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Enone

Narración de Casandra:

Cuando llegué al lugar donde solía hallarla, junto a la orilla del Escamandro, grité su nombre varias veces, pero no me oyó o no quiso responderme. Me encaminé hacia el monte Ida llamándola, subí la ladera, me interné en el boscaje en busca de uno de los olmos donde los campesinos habían construido un pequeño altar en el que depositaban ofrendas de flores y frutas para las ninfas. No la hallé. A riesgo de que algún aqueo me encontrara, seguí buscándola por los alrededores, cuevas, encrucijadas, manantiales. Era preciso hallarla pronto; el tiempo era de gran importancia, mi hermano Paris se moría.

Pensé muchas cosas, que se había marchado con su padre a Frigia, que sabía el estado de mi hermano y el dolor la había paralizado, que no quería verme. Al fin, desesperada, me senté bajo un sauce junto a un manantial, y entonces vi que unos juncos se movían. Allí estaba. Me levanté de un salto.

- Enone, por fin. Vamos, ven conmigo a Troya.

Hasta entonces no había reparado en su expresión hosca, en su mirada oscura, en la deliberada lentitud de sus pasos y de sus gestos. Su voz no era la misma de siempre, salía de un lugar lóbrego de su ser. No se movió.

- Paris se muere -dije-, ya debes de saberlo.

- ¿Para qué me quieres, Casandra? -preguntó en un tono extraño, otra Enone que no era mi amiga.

- Para que le cures -contesté con un hilo de voz.

- ¿No puedes hacerlo tú misma, los médicos de la corte, los sabios sacerdotes de Apolo?

- Los seres humanos no podemos expulsar la muerte del cuerpo de un hombre cuando ésta lo ha tomado.

- La vieja Nila no es un ser humano.

- Ella sabe matar. No puede curar a nadie. Pero ¿qué te ocurre? No te comprendo. Me hablas y no te conozco, eres mi amiga pero eres otra.

- Que lo cure la reina de Esparta.

- Ella no puede hacerlo.

- Él prefirió a una mujer que ha sido su desgracia, ahora tiene lo que se merece.

No la creí. Me parecía imposible tanta crueldad en un ser tan noble. El despecho, el rencor, el afán de venganza la habían trastornado.

- Ven conmigo a Troya; no sabes lo que dices.

- Que lo cure ella -repitió.

- Si haces eso -dije-, actuarás contra tu propia naturaleza. Si te dejas llevar por malos sentimientos, éstos te romperán el alma. Paris morirá, pero tú serás desdichada. No dejes que suceda ni lo uno ni lo otro. Entra en razón y acompáñame.

Pero no atendió mis razones, ni escuchó mis palabras, ni se conmovió por la muerte de París. Yo no podía permitirlo. Quise obligarla, llevármela a la fuerza. Me dirigí hacia donde estaba, la así con violencia de un brazo y eché a andar.

- Vamos. Vendrás conmigo quieras o no.

No se puede luchar contra los seres de otro mundo. Apenas había dado dos pasos cuando me di cuenta de que la mano que sujetaba a la ninfa estaba vacía. Me volví hacia atrás y no vi más que tinieblas. Oí el susurro de los juncos, el agua al romperse. Me acerqué, la plácida superficie aún se movía. Ella ya no estaba.

Habían puesto a París en un lecho en medio de uno de los grandes salones del palacio. Arrodillada a su lado, Helena, con la cara maltrecha de dolor, sostenía su mano, al otro lado mi madre veía una vez más morir a uno de sus hijos. En la larga mesa de banquetes, junto al fuego central, los médicos y los sacerdotes se afanaban en preparar pócimas, en mezclar hierbas, en hacer emplastos. Mi padre y mis otros hermanos se hallaban cerca del lecho, en corros, junto a las puertas y columnas, estaban sus oficiales, los cortesanos, los grandes de Troya. Fuera, el pueblo esperaba su muerte.

Yo alivié mi angustia ayudando a mi maestro Laocoonte a preparar los emplastos para cubrir sus heridas, a hacerle beber las pócimas que aplacaban su dolor. Logramos que entrara en un estado de profunda laxitud, en el que no podía vernos ni oírnos pero tampoco padecer dolor alguno. Supimos que había muerto cuando Helena estalló en llanto. La mano de mi hermano había dejado de presionar levemente las suyas y cayó flácida sobre el lecho.

Preparamos el cadáver, lo limpiamos y amortajamos. Después sus hombres lo llevaron en unas angarillas sobre sus hombros hasta la base de la pira situada en la explanada frente al palacio. Fue mi hermano Deífobo quien se encargó de prenderla. Yo permanecí en mi asiento, junto a mis padres y hermanos, mirando el fuego, oyendo los cantos de los sacerdotes, los gemidos de las plañideras. Asistí de nuevo al espectáculo de ver a los suplicantes cortarse mechones de cabellos y arrojarlos al fuego. Junto al humo del incienso que salía de los muchos incensarios situados en la plaza o transportados por los sacerdotes, vimos subir la gran columna de humo de la pira. Entonces sentí a mi lado el roce de una mano o quizás de unos cabellos. Me volví y creí ver a Enone entre la multitud llorosa de la gente del pueblo. No sé si fue real o una impresión falsa provocada por el dolor. Yo no volví a verla nunca, ni en el Escamandro ni en el monte Ida o aquí en Aso. Jamás ningún campesino o viajero me dio noticias de ella. Días después de dar sepultura a Paris se oyeron por la ciudad ciertos rumores. Unos niños decían haber visto a una mujer arrojarse a la pira; también lo aseguraron varios vendedores del mercado. Luego, la habladuría creció, como sucede con estas cosas, hasta agrandarse y convertirse en leyenda. En el futuro los bardos cantarán que una ninfa ardió por propia voluntad junto al hombre que amó. Yo nunca lo creí; el cuento me parece demasiado aterrador. Prefiero creer que Enone se halla en algún lugar de Frigia confortablemente instalada junto a su padre el río Cebrén. Y que no se halla en Troya, porque Troya ya no existe y sería para ella demasiado doloroso, al igual que para mí, contemplar sus ruinas o ver un futuro lejano y extraño en el que es reconstruida por gentes ajenas, asiáticos o acaso colonos griegos, y habitada por forasteros a los que no conoce y que no son descendientes de ninguno de nosotros.

Poco tiempo después de la muerte de Paris, Helena fue prometida a Deífobo por designio de mi padre. Creo que en el fondo de su corazón se alegró de no ser una viuda desvalida.