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La despedida de un héroe
Continúa la narración de Herófila:
Mi señora me ha pedido que narre este episodio por dos razones, porque ella fue incapaz de presenciarlo y porque se trata de una gesta guerrera de tal fuerza y nobleza que enseguida supe que era uno de esos hechos dignos de ser recordados. La primera noche que Demódoco llegó a La Gruta de las Ninfas, se lo conté y, aunque él ya lo había escuchado, no lo conocía en profundidad, porque no fue testigo como yo lo fui. Le mostré unas notas que había escrito, una simple historia y un intento de versificarla. Pero como él es más sabio y experto que yo en el arte de la composición, le pedí que se ocupara de llevar a cabo esa labor, y aceptó enseguida con agrado. Pero no es más que un pequeño fragmento de esta larga historia. Mi señora hace bien en no olvidar nada y contar todo tal como sucedió desde el principio hasta el final. Con el tiempo, Demódoco u otros aedos se ocuparán de convertir esta historia en canciones que los hombres escuchen y recuerden.
Héctor desafió a Aquiles, tal como había decidido y anunciado. Avisado éste, que pasaba el tiempo sin salir de su tienda, respondió a los heraldos que se había retirado del combate, y renunció así a la lucha. Entonces los aqueos eligieron a Áyax el Grande. Mi señora y yo nos encontrábamos en nuestro lugar en la muralla cuando los hombres de ambos bandos se retiraron para dejar el campo libre a los dos caudillos. Ver a Áyax armado con sus armas de bronce, su enorme escudo que le cubría casi por entero, rojo y fiero como Ares, enorme como un titán, sobrecogía y atemorizaba. Con un nudo en la garganta, pensaba que la tierra iba a estallar bajo uno de sus enormes pies cuando avanzara un paso hacia Troya. Vi a mi señora temblar a mi lado y supe que tenía una de sus visiones. Aquella noche apenas había dormido pensando en lo que vio junto a Helena en la muralla, ella abrazada a la estatua de Atenea, sangre, barro, violencia, la imagen tambaleándose, cayendo y rodando por el suelo. La visión la perturbó tanto, que no bastó la adormidera y tuve que recurrir al acónito. Cuando estuvo más tranquila, me dijo:
- ¿Hay algo más espantoso que profanar una imagen sagrada? ¿Hay algo que atraiga más la desgracia? Algo terrible me va a suceder por causa de un malvado.
Nunca creí a Casandra. Sus palabras caían en mí como gotas de lluvia sobre un tejado. Únicamente me preocupaba tranquilizarla y calmar su dolor, darle las drogas necesarias y dejarla luego dormida en su lecho con la mente y el corazón en paz. Ahora no dice nada; cree que su poder consiste en callar. Por su forma de comportarse comprendo que cree conocer el destino de todos nosotros. Aun así, a pesar de todo cuanto sucedió, prefiero no escucharla. No la creía, es cierto, pero sus palabras me perturbaban. Mientras trataba de calmarla, una voz infame me decía:
«Cállate, ave de mal agüero, hija del Hades, maldita de los dioses. Calla y no turbes mi paz, no aturdas mi mente ni atormentes mi corazón. Si es la verdad lo que dices, habíale a un pozo y ciégalo después, y si es mentira que la Diosa Señora del Universo selle tus labios. No quiero oírte, loca. Nadie quiere oírte. ¿Es que no ves cómo la gente se espanta cuando hablas, demente? ¿Es que no ves cómo los tuyos te castigan y te evitan? Calla de una vez». Mucho me arrepentí de pensar esas cosas terribles, pues amaba mucho a mi señora, pero el corazón del ser humano es débil y su mente necia y confusa.
Los dos contendientes salieron de sus filas y avanzaron hacia el centro de la llanura. Áyax llevaba su enorme escudo de siete capas de cuero que casi le cubría por completo, brillaban las armas de bronce de Héctor, sus reflejos se movían a su paso por el polvo de la llanura. Llegaron a estar frente a frente, como dos toros que se embisten, como dos dioses de la guerra.
Aquel día, ante la presencia de Ayax el Grande, mientras temblaba, empezó a balbucear como hacía siempre, pero a medida que hablaba sus palabras se hacían más claras y cercanas. Áyax estaba maldito. Había ofendido a los señores del Olimpo en Áulide al rechazar los sabios consejos de su padre afirmando que no necesitaba la ayuda de los dioses para vencer.
