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El zorro de Ítaca
Continúa la narración de Herófila:
No pude ir a Ítaca; tuvimos que quedarnos en la corte de Micenas. Pero, para entonces, Aristoo y yo habíamos sobornado a varios esclavos, escuderos y aurigas. En mi larga vida he conocido a muy pocas personas que sean capaces de resistirse al oro, a la plata e incluso al bronce. Desde luego, ninguno de ellos sabía escribir, pero un escudero llamado Cisitoro, que era listo y sabía expresarse con bastante claridad, me contó, a su regreso, cuanto había sucedido en la isla, mientras paseábamos por los terrenos cercanos al palacio de Micenas donde sólo podían oírnos los espíritus del bosque, amigos silenciosos y benéficos.
Parece ser que un oráculo había advertido a Odiseo que si iba a Troya no volvería hasta el vigésimo año y lo haría solo e indigente.
Odiseo recibió a los príncipes de forma singular. Cisitoro me lo contó entre risas, a veces tan estridentes que se golpeaba los muslos con las palmas de las manos. Penélope los condujo hasta donde se hallaba su esposo. Cuando llegaron Agamenón, Menelao y Palamedes lo encontraron con un gorro de fieltro en forma de medio huevo, arando con un asno y un buey uncidos juntos y arrojando sal por encima de su hombro. Era su forma de mostrar su oposición a la guerra. El gorro cónico caracteriza a los adivinos, y los surcos sembrados con sal representaban los años inútiles de muerte y destrucción. Araba la tierra no como un rey sino como un campesino, quizá deseaba ser eso: un agricultor, un hombre de paz.
Sin embargo, Palamedes conoció el ardid.
- Los dioses sean contigo, rey de Ítaca -dijo-, ¿no vas a saludar a estos ilustres huéspedes que te honran visitando tu casa?
- No conozco a estos hombres, ni tampoco a ti. ¿Ves aquel bosque de encinas? Pues hasta allí tengo que arar, el sol está alto y pronto el día se acabará.
- Pero ¿cómo es que no conoces al gran Agamenón de Micenas y a su hermano Menelao de Esparta? ¿Acaso no recuerdas cuando competiste con él y otros por la mano de su esposa Helena, la hija de Tindáreo? Y yo soy Palamedes de Nauplia, tu amigo.
Como Odiseo no contestara y continuara con su absurda tarea, Palamedes arrancó al niño de los brazos de Penélope y lo puso en el suelo delante del ganado que avanzaba. Odiseo inmediatamente detuvo a los animales y tomó en brazos al niño.
- Palamedes le tendió una trampa -dijo mi interlocutor.
Odiseo se vio obligado a ir a Troya, en mala hora para todos nosotros.
De nuevo los príncipes, ahora con Odiseo, se encontraban en la corte de Micenas. Seguían reuniéndose para parlamentar. No puedo recordar todas las conversaciones, pues fueron muy largas, algunas de ellas duraron noches enteras. Agamenón se ocupó personalmente de ir a buscar a un personaje asombroso. Era Calcante, un adivino del que se decía que era nieto de Apolo y que el mismo dios le había enseñado el arte de la predicción. Había oído hablar de él en Troya, se trataba de un traidor troyano. Pero nunca le había visto personalmente. Tenía ojos de águila, hocico de hurón y el andar pausado y amenazador de los felinos. Vestía una larga túnica blanca, bordada con signos mágicos, algunos de los cuales comprendía, otros no los había visto jamás. Llevaba un largo báculo de madera y marfil, cuyo extremo era una esfera de color negro de un extraño material que no reconocí. Calcante tenía una voz ronca y profunda, como si saliera del fondo de una caverna, y cuando levantaba una de sus manos lograba que todos los príncipes se callaran. Llegó acompañado de dos esclavas, una de ellas portaba un trípode, la otra una bandeja llena de diversos objetos, lámparas, ampollas, frascos. Las esclavas pusieron el trípode en el centro de la sala, colocaron a su alrededor lámparas untadas con aceites y vertieron dentro de él el contenido de los recipientes que llevaban en la bandeja. Luego Calcante echó sobre el cuenco del trípode unos polvos de color amarillo verdoso, cuyo nauseabundo olor casi me hace vomitar, pero enseguida desapareció y quedó encendido un fuego de color verde que se agitaba como si lo moviera un viento desconocido. Después de observar aquellas llamas durante unos minutos en los que se guardó profundo silencio, Calcante dijo:
- Aqueos, los dioses han hablado: jamás podréis tomar Troya sin la ayuda de Aquiles, el séptimo hijo de Peleo y de Tetis, hija de Nereo, un antiguo dios del mar.
