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Troilo

Narración de Casandra:

Después de tres meses de la llegada de los aqueos sucedió la primera tragedia. Fue al principio del otoño, con los vientos que arrastran las hojas y que gimen como mujeres en los duelos. Luego supe que fue Calcante, el traidor, el brujo, hijo de un engendro de los infiernos, el que azuzó a la bestia, excitó su apetito de carne y de sangre, la sed de gloria del hijo de la asesina. Y la bestia bramó y salió en busca de su presa.

Me dijeron que, en la tienda de Aquiles, Calcante realizó las ceremonias de sus fuegos. El color amarillo bilioso de sus humos y el repugnante olor de las piedras quemadas invadieron el campamento de los mirmidones. De ningún otro modo el hijo de Tetis hubiera podido conocer a mi hermano Troilo. Pero entiendo el efecto de esa magia e imagino cómo a través de una nube de humo y polvo, un embrutecido o extático Aquiles se solazó contemplando la hermosura de su presa. La bestia no necesitaba motivos para matar, aquel que se libra de la muerte siendo apenas un recién nacido se convierte en un matador, justifica de este modo su existencia, se encomienda a la venganza, sirve a la muerte como esclavo que no cuestiona las órdenes de su amo, incluso llega a adorar aquello que le esclaviza. El atormentado atormenta a su vez. No necesitaba Calcante excitarlo en exceso y, pese a ello, lo hizo. La vanidad que alberga todo corazón humano era en Aquiles tan poderosa como su saña y su lujuria. Vio a mi bello hermano Troilo y lo deseó, a continuación el brujo profetizó:

- Troya no caerá si Troilo cumple los veinte años.

Yo oí esas palabras en medio del gemido del viento de aquella noche. Vi a Calcante y a Aquiles, y a mi pobre hermano durmiendo en paz, los largos rizos, la piel suave, la cara de niño aún sin vello, sin rudeza o virilidad que pudiera repugnar a la bestia. Mi buena Ctimene tuvo que apresurarse a administrarme los remedios, y aun así mis convulsiones eran tales que hubo de tender sobre el mío su grueso cuerpo y sujetarme las muñecas con ligaduras. Por fin, al amanecer, con la ayuda de la silenciosa Eos, la de los rosados dedos, pude serenarme y pensar. Inútil sería cuanto hiciera, pero había de hacerlo. Antes de salir de mi cámara, por primera vez en mucho tiempo, invoqué a Apolo y le hablé. Los rayos del sol eran débiles y sin luz, el dios tenía el corazón encogido por el destino de mi hermano, su hijo, al que sabía que amaba mucho. Pero me habló:

- Ponte las sagradas vestiduras. Vístete como para una gran ceremonia.

Le obedecí no sin cierto esfuerzo, pues me había desprendido de alguna alhaja para pagar a los espías. Pero finalmente conseguí resplandecer como una gran sacerdotisa, el rostro maquillado, la alta corona, la vara de oro, el gran sol bordado sobre el pecho, la larga cola del vestido siguiendo mi caminar majestuoso como las notas de la lira siguen al movimiento de las cuerdas. Pensé que considerarían aquel atavío una más de mis extravagancias, pero mi presencia imponía, y el camino desde mi dormitorio hasta el de mi hermano lo hice acompañada por algunas mujeres y esclavos que oraban a Apolo siguiendo mis pasos. Estábamos en guerra, y, pese a que la vida en la ciudad continuaba como en tiempos de paz, los troyanos tenían miedo.

Mi hermano dormía en su lecho con su amante, la bella hija de Calcante, Briseida, quien a pesar de la traición de su padre era respetada por los troyanos y amada por mi hermano. Al verme, saltó del lecho, se arrodilló ante mí y besó los pliegues de mi vestido. Asombrado, él también se arrodilló y besó mis ropas.

- Bienaventurado sea Apolo -dijo Troilo-. ¿Por qué, hermana, esta visita a esta hora temprana? ¿Vienes en nombre del dios?

