SEGUNDA PARTE

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En la torre

Fue un invierno muy frío. Soplaba casi continuamente un viento del norte que traía gotas de lluvia y a veces duras bolas de granizo que se estrellaban contra las ventanas. Ctimene se encargaba de tener siempre vivo el fuego de la enorme y húmeda estancia en la que me habían recluido. Sentada en un diván y envuelta en una piel de oso pasaba las lentas horas del día sin decir palabra, con los ojos fijos en las llamas como si éstas pudieran dar la respuesta a mis conflictos. De vez en cuando una de las ventanas se abría, el golpe seco me sobresaltaba y miraba a mi alrededor con angustia, como si temiera que alguien hubiese entrado, quizás algún espíritu maligno. Ctimene corría a cerrarla, lo que no era fácil, la torre estaba en malas condiciones y había sido restaurada con prisas desde que a mi padre se le ocurrió que era un buen lugar para mí, para que me curara, dijo, o para que la soledad me serenara, o quizás para escarmentarme, para no verme, mejor: para no oírme, para que nadie en toda Troya me oyera. El gran Príamo me encerró acaso por orgullo paterno maltrecho o por vergüenza, o -eso se me ocurrió mucho después- por miedo, y seguramente con dolor. A pesar de todo, me amaba, no lo dudé jamás.

Algunas de las hendiduras de las altas e inclinadas paredes, en un principio destinadas para observar el cielo, habían sido tapadas con gruesos maderos, otras con espesos pergaminos aceitados por los que entraba la luz del día, aunque a veces el viento y el frío eran tan intensos que Ctimene se veía obligada a cubrirlos con pieles o tapices y nos quedábamos a oscuras, sólo con la luz del fuego y de las lámparas, insuficientes para alumbrar la enorme estancia cuyas oblicuas paredes parecían estar llenas de sombras y de pequeños remolinos de viento que giraban en sus esquinas arrastrando por el suelo polvo, cenizas, pelo de las pieles e, inexplicablemente, alguna pluma de pájaro o alguna hoja seca. Debía de existir alguna grieta que la pobre Ctimene no atinaba a encontrar pese a que la buscaba sin cesar, pues creía que por allí entraba el frío maligno que se le metía en los huesos.

En la puerta habían apostado dos centinelas y un par de esclavas que acudían de inmediato a satisfacer cualquiera de nuestras peticiones, ya fueran necesarias o meros caprichos. Pero no se me permitía salir.

Ctimene se aliviaba comiendo, en especial dulces y platos refinados, por el contrario, yo perdí el apetito y sólo ante su insistencia probaba un poco de pan o de carne. Logró salvarme de que me convirtiera en el espectro que ya empezaba a parecer gracias a su conocimiento de las propiedades de las hierbas y de la fabricación de pócimas. Así que transformó un rincón del cuarto en una especie de laboratorio o cocina lleno de calderos, marmitas, matraces, retortas, morteros, botes y artesas donde preparaba infusiones de genciana, ajenjo y ruibarbo para abrirme el apetito, sopas de col, hinojo y brócoli o de apio y achicoria para fortalecer mi organismo, y extractos de lúpulo, meliloto y toronjil para curar mi insomnio, ya que dormía poco y mal. A pesar de darme extracto de belladona, acónito e incluso cicuta en pequeñas dosis, apenas logró que remitiera la violencia de mis ataques; durante los meses que pasé en la torre sufrí los trances más dolorosos y atroces, más aún que los pasados en plena guerra, porque, para entonces, ya estaba acostumbrada a los horrores, había aprendido a controlarme por medio del ejercicio de la serenidad, y las pócimas medicinales que tomé durante mucho tiempo terminaron por hacer un efecto beneficioso en mi mente y mi organismo.

Pero, durante el tiempo que pasé en la torre, prácticamente no había día que, con mayor o menor intensidad, no sufriera ataque, trance, visión o simplemente acceso de llanto incontenible. Quizá este estado se debiese no sólo a la maldición de Apolo, sino al frágil estado de mi ánimo.

