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Troya

Qué orgullosa me sentía de ser hija del rey de Troya y sacerdotisa de Apolo. Qué feliz era mi vida, cuan querida y admirada era por todos antes de la fatídica noche en que Apolo se manifestó ante mí, me eligió, me maldijo. Un suceso insignificante, sin embargo, uno más, no el mayor de los muchos sufrimientos que sucederían poco después, que cambiarían el mundo por la voluntad de los hombres y de los dioses.

Entretanto, yo era la princesa Casandra, hija de Príamo y Hécuba, los reyes de Troya, consagrada a Apolo desde mi nacimiento por formar parte de una pareja de gemelos de distinto sexo, como los divinos Apolo y Artemis. Como todos los sacerdotes del hijo de Zeus, fui educada en las artes y en las ciencias que el dios tutela, y en otras más por mi propia iniciativa, pues dicen que nací con la perspicacia y la sabiduría de una anciana, y después de orar en el templo, practicar las artes de la profecía, el tiro con arco con mi hermano Heleno o bañarme en el río Escamandro con mis hermanas mayores, Creúsa e Ilíone, lo que más me llenaba de gozo era escuchar las lecciones de mis maestros o dedicarme al estudio para satisfacer mi deseo de conocimiento.

Amaba a mi estirpe y a nuestros dioses, nuestro reino era hermoso y poderoso. Jamás ciudad alguna fue levantada en lugar más privilegiado: el extremo noroccidental de Asia Menor, el punto más cercano por el sur a los pueblos del Egeo, por el norte al estrecho del Helesponto: el paso hacia los ricos países del Ponto Euxino. No sólo mis antepasados, griegos llegados de Creta y de la isla de Eubea, tomaron parte en el asentamiento y la fundación, en eso, como en tantas otras cosas, también intervinieron los dioses. Apolo se apareció en forma mortal a mi antepasado Ilo y le aconsejó que siguiera a una de sus vacas y que en el lugar donde se acostara construyera una ciudad. Ilo caminó durante muchas horas tras el paso del perezoso animal sin perder de vista su grupa, seguro de que los dioses poseen el secreto de todas las cosas, quizás sospechando que era el propio Apolo quien le conducía tras haber adoptado la forma de la vaca hasta que se tumbó en la llanura del Ate, el mismo lugar donde años antes los oráculos habían profetizado a su bisabuelo Dárdano que la ciudad que allí se edificara tendría un trágico final de muerte y destrucción. Dárdano no se atrevió a establecerse allí y lo hizo en la parte sur de la Tróade, la Dardania, una zona más grande pero mucho más pobre, y fundó su capital, Lirneso, en la que después reinarían mi tío Anquises y mi primo Eneas, nacido de la unión de su padre con la misma diosa Afrodita. Ilo, a pesar de los oráculos, se asentó en la colina del Ate.

Pero quizás la protección de Apolo no le bastaba, y aún le inquietaba el temor a las viejas profecías, así que pidió a Zeus Omnipotente que le enviara una señal. A la mañana siguiente encontró delante de su tienda un objeto de madera de tres codos de altura medio enterrado en la arena. Era el Paladio, la imagen de Palas, la compañera de Atenea a quien la diosa dio muerte por accidente durante uno de sus juegos de guerra y en cuyo honor añadió su nombre a su propio título. Se decía que la estatua había salido de las mismas manos de Atenea, y el hallazgo se consideró un regalo de los dioses y el mejor de los augurios para la ciudad. Apolo se presentó ante Ilo y le aconsejó: «Protege a la diosa que cayó del cielo, dondequiera que va lleva el imperio». Estas palabras se grabaron en piedra y podían leerse a la entrada del templo que Ilo mandó edificar para alojar la estatua. Mientras el Paladio estuviera en Troya, ésta sería inexpugnable. Ilo, a causa de la vieja profecía, no se decidió a amurallar la ciudad.

