5
El maestro
Apolo se presentó ante mí una mañana cercana a las fiestas de la primavera, no mucho antes del comienzo de la guerra. Fue en mi dormitorio, mientras yo aún yacía en mi lecho en el agradable duermevela que precede al despertar. En el centro de la habitación, junto al fuego que ardía entre dos columnas, se formó una nube de niebla espesa que enseguida tomó la forma de un hombre. Cerré los ojos aturdida por la incredulidad, y al abrirlos vi sobre mí el rostro del dios: sonriente, arrogante, amenazador. Sentí una presión de metal en mis muñecas y mis tobillos, como si los hubieran apresado con grilletes o cadenas. Mi nombre sonaba en su voz como si tirara de la cuerda de un pozo para arrebatármelo. Pero aún tuve fuerzas para desasirme y gritar. Di un alarido y salté del lecho. Todo fue tan rápido que creí haberlo soñado. Observé toda la habitación, hasta que al pie de la ventana percibí una sombra, una leve agitación, la huella del ala de un pájaro. Se movieron los pliegues de la cortina, como si alguien se ocultara detrás, y fui hacia allí. Abrí la ventana, y todo lo que vi latía pausadamente con la inalterable calma de los amaneceres: el patio, el plácido tintineo de la fuente, las sombras oblicuas de las columnas, la oscuridad de los soportales, las almenas de la fortaleza que rodeaba la ciudadela y, a los pies de ella, la ciudad deslizándose en suave pendiente hasta la muralla. En el horizonte, la silueta del monte Ida y el negro mar de los Dardanelos.
Avisados por mi presencia, dos centinelas salieron de las sombras del claustro. Había en sus rostros estupor, curiosidad y una sombra de complacencia con seguridad provocada por mis pechos desnudos. Ningún temor en su actitud, en sus rostros de campesinos extranjeros, tracios o licios. Sabían que nada habían de temer en la próspera y tranquila Troya. Ni las posibles amenazas llegarían hasta el palacio del rey y hasta las habitaciones de sus hijos. Había soldados de sol a sol paseando por el corredor de la muralla, vigías sobre las torres que flanqueaban las cinco puertas de acceso a la ciudad, patrullas rondando las calles, plazas y mercados. La guardia real hacía de la ciudadela un lugar inexpugnable, bien a salvo los tesoros de nuestros templos y palacios, nuestro oro, nuestros dioses.
Los soldados llevaban sus lanzas y escudos con la misma despreocupación que las mujeres los cántaros a la fuente. Los centinelas me miraban ya con una expresión de regocijo que a duras penas lograban disimular. Asomada a la ventana con el pecho desnudo y el pelo revuelto debía de parecer más una mujerzuela que una de las hijas de Príamo. Uno de ellos dijo:
- ¿Ocurre algo, señora?
Yo seguía obcecada y confusa, no comprendía su serenidad. Mi espíritu estaba tan agitado que la paz se me hacía absolutamente incomprensible.
- ¿Habéis visto a un hombre?
Me miraron estupefactos con la sonrisa contenida.
- Un desconocido, imbéciles -grité irritada-. ¿Habéis visto a alguien?
- No, señora, a nadie en absoluto desde que hacemos nuestra guardia, ni conocido ni desconocido. Todo está en orden.
En las ventanas del otro lado del patio aparecieron varias mujeres entre las que reconocí a algunas de las concubinas de mi padre, aburridas y gustosas de chismorreos. Cerré la ventana. Seguramente le contarían al rey el incidente, y yo no quería hacer nada más que le disgustase. Al día siguiente de la tensa reunión familiar quise hablar con él, pretendía explicarle mis razones, hacerle comprender que no deseaba ofenderle. Me recibió en su sala particular, mientras una esclava le masajeaba los pies y unos esclavos le llenaban la copa de vino y le pasaban bandejas con frutas y pasteles. Mi astuto padre pretendía simular que me ignoraba. Le conocía bien, sabía que utilizaba aquellos ardides cuando recibía a quien le era desagradable o inferior en rango. Intenté hablar sin amilanarme, a pesar de que continuamente me interrumpía para dar órdenes o indicaciones a los esclavos o hacer cualquier otro tipo de comentario. Si la conversación sobre los griegos la hubiéramos tenido a solas su actitud habría sido diferente, pero yo me había rebelado delante de toda la familia, poniendo en cuestión su autoridad y sus decisiones, había herido su orgullo y ahora él me castigaba. Apenas me dejaba hablar, continuamente me interrumpía con cualquier pretexto o frivolidad: «Cardea, me estás haciendo daño», «Están deliciosos estos higos», «Aleja de mí esos pasteles, me producen ardor de estómago», «Muía torpe, te voy a poner a limpiar el estiércol de mis caballos», «¿Qué decías, Casandra?». La entrevista continuó así durante un rato, hasta que yo pedí permiso para retirarme. Entonces dijo:
- Casandra, cuando naciste tenías el pelo negro como el mío de joven y como el de todos mis hijos, luego se aclaró y más tarde se volvió del color de la madera, eres la única que lo tiene de ese modo.
