales cuando diagnosticaron que el jovencito de quince años era un alienado mental. Sus conocimientos no pasaban de su firma y saber contar hasta cien. No sabía leer ni escribir. Se apuntaba a que un grave abandono social le había perjudicado. Fue considerado irrecuperable e impulsivo. Luego llegó su muerte.

Ni siquiera me imagino encontrarme en la situación en la que un padre atento detecta un hijo psicópata. El horror debe competir con la protección; la necesidad moral de contarlo, con el secreto. Es una desgracia. Pero el psicópata se hará con la suya. No hay padres, ni madres para un psicópata. No existen límites, ni control paterno. Tomen conciencia. Mala suerte, pero nació un asesino en su familia.

En Seseña, Toledo, una niña de trece años, Cristina Martín, fue agredida y muerta por dos compañeras de escuela. Con una de ellas mantenía una relación de fuerte rivalidad. La golpearon, pero la muerte ocurrió porque dejaron que se desangrara por una herida en la muñeca durante dos días. La asesina contaba con catorce años, y fue condenada a cinco de internamiento y tres de libertad vigilada. La otra muchacha cumplió una pena mucho menor por encubrimiento. Corría el año 2010, y la familia de la víctima, como tantos otros, se planteaba qué hacer cuando el enemigo era un asesino.