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El regreso de Enone
Continúa la narración de Casandra:
No volví a estar junto a Agamenón hasta que todo terminó. En ocasiones, cuando subía a la terraza y me situaba en el lugar adecuado con mis más llamativas ropas, permanecía allí hasta que él se dejaba ver, otras veces lo encontraba enseguida entre sus hombres, mirando hacia Troya, pero ya no nos contemplábamos durante largo rato sino que al instante uno de los dos se retiraba, como si la presencia del otro nos resultara a la vez codiciada e insoportable. Ese juego duró los lentos años que precedieron al desenlace de la guerra.
En apariencia, todo seguía igual, parecía como si los troyanos, los dioses, el cielo y la tierra se hubieran acostumbrado a la presencia de los aqueos, a su asedio, sus pillajes y sus piraterías. Los vientos del norte llegaban puntuales cada invierno, nevaba en la cumbre del monte Ida, aparecía escarcha sobre el alféizar de mi ventana, mi madre y sus compañeras celebraban los festivales a Dioniso, se procesionaba el enorme falo de madera por las calles de la ciudad, se embriagaban y copulaban bajo los soportales de las casas, los aedos cantaban historias junto al fuego durante las frías veladas, los sacerdotes sacrificaban corderos o caballos a Apolo o Atenea, las muchachas vírgenes ofrecían un mechón de sus cabellos al fuego del altar de Artemis. Al llegar la primavera, Afrodita regresaba de su retiro, cantaban los cuclillos, libaban las abejas, los campos florecían y los vientos soplaban desde el sur, a veces suaves, otras fogosos como si el cielo ardiera, y al llegar el verano los profetas y sacerdotes de Apolo bajaban en procesión al son de címbalos y cítaras, entre una nube de incienso y vapores de laurel, cantando sus augurios, nuevas profecías que se sumaban a las ya existentes. El contacto con los dioses nos permitía imaginar una paz ilusoria y tan sólo aparente. Éramos siervos de su voluntad, tal como la llama de una vela: si alguno de ellos soplaba, Troya desaparecería en la eterna oscuridad.
Mis padres habían sentido el paso del tiempo, dejaron de confiar en los dioses, en el Destino e incluso en ellos mismos; se hicieron viejos. Durante aquellos años, el maduro semental, el astuto y arrogante rey de Troya se convirtió en un anciano melancólico, cambió sus lujosas vestiduras por gruesos mantos en los que se arrebujaba, aun en pleno verano, como si un frío imposible de combatir se hubiera alojado en sus ya frágiles huesos. Mi madre perdió su belleza. Continuaba haciendo su espectacular entrada en el salón de banquetes, pero ya no deslumbraba, su rostro excesivamente pintado, sus frágiles cabellos peinados aparatosamente, sus gruesas caderas y sus flácidos pechos que en vano intentaba sostener con cinturones de oro causaban cierta vergonzosa tristeza; en esas ocasiones, todos fingíamos admirarla, pero ocultábamos nuestras miradas en las sombras. Mi hermano Héctor ardía de rabia. Deseaba la batalla a campo abierto, pero debía conformarse con evitar los ataques e incursiones, proteger a la flota y mantener el abastecimiento de la ciudad. Las noticias que nos llegaban de nuestros aliados en Asia Menor eran atroces, sus habitantes, continuamente hostigados, se refugiaban en las montañas, sus ejércitos debilitados no podían acudir en nuestra ayuda. Aquiles destruía una a una las ciudades costeras. El último mensaje llegó a interrumpir uno de los banquetes con los que tratábamos de infundirnos ánimos. Un mensajero se presentó en la sala con semblante trastornado y aspecto de mendigo. Esa noche infausta tuve, por primera vez, ocasión de presenciar la fortaleza de ánimo de mi cuñada Andrómaca, que resultó ser del mismo temple invulnerable que su marido. Aquiles había invadido su ciudad, Tebas Hipoplaciana. Su padre Eetión y sus siete hermanos varones habían muerto, las mujeres de su familia habían sido vendidas como esclavas en los mercados de Asia. Andrómaca no dijo una palabra. Se levantó, anunció a Héctor que se retiraba, hizo una reverencia a mis padres y salió de la sala subiendo las mismas escaleras que mi madre había bajado minutos antes, pero ahora todos los ojos estaban fijos en ella; en el más absoluto silencio observamos cómo su figura erguida llegaba sin tambalearse hasta el último peldaño. Héctor estaba pálido, su mano crispada sobre el vaso de oro. Supe que sentía lo mismo que yo; quizá no era justo, tal vez el odio en ocasiones es más fuerte que el amor, no pensaba en su esposa, por quien sentía un gran amor, sino en el hijo de la nereida, en Aquiles. Como yo.