Mi padre sabía cómo herirme.
- Te he amado más que a muchos de tus hermanos, y tanto como a Héctor. Gozas de más privilegios que cualquiera de tus hermanas, te he dado mi confianza, tu sabiduría y buen juicio me han llenado de orgullo en muchas ocasiones. Por ti me he enfrentado a tu madre y a tus hermanos. No hagas nada que dañe mi amor de padre, pues me romperías el corazón.
Avancé hacia él y deseé abrazarle, pero sólo permitió que le besara la mano. Sentí una gran tristeza. Pero quise pensar que pronto se le pasaría el enojo, aquella misma noche, con las fiestas, el banquete y la alegría de la primavera.
Habían construido la escalera para ella, y seguramente fue ella quien la ideó. Bajaba desde el piso superior abriéndose en una gran curva y tenía luego una larga recta, cuyos escalones más estrechos en la parte superior se iban ensanchando hasta llegar al suelo en forma sinuosa, de modo que parecía una gran flor. En las grandes ocasiones colocaban dos enormes pebeteros en el extremo de la baranda y lámparas de aceite junto a los escalones, así se conseguía que estuviera más iluminada que el resto del salón. Era la escalera de Hécuba, y bajó por ella como la reina de Troya, con la misma majestad que Príamo, pero mucho más impresionante que él. Iba vestida a la manera egipcia, con una túnica de lino casi transparente, y llevaba alrededor del cuello, en las muñecas y en los tobillos gruesos collares, brazaletes y pulseras de oro que tintineaban cuando se movía como si fuera una música que anunciara su presencia. Estaba hermosísima, a pesar de que ya no era joven, y cuando bajó por los escalones moviéndose con cuidadosa voluptuosidad, mirándonos a todos sin vernos, pues era ella la contemplada y la admirada, se hizo en el salón el más absoluto silencio. Su sombra se alargaba sobre las escaleras y las paredes, su imagen parecía salir del fuego de las lámparas como si fuera una prolongación de las llamas. Su entrada en el salón fue como un largo y sinuoso baile que iba mucho más allá del simple deseo de exhibición. Al llegar abajo se entretuvo en la primera mesa saludando a un grupo de militares, entonces me miró por encima de los corrillos de comensales y sentí un peso en el corazón, comprendí que sufría profundamente. Recordé la época del año en que nos encontrábamos.
Yo no había dejado de pensar en el extraño suceso de aquella mañana, aunque cumplí con mis obligaciones diarias sin descuido ni negligencia pero turbada y pensativa. Laocoonte, el sumo sacerdote del templo, mi maestro y amigo, me había estado observando. Durante el banquete, con la segunda copa de vino, se le soltó la lengua y me interrogó, de lo cual yo me alegré pues deseaba confesarme a alguien. La sabiduría y el buen juicio de mi maestro me animaron a ello, y la confianza que le tenía me llevó a relatarle el sorprendente acontecimiento de aquella mañana con todo detalle.
- Princesa Casandra -me dijo el sacerdote-, los dioses no abrazan con humo sino con brazos de carne, como los de los hombres, pero inmortal, ésa es la única diferencia -y continuó-: Los dioses son imperecederos. Su poder es tan grande que adoptan cualquier forma que se les antoje, ya sea de hombre o de animal, pero cuando desean poseer a una mujer no se transforman ni en niebla, ni en humo ni en aire. ¿Cómo si no hubiera podido Zeus fecundar a Leto o a Sémele? De ser como tú dices, ni nuestro Apolo ni su hermana, la divina Artemis, o Dioniso habrían sido concebidos.
