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La vieja del monte Ida
Narración de Herófila:
Mi señora Casandra se hizo acompañar por mí, por la pobre Ctimene, que era quien conocía el lugar, y por dos esclavos fuertes y bien armados que nos seguían a cierta distancia. Elegimos una noche sin luna para no ser vistos, aunque a aquellas horas, y por las abruptas laderas del monte, ni aqueo ni troyano hubiera podido dar con nosotros. Ctimene, temblorosa, precedía el grupo alumbrando el escarpado sendero del bosque con su antorcha. Tenía miedo y, en ocasiones, se detenía jadeando por la inquietud y por el cansancio; sus gruesas piernas subían con dificultad la ladera del monte, su pesado cuerpo tropezaba con frecuencia con piedras y ramas. Una vez se enredó el manto en un zarzal, y a mi señora se le agotó la paciencia.
- Maldita sea la hora en que se me ocurrió confiar en ti que eres capaz de terminar en un día con las reservas de tortas de aceite del palacio. Más me hubiera valido traer a una de las más viejas y más inútiles concubinas de mi padre, seguro que se movería con más agilidad que tú, vaca cebada. Por Atenea, suéltate de esas zarzas o te rajaré el manto con mi propia daga, aunque te deje como tu madre te trajo al mundo, con tus cueros al aire y tus carnes colgando para diversión de las ninfas y los sátiros que haya por el bosque.
- ¡Oh, señora! Más temerosa estarías si hubieras visto lo que yo, que es el miedo el que me enreda y me confunde y no el bosque, que conozco como la palma de mi mano desde que era una niña. En cuanto a las tortas de aceite, déjalas en paz, te lo suplico, que es el único gozo que tengo en esta vida.
Yo me había detenido admirada por el espectáculo que se divisaba desde allí, los fuegos del campamento aqueo brillaban como luciérnagas y, enfrente, tan unidos por la distancia que parecían tocarse, el resplandor de los grandes antorcheros sobre la muralla, un gigantesco e irregular cuadrilátero en cuyo interior titilaban las luces de las calles que subían como serpientes de fuego hacia lo alto de la ciudadela. El mar y los dos ríos apenas se intuían como líneas negras en las que se reflejaban, temblando, las luces de los navíos. Qué lejana parecía la guerra ante tanta belleza y tanto sosiego, qué distinto de la noche sería el día. Le indiqué a mi señora que mirara, pero ella rehusó:
- No quiero mirar. Yo no soy como tú, no vería hermosura, sino muerte y destrucción. A mí no se me olvida la guerra. Tengo el cuerpo lleno de polvo y de sangre, y en mis oídos retumban el paso de los ejércitos y los gritos de los moribundos. Sigamos.
Anduvimos aún un rato más por el inclinado boscaje, caminamos entre pinos, encinas y avellanos, pasamos algunos riachuelos y descendimos por pequeños barrancos. A pesar de su miedo y de su torpeza, Ctimene tenía buena memoria, y nos condujo por aquellos lugares salvajes sin equivocarse de rumbo. Por fin llegamos a un arroyo que traspasamos gracias a unas piedras grandes y planas que había sobre él. En sus orillas crecían los juncos, la retama, los cañaverales, el musgo y la hiedra. El agua sonaba alegremente como si fueran carcajadas de ninfas traviesas, se oía el ulular de lechuzas y mochuelos, el aullido lejano de los lobos. Las pequeñas alimañas trepaban a los árboles, movían el follaje; huían del sonido de nuestras voces y nuestros pasos.
- Ya llegamos -anunció Ctimene.
Continuamos andando hacia lo que nos pareció una cabaña en un claro del bosque. A medida que nos acercamos vimos una casa, una pequeña granja con corrales y un huerto cercado, de la chimenea salía un humo oscuro y las dos ventanas estaban iluminadas. Nos estaban esperando. Avanzamos un poco más. Junto al camino que llevaba a la puerta de entrada había un rústico altar de piedra negra. Ctimene se detuvo.
