18
Un mismo fuego
Narración de Casandra:
Desde mi habitación oía el sonido de los carpinteros y leñadores aqueos, que estaban talando árboles y construyendo una empalizada alrededor del campamento. Desplegaban sus tiendas, construían barracones para las tropas e incluso grandes casas para los jefes. Allí donde viera ondear el estandarte de Micenas estaría Agamenón. Lo confieso sin vergüenza, pues aún le amaba. Un día subí a la más alta de las terrazas del palacio. Me había vestido con una túnica roja e iba adornada con una diadema y collares de oro que relucían bajo la luz del sol. Quería que me viera. Al rato de estar allí, lo vi. Lo reconocí. Y él también me vio. Fue una acción de Afrodita, a la que sentía presente cerca de mí. ¿Como si no hubiéramos podido distinguirnos a esa distancia?
Creo que estaba haciendo algo con sus armas, no pude distinguirlo bien, quizá limpiara su lanza o su espada, cuando de repente se volvió y miró hacia donde yo estaba. El sólo podía ver un punto rojo y brillante apoyado en una balaustrada, y yo una coraza dorada, y, entrecerrando los ojos, poniendo toda mi atención, una barba rubia, pero era él. Y de pronto se paralizó. Yo también. Nos miramos durante mucho tiempo, tanto que no puedo recordar si fue un instante, un día o una luna entera. Soñé despierta. Imágenes de amor, de deseo y de dicha hicieron que me olvidara de la desgracia: vi cómo nos abrazábamos, nos besábamos, cogía mis pechos, abría mis piernas, me decía dulces palabras al oído; nos amábamos; huíamos a Pilos o a Lesbos; nos bañábamos en el mar, copulábamos bajo el agua en medio de un coro de nereidas y tritones; no había guerra; me sentaba junto a él en el trono de Micenas; los dioses y los hombres estaban en paz. Entonces una voz sonó a mi espalda llamándome por mi nombre. Era Helena.
- No se irán -dijo, situándose junto a mí en la balaustrada-, los conozco bien.
Yo callé. Evitaba mirarla o encontrarme con ella desde que llegó a Troya. Héctor y yo éramos los únicos de la familia que la despreciábamos, o al menos que lo demostrábamos sin falsedades.
- A Agamenón no le basta Troya -añadió.
La dejé hablar. Siguió:
- Quiere toda la costa de Asia Menor, desde Dardania hasta Cilicia. Le sobran hombres, le faltan tierras. Quiere fundar colonias, quiere un imperio griego en Asia Menor.
- Lo sé -no pude resistirme a decirlo.
- Pero esos hombres no están hechos para construir, sino para destruir, nuestra estirpe lo sabe muy bien. Devastaron los templos de la Gran Diosa, violaron a sus sacerdotisas, impusieron el imperio de Zeus y sus hijos. No son más que matadores de hombres.
Yo callaba. No deseaba entablar una conversación con ella. Continuó:
- Ellos dicen que Troya fue fundada por sus antepasados, que Laomedonte y tu padre les traicionaron y que vienen a buscar lo que es suyo. Es cosa de Odiseo, una de sus islas se llama Zacinto, igual que tu bisabuelo. Se cree con derecho a tomar Troya. Pero Troya es invencible.
La miré, no pude evitarlo, porque el olor de su cuerpo era como un canto de sirenas. Sus ojos azules me deslumbraron, los rizos rubios cubrían sus grandes pechos realzados por un ancho cinturón. Sentí ira ante mi propia debilidad: comprendí a Paris.
- No me interesa el parecer de una ramera. Vete a acostarte con mi hermano, no sirves para otra cosa. Me han dicho que ni siquiera eres capaz de tejer o bordar, como hace cualquier campesina, y apenas sabes leer y escribir. Copula, puta, o tu vida será tan inútil como dañina. Haz al menos algo que le alegre la vida al insensato de Paris, puesto que nos vas a destruir a todos.
- Casandra, no me odies de ese modo tan terrible. Tus palabras son como dardos encendidos para mí. ¿En verdad crees que mi cuñado ha reunido a todos los aqueos por el honor de Menelao?
- Tú no has sido más que un pretexto, pero eso no te dispensa ni te libera de tus actos, que son indignos. Has abandonado tu país, a tu marido y a tu hija; ni las leonas abandonan a sus cachorros, ni la más fiera de las lobas, ni la más artera comadreja. ¿Qué clase de mujer eres, Helena, que te haces llamar de Troya para vergüenza de los troyanos?
Su barbilla temblaba, sus ojos enrojecieron y dos lágrimas cayeron por sus mejillas, cuyo color y brillo deslumbraban como joyas. Evité mirarla y me encaminé hacia la salida de la terraza. Estuve a punto de compadecerme de ella.