El sacerdote aprovechaba la ocasión para instruirme. Era un hombre de buen humor, que con frecuencia renunciaba a la solemnidad de su cargo para gastar bromas sutiles, ironizar con ingenio y buscar la diversión en cualquier circunstancia. El fuego de los antorcheros lanzaba sobre su cara sombras oblicuas y reflejos rojizos. Su pelo abundante, sus cejas pobladas, su figura maciza y los gestos que transformaban de continuo su expresiva cara le hacían parecer un jocoso sátiro, un discípulo de Dioniso más que un sacerdote de Apolo. Su sonrisa fácil era una prueba más de su extrema bondad. Su tono festivo a causa del vino y de la alegría festiva no mermaba la rectitud de sus juicios, el respeto con el que hablaba de los dioses y el cariño con el que intentaba liberarme de mi angustia.
- Claro, que a veces son caprichosos -siguió-. Les gusta convertirse en animales, aciertan al suponer que eso complace a ciertas mujeres. Ya conoces la historia de Europa y el modo en que el padre Zeus la gozó en forma de toro. Y no sé si habrás escuchado la de Leda y su cisne. Al parecer, un día que la reina descansaba junto al río, apareció un cisne blanco, que no era otro que Zeus, como ya imaginarás. El caso es que era un animal de hermosura extraordinaria, tan blanco como la nieve del monte Ida, sin mácula ni imperfección alguna, de una belleza propia de los olímpicos ante la que la reina quedó deslumbrada. De modo que copularon allí mismo, junto al río.
- Alabados sean los dioses -dije yo.
- Así sea -respondió Laocoonte-. Pues bien, nueve meses después Leda se acuclilló y puso dos huevos; cuando éstos se rompieron de cada uno de ellos salieron dos criaturas, así nacieron dos parejas de gemelos de distinto sexo. ¿Has oído hablar de la reina Clitemnestra de Micenas y de la bella Helena de Esparta? Son fruto de esa unión. Y también Castor y Pólux, los llamados Dioscuros. Las dos hermanas son muy hermosas, pero Helena lo es más, no hay mercader o marino que no hable de ello, dicen que tiene la piel del mismo color que la diosa Afrodita, y que ella me perdone, pero no creo que se enoje por una opinión que no es mía, sino del cordelero -soltó una carcajada burlona y me guiñó un ojo con picardía-. Al parecer, el cordelero y unos cuantos más hablaban con conocimiento -sonreí-. ¿Crees que un mortal hubiera engendrado tanta belleza? Bien, princesa, ya has sonreído; la risa ahuyenta el miedo y los negros pensamientos. Veamos, ¿qué mal crees que puede hacernos Apolo, al que veneramos? Los dioses sólo hacen mal a quienes les ignoran o les afrentan. Acuérdate de lo que le sucedió a la pobre Aracné por atreverse a desafiar a Atenea.
- En cualquier caso -dije yo-, castigan en exceso. ¿Crees que mereció ser convertida en araña por atreverse a afirmar que sus bordados eran superiores a los de la diosa?
- De acuerdo, y sin embargo hay en esa pena, pese a su crueldad, justicia e incluso compasión: la diosa la condenó a hacer lo que tanto le agradaba, tejer, por toda la eternidad.
- Eso no fue compasión sino burla. Y en cuanto a Acteón…
- Herejía -afirmó sin dejarme terminar-. La profanación de lo sagrado debe ser castigada con la muerte. La divina Artemis protegía su desnudez de los ojos de los hombres según sus votos de castidad. Fue justo que muriera por ello.
- Devorado por sus propios perros, por haberse acercado a un estanque donde la diosa se estaba bañando, probablemente ignorándolo.
- No importa si lo ignoraba o no. Lo que importa es la acción, no la intención, princesa Casandra.
- Eso es crueldad, amigo mío, lo hemos debatido cien veces -dije con dejadez.
- Niña, me agrada tu capacidad para la controversia, e incluso tu arrogancia. Las mentes inquietas deben ejercitarse en la discusión, así te lo he enseñado yo mismo. Pero no olvides los límites de la compostura o te levantaré la túnica y te azotaré las nalgas con mi bastón, tal como hacía cuando eras pequeña, aunque seas la hija del rey y estemos ante su presencia.
La vanidad de mi maestro surgía en forma repentina, como si de pronto se hiciera cargo de su autoridad o creyera necesario recordarla. A pesar de su aparente espontaneidad, lo hacía siempre en el momento oportuno: un instante antes de que su antagonista, en este caso yo, avanzara demasiado o diera un paso en falso. No era sólo un luchador hábil, sino que parecía saber lo que iba a ocurrir, ya fuera en el mundo de los hechos reales o en el complejo corazón de los humanos. No me sentí humillada sino querida y creo que le miré con toda la ternura y la admiración que sentía por él.
