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El arquero Filoctetes
Narración de Herófila:
Perimedes fue el encargado de ir a Lemnos con Podalirio. Odiseo y Agamenón decidieron que en la expedición no podían faltar los mejores médicos del campamento. Fueron en una nave de Odiseo, junto a éste y Diomedes, también les acompañaba Neoptólemo, llamado Pirro, el rubio, el hijo de Aquiles recién llegado de Grecia.
Hallaron a Filoctetes en Lemnos. Llevaba una vida de ermitaño, se dedicaba a la caza y a la pesca y cojeaba ligeramente de la pierna izquierda a causa de la vieja mordedura de una serpiente. Lo hallaron vestido con pieles sin curtir, muy sucio y desaliñado. El pelo y la barba, largos, enmarañados, le cubrían el rostro, de modo que era difícil reconocerlo. Había pasado años solitarios y dolorosos en los que alimentó el rencor hacia los compañeros que lo habían abandonado. Vivía en una casita en lo alto de una colina boscosa cerca de la playa. Divisó con facilidad la nave de Ítaca, porque cuando empezaron a subir la colina oyeron gritos, y grandes piedras cayeron rodando por la pendiente mientras el hombre medio salvaje les insultaba desde lo alto. No hubo muertos ni heridos en una reyerta que fue más de palabra que de verdadera violencia, las flechas que les disparó les pasaban a una distancia inadecuada para un arquero tan diestro a menos que no quisiera herirles. Filoctetes había adelgazado, aquellos años de soledad y dolor le habían cubierto el pelo de canas y la cara de arrugas. Pero era un hombre bondadoso y, en cuanto tuvo frente a él a sus compañeros, en especial a Diomedes, a quien tenía en mucha estima, la alegría por volverles a ver fue superior al resentimiento y no tardaron mucho en abrazarse y perdonarse.
Luego les invitó a comer y a beber. Hizo una exhibición de su habilidad con el arco por si alguno de ellos la hubiera puesto en duda. Fue el mejor y lo seguía siendo. Pero su torpe pierna izquierda le impedía moverse con la agilidad que convenía a un arquero. Cuando llegó la hora de la modorra tras el banquete los médicos hicieron su trabajo. Filoctetes había bebido tanto vino que se durmió profundamente. A continuación, Podalirio y Perimedes le cortaron de la herida la carne podrida, la limpiaron con vino y le aplicaron hierbas curativas y anestésicas. Entretanto, Odiseo buscó por la casa y los alrededores hasta encontrar enterrados, bajo un olivo del pequeño huerto, el arco y las flechas de Heracles, que eran imposibles de confundir por su tamaño, sus perfectas proporciones y la noble y dura madera con la que estaban hechos. Discutieron sobre cómo convencerle para que fuera con ellos a Troya llevando consigo esas reliquias. No fue necesario ningún esfuerzo. Cuando Filoctetes despertó, les contó que había soñado con Heracles. El héroe le había aconsejado que fuera con ellos a Troya. «Nada más llegar debes retar a Paris en duelo. Troya debe caer por segunda vez con mis flechas. Pero no podrán hacerlo sin Neoptólemo, el hijo de Aquiles, ni tampoco sin ti.» Todos obedecieron.
Narración de Casandra:
Otro hermano muerto. Descubrí que para entonces era incapaz de sentir nada, mi corazón se había vuelto duro como una piedra. Tuve una visión. Fue tan espantosa, con tanta fuerza y realismo como las primeras. Me desmayé, tuve fiebres y vómitos y poco pudieron hacer las pócimas de Ctimene. Cuando salí del trance quise avisar a Paris, como tiempo atrás lo había hecho con Troilo y Héctor, de nuevo la necesidad inevitable y urgente de hablar se apoderó de mí. Ctimene decía que en aquellos momentos terribles mi voz se volvía más grave, mis ojos más brillantes y toda yo tenía un aspecto de desesperada ansiedad que provocaba el miedo o el rechazo. La maldición de Apolo perturbaba la memoria de los que oían mi voz, de los que la oyeron durante años sin creerme. No recordaban. Se mostraban desconfiados en cuanto yo me excitaba. Esas actitudes suspicaces provocaban en mí aún más el deseo de persuadirles. Cada gesto malicioso, cada palabra de rechazo, me incitaban como caballo fustigado. Era un horrible círculo vicioso, yo estaba desbocada y Ctimene en vano pretendía manejar las bridas.