- En nombre de él, tu padre. ¿Tienes que salir hoy de la ciudad?

- Con un destacamento. Ha de llegar una caravana de mercaderes de Asia, traen cereales, vino y miel para el invierno.

- ¿Entrarán por la puerta norte donde está el altar del dios tu padre?

- Así es.

- No debes ir -dije-, o hallarás la muerte.

Todos mis hermanos, quizá por ser hijos de reyes, eran de carácter altanero, y a los diecinueve años un joven príncipe se cree invulnerable.

- Con todos los respetos a tu rango, hermana, soy un soldado y debo cumplir con mi deber.

- Es la voz de Apolo la que te habla.

- Ya sé, Casandra, que gozas profetizando horrores como las aves de mal agüero. Creo en las profecías como creo en mi espada y en la fuerza de mi brazo. Vete a orar al templo como es tu obligación, y que jamás los sacerdotes interfieran en los asuntos de la milicia amedrentando a los soldados con magias y palabrerías propias de mujeres y de cantores. No permitan los dioses que medre nuestro valor. ¿Quieres acaso, hermana, que permanezca en mi cálido lecho mientras mis hombres arriesgan su vida por Troya? Morir dices, prefiero la muerte a una vida indigna.

- Pobre hermano mío, tu ignorancia es tan grande como tu nobleza y tu valor. Vas a morir, sin duda.

Troilo sonrió desafiante.

- Pues sea. Llevaré conmigo al Hades a una docena de aqueos.

- No, querido, eso no será así. Morirás a manos de una bestia, como muere la presa en la trampa. No salgas hoy de Troya, hermano, te lo suplico. Me humillo ante ti en nombre de Apolo, por él te lo ruego. Haré lo que me pidas, pero escucha mis palabras.

- Ya te he escuchado, Casandra, ya has hablado. Ahora debes irte.

- ¿Tú tampoco me crees, Briseida? -le pregunté a la muchacha-. ¿O es que no te importa la vida de mi hermano? Habíale tú, tal vez a ti te escuche.

- Señora, la vida de Troilo es más preciada para mí que la mía propia. Soy hija de adivino y sacerdote y conozco el poder de las profecías, pero también la influencia que en éstas tienen el miedo y la prudencia. Casandra, los griegos llevan ya varios meses apostados en nuestras playas y apenas se han atrevido a ir poco más allá del monte Ida o a las aldeas del interior. El ejército de Héctor vigila constantemente los alrededores de la ciudad. El peligro que ves y la desgracia que auguras son a causa de un exceso de celo. Todos conocemos tu sabiduría, Casandra, pero también tu ardor y vehemencia.

- Briseida ha hablado con sensatez -dijo Troilo.

Comprendía que no podía hacer nada más, mis palabras de nuevo caían como piedras en un pozo. Besé a mi hermano, y acaricié sus rizos y su piel. Fui la última persona que lo hizo mientras estuvo vivo. Ésa fue la merced que Apolo me concedió.

Narración de Herófila:

A mi señora le resulta imposible narrar ese desdichado episodio. Aún piensa que pudo haberlo evitado. Ha pasado el día dando vueltas por el patio como un animal enjaulado, mientras balbuceaba que debió drogarlo, golpearlo hasta dormirlo o impedir que saliera con algún engaño. La muerte de Troilo fue definitiva para ella; la cambió. Halló una salida a tanto dolor: la venganza. Juró matar a Aquiles.

- Desde entonces no pensé en otra cosa -me dice-. El odio me dio fuerzas, me dio valor. Me convertí en lo que no creí ser, una asesina. Creí que era incapaz de dar muerte a un hombre. Estaba equivocada. Yo le maté, y lo hice con placer. Tras la muerte de Troilo fue como si una serpiente anidara en mi interior.