- Crueldad, dices -continuó-. Es crueldad, no hay duda. Los fuertes y los poderosos son crueles, y también los pequeños y los débiles, los dioses y los humanos, los mortales y los inmortales, los hombres y las mujeres, los reyes y los súbditos. A veces se tienen razones para ejercerla y a veces nos complace sin más. Artemis hizo que su jauría devorara a Acteón, Atenea convirtió en araña a una boba insensata, tu mismo padre, el rey, tan bondadoso con sus súbditos, tan generoso con sus aliados, castiga despiadadamente a los aqueos impidiéndoles navegar por los estrechos, por lo que es posible que pronto no tengan para comer. Hace tiempo que me negué a reflexionar sobre las causas que mueven a los hombres, pues se me hacen incomprensibles. Si no comprendo sus acciones, cómo habría de comprender sus intenciones. Pero no creo que los dioses sean más crueles que los hombres, son más poderosos, y aun así su poder no es ilimitado.
- ¿Cómo es eso? -inquirí-. ¿Crees que hay algo que les detenga, que pueda reducir su poder?
- En cierto modo, ellos mismos. Recuerda sus continuas disputas y enfrentamientos. Uno hace algo que molesta u ofende a otro, éste lo castiga y a su vez el castigado se venga. El poder de uno está limitado por el poder del otro. Nuestras murallas, por ejemplo, fueron levantadas por Apolo y Poseidón, y por ello son superiores e invulnerables, sin embargo, recuerda que esos dos dioses no lo hicieron por su gusto sino que fueron obligados por Zeus como condena por su insurrección, así que nuestra grandeza fue para ellos un trabajo de esclavos, una humillación y un castigo. A su vez, Zeus ve con frecuencia sus acciones malogradas por los celos de Hera, que no duda en perseguir y aun asesinar a sus amantes. Mira lo que le ocurrió a la pobre Leto, que hubo de huir de su maldición encinta de Apolo y Artemis, los divinos gemelos, hasta que Poseidón le encontró un refugio. O a Io, que fue convertida en vaca y atormentada por un tábano mortal enviado por la celosa diosa, o a la desdichada Sémele, hija de Cadmo y madre del divino Dioniso, que fue fulminada por el mismo Zeus transformado en rayo por causa de un engaño de Hera. Y qué me dices de la misma Hera, encadenada a un trono de oro por su hijo Hefesto, que la odiaba por haberlo despeñado al nacer a causa de su fealdad.
- Es cierto todo lo que dices -afirmé pensativa.
- Hay más, la historia de los dioses está llena de episodios similares. Recuerda a nuestro Apolo humillado por vulgares mortales e insignificantes ninfas que no sólo rechazaron su pasión, sino que huyeron aterrorizadas de él hasta el punto de que prefirieron la muerte a su amor, lo cual, desde luego, puede resultar incomprensible, pero así es la naturaleza femenina de caprichosa e imprevista.
Yo me estremecí. No había sido sólo humo lo que sentí sobre mí, sino piel y carne. Un contacto que no era afectuosa delicadeza sino violenta usurpación. No dije nada de ello a Laocoonte. Continué la conversación.
- Entiendo que el poder del Hado es superior al de los dioses.
- Ésa es la cuestión, y así lo reconocen ellos mismos, nada se puede hacer contra el Destino, ni la voluntad o las acciones de los hombres o de los dioses pueden torcer sus propósitos. Lo que ha de ocurrir ocurre inevitablemente. Volvamos al caso de Sémele: Zeus, que la amaba, le había prometido concederle todo cuanto ella le pidiera, así que cuando, engañada por el ardid de Hera, que, como sabes, tomó la forma de su nodriza para influir en la voluntad de la pobre muchacha, Sémele solicitó del padre Zeus que se presentase ante ella en toda su majestad, él estuvo obligado a hacerlo. Tampoco pudo hacer nada contra la caprichosa naturaleza de Sémele. Por mucho que deseara su vida y la del hijo que llevaba dentro, hubo por fuerza de complacerla, y así murió la madre de Dioniso, atravesada por el divino rayo.
- De modo que los dioses no pueden desdecirse -concluí.
- No pueden. Sus palabras, sean para bien o para mal, sean oráculos o maldiciones, han de cumplirse invariablemente. No les es posible el arrepentimiento; ellos también están sujetos a las reglas que el Destino determina.
- Como nosotros -dije.