- Qué mala muerte tendrás, Ayax -gritó Casandra-, la peor de las muertes, la más innoble, pobre guerrero tonto. Nunca tendrás la gloria, mas qué digo la gloria, generaciones enteras se burlarán de ti, tu última hazaña hará reír a los borrachos en las tabernas. He ahí a Áyax el Grande, que luchará contra una manada de ovejas, he ahí la grandeza de los aqueos. Mirad al noble hijo de Telamón, que parece un dios, sabed que yacerá en una tumba sin nombre, para que su pueblo pueda olvidarle.
Como los centinelas y las mujeres que estaban junto a nosotras en la muralla empezasen a mirarla y a murmurar, le dije:
- Señora, nos están mirando. Vete a descansar a tu cámara, si lo deseas yo te acompañaré.
Ya había comenzado la lucha. La lanza de Ayax erró el tiro, la de Héctor también. Ambos contendientes sabían cómo moverse para evitar los golpes mortales, incluso Áyax, a pesar de su corpulencia, se movía con agilidad. No pidieron una segunda lanza, se despojaron de los escudos y de sus yelmos, deseaban el combate cuerpo a cuerpo y desenvainaron las espadas. La de Héctor fue la primera en alzarse, era el más rápido. Brilló el bronce en el aire. Entonces Casandra dijo:
- La espada de Héctor, la espada.
Luego se tapó la cara con las manos.
- Héctor, no; no quiero ver más.
Se fue. Y debo decir que yo, y los que estábamos allí, nos sentimos aliviados.
Sería alrededor del mediodía cuando mi señora se marchó, el sol estaba alto, en la cumbre misma del cielo. Luego fue bajando, y sus rayos, que antes caían rectos, se volvieron oblicuos, las sombras se alargaron, la de la muralla, con sus torres y almenas, empezó a cubrir parte de la llanura. Los que observábamos seguíamos el combate con el mismo inmóvil interés con el que éste se desarrollaba. Lucharon a espada varias horas, los metales se cruzaban y se volvían a cruzar, el sonido de los golpes llenaba el silencio. Ninguno de los dos desfallecía lo suficiente como para que resultase herido o muerto. Ambos hombres parecían invulnerables. Nunca comprendí cómo alguien de la corpulencia de Áyax tenía tanta agilidad y rapidez para repeler con éxito los golpes de Héctor, cuyo instinto de guerrero hacía de cada una de sus acometidas un ataque mortal. Ni tampoco creí que éste, cuya complexión física carecía de la magnitud de la de Ayax, tuviera el mismo vigor que el gigante.
Finalmente, cuando el sol estaba cerca del monte Ida y las sombras de los combatientes se alargaban por toda la llanura, Áyax abandonó la espada y tomó una maza que llevaba sujeta al cinturón. Duró en su mano un suspiro. Héctor se la arrebató de un certero espadazo y la sangre brotó de la mano de Ayax, pero no fue más que un arañazo. Áyax estaba desarmado. Héctor arrojó su espada. Ambos se despojaron de sus corazas y quedaron cara a cara solos, con la única arma de sus poderosos cuerpos.
Un golpe tras otro era esquivado. Ahora Áyax caía y volvía enseguida a levantarse, luego lo hacía Héctor y del mismo modo se reponía. En varias ocasiones cada uno recibió del otro una lluvia de puñetazos. El agredido caía, permanecía tumbado unos momentos, que todos creíamos definitivos, pero volvía a levantarse, cubierto de polvo y sangre, pero diríase que más bravo y con más fuerzas. Incluso cuando estaban agotados, los golpes perdían fuerza y los movimientos rapidez, parecían favorecidos por uno de esos dioses olímpicos que protegen a los guerreros, la inteligente Atenea o el violento Ares. Debo decir que los que estuvimos allí vimos un espectáculo singular.
Sucede a veces que hay hechos que trascienden la realidad física, y los nobles sentimientos de los hombres son más intensos que la violenta enemistad. El sol se ocultaba, la luz menguaba, sus gestos perdieron la expresión feroz del principio y a ésta le sucedió la del cansancio, la del estupor, y finalmente la de la admiración y el respeto. Durante unos momentos mágicos los troyanos y los aqueos no fuimos enemigos sino espectadores cautivados. Cuando finalmente el sol se ocultó y los heraldos los separaron, ambos hombres se hallaban de rodillas abrazados, quizás sosteniéndose el uno al otro, quizás intentando un último golpe, o quizás rindiéndose ambos ante la gallardía del contrario. No hubo vencedor ni vencido.
Cuando se levantaron jadeantes, cada uno elogió el valor del otro. Se intercambiaron regalos en prueba de mutuo reconocimiento. Ayax entregó a Héctor su brillante cinturón de púrpura y oro, Héctor a Ayax su espada tachonada de plata.
Un presentimiento me dijo que este último detalle debía ocultárselo a mi señora.