Dijeron que desde el hallazgo de Paris y la entusiasta acogida de mis padres, yo me convertí en un ser insoportable, furioso, voluble y malhablado. No lo recuerdo con claridad, para mí fueron días de confusión y desasosiego, a pesar de las continuas fiestas y banquetes que se celebraron en la ciudad y en el palacio en honor de Paris. Mi hermano Heleno y mi bella hermana Laódice me acusaron de celos, y Deífobo dijo por primera vez lo que todos creyeron después, que estaba loca. A mi madre le mortificaba mi comportamiento, y la actitud severa de mi padre aumentaba a medida que me negaba a asistir a algún banquete o reunión en la que Paris se hallara presente. Por desgracia, hice caso omiso de los consejos de mi sensata Ctimene, que me recomendaba sumisión y humildad, porque de lo contrario terminaría por provocar las iras de los miembros de mi familia. No se equivocaba. Un día pedí audiencia a solas a mi padre. Esta vez me acogió no con fingida indiferencia sino con auténtica severidad. Comenzó por recriminarme mi proceder con una de sus largas y envolventes charlas con las que acostumbraba a persuadir a sus interlocutores. Yo no le escuché, mis ojos nerviosos no podían mantenerse quietos y se movían de un objeto a otro de la habitación, lo cual debió sin duda irritarle. Apenas terminó de hablar le dije sin más:

- Padre, los oráculos dicen que Paris es funesto para Troya y que todos nosotros sucumbiremos por su causa. Ha traído consigo la desgracia.

Mi padre puso un gesto tan hosco que casi no le reconocí.

- No mientas, Casandra, ninguno de los sacerdotes ha confirmado lo que dices, y se han leído las entrañas de muchos animales sacrificados desde que él está aquí. Es más, escucha bien lo que voy a decirte: prefiero que caiga Troya a que muera el hijo maravilloso que acabo de recuperar; al fin tu madre y yo hemos hallado la paz y nuestros corazones arden de amor por él.

Naturalmente, no hablaba en serio. El gran Príamo seguía pensando que Troya era invulnerable, y su poder indiscutible.

Me despidió con un gesto, y salí de allí pensando en cómo asesinar a Paris. De hecho, buena parte del tiempo que estuve encerrada lo ocupé en planearlo.

Mi padre mandó construir para él un pabellón junto al de mi hermano Héctor. Puso a su disposición varias mujeres, entre las que prefería a una nubia de grandes pechos y grupa de jaca sobre la que solía decir entre carcajadas que le dejaba tan seco como la ubre de una cabra vieja. Había olvidado por completo a Enone.

Todos le reían las gracias, alababan su belleza, le agasajaban con lisonjas y regalos. Troya era entonces un nido de cortesanos aduladores, desde el más insignificante al más alto de los funcionarios, desde el noble de más alcurnia al mercader de menor rango. Sabían que con la simpatía de Paris ganaban los favores de los reyes de Troya. Por otra parte, su belleza no carecía de gracia y de un especial e infalible talento para atraer la admiración de los demás. A menudo he observado esa facultad en individuos innobles o mediocres: suplen con encanto su carencia de virtudes de modo más o menos deliberado o espontáneo.

En cierta ocasión cometí un acto que acaso fuera la causa que hizo decidir definitivamente mi reclusión. Siempre he sufrido con demasía mis errores, y negarme a Apolo fue el mayor de ellos, me di cuenta la funesta noche de nuestro encuentro, en el mismo momento en que cubrí mis senos desnudos desafiando su deseo e incumpliendo mi promesa, pero la deuda que había generado mi insensatez aumentaba como el oro de un próspero comerciante. Sucedió durante un banquete al que mi madre me obligó a asistir. Una hermosa muchacha cretense bailaba una provocativa danza, vestida a la manera de ese pueblo, con los gruesos pechos desnudos, los pezones pintados de rojo, la cintura muy ceñida por un ancho cinturón y una amplia falda de volantes que al moverse dando vueltas sobre sí misma mostraba sus largas piernas. Sacó de un cesto un par de serpientes, dos inofensivas culebras pardas que se ciñeron a sus brazos, a su talle y a sus senos, y mientras danzaba las acariciaba e incluso acercaba su boca a las de ellas. Luego apareció un pavo real y dos hermosas palomas blancas que revolotearon a su alrededor. Era un hermoso espectáculo que representaba a la Diosa Madre cretense, la Señora del Universo. Mientras esto sucedía en el centro del salón y todos los comensales admiraban la danza, tuve una visión. Vi a Paris junto a una mujer, una bellísima mujer de largos cabellos dorados y ojos transparentes; estaban sentados a una mesa y habían terminado de cenar; junto a ellos, el marido de ella dormía borracho. Paris derramó un poco de vino sobre la mesa, y con él escribió: «Paris ama a Helena», luego la besó mientras le acariciaba un seno. Volví un instante a la realidad, me temblaban las manos de un modo incontrolable, las escondí bajo la mesa para que Laódice, Creúsa y su esposo, mi primo Eneas, que se sentaban a mi lado, no percibieran mi alteración. Sentí una opresión en el pecho que casi me impedía respirar. Miré hacia donde se sentaba Paris y vi en sus ojos una luz de lascivia tan intensa como repugnante. Dijo algo al oído de un cortesano, y éste, que era un hombre servil y rudo, pidió alzando la voz y siguiendo las instrucciones de mi hermano.

