17
La noche de los tornados
Narración de Herófila:
Nos embarcamos en la nave capitana de Agamenón. A los pocos días desembarcamos en la isla de Ténedos, donde entonces gobernaba Tenes, que aun siendo hijo del rey Cieno y de una hija de Laomedonte, podía llamar padre a Apolo. Supimos más tarde que Tetis había advertido a Aquiles de que debía abstenerse de matar a algún hijo de Apolo, pues el dios se vengaría con su propia vida. Sin embargo, el carácter impetuoso de Aquiles le impidió tener en cuenta la advertencia de su madre. En ese momento comenzó su desgraciado camino hacia la muerte, como muy pronto podrá narrar mi señora Casandra. La cuestión fue que Tenes, cuando vio llegar las naves griegas, se subió a un alto risco y desde allí lanzó grandes piedras contra ellas. Aquiles no lo pensó, se lanzó al mar y nadó hasta la costa. No llevaba más arma que un cuchillo, pero fue suficiente para dar muerte a Tenes. Le rajó el cuello hasta casi desprenderle la cabeza del cuerpo. Le vimos arrastrando el cadáver por la arena dejando un reguero de sangre. A continuación, orgulloso de su hazaña, quiso arrojar el cadáver al mar mientras sus feroces mirmidones luchaban con los hombres del desgraciado hijo de Apolo. Pero Agamenón se lo impidió.
- Todo hombre merece una sepultura -dijo-, y un rey hijo de Apolo es digno de que se construya un templo en su honor.
He sabido hace poco que el templo continúa en Ténedos, que es objeto de culto por habitantes y viajeros, y que en él está prohibido mencionar el nombre de Aquiles.
- Era un buen rey, no merecía una muerte tan indigna -dijo Agamenón-. No debiste ensañarte de ese modo con quien no hizo más que defender a su pueblo. Tienes en las venas sangre de asesino.
Allí en Ténedos tuvo lugar la primera disputa entre Aquiles y Agamenón.
- Hablas así tú que nos has embarcado en lo que quizá sea una guerra sin fin. Por tu culpa han muerto dos de mis hombres y por tu culpa morirán muchos más. Me reprendes cuando debes elogiarme, gracias a mí y a los míos los aqueos han logrado su primera victoria. Me reclutaste como una ocurrencia tardía, soy el último merecedor de tu confianza. ¿Es poco para ti el hijo de una nereida y del gran Peleo? Los oráculos han hablado, sin mí no podrás ganar esta guerra. Si no me respetas, Agamenón, no tendrás en Aquiles un aliado sino un enemigo.
- No temo las amenazas del que se esconde disfrazado de mujer.
Aquiles montó en cólera y desenvainó su espada, pero Calcante le detuvo.
- Detente, hijo de Peleo. El rey habla con justicia, no debiste profanar el cuerpo de un hijo de Apolo, ni debiste darle muerte, pues has desatado la cólera del dios. ¿Acaso no te reveló tu madre que este hecho sería tu perdición? Has obrado irreflexivamente y ahora tienes por enemigo al hijo de Zeus.
El carácter de Aquiles era en extremo impulsivo e imprevisible. A veces he llegado a creer que estaba loco, y ahora creo que se le temía más por lo incomprensible de sus acciones -pues la sorpresa nos incapacita para actuar- que por su legendaria ferocidad. En efecto, Tetis le había advertido del grave peligro de matar a un hijo de Apolo y, recordándolo de pronto -su ira le había impedido hacerlo antes de asesinar a Tenes-, se dirigió a Memnón, un sirviente que Tetis le había asignado para que le protegiera y aconsejara, y, echándole en cara su descuido, le dijo:
- ¿Por qué no me advertiste, corazón de buitre, alma de culebra?
Y agarrándolo por la cabellera lo arrastró hasta el mar y sumergió su cabeza en el agua varias veces hasta que el hombre murió ahogado. Luego dio un grito terrible y se encerró en su nave.