- Señora, cálmate -me suplicaba-. No salgas del cuarto, te prepararé un cocimiento para dormir. Duerme y olvida lo que dices haber visto, mañana no lo recordarás.
- ¡Estúpida! ¿Crees que mañana no lo recordaré? Lo haré todos los días de mi vida.
- Sabes lo que sucederá si te ven en ese estado, si escuchan de tus labios lo que acabas de decir. Me estremezco sólo de pensarlo, es horrible, y aún sería más horrible si alguno de tus hermanos te pegara o tu padre te encerrara de nuevo.
- Paris va a morir. Debo avisarle -dije.
- Señora, recuerda la torre. Los días enteros sin ver la luz del sol, ni el mar de Troya, ni sentir el aire en la cara. Recuerda el frío, la oscuridad, la soledad, princesa, no hay nada más horrible que la soledad.
Todo fue en vano, nada podía detenerme.
- Debo decírselo a mi hermano.
Eché a andar en dirección a la puerta. Ctimene intentó detenerme asiéndome del brazo, yo le di un empujón y la pobre cayó al suelo con todo su enorme corpachón. Se echó a llorar.
- Señora, no digas a nadie esas cosas tan espantosas. Nadie merece oírlo. Por todos los dioses y por tu Apolo, no hables.
Pero yo ya estaba camino de los aposentos que Paris compartía con Helena. Eché a correr por los largos pasillos decorados con hileras de muchachas bellamente ataviadas, peces y olas del mar en los zócalos, las constelaciones en el techo, azul por todas partes. El cielo y la tierra me observaban. Salí a uno de los patios. El viento me dio en la cara, frío y violento como una bofetada. No corrí sino que volé hasta donde estaba Paris. Se hallaba en su dormitorio con Helena, ella le masajeaba los hombros con aceite de romero, el olor del cuarto era agradable y penetrante, el cuerpo de Paris brillaba. En un diván, junto al lecho, se hallaban el arco, las flechas dentro de su carcaj, todas las armas perfectamente limpias y preparadas. «Por última vez», pensé, «a menos que acceda a rechazar el desafío de Filoctetes».
En esta ocasión no fue necesario decir nada, no pude, no me dejaron. Algo en mí les asustó, mi rostro desencajado, el desaliño de mis ropas, quizás el olor a vómito que todavía me impregnaba, o los ojos brillantes de fiebre. Toda yo daba miedo. Helena se puso pálida. Paris saltó del lecho como un gato.
- ¿Qué haces aquí? -gritó.
Me tomó del brazo y me condujo hacia la puerta de salida.
- Vete, profetisa de desgracias, ave de mal agüero. Pareces un cuervo, toda entera negra como los pájaros de la muerte.
- Paris, escúchame -dije-, te lo pido por los dioses, por tu Afrodita a la que veneras.
Me dio una bofetada con tal fuerza que me tambaleé.
- Calla, no nombres a Afrodita ni a ningún otro dios. La única de la que eres digna es Hécate, la señora de la muerte y la magia. Dicen de ti que eres una bruja y lo creo. Nunca me quisiste y yo nunca te quise. Estás loca. Dijiste horrores de mí, me insultaste delante de nuestro padre, delante de toda Troya. No he olvidado tus despropósitos ni tu desprecio. No puede ser bien nacido quien vaticina la desgracia ajena, y no finjas dolor, no me conmueve tu rostro sufriente, es como el de las plañideras, aunque estés pálida y desencajada, disfrutas con tu perversa tarea.
Helena se acercó a nosotros y trató de apaciguar a su esposo. Yo fui a hablar, pero él me tapó la boca con una de sus fuertes manos.
- No te escucharé.
Así, con la boca cerrada a la fuerza, asiéndome por la cintura y llevándome en volandas, me sacó de la habitación y me condujo hasta el patio. Luego ordenó a un guardia que me tomara del mismo modo.
- Está loca. Llévatela de aquí y que la encierren en su cuarto.
