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La nave de Pilos
Continúa la narración de Casandra:
El capitán se llamaba Pemandro, era un hombre corpulento y servicial que me recibió con todos los honores de una princesa. Sonreí cuando hizo una grotesca reverencia totalmente inapropiada en Troya, pero quizás elegante en su tierra. Recordé que en mi infancia mis hermanos y yo nos habíamos reído de los absurdos gestos de cortesía de los griegos. No paró de hablar mientras me conducía a mi camarote. En la cubierta los hombres trabajaban, varios de ellos tiraban de la cuerda que subía el ancla, pronto la nave empezaría a moverse. Había grandes cestos llenos de objetos que no pude identificar, ánforas de aceite, de vino, arcones y baúles que los marineros transportaban con cuidado para almacenarlos en la bodega. Comprendí que el viejo Néstor aprovechaba el viaje para llevar a Pilos parte de su botín. Pensé que por fuerza habría de provocar enfrentamientos entre los jefes aqueos el reparto del tesoro que estaban robando. Cada uno de ellos querría para sí una mejor parte. Eso ocurriría por muy bien que Agamenón hubiese organizado las particiones. Eran avariciosos y arrogantes. La rivalidad entre ellos favorecía a Troya.
- Partiremos enseguida -decía el capitán-, en esta época del año los vientos aún son favorables; si no hay contratiempos, puede que estemos en Pilos en diez días, quince todo lo más. El barco es cómodo para una dama. Ocuparéis mi camarote, señora, que es el mejor de todos. ¡Por todos los…! -farfulló, al tropezar con un enorme rollo de cuerdas-, cuerdas, cuerdas por todas partes, es un barco, claro está…, tened cuidado, princesa…, pero un trozo de vela…, ¡por Zeus!, ¡eh, Dolón!, hijo de una arpía, aparta de ahí esos andrajos. Y vosotros, perros indolentes, daos prisa en subir el ancla, partimos esta noche, no dentro de dos días. Venid, señora, dadme la mano, hemos de bajar las escaleras, yo iré delante.
Bajamos las escaleras. Al fondo del pasillo iluminado por antorchas había una puerta, y junto a ella un guardián. Era una invitada, no una prisionera, sin embargo, se me vigilaba.
- ¿Teméis que me escape? -inquirí con ironía-. ¿Creéis acaso que soy una sirena y que bajo mi manto en lugar de brazos y piernas tengo alas y garras?
- Señora -respondió el capitán-, este hombre está aquí para serviros, ¿no es cierto, Filolao? La puerta del camarote sólo se cierra por dentro, ¿veis? No hay cerrojo ni falleba alguna, adelante, entrad.
Era un camarote amplio y cómodo. Estaba bien iluminado por dos antorchas y una lámpara de dos cabos sobre la mesa. Habían preparado para mí una bandeja con frutos frescos y secos, en otra había una torta y queso, también dos jarras, una con agua y la otra con vino, me llamó la atención un hermoso vaso de cobre en forma de cabeza de toro. Tampoco faltaban detalles para mi aseo personal. El suelo estaba cubierto de alfombras y el lecho bien preparado con mantas de piel.
- ¿Qué os parece, señora? ¿Es digno de una dama?
- Sí, lo es.
- Mis hombres son unos rudos marineros, pero añoran tanto a sus mujeres, a cualquier mujer en realidad, que han disfrutado preparando el camarote para una. Ahora os dejo, descansad y pedid lo que necesitéis a Filolao.
Cuando me quedé sola, me quité el manto y el velo y me tendí en el lecho. El ojo de buey era muy pequeño, no podía pasar por él, y la puerta estaba vigilada. Oía las voces de los hombres en la cubierta, habían terminado de elevar el ancla y partíamos. La nave empezó a moverse. «¡Oh, Apolo, Apolo! -oré-, divino hijo de Zeus, dios del sol, que tu sagrada luz me ilumine, que libere de las tinieblas mi pobre entendimiento de mortal, y, si sola no puedo, ¡oh, poderoso!, haz llegar hasta mí tu divina presencia». Estaba inquieta. Me levanté, fui hacia la mesa y vertí un poco de vino en el vaso, y entonces saltaron chispas; me iluminé. Mis ojos, como si algo superior los moviera, iban de la lámpara a la antorcha, de la antorcha al lecho. Fui hacia la puerta.
