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Eneas de Dardania
Narración de Casandra:
Los funerales fueron magníficos. No se escatimaron gastos por estar en guerra, ni mucho menos por la cicatería de mi padre, que estaba destrozado. Era como si de repente se hubiera convertido en un viejo, él que hasta entonces había presumido de madurez viril. Costó mucho amortajar a Troilo, era un saco de huesos rotos y hubieron de subirlo entre seis hombres hasta la alta pira para que su pobre cadáver no se desmoronase. Apolo, su padre, brilló tristemente, su luz era apagada y alicaída. El viento sur soplaba débilmente. Toda Troya estaba reunida en la plaza del mercado donde se celebraron los funerales. En sus cuatro lados se alineaban diferentes grupos de ciudadanos cuidadosamente agrupados por sexos y profesiones. La familia real y los consejeros nos sentábamos en gradas en el centro de la plaza. Los sacerdotes rodeaban la pira, en los trípodes ardía incienso, laurel, otras hierbas y polvos de piedras que propiciaban el buen tránsito del difunto hacia el lugar donde habitan los héroes y los hijos de los dioses.
Se hizo el más absoluto silencio. Laocoonte tomó una antorcha y encendió la pira. A continuación, las mujeres troyanas, vestidas de blanco, con un pecho descubierto en señal de duelo, entonaron una canción fúnebre al son de los címbalos de los sacerdotes. Después comenzaron los soldados a entonar sus canciones guerreras a la diosa Hécate. Entretanto los sacerdotes oraban con las manos en alto y los puños cerrados mirando a la tierra donde se halla el mundo de los espectros. Cuando concluyeron los cánticos fúnebres empezaron los sacrificios. Mientras ardía el fuego, las llamas sagradas subían por la empalizada, una nube de humo cubría Troya, una nube blanca y transparente como una niebla a través de la cual veíamos a Troilo joven y hermoso. Los dioses fueron misericordiosos, no nos enviaron un humo negro y maloliente símbolo de mal agüero. Luego los sacerdotes comenzaron el ritual, mataron corderos, cabras y bueyes, cuya sangre regó la tierra. Se hicieron libaciones de vino y miel. Los ciudadanos de Troya, guardando un solemne silencio, depositaron sus ofrendas en la pira funeraria: estatuillas de dioses, mechones de pelo, cestas de fruta, jarras de miel. Durante dos días y dos noches no cesarían los cánticos y la música.
Por la noche, en el gran salón del palacio real se celebró el banquete fúnebre. Para la ocasión mi madre dispuso su más fino mantel de lino, cuchillos de oro y la vajilla cretense con vasos en forma de cabeza de toro y platos en los que mujeres con los senos desnudos portaban ofrendas a la Gran Diosa que tanto valor tenía, pues se decía que había pertenecido al legendario rey Minos de Creta. Parte de la carne de los sacrificios, panes, frutas y pasteles, fueron repartidos entre la población, y cada troyano en su casa comió y bebió en honor de Troilo.
En tiempos de guerra es costumbre respetar el tiempo de los funerales; mientras éstos duran, se decreta una tregua que siempre es obedecida. Sin embargo, ignorábamos que, poco antes de la muerte de Troilo, Aquiles y sus mirmidones habían saqueado Lirneso en la Dardania, cuyo rey era mi primo Eneas. Se echó de menos en los funerales, a él, a mi hermana Creúsa y a mi tío Anquises, pero pensábamos que quizás el correo había sido interceptado por alguna patrulla aquea. Estábamos en pleno banquete cuando apareció Eneas, solo, con una patrulla de dárdanos armados.
Eneas era hijo de Anquises, nieto de Tros y primo hermano de mi padre, y de la diosa Afrodita, que se enamoró de él -era un hombre de gran belleza- cuando apacentaba unas vacas en el monte Ida, y tomando la forma de una princesa frigia copularon bajo un avellano. De esta unión nació Eneas.