Yo puedo dar fe de la verdad, a pesar de que se cuenta más de una historia. Me costó un odre de vino y la promesa de una daga de marfil con la que pagué a uno de los escuderos de los mirmidones, un salvaje que hizo gustoso lo que le pedí, pues gozó contándome lo que vio. Lo utilicé varias veces; no era como otros que se aterran ante lo que ven y por esa causa ocultan o suavizan la historia. El hijo de una muía que me lo contó comenzó su relato con una gran carcajada.

- El príncipe Troilo gritaba como un cerdo en el degolladero.

Cuan penoso es mi oficio en ocasiones.

La entrada de la caravana en la ciudad se produjo sin contratiempos. Los aqueos sabían que un asalto a un numeroso y bien organizado destacamento troyano les costaría un elevado número de bajas. Para conseguir alimentos, era mucho más fácil asaltar las granjas y las aldeas de los alrededores de la ciudad hasta la Dardania, en las que los campesinos desarmados no oponían resistencia alguna, y de la que conseguían no sólo víveres sino también ganado y esclavos que utilizaban para sus servicios o vendían en los mercados de Asia. Ya se estaba cerrando la puerta norte de la ciudad, la llamada puerta Dárdana, y en el momento en el que chirriaban sus goznes, cuando lo que quedaba de la tropa se hallaba desprevenida, aparecieron de repente los negros hombres de Yolco, los mirmidones. Rápidos y silenciosos como fantasmas, dispararon sus flechas sobre los flancos de los caballos. Buscaban la lucha cuerpo a cuerpo, en la que eran invencibles con sus armas ligeras pero infalibles, espadas cortas y puntiagudas que atravesaban a un hombre, hachas dobles que seccionaban miembros de un golpe, mazas y venablos cortos que manejaban con precisión de matarifes. El veloz ataque arruinó la retaguardia del destacamento, que, sin embargo, luchó con valentía. Mataron e hirieron a muchos. Troilo fue derribado de su carro y alcanzado por una flecha. Pero las puertas tenían que cerrarse, no había tiempo para preparar refuerzos, los mirmidones habían actuado por sorpresa. Entonces apareció Aquiles, sin casco, con la rubia melena enmarañada, la espada desenvainada. Dos mirmidones que sujetaban a Troilo lo arrojaron a sus pies. Estaba desarmado y tenía un brazo herido.

- Dadle una espada -ordenó Aquiles-. Quiero conocer el valor de los hijos de Príamo.

Hubiera podido decapitarlo de un golpe, tan superior era su fuerza y su destreza a la del muchacho, pero quería jugar con su presa antes de devorarla. Debió de excitar su lujuria el bello cuerpo de Troilo cubierto de polvo, sudor y sangre, sus esbeltos y flexibles músculos, el valor con el que repelía un ataque tan desigual, su furia sin miedo, su resistencia. Lo tumbó sobre la piedra blanca del altar a Apolo Timbreo que encima de un promontorio protegía la puerta norte de la ciudad. Le arrancó las ropas hasta desnudarlo por completo, luego se tumbó sobre él y le besó los labios. Troilo le escupió. Aquiles le violó sobre el mismo altar, sujetándolo con un abrazo de oso, entrando en su cuerpo con una ira frenética hasta que su lujuria quedó al fin saciada. Mientras Aquiles gemía de placer, Troilo gritaba, gritos de animal herido, moribundo. Tan grande fue el deseo del hijo de Tetis, con tanta fuerza abrazó a Troilo que los huesos del muchacho se rompieron. Le desgarró las costillas, y quizá alguna de ellas le atravesó el corazón, pues cuando expiró la sangre salía a borbotones de su boca y corría como ríos por sus piernas. Era un muñeco roto, ensangrentado, caído a los pies del altar de su padre como una ofrenda más. Dicen que después Aquiles tomó una de las jarras de miel que los fieles ofrecen al dios y la derramó sobre el cadáver. Tan dulce le supo su cuerpo.