6

Apolo

Cruzamos varias estancias y patios del palacio y al fin salimos de él por una puerta secundaria, camino de un pequeño acceso en la muralla que conducía al templo de la Diosa de la Muerte. Era una advocación más de la Gran Diosa, pues se la veneraba en Troya, como en toda Asia, creo, en su calidad de Doncella, Madre o Vieja. A esta última se encomendaban las almas de los muertos, algunos la llamaban Hécate, pero la Diosa posee muchos nombres; aunque siempre es la misma, en cada pueblo o país se la llama e invoca de modo diferente.

Atravesamos los grandes muros que rodeaban la ciudadela envueltas en nuestras capas, las dos esclavas nos precedían portando antorchas, pues la noche era oscura. Caminamos por las calles de la ciudad, completamente desiertas a aquellas horas, hasta llegar a aquel escondido paso cuya puerta, no obstante, estaba bien custodiada por dos guardianes. Después de que nos reconocieran y nos abrieran, anduvimos campo a través camino de la gruta sagrada. La vieja sibila que vivía en un habitáculo anexo se despertó sobresaltada al oírnos llegar. Salió de la casa envuelta en su negro hábito y, tras hacernos las reverencias de respeto, dijo a mi madre:

- No te esperaba tan pronto este año, señora. Pero tengo lo que deseas.

Entró en la casa y al poco salió con una pequeña perra negra que entregó a mi madre. Ésta le mostró su agradecimiento, y ya íbamos a dirigirnos al templo, cuando de pronto la sibila extendió uno de sus brazos que me pareció el ala de un murciélago, la oímos expresar un sonido indefinible para manifestar su contrariedad y a continuación dijo:

- Es demasiado pronto, señora, no se cumple aún la fecha de la muerte. Es de mal agüero.

Pero mi madre no le hizo caso. Era su corazón y la fatalidad los que decidían aquella noche, de modo que traspasó las puertas del templo con la perra en brazos, ajena a todo lo que no fuera su dolor. Antes de entrar, la oímos decir como si hablara para sí misma o para la propia Diosa:

- Esta noche el espíritu de mi pobre hijo recibirá el alimento de la sangre, el deseo de su madre es el de la Diosa, y no puede ser de otro modo.

Sentí que la sibila estaba en lo cierto. Un extraño sentimiento me clavaba los pies al suelo. Mi madre habló como si estuviera hechizada, y yo sabía que nada podía hacerse contra ese poder. Durante todo el trayecto me había parecido que caminaba junto a una sonámbula, pensé que su estado era obra del vino y las drogas, me hacía sentir incómoda, pero era consciente de que necesitaba mi compañía. Fui allí con ella para protegerla, y mi sensación de malestar no resultó ser otra cosa más que miedo. Era demasiado joven para saber controlar mis actos y mis palabras, no era sabia. La vieja sibila y yo nos mirábamos o quizás lo hacíamos a cualquier punto del espacio negro, porque todo estaba oscuro. A la luz de las antorchas de las dos esclavas, que permanecían flanqueando las puertas del templo, la silueta de la sacerdotisa era un bulto negro completamente quieto, impotente. Los sonidos de los animales nocturnos, el ulular de los búhos, los gritos de las lechuzas, los aullidos de los lobos, grillos, alimañas, era la música de los muertos. La sibila se movió y desapareció en el interior de la casa. Desde dentro de la gruta oí una voz que me llamaba, quizá la de mi madre deformada y enronquecida por la emoción; la imaginé con los ojos llenos de lágrimas sujetando a la perrita sobre el altar, pero ignoraba que en ese momento mi madre y el animal estaban dormidos en un rincón del templo.

- Vamos, entra, Casandra.

Entré. Tras de mí se cerraron las puertas como si me hicieran prisionera. Todo estaba oscuro, al principio sólo vi la luz del fuego sagrado sobre el altar de piedra.

- Madre -llamé, pero nadie me contestó.

Caminé hacia el altar. De repente, oí mi propio grito. Apolo estaba allí. Apareció de repente como una llama surgida del pebetero. Acaparaba sobre su figura de hombre apuesto, apenas vestido por una breve túnica, toda la luz del fuego. Se hallaba sentado sobre la estatua de la Diosa y su mano acariciaba uno de los senos de piedra negra. No podía creerlo, pero estaba despierta, no me hallaba dormida, ni ebria, ni había tomado droga alguna. Desde el encuentro de la mañana me había sentido observada, vigilada como una presa. Pero no creí que se atreviera a profanar el templo de la Diosa. Sentí que el miedo se convertía en cólera, en una furia sin control. Ignoro si fue este sentimiento el que me condenó, probablemente sí pues la ira tiene muchas caras y una de ellas es el desprecio. Jamás me sometería a un usurpador.