- Así es.
- Por ello es posible averiguar lo que va a suceder: está escrito y de algún modo ya sucede.
El maestro asintió.
- Es grande el poder del adivino -concluí.
- Lo es -confirmó Laocoonte.
- Un don divino.
- Es mi oficio, y también es el tuyo.
Ahora fui yo quien vaciló, pero no porque dudara sino porque buscaba las palabras precisas para lograr así que también lo fuera la respuesta del sacerdote.
- No me refiero a eso. Querido maestro, no quiero que te sientas ofendido y que cumplas con tu amenaza de azotarme las nalgas -bromeé-, lo que quiero decirte va más allá de oráculos oficiales en los que todo el mundo está dispuesto a creer. Me refiero al divino don de la profecía.
- ¿Quieres decir que los sacerdotes de Apolo somos unos farsantes?
- De ningún modo, o quizás entre todos haya alguno, pero no eres tú ni Mérope, Ésaco o Héleno. Ninguno que yo conozca, aquí en Troya. Lo que ocurre es que he visto con tanta frecuencia lo equivocado de los vaticinios que por fuerza tengo que dudar. Aunque los demás no reparen en esos errores, y así debe ser, pues la verdadera fe es ciega, nosotros sí sabemos que suceden, que no siempre lo que decimos en nombre del dios en verdad se cumple.
- Cierto. En Troya existen más de doscientos oráculos.
Hice un gesto de sorpresa. Yo sólo sabía algo más de cien y me tenía por erudita. Pensé que eran demasiados, pero conocía la asombrosa memoria de Laocoonte y sus prodigiosos a la par que curiosos conocimientos, así que le creí.
- Más de doscientos. ¿No lo sabías? Algunos se remontan a los tiempos de los fundadores. Se refieren a la creación de la ciudad, a la construcción de las murallas, a los éxitos de sus reyes, a sus riquezas, incluso a su destrucción, a su desaparición de la faz del mundo. Imposible que todos puedan ser ciertos, muchos de ellos se contradicen, son ingenuos, incoherentes y absurdos. Si se nos ocurriera tener de ellos testimonio escrito, imagínate, cientos de tablillas criando polvo en los almacenes, y, pasado el tiempo, nos dedicáramos a verificar cuáles se han cumplido y cuáles no, con seguridad entonces sí que todos los sacerdotes de Apolo, así como sibilas, brujas solitarias y adivinos vagabundos, apareceríamos como una caterva de farsantes. Pero es natural que nos equivoquemos, y no sólo porque la capacidad de errar forma parte de nuestra naturaleza, sino porque nos vemos obligados por las circunstancias. Sólo tenemos que hacer un esfuerzo para no permanecer en el mundo de las apariencias, tal como pretendes hacer tú, princesa -ironizó-, para darnos cuenta de lo que en realidad los demás pretenden de nosotros, y me refiero lo mismo a la gente del pueblo, desde el más rico de los comerciantes al más mísero de los porquerizos, como a los señores, nobles o reyes, lo mismo da, para eso todos son iguales. No quieren que les averigüemos el porvenir para así poner remedio a sus males o esperar con alborozo los días de dicha, lo que quieren es mucho más simple, quieren aliviar la angustia de no saber o, mejor dicho, la angustia de vivir, que es más o menos lo mismo, pues la vida es desconocimiento e incertidumbre. El sabio es aquel que ve lo que otros no pueden ver.
«Nosotros cumplimos con nuestro deber, jamás salen del templo más pesarosos de lo que llegaron, ni se sienten más agitados después de consultarnos, aunque el vaticinio no les sea favorable, porque el conocimiento es un bálsamo para el espíritu. A pesar de que, como bien sabes, los dioses casi nunca se manifiestan con precisión, sus enunciados resultan oscuros, nuestras interpretaciones escasas o imprecisas y la compresión de ellas con frecuencia torpe. Así ha sido desde el principio de los tiempos.
- Pero existe la clarividencia, al menos existen quienes la poseen.
- La tenemos todos los sacerdotes de Apolo. Antes la poseían las sacerdotisas de la Madre, y aún la tienen, aunque en mucha menor medida. Ya hemos hablado de las disputas entre los dioses. Apolo es ahora el amo de las profecías.
- Le arrebató a la Madre el sagrado santuario de Delfos, y eso fue en mala lid. A veces comprendo que sus amantes le rechazaran, su atentado contra la Diosa le hace odioso.