- Id hasta la puerta. No miréis hacia allí -dijo.
Pero la curiosidad nos pudo. La curiosidad es el mal de las mujeres, el mal de Pandora, a veces supone la salvación, según dice mi señora y lo mantiene aún hoy, otras, la desgracia. La curiosidad infunde coraje, aleja el miedo y nos convierte en seres estúpidos. En el centro del altar había un agujero y bajo él un pozo, era un altar funerario. A pesar del olor nauseabundo, acercamos nuestras antorchas, y el horror nos dejó mudas y pétreas como estatuas. El pozo era tan negro como la muerte y tan espantoso como el Hades. Vimos huesos de animales sacrificados y otros en estado de descomposición, había esqueletos de perros, cráneos con pelos de gato, conejos, hurones, ardillas y otros animales mutilados. Huesos apenas descarnados, otros casi convertidos en polvo. Ojos, orejas o patas, aquí y allá, en medio de una densidad oscura que parecía sangre seca y, sobre ellos, reconocibles sin duda alguna, varios diminutos cráneos humanos, esqueletos de niños con las mandíbulas descompuestas en horrible expresión de miedo o dolor. Se me revolvió el estómago y me alejé de allí. De pronto oímos una puerta que se abría, y una voz, cuyo tono me pareció a la vez dulce y burlón, dijo:
- Bienvenida, princesa Casandra.
Casandra entró con decisión dentro de la casa. Ctimene la siguió cohibida, y yo no tuve más remedio que alcanzarlas a mi pesar. Los dos esclavos se quedaron fuera.
El interior era como el de cualquier casa de labriegos o pastores, el fuego en el centro de la estancia, una larga mesa con sillas, alacenas en las paredes y un pequeño lecho oculto tras una cortina. Sobre el fuego había un caldero hirviendo. La mesa y las alacenas estaban llenas de toda clase de botes, vasijas y retortas, además de hortalizas, hierbas y otros objetos de los cuales aparté la vista de inmediato. La mujer era una anciana gruesa y de aspecto bonachón, se cubría con un sayo de lana negra y un gorro del mismo color, bajo el cual se veían los mechones de una cabellera blanca y rizada. Nos hizo señas para que nos sentáramos en unos toscos taburetes. Ctimene y yo obedecimos, más por temor que por comodidad, pero Casandra permaneció en pie. La vieja nos ofreció unas hierbas desconocidas, y todas rehusamos; ella tomó unas hojas, se las metió en la boca y empezó a masticarlas.
- Hacéis mal en rechazarlas -dijo-, ayudan a espantar el miedo, entre otras cosas. Estáis pálidas y temblorosas, ¿qué teméis?, ¿a una pobre vieja? Allá abajo hay una guerra, los hombres se matan en la llanura ¿y os atemoriza mi presencia? Pero veamos, princesa Casandra, ¿cómo quieres matar a tu monstruo? ¿Con beleño y cicuta?
Casandra miró a Ctimene enfadada, pero ésta con un gesto le indicó que ella no había hablado con la extraña anciana.
- No tengo como tú el don de la profecía -siguió la vieja-, pero sé cosas, adivino cosas porque los dioses me hablan, me habla el viento y el fuego, el agua del arroyo y las vísceras de los sacrificados y la forma en que la sangre se derrama y cae sobre la tierra. La sangre es conocimiento. A tu monstruo no lo matarás con hierbajos -dijo, y escupió parte de lo que estaba masticando. Siguió hablando-: Ese ser al que llaman Aquiles está protegido por los dioses, por su madre Tetis que es una poderosa nereida y por otros olímpicos que ahora se pelean entre sí allá abajo en la llanura, mezclándose con vosotros y con los aqueos. ¿Sabes, hija de Príamo, que hay hombres que se hacen fuertes con el dolor ajeno?
- Lo sé -dijo.