- ¡Eh, muchacha! Mete esas serpientes debajo de tu falda, queremos verlas corriendo por tus muslos y aún más arriba.

Como Paris se echara a reír, y también su grosero lacayo, todos hicieron lo propio, ya fuera sinceramente o por complacer al mimado príncipe. La muchacha dejó de bailar y nos miró con estupor. Durante mi vida había visto toda clase de rituales y espectáculos relacionados con el cuerpo, algunos de ellos me repugnaban, otros no sólo los observaba sino que yo misma los practicaba con gusto en honor de la Gran Señora de la vida. Durante el solsticio de verano o en las festividades de Dioniso, hombres y mujeres copulaban libremente por los campos y los montes con las caras cubiertas con máscaras de animales, desnudos y embriagados, cambiando de pareja o uniéndose en grupos. Y aunque algunas voces de hombres empezaban a alzarse en contra de estas costumbres alegando que implicaban engorrosos problemas de paternidad, los troyanos seguíamos practicándolas con fe y devoción, también con placer. El caso de la pobre bailarina cretense era distinto. Me pareció que pretendían obligarla a hacer algo contra su voluntad. Era una muchacha muy joven, seguramente poco experta, y aún desconocía la repugnante lascivia de algunos hombres. Sentí compasión por ella.

Yo continuaba temblando; la opresión de mi pecho subió hasta mi garganta y fue como si tuviera fuego dentro de ella. Continuaba mi visión, tan real como lo que ahora sucedía en medio del gran salón. Paris y la hermosa mujer, llamada Helena, metían en sacos y baúles toda clase de joyas y objetos preciosos, saqueaban un palacio, lo vi muy bien, era mucho más modesto que el nuestro pero estaba embellecido con ricos adornos. Abrían alacenas, vaciaban baúles, cofres y arcas, sus esclavos cargaban con toda clase de muebles y enseres, vi collares, ajorcas, anillos, perlas, nácar y ámbar, adornos de jade, cubiletes de oro y hasta lienzos bordados, todos arrancados de su lugar, hurtándolos con prisas como hacen los vulgares ladrones. Después corrían embozados en gruesas capas con el rostro cubierto, huían en plena noche, subían a un barco. A continuación, una confusión de cascos, espadas, sangre; el ruido del metal de las armaduras retumbaba en mis oídos, gritos de guerra me perforaban los tímpanos. Intenté inútilmente que cesara llevándome las manos a la cabeza, cubriendo mis oídos, cerrando los ojos.

- Casandra -exclamó Laódice.

Mi primo Eneas me tomó en sus brazos y trató en vano de sujetarme, pues yo temblaba convulsamente. No sé cómo me repuse, pues sentía que el espanto se había apoderado de mí. Me levanté. Se había hecho el más absoluto de los silencios. Todos los ojos estaban vueltos hacia mí, pero no me importaba otra cosa que las palabras que me quemaban en la garganta, tenían que salir o ardería por dentro. Hablé:

- Necios hombres de Troya, ¿qué habéis hecho? ¿Qué estás haciendo, padre mío? Has dejado entrar a un lobo en un redil de ovejas. No te dejes engañar por la gentileza y el encanto de aquel que, en mala hora, has sentado a tu derecha, pues no son más que falsas virtudes de quien no es sino un demonio de vicio y lujuria.

Se levantó un murmullo, oí palabras de censura y condena, pero no me callé.

- Ese hombre -dije señalando a Paris- traerá consigo a una mujer extranjera a quien robará a su marido, y con ella llegará el desastre. La guerra, la ruina de Troya.

A una orden de mi padre, mis hermanos Heleno y Deífobo avanzaron hacia donde yo estaba. Seguí hablando:

- Padre, aleja a ese hijo tuyo de aquí, que no vuelva a pisar nuestra tierra, ni a respirar nuestro aire, que no duerma bajo nuestro techo, que sus ojos no vean más el cielo de Troya, o nuestra vida, la de todos nosotros, será corta y dolorosa. Yo, Casandra, lo profetizo en nombre de Apolo.

En ese momento, mis hermanos llegaron junto a mí, me tomaron por los brazos, me levantaron en vilo y me transportaron hacia la salida del salón. Mi desesperación iba en aumento a medida que observaba la incredulidad y la incomprensión. Con seguridad debí de parecer una loca, sentía mi boca llena de saliva, me resbalaba por el mentón y el cuello. Traté con tanta rabia de desasirme de mis hermanos que Heleno, que era el más débil, se tambaleó y estuvo a punto de caer. Mi fuerza era enorme, mi cólera también. Mientras me sacaban de allí yo seguía hablando, ahora gritando con voz ronca, fanática:

- Guardaos de ese perro, fornicador de una serpiente extranjera. Padre…

Pero mi padre ni siquiera me miraba.