- Cuñada -dijo-, deseo que no conozcas jamás el dolor de abandonar a un hijo, y sé que lo entiendes porque tu corazón es noble a pesar de que tus palabras son duras. No hay un solo momento del día o de la noche que no piense en Hermíone.
- De día es posible -ironicé-, pero por las noches con seguridad se alivia tu dolor y, a juzgar por algunos chismes que he oído, creo que a primera hora de la tarde te consuelas con mucho alborozo.
- ¿Es posible que tengas el corazón tan duro que no hayas sentido en toda tu vida amor por un hombre?
Tanta rabia sentí que tuve que contenerme para no cogerla por los cabellos y arrastrarla escaleras abajo.
- Eso no es cosa que te importe, ramera griega.
- Basta, no me insultes más -se rebeló-. Dicen que estás loca, pero yo creo que eres extraña, dura y negra como ese nuevo metal del que todos hablan, el que está oculto en las entrañas de las montañas hititas.
La agarré por el cinturón que sujetaba sus pechos y, de un empujón, la tiré al suelo. Se lanzó sobre mis piernas y me mordió un tobillo. Yo grité de dolor y con la otra pierna le di una patada que hizo sangrar uno de sus gruesos labios. De repente nos encontramos en el suelo, la una sobre la otra, revolviéndonos como gatas. Antes de que pudiéramos darnos cuenta, dos guardias nos sujetaban por las axilas y nos separaban, mientras nosotras pataleábamos y nos insultábamos. Ella me llamó loca, yo, engendro del Hades y no sé cuántas cosas más; antes de que el guardia se la llevara de allí, le grité:
- Hija de un mameluco y una serpiente, yo no he abandonado a mi gente ni a mi patria, yo continúo en Troya y continuaré hasta el final. Tú no hablas en nombre del amor sino de la traición y la lascivia.
- ¿Y en nombre de quién hablas tú, ave agorera, voceadora de desgracias?
Al fin nos callamos y ordenamos a los guardias que se fueran, habíamos oído el tintineo de las pulseras y las ajorcas de mi madre, pero estaba tan borracha que nos abrazó a las dos con la exagerada euforia de los beodos.
- Hijas mías -dijo-, vayamos al templo del sagrado Dioniso a orar por Troya.
Narración de Herófila:
Me disfracé de campesina y entré en la ciudad por uno de los pequeños accesos, ahora más vigilados que de costumbre. Me escabullí entre los aqueos y ninguno me ha detenido; las patrullas del ejército de Héctor protegen a los granjeros y pastores, y defienden cuidadosamente todas las puertas. Fui bien recibida. Llevaba un saco de harina y un cesto con hinojos y tarros de miel. Los troyanos necesitaban alimentos, y tanto Héctor como Príamo se ocupaban de abastecerlos. Lo hacían con éxito, puesto que he visto los mercados rebosantes como de costumbre, los almacenes repletos de grano. Han fabricado rediles cerca de las murallas para los animales, jamás vi juntos tantos bueyes, corderos, cabras y gallinas. Por fortuna, el sistema de cisternas que rodea las murallas recoge el agua de lluvia y la del Escamandro. Es difícil que la población pase sed o hambre.
Hallé a mi señora Casandra bella y serena, y sentí tanta alegría que nos abrazamos como hermanas. La informé de todo cuanto sabía, incluso de detalles que a otro le hubieran parecido insignificantes, pero no a ella.
Pasamos casi todo el día en su cámara. Había muchas cosas que debíamos saber y teníamos que hacer. Yo seguiría siendo sus ojos y sus oídos en el campamento aqueo. Me facilitó una nueva bolsa con piezas de oro y plata; estaba vendiendo parte de sus joyas y de sus valiosos objetos personales, pero se precisaba sobornar a mucha gente.
Luego se sentó ante una mesa, tomó un punzón y un pergamino y comenzó a escribir. Cuando terminó, le puso su sello y lo enrolló cuidadosamente. Luego me lo entregó.
- Debe llegar al gran rey.
- No temas nada -me dijo-, por el contrario, él te protegerá, necesita estar en contacto conmigo. Tú serás nuestro enlace.
Mi discreción, mi respeto, no me permitía despegar los labios, me limité a asentir.
- Todo se hará como tú digas, señora.
- Ya sabes mi secreto, Herófila. Él y yo somos dos en uno, un mismo fuego. La guerra no nos ha separado, nada ni nadie nos separará nunca.
- Mis labios están sellados -dije.
Marché hacia el campamento aqueo con el mensaje de Casandra y pensamientos muy dolorosos. Qué clase de criatura podía resistir situaciones tan comprometidas y difíciles, de qué duro metal estaba hecha aquella hija de Príamo a la que llamaban loca. Cuando pasé por la orilla del Escamandro, los juncos se doblaron bajo el envite de la brisa, luego, repentinamente, se irguieron lozanos y desafiantes. Su paz y su silencio me recordaron las voces de Casandra.