- ¿Cómo es posible? -dije-. Te he amado y servido desde que tengo uso de razón. Me he consagrado a ti y te venero, reconozco tu fuerza y tu poder, te he dedicado el sacrificio de la sangre, te he ofrecido vino, aceite, miel, las más ricas y bellas ofrendas. No he pasado uno solo de mis días sin adorarte. ¿Por qué humillas a la Diosa? Nadie en todo el mundo, hombre o dios, osaría burlarse de este modo de quien engendra la vida y la muerte. ¿No temes su ira?

- Una leve brisa de viento no levanta una tempestad -respondió burlón, arrogante. Y siguió acariciando la estatua.

- Quizás le guste lo que va a presenciar -continuó-, será un bello espectáculo para una vieja alcahueta.

De un salto se situó delante de mí. Me sentí levemente aliviada, la profanación de la efigie sagrada se me hacía insoportable.

- Estoy aquí por ti -dijo Apolo.

Tenía su rostro muy cerca del mío, pero yo no me moví. Fui tan estúpida, tan joven, tan inexperta que no le tuve miedo. Él pagaría por el sacrilegio, la Diosa me protegía.

- ¿Dónde está mi madre?

- Está dormida.

Lo estaban ella y la perra, en un rincón de la cueva.

- No ve ni oye. Cuando despierte creerá que su sueño ha sido causa del vino. Será un sueño placentero, jamás le haría daño a una mujer que me ha dado dos hermosos hijos.

- ¿Es eso cierto?

- Lo es. Me presenté ante ella en forma de uno de esos hermosos cretenses que se rizan el pelo y se visten con ropas bordadas con flores y pájaros. A tu madre le gustan los hombres bellos. Pero dejémosla dormir, ahora he venido a por ti. Ante ti me muestro como soy, te ofrezco ese privilegio, debes agradecérmelo.

Me puso las manos sobre los hombros y mi capa cayó al suelo. Luego fue a soltar las fíbulas que sostenían mi túnica, pero yo le detuve poniendo mis manos sobre las suyas.

- Magnánimo hijo de Zeus -dije-, fijemos antes el precio. Hay algo que deseo.

Había apartado mi túnica y me acariciaba un pecho. Aquella mañana su contacto me asustó, ahora me repugnaba. Pensé en la pobre ninfa Dafne huyendo de él, corriendo desesperada para no ser atrapada, hasta que los dioses misericordiosos la transformaron en un laurel. Como bien dijo mi maestro, más de una mujer le rechazó a pesar de su poder y su belleza.

- Sea. Dime de qué se trata.

Acerqué mi boca a su oído.

- El don de la profecía.

- Sea -concedió.

Tomó mi rostro entre sus manos y dijo:

- Hablarás -sentenció Apolo-, y de tu boca saldrá el conocimiento de todas las cosas. Verás con tus propios ojos todo lo que ha de suceder, el presente, el pasado y el futuro.

Me besó en los labios, sentí su aliento, su ser y su esencia dentro de mí. Sentí que era otra. Un fuego interno me iluminaba.

- Ya tienes lo que querías -dijo.

Abrió las fíbulas, y la parte superior de mi vestido se deslizó hasta mi cintura, quedé medio desnuda. Entonces hice algo que aún no puedo comprender y que significó mi desgracia. Di un paso atrás, le miré desafiante y comencé a vestirme de nuevo, subiéndome la túnica hasta los hombros. Yo no me arrojaría a una fuente como hizo Castalia, una pobre muchacha de Argos, que prefirió la muerte a caer en sus brazos. Yo era la hija de Príamo, era noble, bella, poderosa, sabia, no temía a nada, juro por todos los dioses que era la más estúpida de todas las criaturas, y así lo siento aún hoy cuando recuerdo aquel momento: el templo, la oscuridad, mi soberbia, mi actitud desdeñosa ante quien podía matarme con una sola de sus miradas, con un gesto de su mano.

Apolo comprendió de inmediato que le había engañado. Vibró de furia. El suelo y las paredes de la cueva empezaron a temblar, la tierra entera se movía, el mundo se derrumbaba. Caí a la tierra y él me asió por los cabellos, creí que iba a arrastrarme por el suelo de la cueva hasta que los guijarros me desagarraran la piel, creí que iba a golpearme sin piedad. Pero la venganza de los dioses es mucho peor que la muerte.

- Maldita seas, hija de Príamo -bramó.

Sentía mucho dolor en el cuero cabelludo, pues tiraba con fuerza de mi cabellera, de mi boca no salió un solo sollozo, no le pedí perdón ni gemí o supliqué. Hubiera sido inútil.

Me dio una bofetada. La cólera de los dioses es más lenta que la de los hombres, y por ello más temible. Debía decidir cuál sería mi castigo.

Volvió a golpearme.

- No es tan fácil engañarme, estúpida.

- No puedes quitarme lo que me has dado -respondí.

Entonces se echó a reír; eran unas carcajadas tan siniestras, tan malignas, que sentí pánico. Ya no estaba irritado, ahora se divertía. Sus ojos brillaron como relámpagos en la oscuridad y yo me sentí morir, comprendí demasiado tarde la magnitud de su poder y de su perversidad.