- ¡Eh, tú, marinero, como te llames, necesito más luz, tráeme dos lámparas más.
- ¿Más lámparas, señora? -preguntó con asombro.
- Sí, más, tengo miedo a la oscuridad. Date prisa.
- ¡Ah, comprendo! -dijo, y se marchó para volver enseguida con dos lámparas más.
Cerré la puerta. Tenía que actuar con rapidez, era necesario que todo sucediera en unos minutos, no debía darles tiempo a reaccionar. Tuve miedo, pero debía hacerlo, de nuevo invoqué a Apolo y él me dio valor, más aún, él estaba allí. Primero cogí todas las alfombras y mi propio manto y lo eché todo sobre el lecho. Luego vertí encima el aceite de las tres lámparas, no sabía si aquella pila podría arder, pero cogí una de las antorchas y la lancé sobre ella. Ardió de inmediato con un gran fuego. Fui hacia la puerta gritando:
- ¡Fuego!
Salí disparada corriendo pasillo adelante con una antorcha en la mano. La arrojé al suelo y un rayo de Apolo encendió la segunda hoguera. El fuego se extendió por el corredor a mi espalda, mientras yo corría, tomaba otra antorcha, la lanzaba de nuevo y volvía a encenderse el suelo, las paredes, el techo. Detrás de mí, el pobre Filolao gritaba desesperado:
- ¡Fuego, fuego!
Subí las escaleras con el hombre detrás de mí. Intentaba atraparme, pero el humo, el fuego y la rapidez de mis piernas se lo impedían. Una vez en la cubierta corrí hacia donde estaban las ánforas de aceite.
- Está loca -gritó Filolao-, se ha vuelto loca. Está incendiando la nave, corred, está prendiendo fuego a la nave.
Me bastó darle un puntapié a una de las ánforas para que el aceite se derramara y cayera como una gran lengua sobre la cubierta, acerqué otra antorcha y ardió. Salí en dirección contraria. Mientras, los marineros habían salido de sus camarotes y corrían por cubierta, unos trataban en vano de atraparme, otros de apagar el fuego. Enseguida se hizo el caos. El capitán trataba de poner orden, y los hombres gritaban y reñían entre ellos.
- Mantas, mantas, traed mantas, Egiro, Caelus -vociferaba el capitán-, el agua de la bodega. ¡Vamos! Pleneo, Nióbedes, coged los cubos, formad una cadena, organizaos, malditos conejos asustados.
- Cogedla -apremiaba Filolao- o arderá el barco entero. Hacia estribor, va hacia estribor. Por allí, Nícipe, atrápala.
- Dejaos de eso, estúpidos -replicaba a voces el capitán-, haced lo que os he dicho.
- Señor -oí a uno de los hombres-, si la dejamos escapar, el rey Agamenón nos cortará los testículos y los arrojará al mar.
- Me importan un cagarro de mico tus testículos, y los de toda tu ralea. Vete a la bodega a por agua. Los remeros, que suban los remeros.
Los remeros subieron en tropel a la cubierta y se dirigieron a la bodega. Lograron formar una fila y subir cubos de agua, pero el fuego brotaba espontáneamente, y allí donde yo ponía mi antorcha, ya fuera un rollo de cuerda, un palo o un trozo de trapo, surgía una hoguera. De ese modo logré zafarme en varias ocasiones de los hombres que me seguían. A alguno de ellos le acerqué la antorcha al pecho o a las piernas, se encendieron sus ropas y ellos se tiraron al suelo gritando y revolcándose.
- Es una maga -gritó uno-, es una maldita maga, está embrujada, no os acerquéis a ella o arderemos todos como antorchas.
- Maldita hija del Hades -vociferaba el capitán-, concubina de un sátiro, ménade demente, como te coja juro que me haré una capa con tu piel aunque tu Agamenón me cuelgue del palo mayor. ¡Así los dioses os confundan a los dos y a él se le seque la verga por copular contigo!, ¡engendro troyano!, ¡aborto de harpía!, ¡perra maligna!