La colina del Ate está situada sobre una fértil y extensa llanura entre la desembocadura de dos ríos, el Simois y el Escamandro. Teníamos mucha agricultura, la tierra era rica y daba abundantes frutos, éramos buenos pescadores y poseíamos grandes rebaños de bueyes, corderos y caballos. Éstos tan fuertes y hermosos que dieron fama a nuestro pueblo y honor a nuestros hombres, a los que llamaban «domadores de potros». Ya de Erictonio, el hijo y sucesor de Dárdano, se decía que era el más próspero de todos los reyes, dueño de tres mil yeguas, de las que se enamoró Bóreas, el dios del viento norte, de cuya unión con ellas nacieron caballos velocísimos, capaces incluso de correr sobre los trigales sin doblar las espigas con sus cascos. Más tarde recibimos del mismo Zeus unos potrillos de divina belleza. Resultó que el padre de los dioses se había enamorado del príncipe Ganímedes, uno de los nietos de Ilo, quien decían que era el mortal más bello de la tierra, de quien probablemente heredó mi hermano Paris su fatal hermosura. Un día, mientras Ganímedes cuidaba los rebaños de su padre el rey, se levantó un viento imprevisto cuya violencia dobló los álamos de la orilla del río y levantó al príncipe del suelo como un amante toma el cuerpo del amado, después lo elevó y se lo llevó Zeus en sus brazos en forma de viento. En pago, el dios regaló a su padre Tros, que era el abuelo de mi abuelo, unos caballos de raza y hermosura desconocidas, blancos como la nieve, de suaves crines y esbeltos cuerpos, cubierto su pelaje con unas manchas del colorido deslumbrante del cielo cuando amanece, pues se decía que también Eos, la aurora, estaba enamorada de Ganímedes. Crecí viéndolos cabalgar por la llanura y correr por la playa, tan poderosos y veloces como su divino padre.

Pero lo que en verdad nos hizo ricos y poderosos fue el comercio. Desde nuestra privilegiada situación de enlace entre Oriente y Occidente podíamos realizar cualquier intercambio por vía terrestre y marítima. Casi todas las naciones del mundo conocido estaban interesadas en Troya como lugar de transbordo: nuestros aliados, los países de la costa occidental de Asia Menor, desde Misia hasta Licia, todas ellas ciudades ricas y pacíficas, el poderoso imperio hitita con el que manteníamos amigables relaciones, y los griegos, una nación bárbara desde nuestra perspectiva de reino refinado, pues había sufrido en poco tiempo varias invasiones de los aqueos, un pueblo de belicosos e ignorantes pastores procedentes del norte, que comían carne cruda, desconocían la lectura y la escritura y el aseo personal. Sin embargo, tras su fusión con las gentes autóctonas, ya fuera por la fuerza o por pactos matrimoniales con las hijas de los reyes, con las grandes sacerdotisas de los templos o con mujeres de alta estirpe, en poco tiempo prosperaron. Era un pueblo de hombres enérgicos, resueltos, una casta tan vigorosa como un saludable cachorro.

Recibíamos oro, plata y cobre de Anatolia, caballos del Ponto y de las regiones esteparias, ámbar del mar oriental y el preciado y raro estaño de Asia Central. Desde los territorios del mar Negro, de la rica Cólquida, llegaban naves cargadas de oro, plata, madera para barcos, lienzos, cáñamos, pescado seco, aceite, hombres. Para ello fue necesario explorar las aguas de los estrechos y de los mares del noreste. Los señores de Troya, mis inteligentes antepasados, levantaron fortificaciones a lo largo de la orilla del Helesponto, de modo que obligaban a pagar impuestos a cualquier nave que quisiera cruzarlo. Nuestros vigilantes y nuestra flota se encargaban de que ni una sola barca entrara en el estrecho sin ser vista y obligada a sufragar el correspondiente tributo. Troya dominaba y controlaba el estrecho y la navegación hasta el mar Negro.

Además, la situación de la ciudad tenía otra ventaja: el viento. El viento favorable del sur, el imposible viento del norte, el beneficioso aliento con el que inflaba las velas o la violencia con la que impedía la navegación significaban más oro para Troya, más prestigio y poder para sus reyes. Raras veces soplaba viento propicio, y a menudo los barcos extranjeros tenían que esperar muchas lunas ante la costa de Troya antes de poder entrar en el estrecho. Cada uno de esos días habían de pagar impuestos a la ciudad. Los reyes enviaron exploradores y éstos descubrieron que a causa de los muchos salientes, bahías y acantilados se producían corrientes y contracorrientes peligrosas para la navegación, incluso con buen viento. Sólo podían navegar los expertos, que eran troyanos. Se les pagaba muy caro.

