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Las amazonas

Narración de Casandra:

Los troyanos no nos rendíamos con facilidad. Mis padres, ancianos y abatidos, después de años de asedio, pérdidas y aflicciones, sacaron fuerzas del dolor. Ahora mi propio padre se encargaba de organizar la tropa con la ayuda de mis hermanos Deífobo y Héleno. Mi madre pasaba el tiempo en compañía de sus secretarios, redactando y enviando correos a nuestros aliados, de los que a veces recibía tristes noticias: algunas ciudades habían quedado completamente destruidas y los habitantes que habían resultado ilesos, en su mayoría hombres viejos, mujeres y niños, vagaban en grupos por las montañas de Asia Menor. Como no tenían más remedio que recurrir al pillaje para subsistir, finalmente se convertían en bandas incontroladas, a las que se les unían bandoleros, mercenarios, esclavos huidos, desertores y toda clase de chusma experta en emboscadas, que estaban provocando un nuevo terror, el que causan los parias y los desesperados. Mi padre, que, a pesar de sus errores, era un político inteligente, tenía en algunos casos la percepción de un vidente.

- Esa gente es peligrosa. Continuamente aumenta su número, tienen mujeres, paren hijos, reciben a los rufianes y desesperados de toda Asia, no hacen preguntas ni excluyen a nadie. Si consiguen organizarse se convertirán en un ejército.

- Un ejército de vagabundos -se burló Deífobo.

Héctor lo hubiese comprendido. Mi padre estaba resignado. Ni él ni Heleno poseían las cualidades de Héctor. Deífobo, obligado a ser el segundón, había incubado un rencor propio de las naturalezas mezquinas y de las mentes simples. Había pasado la infancia y la juventud envidiando a Héctor; cuando llegó Paris a la corte y las deferencias de mi padre fueron a parar al nuevo hijo, se convirtió en un hombre huraño y violento. Además, ya fuera por infantil competencia con el hermano usurpador o por verdadero sentimiento, estaba fascinado con la belleza de Helena. La perseguía por los pasillos como un perro en celo; ella recibía sus atenciones con provocador coqueteo.

- A veces mis propios hijos me turban más que los aqueos -decía mi padre.

Después de morir Héctor, Deífobo y Heleno rivalizaron entre sí por el favor de mi padre. Deífobo era bruto, violento y carecía de inteligencia, pero le prefería a Heleno.

- No comprendo, padre -le dije en una ocasión-, tu predilección por Deífobo. Heleno ha luchado con valentía, es sabio, mucho más sagaz que él.

Me respondió con una voz y un tono tan afligidos que me fue muy difícil volver a hablar. Recuerdo que estaba recostado en su diván junto a su trípode y que tenía unos pergaminos en la mano.

- No habrá otro como Héctor. Nunca. ¿Deífobo o Heleno? No importa.

- Demuestras tu favoritismo con tanta ostentación -me atreví a decir- que provocarás los celos de Heleno.

- Tus hermanos han sido celosos siempre, Casandra, primero de Héctor, luego de Paris. No me des consejos, no te atrevas, recuerda que eres mi hija, y que yo, aunque viejo, aún soy el rey de Troya. Ve, querida, a tus obligaciones. ¿Adonde podría mandarte? Podría decirte que fueras a tejer, pero no eres buena tejedora, a dar órdenes a las esclavas, pero creo que éstas te tienen miedo y se quemarían con el fuego de las cocinas si te tuvieran muy cerca, y preferiría que no fueras al templo de Apolo, pues creo que los rituales y las oraciones excitan tu ánimo.

Comprendí que mi padre bromeaba y sonreí.

- Ya sé qué puedes hacer -continuó-. Ve a las habitaciones de tu madre, tienes buena escritura y te expresas con más claridad que muchos de nuestros secretarios y escribas. Ayúdala a redactar correos, hay mucho que hacer.

Tuve que callar, a pesar de lo muy inquieta que me hallaba. En aquel tiempo el palacio parecía una casa de locos. Deífobo perseguía a Helena, Paris no salía de sus habitaciones, y Heleno, concentrado en sí mismo, dolido y rencoroso, me hacía temer cosas horribles. Mi padre, que nunca fue un hombre piadoso, ignoraba los conocimientos de los sacerdotes, confiaba en los guerreros, en los estrategas, en los espías y en los hombres de Estado, pero hacia las gentes de los templos, como él nos llamaba, sentía un temor desdeñoso parecido al que le inspiraban las mujeres. Yo podría haberle gritado que se cuidara de Heleno, de lo que Heleno sabía, pero habría sido inútil. Hay errores que son fatales.

No hallé a mi madre ocupada en labores administrativas, sino en compañía de mi hermana Ilíone. Preparaba el equipaje de mi hermano pequeño Polidoro, que entonces era un niño de diez años.

- Se va con tu hermana a Tracia -anunció mi madre-. Estará a salvo en la corte de Polimnestor, ocurra lo que ocurra en Troya.

A continuación aparecieron cuatro esclavos portando cajas y baúles. Sentí un escalofrío. A pesar de que conocía las riquezas del tesoro de Troya, nunca dejaban de impresionarme. Aquellos baúles estaban a rebosar de oro, había joyas antiguas de valor incalculable, reconocí incluso una diadema de perlas y esmeraldas que mi madre sólo lucía en las grandes ocasiones.

- ¿No es excesivo, madre? -pregunté.

- No -respondió ella airada-, no lo es. Troya puede caer, por desgracia es posible que eso ocurra, y tu hermano debe vivir toda su vida como el príncipe que es.