- ¡Aquiles! -bramó Agamenón-. Calcante, tus dioses deben de estar ebrios, un loco arrogante no puede ser un buen soldado.
Lo es, hermano -replicó Menelao-. Conozco su fama y la de sus mirmidones, Calcante tiene razón.
- Nos traerá la victoria -dijo Calcante.
Yo conocía las hazañas de su padre Peleo, rey de Ftía, en Tesalia, que eran muchas y famosas, pero Aquiles era joven aún y poco sabía de él. Sin embargo, lo conocía, lo vi una sola vez y jamás pude olvidarlo. Sucedió unos cinco o seis años atrás en una taberna cercana a Volcó, donde pernoctaba con Selino y mis otros compañeros. Estábamos sentados a una mesa tomando vino, sopa de cebada y pan con queso cuando entraron dos hombres. «Es Aquiles», dijo Selino. Era muy joven, pero en extremo alto y corpulento. Vestía una corta túnica de lana y un ancho cinturón de cuero. Llevaba una larga y enmarañada melena rubia, que en vano había intentado domesticar con dos trenzas que le salían de la frente y se deshacían en mechones, como lana deshilachada. Sus ojos azules eran hermosos, también lo eran sus miembros, su cuerpo, el bello rubio que le cubría, sus grandes manos. A pesar de no vestir a la manera militar y de moverse de un modo pacífico, dirías que toda su persona revelaba violencia y conflicto. Su voz era galope de caballos, sus pisadas la marcha de un ejército, sus brazos lanzas, el rictus de su boca parecía pronto a lanzar un grito de guerra. Era la suya una belleza aterradora. Había nacido para matar. El muchacho que le acompañaba era de complexión similar a la suya, y a pesar de ser un soldado, su belleza era dulce y femenina como la de una mujer. Se sentaron a una mesa y pidieron vino. Cuando nos vio dijo a Selino:
- ¡Eh, poeta, cántanos algo para distraernos!
Pero yo, sabiendo que Selino estaba muy cansado, pues habíamos trabajado y viajado todo el día, dije que lamentándolo mucho el cantor se hallaba tan exhausto que era incapaz de decir un solo verso. El pobre Selino me dirigió una mirada de reprensión y, muy asustado, se puso en pie y se dirigió a Aquiles haciendo toda clase de reverencias.
- ¡Oh!, hijo del célebre Peleo, pido de tu magnanimidad que disculpes a mi servidora a la que enseguida azotaré sin compasión. Ya sabes cuan estúpidas son las mujeres, y cuan débil es su juicio.
Aquiles respondió:
- No, cantor, la mujer dice bien, y te equivocas en cuanto a su juicio, en mucho nos superan. ¿Acaso no son mujeres las musas que te inspiran? ¿Acaso no tienen la piel tan suave como la de mi amado primo Patroclo? -dijo mientras acariciaba el rostro del joven que le acompañaba-. Si tú no puedes cantar, lo haré yo, la propia musa Calíope me enseñó a hacerlo. Dame la lira.
Entonces, con una voz suave y viril al mismo tiempo, comenzó a relatar las hazañas de Teseo de Atenas.
Llegó a Creta el insigne Teseo.