Gran parte de nuestro poder se debía a las excelentes relaciones de los reyes de Troya con el poderoso imperio hitita, que gobernaba buena parte de Asia Central, y con Egipto. Manteníamos con ellos pacíficos acuerdos comerciales, pactos matrimoniales y una mutua alianza de defensa en caso de guerra. Tanto mi abuelo Laomedonte como mi padre eran políticos hábiles, astutos y pacíficos, que lograron conservar y acrecentar la riqueza del reino con inteligencia y diplomacia, sin utilizar la fuerza. No éramos conquistadores, nuestro territorio era el mar, la fértil tierra del margen de los ríos, el monte, la llanura donde pastoreaban numerosos rebaños, por donde corrían nuestros legendarios caballos. Troya era hermosa, tranquila, resplandeciente.

Con frecuencia sufríamos el ataque de los piratas aqueos. Eran valientes, buenos navegantes, gentes codiciosas que, sin embargo, carecían de orden y cohesión. En tiempos de mi abuelo Laomedonte, un tal Jasón logró cruzar el estrecho en un barco llamado Argos; tras una dura lucha en una de nuestras fortificaciones y el abordaje de algunas de nuestras naves, consiguieron cierta cantidad de oro -que para humillación nuestra, según mi abuelo Laomedonte, debía ir a parar a nuestras arcas- y una princesa loca llamada Medea que, tiempo después, sería la desgracia de Jasón, puesto que mató con sus propias manos a los hijos de ambos, hecho espantoso que -también según mi abuelo- fue provocado por los dioses protectores de Troya para vengarnos. Sospecho que ya por aquel entonces los troyanos empezamos a sentirnos tan agraciados por las divinidades que llegamos a creernos invulnerables. Pero los saqueos y pillajes de las bandas de aqueos se sucedían con turbadora frecuencia. Nuestros pastores y campesinos vivían atemorizados, nuestros numerosos rebaños de bueyes, nuestros espléndidos caballos, nuestra riqueza, nuestro oro y nuestra tranquilidad se sentían amenazados por pequeñas y belicosas hordas de bárbaros descontrolados que no sabían leer ni escribir, llevaban las rubias melenas sucias y revueltas, y aunque muchos de ellos no fuesen diestros arqueros o hábiles aurigas, puesto que ni siquiera podían costearse ternos y armas decorosos, eran sin embargo fuertes y salvajes, capaces de ataques de violencia incontrolada. Estas incursiones eran efectuadas con rapidez, la mayor parte de las veces de modo desordenado, pero mataban, robaban y destruían. En cuestión de unos pocos días ya estaban de camino a sus hogares con las naves llenas, borrachos y satisfechos, y aunque poco daño hacían a nuestra prosperidad, pues los reyes de Troya parecían poseer artes mágicas para reconstruir edificaciones, reponer, incluso aumentar las cámaras de sus tesoros, lo cierto es que se convirtieron en vecinos indeseables.

Ya en tiempos de mi abuelo, Troya logró reunir un poderoso ejército de más de treinta mil hombres bien armados y varios cientos de espléndidos carros de guerra. Aun así sufrimos el ataque del cruel Atreo, el padre de Agamenón, y de Peleo, el de Aquiles, que quizás pretendían algo más que una simple incursión. Y resultó que fracasaron en lo que años después triunfarían sus hijos. Pero mi abuelo Laomedonte ya no dudó en tomar una resolución: se hacía necesario amurallar la ciudad. Para ello, pidió ayuda a los dioses, y Zeus envió a Apolo y Poseidón, que por aquel entonces habían sido expulsados del Olimpo por rebeldía.

Nuestras murallas fueron levantadas por los dioses y, sin embargo, fueron destruidas por los hombres. De ellas se decía que eran la obra más grandiosa del mundo conocido. Los visitantes quedaban impresionados, aun los que habían visitado Egipto o Babilonia, o los que conocían el palacio de Minos en Creta que los aqueos invasores habían respetado. Apolo y Poseidón construyeron un impresionante muro de doscientos codos de altura con sillares de hasta quince codos de alto y diez de grosor. Por encima de los sillares de piedra se levantaba un muro de adobe que concluía con un pasillo almenado desde donde se vigilaba día y noche. Poderosas y macizas torres flanqueaban las principales puertas: las cinco principales puertas, las llamadas Escea, Troyana, Elia, Timbrea y Dárdana. Había además varios pequeños accesos por los que sólo podían pasar unos pocos hombres o un carro, que solían utilizar algunos mercaderes y campesinos para abastecer la ciudad, pero que también estaban protegidos y vigilados.