A continuación con una voz lenta y sacerdotal me maldijo. Para siempre, para toda mi vida cayó sobre mí la desgracia.

- Poseeré tu espíritu cuantas veces lo desee. Hablaré por tu boca y veré por tus ojos. Tendrás el conocimiento, pero tu voz será como la piedra que cae en un pozo, ningún ser mortal creerá ni una sola de las palabras que salgan de tu boca. Serás objeto de desprecio y humillación. Tus profecías serán vanas, en tu boca la verdad se convertirá en locura. Tu sabiduría será tu castigo.

Después, con la fuerza de sus manos me obligó a abrir los labios, se inclinó sobre mí y escupió dentro de mi boca como la serpiente escupe su veneno.

Desperté con la sensación de que todo había sido un sueño. No sentía dolor o cansancio, ni en mi cuerpo quedaba señal alguna de golpes. El templo estaba en silencio, seguía ardiendo el fuego frente a la estatua de la Diosa. Parecía que nada hubiera sucedido y que el tiempo no hubiera pasado, tenía una curiosa sensación de pérdida de la realidad. En su rincón, mi madre se despertaba. Se incorporó.

- Me he dormido -dijo-. Habrá sido el vino.

- Sí. El vino nos ha aturdido.

- Bien -apremió mi madre-, puesto que ya estamos despiertas, hagamos lo que hemos venido a hacer.

Buscamos a la perrita, que estaba junto a la puerta arañándola en la forma desesperada del que quiere salir de su encierro. El instinto de los animales es infalible; sin saber cómo, consiguió abrir la puerta y se escapó. Mi madre salió corriendo del templo y yo la seguí, a la luz de las antorchas de las esclavas la vimos huir campo a través.

- Estúpidas -dijo mi madre-, ¿por qué no la habéis detenido? -a continuación se dirigió a mí-. Vamos a pedirle otra a la sibila.

Había una luz encendida en la casa y se apreciaba un fuerte olor a adormidera.

- No creo que esté en condiciones de atenderte, madre. Será mejor que nos vayamos -entonces salieron unas palabras de mi boca, dije algo sin saber cómo ni por qué-. No ofrezcas ningún sacrificio a la Diosa, pues ninguno de tus hijos está muerto.

Mi madre quedó estupefacta, parada en medio del campo oscuro, sin dar un paso.

- ¿Qué estás diciendo?

- Tu hijo no murió. Lo abandonaste y ahora está tan vivo como tú y como yo.

- ¡Por el divino Dioniso! -gritó-. ¿No se te ha pasado aún el efecto del vino? ¿Cómo puedes decir esas cosas incluso estando borracha?

- Estoy sobria, madre.

- Entonces, ¿te has vuelto loca?

- No. Lo que digo es la verdad.

- ¡Oh, Diosa, Diosa! ¿Por qué me has enviado este castigo? ¿En qué te he ofendido? Preferiría haber parido una cría de burro a esta hija mía que te agravia a ti y desgarra mis entrañas con sus palabras.

Traté de calmarla, pero fue en vano. Estaba alterada y de sus ojos salían lágrimas de dolor y rabia.

- Hija desagradecida que no se conmueve por el llanto de su madre ni por la memoria de su hermano nacido muerto. ¿Es que no respetas ni a las pobres criaturas a las que los dioses niegan el don de la vida, tú que gozas de ella con la plenitud de la juventud y los privilegios de una princesa? Tienes una piedra negra en lugar de corazón. Te burlas de tu madre, agravas su dolor. ¿Eso te complace?

- No, madre.

- Entonces desdícete, di que ha sido alguna droga la que te ha hecho decir tan miserables palabras.

Intenté satisfacerla por compasión, pues yo también sufría profundamente, me herían su dolor y sus palabras. Pero no me fue posible.

- No puedo.

- ¿Sabes cuántos días, cuántas horas, cuántos minutos de mi vida he pasado llorando a tu hermano? ¿Sabes cuan infame e inútil me he sentido por no poderle dar la vida? ¿Sabes que cuando me baño en el río o disfruto del vino o del amor pienso en que a él todos esos placeres le han sido negados? Tú no sabes nada de eso. De qué le sirvió a tu padre hacer de ti una sabia, de qué sirve el conocimiento en un alma vacía y hueca.

Estaba más tranquila, ya no hablaba con dolor sino con cierto rencor amargo, viejo pero vivo.

- Tu padre está ciego al considerarte más que a sus otras hijas, pero ya se le caerá la venda de los ojos.

Se fue. Echó a andar con una de las esclavas y yo me quedé mirando a la noche hasta que dejé de ver la luz de la antorcha. Temí por el frágil lazo de amor y respeto que nos había unido hasta entonces. En ese momento se manifestaron algunos de los síntomas de lo que fue mi primer trance: me estremecí, empecé a sudar, me brotaron gruesas lágrimas y las piernas me temblaron tanto que caí al suelo de rodillas. La noche se hizo aún más negra y más oscura. No se podía estar más sola ni se podía tener más miedo. Supe que era sólo el principio del dolor…