Vencieron en Ténedos, conquistaron la isla y la saquearon. Palamedes ofreció una hecatombe a Apolo para celebrar la victoria. Mientras esto sucedía, una culebra de agua se acercó al altar donde se sacrificaban los animales y mordió en el tobillo a Filoctetes. Este Filoctetes, un célebre arquero, era hijo de Peante, rey de Magnesia en Tesalia, y fue pretendiente de Helena. Acudió a la guerra con siete naves. La tradición contaba que el gran Heracles había regalado su arco y sus flechas a su compañero Peante a cambio de que prendiese fuego a su pira funeraria. Filoctetes, su hijo, heredó estas armas de su padre. Tiempo después serían de gran importancia para la conclusión de la guerra.
El veneno de la culebra le produjo una herida tan dolorosa que Filoctetes lanzaba impresionantes alaridos. Se le trató de curar con ungüentos y pócimas, pero no dieron resultado alguno. Como no podían avanzar con un herido en tales condiciones, el mismo Filoctetes pidió que partieran sin él. Agamenón ordenó a Odiseo que lo llevaran a Lemnos. Lo dejaron en la isla, donde permaneció hasta que sus compañeros fueron en su busca al final de la guerra.
Antes de partir hacia Troya, Agamenón envió una embajada. Estaba compuesta por Menelao, Odiseo y Palamedes. Príamo, una vez más, no aceptó, estaba dispuesto a retener a Helena. Esta obstinación ofendió a los aqueos. Se produjo un gran tumulto ante la noticia. Todos, jefes, príncipes y soldados de a pie, la tropa entera, ardieron de ira.
Narración de Casandra:
Naturalmente, no me permitieron asistir a la reunión con la embajada griega. Se celebró en casa de mis tíos Antenor y Téano, por decisión de éste. Temía -no se equivocaba- que, sin su protección, mi padre ordenara la muerte de los enviados aqueos. Por mi mediación, Ctimene sobornó con varias piezas de plata a una de las esclavas que escanciaban el vino y servían los platos. Así supe que ni la inteligencia ni la elocuencia de Odiseo y Palamedes influyeron en la voluntad de mi padre. No tenía miedo, no imaginaba el peligro que corríamos todos. A los grandes les ciega el poder. Troya era grande, era invulnerable, tenía poderosos aliados. Los aqueos no peinaban ni aceitaban sus cabellos, no usaban para comer más que sus grandes y sucias manos, sus feroces dientes, rechazaban las toallas y los cuencos de agua con limón que los esclavos pasaban alrededor de las mesas después de cada plato, limpiaban sus manos en sus ropas después de escupir sobre ellas.
Sentí un deseo irreprimible de hablarle a mi padre, pero mi buena Ctimene me lo impidió con palabras sensatas. Supe por la esclava a mi servicio que, tras la partida de los aqueos, mi hermano Héctor discutió acaloradamente con mi padre, mientras éste se encogía de hombros, ironizaba y hacía algún comentario soez sobre los pechos de Helena.
Noches más tarde, mientras mi padre dormía el sueño plácido de los ancianos que viven en su propio mundo, Héctor dejó en el lecho a su esposa Andrómaca para salir a pasear por los jardines del palacio. Lo vi desde mi ventana como si ya fuera un fantasma que anduviera errante por los Campos Elíseos, el paraíso de los grandes hombres. Observaba su impresionante figura como una sombra negra, desesperada. ¡Si mi padre supiera de qué modo absurdo iba a sacrificar al mejor de sus hijos! ¡Si me hubiese creído!
Soplaba con fuerza el viento del sur; arrastraba por el suelo las hojas de los árboles, movía las flores del jardín, abombaba la túnica de mi hermano y enredaba sus rizos. El negro mar sonaba como una tempestad. ¿Dormirían todos en palacio u oirían, como oí yo, el aterrador sonido de un tornado? ¿Lo vio Héctor salir del mar negro como la muerte, retorciéndose como las culebras, creciendo y acercándose a las costas de Troya? A pesar de estar aturdida por la poción nocturna, salí de mi dormitorio y corrí hasta el lugar del jardín donde se hallaba mi hermano. Oía silbidos, crujidos, golpear de puertas, veía caer las lámparas, los vasos, las estatuillas de los dioses que adornaban los muebles, se apagaban los fuegos de los hogares, el suelo se movía, el palacio parecía un barco en una tempestad. Los pliegues de mi capa sonaban al moverse como los pasos de un ejército, las hojas de los árboles como espadas cruzándose. Llegué hasta él y me aferré a su fuerte brazo temerosa de que el viento me llevara como se llevó a Ganímedes. Los ojos de mi hermano tenían la paz y la transparencia de las aguas del Escamandro. Me pasó un brazo por los hombros.