Navíos rojos de velas blancas
cruzaron el mar de jade
guiados por la gran Atenea.
¡Oh, hermosa Creta la de blanca arena!
¡Oh, desdichada Creta sojuzgada por el cruel
monstruo de cabeza de toro!
En ese momento entraron dos borrachos camorristas. Uno de ellos se sentó junto al joven Patroclo, acercó su cara a la del muchacho y dijo:
- Buen mancebo para calentar mi lecho.
Entonces Aquiles se levantó como una furia, sacó un puñal y ya no vimos más que sangre. Le había rajado la mejilla desde la sien hasta el mentón. El hombre gritaba como un cerdo en el matadero. Su compañero desenvainó la espada, pero Aquiles se la arrebató, le dio un puñetazo en la mandíbula con tal fuerza que cayó sobre una mesa y fue a parar al suelo entre sillas, vasos y botellas que se hicieron añicos. A continuación se apoderó de las bolsas y se las lanzó al tabernero:
- Por los gastos -dijo.
Luego agarró a los dos camorristas por el cogote y de un empujón los lanzó fuera de la taberna. Todos estábamos en pie, silenciosos y atemorizados, excepto Patroclo, que seguía sentado impasible. Ni siquiera los esclavos se atrevían a recoger los trozos de cacharros rotos. Aquiles volvió a sentarse en su silla y tomó de nuevo la lira.
- Sentaos, amigos, continuemos con esta bella historia.
Y siguió cantando la historia de Teseo, el Minotauro y Ariadna la de las trenzas de oro. No olvidaré aquel episodio en toda mi vida.
- Nos conviene Aquiles -dijo el anciano Néstor.
- Es descendiente de dioses -apuntó Calcante-. Su madre es una nereida poderosa y muy bella, fue pretendida por el mismo Zeus y por Poseidón, pero ninguno de ellos se atrevió a poseerla. Un oráculo había dicho que el hijo nacido de ella sería superior a su padre.
- Por eso la casaron con Peleo -dijo Néstor-, el rey de Ftía, un gran rey, un héroe y un gran hombre.
- Dicen que Peleo tomó a Tetis por la fuerza -señaló Agamenón-, lo cual no es digno de hombres.
- Conozco a Peleo y es tan capaz de cometer una infamia como cualquiera de nosotros -dijo el sabio Néstor-. No tenía otro modo de someterla y a la vez seducirla. Tetis se sintió ofendida por casarse con un mortal. ¿Sabéis la historia? Peleo la acechó mientras ella dormía la siesta montada sobre un delfín. Peleo la sujetó, pero Tetis, que por ser divina podía cambiar de forma, se transformó en fuego, en agua, en viento, en tigre, en león, en serpiente, en pájaro y por último en jibia, pero no logró que Peleo la soltase, y entonces se rindió.
- Sabrás también, amigo Néstor -dijo Agamenón-, que Tetis asesinaba a sus hijos recién nacidos. Los ahogaba como cachorros de gato.
- Los sumergía en la laguna Estigia sosteniéndolos por el tobillo, trataba de hacerlos inmortales.
- De ese modo mató a seis de sus hijos.
- Peleo sospechaba de su mujer, así que la siguió y la sorprendió cuando había sumergido a Aquiles, inmediatamente se lo arrebató, salvando así al niño. Aquiles no es inmortal, pero es invulnerable si se exceptúa el talón por el que lo sostuvo su madre. Lo cierto es que es un guerrero inigualable, y sus hombres, los mirmidones, son los soldados más temidos de toda Grecia.
Todos los presentes estuvieron de acuerdo. Pero fue Calcante quien logró convencer a Agamenón.
- Es del todo inconveniente comenzar una guerra contrariando a los oráculos -dijo.
Al fin cedió.
- Es un loco, hijo de una loca, pero está bien, se hará lo que dicen los dioses. Odiseo y Néstor irán en su busca.