Mi hermana y yo intercambiamos una mirada de entendimiento. Comprendí que ella no deseaba que Polidoro llevara consigo esos tesoros, pero resultaba imposible convencer a mi madre, que sentía adoración por el más pequeño de sus hijos. Yo no me di por vencida y traté, en vano, de persuadirla; esas riquezas podían sernos necesarias. Pero mis pensamientos eran otros muy diferentes. Una visión atroz empezaba a tomar forma; me esforzaba en alejarla, traté de no verla, intenté que mis palabras resultaran razonables y sabias, y creo que lo fueron. Quizá también lo fue la intención de mi madre, pero no logré que cambiara de opinión, por el contrario, como solía sucederle cuando yo me mostraba obstinada, montó en cólera y me despidió con un grito. Salí de la sala y de sus habitaciones y me interné al azar por los pasillos de palacio, con un horrible temor en el corazón. Le hablaría a Ilíone. Ella era una mujer prudente, debía conocer la verdadera naturaleza de su marido Polimnestor. Siempre tuve la inútil esperanza de que alguien me creyera. Andaba apresuradamente, las lágrimas me brotaban incontenibles, las piernas me temblaban. La suerte de Polidoro era inevitable. Llegué a las terrazas y subí hasta la última. Apenas pude verle, el llanto me lo impedía, pero distinguí su figura, el bronce de su coraza brillando al sol. Pero nada había que pudiera serenarme, nada que pudiera alejar de mí las horribles sombras de las visiones; por el contrario, el dolor se mezcló ahora con la rabia y la ira. Hay amores que son fatales.

Narración de Herófila:

La aparición de las amazonas fue el último acontecimiento gozoso que el pueblo de Troya vivió como una victoria. Fue como si una gran ola de brillante plata entrase por la puerta Escea y subiese luego por las calles de Troya hasta la ciudadela.

Como sucedió con la llegada de los tracios y los licios, la gente salió a aclamarlas. Un millar de mujeres sobre espléndidos caballos desfilaron por las calles de la ciudad. Venían desde las costas del mar de las Nieblas, cerca de la misteriosa Cólquide, tierra de grandes riquezas y hermosos caballos. Decían que la diosa Artemis, a la que adoraban, les había enseñado el arte de montarlos, misterio que ningún hombre conocía y que se negaban a desvelar. El pueblo las vitoreó; tras la admiración ante su esplendor guerrero, la belleza de sus armas, de sus caballos o de sus rostros, había un reverencial respeto a la leyenda. Muchos pensaban que las mujeres guerreras pertenecían a un pasado remoto o a la imaginación de los poetas, y causaba asombro y maravilla que las duras corazas ocultaran suaves senos de mujer en lugar de fuertes torsos de soldados. Días antes, el sabio Laocoonte y mi señora Casandra se divirtieron mucho con mi incredulidad. Estábamos en el templo de Apolo Timbreo limpiando la estatua del dios, confeccionando guirnaldas de laurel y preparando las ofrendas de uvas e higos, los frutos de aquella luna. A pesar de que no soy una ignorante, no me explicaba cómo esa tribu de mujeres podía perdurar sin varones. Ellos sonreían:

- No pueden, naturalmente -explicó el sacerdote-, se unen a extranjeros para procrear y sólo mantienen con vida a las criaturas que nacen hembras.

- ¿Qué pasa con los varones?

- Igual que hacen en algunos lugares de Asia o de Escitia, e incluso creo que también de Grecia, a los niños que nacen contrahechos o débiles, los despeñan o los sacrifican, se deshacen de ellos.

- Una costumbre bárbara -dije.

- Lo es -respondió Laocoonte-, excepto en épocas de hambrunas.

- Ellas se desprenden de los niños varones, pues así se lo exige Artemis -continuó Casandra-. A pesar de que tienen hijos se consideran vírgenes como ella. En la antigüedad sacrificaban ritualmente a sus amantes tras la cópula, pero hace tiempo que abolieron esa práctica.

- Sin embargo, no pueden ser tan fuertes como un hombre -dije yo.

- Pueden serlo más -replicó Casandra-; con seguridad muchas de ellas son más vigorosas que mi hermano Heleno. Y pueden ser mejores arqueras que Paris, el difunto Pándaro o el famoso Filoctetes. Aprenden a luchar desde pequeñas, y las mayores se ocupan de cuidar la tierra, los animales y a las niñas.

- ¿Y cómo eligen a su reina?

- Es la más fuerte. Debe probarlo venciendo duras pruebas que no superarían muchos hombres. ¿Alguna pregunta más acerca de esas imposibles mujeres que mañana verás desfilar por Troya?

- ¿Es cierto que Teseo raptó en una ocasión a su reina, llamada Hipólita, y que por esa razón atacaron la ciudad de Atenas, o es cosa de los poetas? -continué yo.

- Esos bardos tuyos son unos embusteros -dijo Laocoonte-. El noble Teseo las venció, y se vieron obligadas a firmar la paz.

- El noble Teseo era un mujeriego que se pasó la vida raptando mujeres -le provocó mi señora Casandra-. Raptó a Ariadna, a Hipólita y a nuestra Helena cuando era una muchacha.

Laocoonte fue a responder airadamente, pero ella le interrumpió divertida.

- Está bien, Herófila -dijo-, espero que tu curiosidad esté satisfecha.

Juré por la Diosa que no lo estaría hasta que no las viera con mis propios ojos, y ellos se echaron a reír.

Me bastó ver a Pentesilea, su reina, descender de su montura, su elevada estatura, su cuerpo vigoroso, su agilidad, su fuerza. Cuando abrazó a Casandra la levantó como si fuera una pluma. Comprendí que, en efecto, aquella mujer podía matar a muchos hombres. A continuación me entristecí. Mi señora había perdido a sus hermanos, a sus amigos y era posible que también viera morir a aquella gran mujer a la que tanto parecía estimar.