El muro tenía una bella forma de talud, y los dioses se habían encargado de pulir las piedras de forma tan perfecta que era imposible hallar agarradero alguno por el que se pudiese escalar. Por otra parte, las puertas de dimensiones monumentales estaban hechas de duras maderas nobles y cubiertas con varias capas de bronce macizo; para moverlas se necesitaba al menos la fuerza de diez hombres. La última capa del metal estaba decorada con relieves que representaban a los dioses protectores de la ciudad: Apolo, Zeus, Atenea y la Madre, cuyo culto, aunque algunos lo consideraban anticuado, era el más querido por los habitantes de la ciudad. Los nuevos dioses eran poderosos, pero a la Madre se la había venerado desde tiempos remotos, y no había troyano que no tuviera en su casa un altar en su honor o mujer que no se ofreciera a ella. Su oráculo era tan respetado como el de Apolo, y sus sibilas y sacerdotisas gozaban del mismo prestigio que en los tiempos antiguos. Los rituales en su honor seguían siendo practicados por el pueblo en las fechas señaladas, y aun se creía que todo cuanto vivía y moría estaba bajo su potestad.

Cuando concluyeron las obras de la muralla, sucedió un hecho que resultaría funesto para la ciudad y cuyo responsable fue mi abuelo Laomedonte. Consideró que el precio que pedían los dioses por su trabajo era excesivo, o sencillamente pretendió engañarlos, la cuestión es que sólo entregó su salario a Apolo, se negó a pagar el de Poseidón. Las consecuencias de su cicatería fueron desastrosas, el dios del mar montó en cólera y envió a la ciudad un ser pavoroso. Se trataba de un monstruo marino de enormes proporciones, tenía la cabeza de pez espada y el cuerpo de calamar, de modo que con el afilado apéndice de su frente ensartaba hombres y animales, cualquier ser vivo que hallara a su paso, y con la tinta pestilente que expulsaba arruinaba las cosechas y ennegrecía las aguas del Simois y el Escamandro.

El pueblo estaba aterrorizado. Se consultó el oráculo, y éste profetizó que, para aplacar al dios, el rey de Troya había de ofrecerle en sacrificio a su hija, mi tía Hesíone. Mi abuelo se negó, pero entonces el pueblo entero salió de su casa y una multitud turbulenta se apostó frente al palacio exigiendo que se cumpliese la voluntad de Poseidón. Se sucedieron varios días de lucha y tumulto, de súplicas y arengas de ciudadanos aterrados, hasta que finalmente mi abuelo tuvo que ceder. Imagino su desesperada situación, el dolor insoportable que debió de sentir cuando se llevaron a Hesíone. La ataron a una roca marina, completamente desnuda pero adornada con sus joyas más suntuosas, tal como lo había exigido Poseidón. Pensé muchas veces en la conmovedora situación de mi tía, de la que me enteré por las historias que me contaban las esclavas cuando era niña a modo de cuentos durante las largas y aburridas veladas de invierno, y por las lecciones de mis maestros, los sacerdotes de Apolo, que me instruyeron en la historia de nuestro pueblo. El modo de contarlo era diferente, pues unas pretendían distraerme y los otros aleccionarme, pero en mi imaginación vi muchas veces a una bella muchacha de piel pálida como la luna, el rostro empapado de lágrimas y de agua del mar, gritando con desesperación, tratando de desligar sus ataduras al tiempo que tintineaban las ajorcas de sus muñecas y tobillos, y con el velo blanco que la cubría moviéndose al ritmo del viento, enredándose con los mechones de su larga cabellera negra, húmeda, y con las cuentas de jade que colgaban de su diadema. Una joya para Poseidón en espera de que una gran ola o un animal marino se la llevara para siempre.