No fue necesario que el hombre me tratara con tal violencia. Me desmayé. Las palabras de mi hermano me habían herido sin compasión.
Narración de Herófila:
Mi señora estaba junto a mí en la muralla. Frente a nosotras, ante las filas aqueas y junto a su hermano Menelao, se hallaba Agamenón. Casandra y él cruzaron una mirada, de amor, de odio, no puedo saberlo. Mi señora había tomado la costumbre de enviarme cada día, a determinada hora de la mañana, a la terraza más alta de la ciudadela. Mi respuesta era siempre la misma. Ella no decía nada, apenas esbozaba una ligera sonrisa, pero resplandecía. Entonces la imaginaba bella y feliz, tal como habría sido si su Destino hubiera sido otro.
Para entonces ya habíamos visto las suficientes batallas como para intuir quién ganaría el duelo. El arco de Heracles era de dimensiones tan grandes, de aspecto tan rígido y pesado que creí que nadie, salvo el gran héroe, podría doblarlo y tensar su cuerda. Pero Filoctetes no sólo lo logró sino que lo hizo con la facilidad de los grandes arqueros, el arco era una prolongación de su brazo, la flecha una continuación de su mano. Sin embargo, su primera flecha falló, pasó rozando la cabeza de Paris sin herirle siquiera. A continuación llegó el turno del hijo de Príamo, y éste hirió a Filoctetes en el hombro izquierdo. El ejército troyano aclamó a su príncipe con gritos de alegría, pero la flecha apenas había atravesado la coraza y la herida era tan superficial que no restó fuerza ni pericia a Filoctetes. Era un hombre valiente y se creció. La segunda flecha hirió a Paris en la mano izquierda, casi la atravesó de parte a parte. Supe que estaba perdido. Mi señora, a mi lado, temblaba.
- Ya está -dijo-, ya está.
La mano perdía mucha sangre. Todos conocíamos a Paris, sabíamos que no era tan valiente como su rival, el miedo y la vacilación le harían fallar. La siguiente flecha del príncipe cruzó el aire y fue a clavarse en la blanda tierra de la llanura. Ahora eran los aqueos quienes gritaban enloquecidos de alegría, de ardor. De todos los troyanos, a Paris era a quien más odiaban. Una nueva flecha de Filoctetes le hirió en el muslo, la herida era mortal. Entonces miré hacia mi derecha, donde se hallaba Casandra, pero la princesa había desaparecido. Supuse que no quería ver morir a su hermano de tan lenta y cruel muerte, que se habría refugiado en el palacio con las demás mujeres de su familia, sus damas y esclavas. Pero ella no era como las demás. En esos momentos se hallaba corriendo por las calles de Troya, no en dirección a la ciudadela sino al reducto por el que solíamos entrar y salir de la ciudad. Paris renqueaba, de la herida del muslo brotaba la sangre en tal cantidad que me horroricé. Oí cómo de las filas aqueas salieron gritos que pedían a Filoctetes que lo matara. Eran hombres de la tropa, pero luego escuché con claridad la voz de Menelao. Los griegos no estaban dispuestos a dejarlo con vida. Paris casi se arrastraba cuando su hermano Deífobo se acercó a él y le habló para infundirle valor. En verdad me sorprendió la resistencia de aquel hombre que no era valiente, que se hallaba muy lejos de tener la fortaleza del gran Héctor. La cuerda de su arco estaba tensa, su flecha señalaba la cabeza de su rival. De haber podido, tal vez hubiera acertado el tiro, tal vez hubiera atravesado el cráneo de Filoctetes, pero no pudo. El aqueo fue más rápido, la flecha de Heracles cruzó el aire tan velozmente que apenas fue vista hasta que se clavó en el ojo derecho de Paris. Su grito de dolor fue amortiguado por los de alegría de las filas aqueas. Enseguida los troyanos rodearon al príncipe malherido. Menelao no cesaba de gritar a las huestes griegas que lo atraparan. Luego se lanzó a la carrera, espada en mano. Pero un grupo de soldados tomaron a Paris y entraron con él en la ciudad. En ese instante vi cómo Agamenón miraba hacia el lugar vacío que, junto a mí, había dejado Casandra.