Narración de Herófila:
Por suerte, mi señora Casandra era hija del rey Príamo y princesa de Troya, lo cual significaba que una sola de sus fíbulas para sujetar los vestidos o un alfiler para sus cabellos tenía suficiente valor para sufragar los servicios de cualquier carpintero, escudero, forjador o soldado de a pie, que lo consideraban pago, incluso excesivo, por el acto simple y carente de esfuerzo de contar lo que veían u oían. La mayoría de ellos no se molestaban en cuestionarse la moralidad de sus actos, y yo había adquirido la suficiente experiencia para identificar enseguida a los listos, discretos y poco escrupulosos. Entre la tropa de a pie y auxiliar del ejército aqueo existía cierto descontento y mucha nostalgia, igual que todavía sienten ahora que la guerra ha terminado; siguen aquí, en Aso, a la espera de que sus jefes ordenen la partida, mientras terminan de reunir el botín del que apenas participarán en una mínima parte. De modo que no me fue difícil conseguir informadores. El único inconveniente era el miedo a que les descubrieran. Por lo demás, hasta el más humilde servidor de mesas es capaz de atender una conversación y recordarla con fidelidad a cambio de una o dos piezas de plata. Existen además los que disfrutan, o son curiosos por naturaleza, o se convierten con el hábito y ponen ojos y oídos incluso a lo que no se les ha indicado. Casandra jamás me preguntó el nombre de mis espías, ellos tampoco sabían quién les pagaba. Mi principal informador se llamaba Perimedes, y era ayudante de Macaón, el médico del ejército. Debido a su oficio, podía salir con frecuencia del campamento con objeto de recoger las hierbas, hojas o raíces que su jefe le indicaba. Era un hombre listo y hábil que se había visto obligado a dejar en Grecia a una hermosa mujer y dos hijas. Para asegurarme aún más su fidelidad, me uní a él en varias ocasiones, y debo decir que no me hizo ascos a pesar de que yo ya no era una mujer joven. Por otra parte, en los alrededores de los ríos existían muchos lugares donde verse a escondidas, cañaverales, alamedas, grutas disimuladas entre matorrales.
Mi señora Casandra recibía bien mis informaciones, mal mis peticiones, pero solía traer escondida entre las sencillas ropas con las que acudía a nuestros encuentros una bolsa de cuero llena de oro y plata.
Una tarde que nos encontrábamos sentadas junto a la orilla del Escamandro vimos llegar hasta nosotras a una mujer. Casandra se levantó de inmediato.
- Enone -exclamó.
Comprendí más tarde el estupor de mi señora. Me contó que la última vez que vio a la ninfa era la amante de Paris, al que aún todos creían hijo de un pastor de bueyes. Un ser radiante y feliz.
Estaba casi desnuda, llevaba una corta túnica rasgada y sucia, y el cabello enmarañado cubierto de hierbajos. Su rostro se hallaba tan deformado por la tristeza que era imposible apreciar una belleza que no era humana. Yo nunca había visto a uno de aquellos seres, pero sabía que eran alegres y voluptuosos. La mujer que se acercó a nosotras era más parecida a una sombra del Hades que a una risueña hija del río. Llevaba sobre el brazo un manojo de flores y hierbas, y cuando vio a Casandra sonrió apenas, pero sus ojos, hasta entonces vacíos, brillaron. Mi señora la abrazó.
- Enone, estás enferma -dijo Casandra. A continuación examinó las hierbas que llevaba la ninfa.
- Nada logra aliviar mi melancolía. Estoy enferma de celos y de maldad. Me han dicho que siguen juntos y que se aman. Dicen eso, pero yo no creo en el amor de una adúltera. ¿Y no ha de volver a Esparta? Contéstame, Casandra, ¿no regresa con Menelao?
- Bien sabes que no.
- Si tuviera valor, mataría con mis propias manos a esa mujer. Apenas duermo ni me alimento, sólo pienso en ellos, en ellos dos juntos. Me la imagino muerta y me siento feliz, pero sé que no ha de morir, la maldita.
- ¿Dónde has estado, Enone? No he sabido de ti en mucho tiempo.
- Estuve en Frigia para olvidar, y ya ves que ha sido inútil. Pero -dijo, como si de repente hubiera percibido mi presencia- ¿quién es ella? No todos los mortales pueden verme y oírme.
- Es una amiga, si te incomoda puede irse.
- No importa -dijo indolente-, si los dioses copulan con mujeres y las ninfas enloquecen por un hombre, ¿por qué tu amiga no habría de escucharme? Que Zeus y Apolo se enfaden conmigo. He perdido a Paris, nada peor puede sucederme.
- Mi hermano no merece tu amor. Olvídate de él, mi pueblo sufre. Tenemos miedo.
- Pidamos a los dioses que sean compasivos. Quiero que me prometas una cosa, dile a Paris que aún le amo, que estoy enferma de amor. Dile que con esa mujer jamás tendrá paz.
- Lo haré -prometió Casandra.
- Te diré lo que sé -afirmó Enone-. El padre Zeus lo ha urdido todo. No olvidó invitar a Eride a las bodas de Tetis y Peleo, fue un acto deliberado porque deseaba el conflicto. Primero jugó con esas tres diosas celosas, luego con tu hermano y la adúltera griega, después con los aqueos, con la avaricia de tu padre, con la ambición de Agamenón y de los otros príncipes. Él quiere la guerra.
- ¿Por qué? -preguntó Casandra.
- No sé. Demasiados hombres, demasiadas tribus ruidosas, por lo visto, alteran su sueño y sus noches de amor. Pero no temas, está de vuestra parte. Y no quieras saber más.
Sin embargo Casandra estaba obsesionada con Aquiles.
- Una cosa tan sólo. ¿Cuándo regresará el hombre que mató a mi hermano Troilo? -preguntó mi señora.
- Sus naves están de camino. Él, su amado Patroclo y Áyax vienen cargados de oro. Pero me voy, no quiero seguir hablando. Sabrás lo que has de saber cuando el Destino lo disponga.
La ninfa había echado a andar camino del monte Ida. Casandra la llamó. Ella no hizo caso y continuó andando. De pronto, se volvió y dijo:
- El mundo está loco, los hombres y los dioses están locos. Mas por el amor que te tengo, princesa, acuérdate de un nombre: se llama Nila, es una vieja sibila que vive en la ladera del monte, y que los dioses nos protejan.