Parece que mientras la ciudad se hallaba en esta situación llegó un grupo de aqueos acaudillados por el famoso Heracles, hijo de Zeus y de la hija del rey de Micenas, un héroe de quien se decía que era el hombre más fuerte del mundo. Ignoro cómo y por qué se presentaron en Troya en esos momentos; me contaron varias versiones, unos dijeron que fue simple casualidad, otros que lo habían enviado los dioses o que el propio Laomedonte había expedido mensajeros en secreto para pedirle ayuda, pero su llegada fue la salvación de mi pobre tía. Nunca conocí a Heracles, pero me refirieron sus hazañas y los que lo trataron decían de él que era aún más fuerte y valiente que mi hermano Héctor, Aquiles o Ayax. Se decía que había dado muerte a un león cuya piel era invulnerable a las flechas y matado a la Hidra de Lerna, un monstruo de dos cabezas que se reproducían apenas cortadas. Mi padre, que entonces era un muchacho, le recordaba como un gigante justiciero, y hablaba de él sin rencor alguno, a pesar de los acontecimientos posteriores que, por desagracia, marcarían el destino de Troya y de todos nosotros.

Heracles se avino a dar muerte al monstruo, pidiendo a cambio a mi abuelo las yeguas que había recibido de Zeus por el rapto de Ganímedes. El héroe cumplió su parte del acuerdo, pero a mi abuelo de nuevo le perdió su codicia. Una vez liberada Hesíone y exterminada la bestia, Laomedonte se negó a cumplir su parte y trató de engañar a Heracles entregándole unas yeguas mortales en lugar de las divinas que le había prometido. La venganza del griego fue brutal, saqueó y destruyó parte de la ciudad con ayuda de sus mercenarios y dio muerte a mi abuelo y a todos sus hijos en edad de luchar, salvo a Hesíone y a mi padre, que era entonces un niño llamado Podarces. Entregó a Hesíone en matrimonio a su compañero Telamón de Salamina, a la vez que le daba a mi tía como regalo de bodas la oportunidad de salvar a uno de los cautivos. Ésta eligió a mi padre, que desde entonces fue llamado Príamo, que en nuestra lengua significa «el rescatado», y de este modo quedó instituido como rey de Troya.

Comentario de Herófila:

Heracles arrasó Troya, y Telamón se llevó a Hesíone, la querida hermana del rey. Pero también fue el aqueo quien sentó a Príamo en el trono. Tal vez la apasionada aversión del rey hacia los griegos estuviera en parte determinada por este hecho; el agradecimiento es una carga para los poderosos, puesto que no están acostumbrados a recibir mercedes sino a concederlas. A medida que Príamo se hacía más poderoso creció en él este sentimiento. Puede ser que ello explique también su posterior obsesión por el rescate de Hesíone, porque era sabido que ella vivía feliz en Sala-mina con Telamón, y que nunca deseó regresar a Troya. También es cierto que, cuando sucedieron los hechos desdichados que nos llevaron a la guerra, Príamo era un anciano. Había llevado durante muchos años el peso del poder y convirtió a Troya en más poderosa de lo que fue jamás. Pero en sus últimos años su mente se obcecaba en pensamientos sin sentido, y tomaba decisiones erróneas. Escribo esto por no faltar a la verdad, y porque mi señora me ha prometido que no leería mis anotaciones, de lo contrario me reprendería con severidad, es más fuerte en ella la lealtad hacia su padre que sus propias valoraciones, que coinciden con las mías.

Narración de Casandra:

Durante el reinado de mi padre Troya prosperó. En poco tiempo la ciudad fue reconstruida. Aumentaron los negocios, creció el número de habitantes gracias a los muchos extranjeros que se establecían en ella, mercaderes, marinos, mercenarios, gentes que llegaban con los numerosos séquitos de las princesas con las que mi padre casaba a mis hermanos, los muchos hijos que tuvo, tanto de mi madre como de sus concubinas, para consolidar su amistad y sellar acuerdos comerciales y políticos con nuestros países aliados. Aumentaron nuestras riquezas y llegamos a ser más poderosos que antes del asedio de Heracles. Pero jamás volvimos a ver a Hesíone, a pesar de que mi padre la reclamaba con frecuencia, incluso cuando supo que había tenido a su hijo, al que llamó Teucro en honor de uno de nuestros más notables antepasados. Este antiguo Teucro, uno de los fundadores de la ciudad, fue el sucesor de Escamandro, el primer griego que llegó a nuestras costas, un cretense que se casó con una reina de una tribu local.

Comentario de Herófila:

Resulta paradójico que los troyanos sean descendientes de aqueos, o al menos lleven en sus venas parte de la sangre de sus enemigos. He oído decir a Odiseo que Troya fue en un principio un enclave griego destinado a controlar el comercio con los estrechos y que posteriormente los reyes troyanos les traicionaron. Ignoro si es cierto. Las razones para el odio son muy diversas.