- El tiempo pasa como los granos en un reloj de arena -reflexionó el maestro- y nada continúa igual. Los tiempos cambian, pero la Madre comprende que aún sentimos amor por ella.
- Es cierto -asentí-. Deseo el don de la adivinación, lo deseo más que nada en el mundo, no me importa quién me lo otorgue. Sabes de lo que estoy hablando. Ahora, dime, ¿quién de nosotros crees que está en verdad dotado?
Frunció el ceño pensativo y a continuación dijo:
- Tu hermano Heleno, te ruego que me disculpes, princesa, cree ser un elegido y presume tanto de ser sacerdote de Apolo que creo que hasta al mismo dios le resulta antipático, y nunca le otorgará la gracia, o muy raramente. Sin embargo, conoce muy bien los oráculos de Troya y sabe distinguir los auténticos de los que no son más que cuentos para niños.
- Eso no es difícil -dije.
- No para ti, que eres una alumna espabilada, pero de tu taciturno hermano no esperaba tanto, acaso lo subestimo. En cuanto a Mérope es ya algo viejo y a veces desvaría, pero en sus tiempos fue un gran vidente. Su manera de profetizar era completamente espontánea, carecía de método alguno, y aunque poseía un conocimiento profundo de las artes adivinatorias, lo cierto es que tenía videncias de modo instintivo y natural. En cambio, cuando invocaba a Apolo después de un sacrificio y leía las entrañas del animal inmolado, o cuando interpretaba el vuelo de las aves o el comportamiento de las bestias le ocurría lo que a todos nosotros: sus pronósticos eran triviales, tan ingenuos y factibles que cualquier niño los habría superado.
»Tu hermano Ésaco ha heredado de él parte de su talento. Como sabes, posee el don de interpretar los sueños.
»En cuanto a mí, rezo continuamente, invoco al dios, le ruego, le ofrezco sacrificios, soy su más fiel servidor, y, sin embargo, jamás me ha favorecido, a pesar de lo que piensan los troyanos, tu padre el rey y tú misma, querida, a quien difícilmente se le escapa algo de lo que sucede a su alrededor. Creo que el dios está enfadado conmigo porque en una ocasión copulé con mi esposa en su templo.
- Hiciste mal -dije-. Apolo no lo permite.
- Pero los dioses son volubles. Ante un acto similar pueden reaccionar con indiferencia, con una carcajada o con ira. Si digo que no le agradó fue porque nada más salir el cielo se hallaba cubierto de nubes negras, y al día siguiente su efigie estaba completamente empapada de sudor. Pero no fue una falta de respeto; mi esposa hace unos años era extraordinariamente hermosa y no pude contenerme, si ofendí al dios no fue con deliberación ni maldad alguna, aunque ignoro si él será del mismo parecer. Y no sé si con esto contesto todas tus preguntas. Mira, tu madre, la reina, viene hacia aquí.
Venía a despedirse de mí; se retiraba y antes de acostarse quería orar un rato. La había observado comportarse con desenvoltura y brillantez, pero comprendí que ya no podía más. Desde que la vi bajar las escaleras sentí en ella la perturbación que la acosaba todos los años por aquellas fechas. Dentro de unas semanas se celebraría el aniversario por la muerte del hijo que había nacido muerto. Después de saludarnos con cortesía, nos miró con ojos acuosos, habló de las gestiones de Antenor, que una vez más iba a Grecia a negociar con los jefes aqueos la devolución de mi tía Hesíone, y nos interrogó acerca de ello.
- Los oráculos dicen que serán vanas, madre -respondí yo-, igual que en otras ocasiones.
- Harías bien en convencer a tu padre de que abandone esa absurda empresa. Hesíone no volverá, porque ni se lo van a permitir ni tampoco ella lo desea, y él lo sabe, pero ya nadie hace caso a la reina.
A continuación se dirigió a Laocoonte:
- ¿Y qué me dices tú, amigo mío? Antenor va a partir a pesar de los oráculos en contra. ¿No tienen los sacerdotes de Apolo influencia alguna sobre el rey de Troya?
- La voluntad del rey es soberana, señora -respondió mi maestro.
- Ninguna voluntad de hombre alguno es soberana, ni siquiera la del rey de Troya.
Cambiando de tema con brusquedad, me dijo que se retiraba a descansar, pero que antes deseaba ir al templo de Hécate para honrar a la diosa, y me pidió que la acompañara. Hizo una señal a dos esclavas, que se acercaron, nos pusimos nuestros mantos y salimos del salón.