- Padre, protege a Troya, protege a tu pueblo. Hazlo o los dioses te castigarán por ello.

Me sacaron de allí y me llevaron por la gran escalera camino de mi dormitorio, pero cuando estábamos en medio del gran corredor Heleno me dio una bofetada con tanta rabia que caí al suelo.

Dejó en mi mejilla la huella de su anillo y empecé a sangrar. A continuación Deífobo me asestó un puntapié en el costado.

- Toma, loca -dijo.

Gemí de dolor, pero mis hermanos no se conmovieron. Cayeron sobre mí puñetazos y patadas. Creo que grité pidiendo socorro a Héctor, pero por desgracia Héctor estaba en Tebas visitando a su prometida Andrómaca, con quien contraería matrimonio en breve. Aún siguieron pegándome. No lo recuerdo bien porque casi había perdido el conocimiento, pero creo que les mordí los tobillos varias veces, y tuve que hacerlo con mucha furia, porque tiempo después observé que Heleno bajo sus vestiduras sacerdotales ocultaba la cicatriz que le dejaron mis dientes. Después oí las voces de mi madre y de Ctimene y los golpes cesaron. Me llevaron a mi cámara y permanecí en la cama varios días, mientras escuchaba el sonido de las sierras y martillos de los albañiles que reparaban la torre.

Los moratones me duraron varias semanas. La pobre Ctimene me curaba con emplastos de árnica e hipérico, mientras a duras penas contenía las lágrimas.

- ¿Crees que estoy loca, Ctimene? -le pregunté en una ocasión.

- No, señora.

- No mientas.

- No te miento, princesa. No sé lo que te ocurre, pero sé que no estás loca, de eso estoy segura, tu mente razona con más entendimiento que la de muchos de los que conozco.

Tenía algo importante que decirle, algo que llevaba meditando durante días. El viento del norte traía consigo ideas confusas, violentas ráfagas de pensamientos indescifrables. Pero finalmente yo vencía, mi quietud absoluta en ocasiones y la voluntad desesperada de no permanecer impasible ante el desastre me daban la respuesta, la claridad, la luz. Y, entonces, el helado, silbante viento era un sabio maestro.

- En ese caso, confías en mí.

- A ciegas, señora.

- Pues escucha bien lo que he de decirte, porque es de la mayor importancia.

- Sí, señora.

- Quizá Paris tenga que viajar a Grecia.

La pobre Ctimene me miró con asombro.

- No he oído nada de eso.

- Es muy posible que lo haga, a pesar de que ruego a los dioses para que no sea así.

- Prin… -iba a decir algo, pero la interrumpí.

- Si Paris va a Grecia, debo estar preparada, quiero saber todo lo que allí suceda.

Ctimene dijo:

- ¿Quieres que vaya a Grecia? Señora, yo no puedo dejarte sola, ¿quién cuidaría de ti?

- Nadie como tú, querida, además, ¿con qué excusa irías con el séquito? Eres mi esclava, no la de él ni la de ninguno de sus acompañantes. Eneas irá con él.

- El príncipe Eneas de Lirneso, si tú lo dices.

- ¿No es cierto que siempre viaja acompañado de su cantor? ¿Y no es cierto que uno de los acompañantes de ese cantor es una prima tuya?

- Cierto, sí -exclamó Ctimene-. ¡Oh, señora, es la mujer más lista que conozco, después de ti, naturalmente! Desde que era una niña entró al servicio de Selino, él le enseñó a tocar los címbalos, la flauta y un poco la lira, también sabe interpretar los cantos con bailes y mímicas, conoce el arte de la pantomima y sabe componer versos. También se dice que es un poco bruja, porque su madre era originaria de la región de Tesalia, y allí todas las mujeres practican la antigua religión, creen en el influjo de la luna más que en el de Zeus o Apolo, y afirman tener poder sobre ella y la bajan a la tierra o la suben hasta que oculta la luz del sol.

- Bien, bien -dije yo-. Me basta con que vaya a Grecia, si ese malhadado viaje se realiza, con Selino y Eneas, que sea fiel y discreta.

Me quité un grueso brazalete de oro con incrustaciones de lapislázuli.

- ¿Aceptará esto como pago por sus servicios?

Ctimene se echó a reír.

- Princesa, por una joya así sería capaz de hacer bailar a la luna.