La vieja dio un enérgico pisotón en el suelo, y afirmó:
- Debajo de este suelo está el Hades.
Ctimene y yo nos pusimos en pie aterradas, y ella se echó a reír tan alegre y compulsivamente, tan feliz como si estuviera en una fiesta.
- Sí, hay seres a los que el dolor, el sufrimiento y el miedo ajeno los hacen fuertes, los alimenta como al niño la leche de la madre, os lo digo yo, Nila. Pero ¿tú no te asustas, princesa?
- Ahora me asustan pocas cosas -contestó Casandra-. He visto mucho, demasiado.
- Pero al infierno sí lo temes, todos los hombres temen al infierno más incluso que a la muerte misma. En fin, tú quieres un veneno, por eso has venido.
- Sí.
- Un veneno tan poderoso que pueda penetrar en el estrecho espacio del tendón del pie de un hombre y que sea efectivo en escasa cantidad, no más de la necesaria para untar la punta de una flecha, como la ponzoña de una serpiente. Deja que el Destino se ocupe de enfrentarlo a ¿cuántos?, diez, doce, veinte troyanos bien armados, pero aun así… O mejor invoca a tu Apolo, a pesar de su crueldad, el dios te ama.
- Le invoco, le ofrezco alimentos y sacrificios.
- Los dioses se hacen fuertes con la sangre y el dolor.
- ¿Quién eres, anciana, que conoces tantos secretos?
- No quieras saberlo. Tu dios te ayudará.
- Necesito el veneno.
- Claro que lo necesitas -dijo, y escupió otro trozo de hierba-. Te lo daré.
Se levantó y sacó de una alacena un pequeño frasco de plata. Lo puso encima de la mesa en medio del desorden de cosas.
- Aquí está.
Casandra sacó de uno de los bolsillos de su capa una bolsa. La abrió delante de la vieja, eran piezas de oro.
- No necesito tu oro -dijo Nila-, no sabría qué hacer con él.
Sorprendida, Casandra se quitó una de sus valiosas sortijas, pero la vieja también la rechazó.
- Dime qué quieres -le preguntó-. ¿Prefieres telas? Poseo ricas lanas que te servirán de abrigo en invierno. ¿Animales? Puedo hacer que te traigan un par de buenas vacas.
- Animales para sacrificios -dijo la vieja en un susurro arrastrado-, animales pequeños e inocentes, de los que gustan a los dioses. Eso quiero.
Mi señora se puso tensa, noté cómo sus labios se contraían. Sentada a mi lado Ctimene se puso a temblar.
- Los animales que ofreces a tus dioses no están a mi alcance -respondió Casandra tajante.
- Claro que están a tu alcance, señora. Casi todo es posible para una hija del poderoso Príamo.
- Entonces no quiero darte lo que me pides.
Se puso en camino hacia la puerta, y Ctimene y yo la seguimos.
- Está bien -dijo Nila-. Llévatelo, es tuyo.
Casandra se volvió sobre sus pies y tomó el frasco. Era muy pequeño, de plata bellamente trabajada y tan brillante que en ella se reflejaban todos los fuegos de la habitación.
- Lo que deseo no quieres dármelo, y lo que me das no me interesa -siguió Nila-. No me has engañado, como hiciste con tu dios, has aprendido la lección.
Casandra se sobresaltó:
- ¿Cómo es posible que sepas eso?
Nila no le respondió.
- Aquiles debe morir y tú debes matarlo, que así sea. Con su muerte me pagarás -dijo la vieja.
Salimos de allí. Echamos a andar apresuradamente, sin pasar esta vez delante del pozo. Ahora éramos las tres las que tropezábamos y nos enredábamos en zarzales. Pero Casandra no nos riñó, no dijo nada ni miró hacia atrás. Pienso que escapaba de sus pensamientos, de ese modo la huida resultó como la subida de la pobre Ctimene, tan accidentada y difícil que llegamos a Troya con las ropas rasgadas y arañazos en las piernas.