Seguí corriendo, sorteando los obstáculos, acercando mi antorcha donde mi brazo dispusiera. Era tan veloz como el viento, como si Hermes, el divino mensajero, hubiera puesto alas en mis pies, más que correr volaba. No pararía hasta incendiar la nave entera, no me detendría hasta que se hubiera convertido en una hoguera. Unos minutos antes de que los hombres desistieran de apagar el incendio y saltaran al mar, lo haría yo. Cuando salté por encima de uno de los palos me di cuenta de que los bajos de mi vestido estaban quemados, mis piernas ennegrecidas; había dejado las sandalias por el camino y corría descalza. Los hombres seguían echando cubos de agua al fuego por la proa, pero el barco ardía también por la popa. Algunos habían cogido mantas e intentaban aventar las llamas con ellas, pero poco conseguían, el fuego subía cada vez con más fuerza.
- Vamos, vamos -gritaba el capitán-, daos prisa, comadres, mujercillas. Por allí, Nióbedes. Hay un fuego ahí, Plístenes, Plístenes el ciego, ¿es que no lo ves? Échale una manta, una manta, que las Erinias os despedacen si no salváis mi barco, mi barco, la mejor nave de Pilos, la Galatea, mi hermosa Calatea.
- Capitán -vociferó uno-, deja de cacarear como una gallina y da orden de salvarse o los hombres se arrojarán al mar.
- Nunca. Continuad, muías cobardes.
Por fin llegué al aparejo, acerqué la antorcha y en un instante una enorme llama apareció entre las velas. El fuego prendió en el palo mayor y subió furiosamente, más rápido que el rayo. Era el momento, arrojé mi antorcha y me convertí en una sombra. Antes de saltar oí las voces de los hombres.
- La troyana vuela, la he visto volar.
- Es una maldición, los dioses nos asistan.
- Cobardes, mujercillas…
Nadé hacia la playa, que no estaba lejos. Fui hacia el sur para alejarme del campamento de los aqueos, pero tuve tiempo de verlos arracimados en la orilla del mar observando el desastre. Me dirigí hacia las rocas, donde podía ocultarme, aunque la oscuridad y la distancia hacían casi imposible la visión, mi vestido era negro, nadie podría distinguirme. Corrí entre las rocas, me adentré en un bosquecillo de avellanos y luego seguí entre los árboles y los matorrales. Poco después llegaba a la muralla y la bordeaba hasta llegar al reducto por el que había salido. Nadie pudo verme, porque toda Troya había subido a las terrazas de la ciudadela o a lo alto de las murallas y contemplaba el mar. Darían gracias a los dioses. Hasta los centinelas habían abandonado su puesto. Cuando entré en la ciudad, me apoyé en la pared de la muralla y resbalé por ella hasta quedar sentada en el suelo. Estaba agotada, aunque mucho menos de lo que cualquier ser humano lo estaría en mi lugar. Apolo me daba las fuerzas. El cielo estaba iluminado por las llamas, era como un extraño amanecer. Me eché a reír, mi afán por ocultarme había resultado ridículo, todos, troyanos y aqueos, estaban pendientes de lo que sucedía en el mar, nadie me habría visto y, de haberlo hecho, no me habrían creído; a pesar de estar empapada, con las ropas y parte del cabello medio quemados, aunque hubiese aparecido ante ellos en ese estado, como una ahogada, un espectro, habrían seguido sin creerme. Pero en esta ocasión no tendría nada que reprocharles, todo había sido tan extraordinario como un sueño. Al amanecer los aqueos tendrían una nave menos. Supe entonces que haría daño a quien me lo hiciera a mí o a los míos, era la venganza de la que habló el dios, y, en efecto, era dulce. Y la venganza podría sobrevivir al tiempo, a los años, a los siglos, aunque se perdiera la guerra. Los dioses dijeron la verdad, Troya era invencible. De pronto me puse a llorar, lloré durante mucho rato sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la muralla, mientras oía el alboroto de los troyanos, gritos de alegría, oraciones, risas. Corrieron rumores de que lo había hecho una mujer troyana o quizás una diosa.