Hasta entonces los dárdanos se habían mantenido neutrales. La Dardania, al norte de la Tróade, era una región más extensa en territorio pero mucho más pobre. Vivían de la agricultura y la ganadería. Mi abuelo y mi padre raramente les permitían disfrutar de los beneficios del comercio con los países del Ponto. Las relaciones con Eneas eran cordiales, pero se mantenían en el fondo viejos y enquistados rencores. Cuando Eneas entró en la sala, llevaba vendajes en el antebrazo y el muslo. Mi madre, Hécuba, se levantó y, tomando su pecho descubierto en señal de dolor, exclamó:
- ¡Ah!, pariente sin alma, ¿cómo no has asistido a los funerales por mi pobre hijo cuyas cenizas yacen aún sobre la pira humeante? ¿Acaso tus entrañas están secas y tu corazón es una piedra?
- Hécuba -dijo Eneas-, si grande es tu dolor, no menor es el mío. Yo mismo hubiese encendido la pira funeraria y hubiera entonado cantos fúnebres con mis soldados, y las mujeres de Dardania habrían llorado al son de los címbalos. ¿Cómo puedes dudar de mi amor por Troilo? Pero, mírame, mira mis heridas. Dardania ha sufrido el ataque de los mirmidones. Lirneso ha sido saqueado.
Eneas continuó hablando.
- Se han llevado muchos hombres, mujeres, niños, ganado y todo cuanto había de valor, hasta los clavos de bronce de las puertas. La gente que ha podido salvarse se ha refugiado en las cuevas del monte Ida. Luego han prendido fuego a la ciudad. Por fortuna hemos logrado apagarlo antes de que la destruyeran por completo. Hemos sufrido numerosas bajas. Yo mismo he estado a punto de morir. Aquiles me ha sorprendido mientras pastoreaba. Hemos luchado cuerpo a cuerpo. Gracias a los dioses soy más pequeño que él y más ágil. Él es veloz en la carrera, pero su cuerpo es pesado y sus movimientos más lentos que los míos. Su primer golpe no iba dirigido a mi brazo sino a mi cuello, me hubiera decapitado de no haberme movido como un acróbata. Pero la herida me sangraba mucho y gracias a la protección de la divina Afrodita he resistido su ataque. Mi agilidad y mi tenacidad le han puesto nervioso. He logrado herirle en un hombro y un costado. Me he movido con tanta rapidez que ha dado estocadas ciegas al aire. Un golpe mortal dirigido a mi vientre apenas ha podido rasgarme el muslo. Es un asesino, no desea luchar sino matar. Le excita la sangre como a los cerdos. Por suerte la divina Afrodita me ha enviado una red desde el cielo, la he lanzado sobre él y, mientras luchaba por liberarse, he conseguido huir por la ladera del monte. Gritaba como una fiera, decía que había de matarme.
Dicho esto, se dirigió a mi hermano Héctor:
- Jamás he visto a nadie luchar de ese modo -dijo Eneas-. Sólo tú podrías vencerle en un duelo. Ningún otro hombre en el mundo sería capaz de derrotarle.
- Llegará el día en que me enfrente a él -respondió mi hermano.
Sentí un escalofrío y creí que era una nueva y horrible visión. Pero no vi nada hasta que me acerqué a Eneas para abrazarle. Ése fue el único trance gozoso que he tenido en mi vida. Vi a mi primo salir de Troya en medio del fuego y del tumulto. Llevaba de su mano a su hijo Ascanio, a sus espaldas a su padre Anquises. Supe entonces que Troya no sucumbiría, que sobreviviría por los siglos de los siglos, que sobre sus ruinas se edificaría otra nueva ciudad, y luego otra y otra, y que los descendientes de Eneas -los hijos de los troyanos- cruzarían el mar y fundarían enclaves que después se convertirían en imperios. Troya sería eterna, sus descendientes poblarían el mundo, su memoria llegaría hasta tiempos futuros e inimaginables. El Destino ya estaba escrito. La vida de Eneas era preciosa.
Cuando nos separamos, me miró con sorpresa, tanta fue la fuerza con que le abracé. Pero me abstuve de profetizar, pues ni él ni nadie habrían de creerme.
- Bendita sea Afrodita que te ha protegido -dije.
Desde entonces los dárdanos fueron nuestros aliados, y contábamos con la ayuda de un hombre tan capaz de dirigir un ejército como mi hermano Héctor.