- Hermana -dijo-, ¿por qué no estás durmiendo?
- ¿No ves lo oscura que está la noche? ¿No tienes miedo del viento?
- Hay luna llena, Casandra.
- Pero todo está negro.
- Es cierto -reconoció-, es extraño.
- Ve con Andrómaca, no debes estar aquí solo.
- Algo no me dejaba dormir. No podía estar en el lecho, el movimiento serena el espíritu.
Yo estaba temblando. Sonrió y me abrazó, pero, pese a su fuerza, no había en el mundo protección para mí, ni ¡oh, dioses! tampoco para él.
- ¿De qué tienes miedo, hermana?
- Veo tornados en el horizonte -me atreví a decir, creyendo que se trataba de una de mis fantasías que debía callar.
- Sucede a veces -dijo él.
Yo sonreí, repentinamente alegre, comprendida al fin.
- ¿Tú también los ves?
Miró hacia el horizonte. Y dijo a continuación:
- No. Tu vista es mejor que la mía.
- Se acercan, llegarán hasta Troya. Quizá mañana, al amanecer.
- Nuestras murallas soportarán todos los vientos.
- ¿Crees que estoy loca, hermano?
- La locura -dijo con un nuevo brillo en los ojos-. Eso era lo que no me dejaba dormir. La sinrazón que nos acecha. Los reyes están locos, los dioses están locos, parece como si a la sabia Atenea le gustara jugar con el poco juicio que tenemos. Mira cómo el dios de los vientos parece desquiciado, observa la furia insensata de Poseidón, la blanca luna se ha vuelto negra y casi no se ve. Yo dejo el cálido lecho de mi querida esposa para recrearme en una soledad insana. Dices que estás loca, y me lo dices a mí, que no puedo pensar en otra cosa más que en un viejo senil que gobierna Troya, en una ramera aquea, en un muchacho caprichoso y vil cuya voluntad nos manipula a todos. No sé cuál es tu mal, Casandra, pero no es mayor ni peor que el nuestro. En fin, vayámonos a dormir.
- Descansemos.
Yo no pude dormir en toda la noche. Sólo al amanecer cerré los ojos, y durante unos minutos mi mente fue como una blanca sábana secándose al sol.
Me despertó un tumulto, las enérgicas voces de los heraldos, los tambores de los centinelas, los gritos histéricos de las concubinas de mi padre. Ctimene, que dormía en una cámara contigua a la mía, entró como un rayo en la habitación. Apenas podía hablar.
- Ya están aquí -dije yo.
- Señora, los dioses nos protejan. El mar está lleno de naves aqueas, desde el horizonte hasta la playa. Nunca he visto una cosa igual.
Había que mantenerse serena. Me vestí y salí a la terraza más alta del palacio atestada de gente a aquellas horas. No me di cuenta de que me hallaba sin peinar y mi pelo aún estaba alborotado por el viento de la noche anterior; sobre la camisa de dormir me había puesto descuidadamente un manto negro. De tanto en tanto alguien se volvía y me miraba como si fuera un espectro. Se apartaban para dejarme pasar. Yo avanzaba hacia la balaustrada. Las naves hacia Troya.
Narración de Herófila:
Eran mil naves, algunas de las cuales llevaban hasta ciento veinte hombres. Entre ellos, la mayoría eran soldados, pero Aristoo y yo calculamos que habría más de mil no combatientes: artesanos del metal, carpinteros, albañiles, expertos marinos, médicos, como un tal Macaón de gran fama.
Llevaban además de armas, animales, víveres y toda clase de material necesario para el apoyo al ejército. Al grueso de la tropa, los que arengaban continuamente les prometían ricos botines, saqueos rápidos y un regreso triunfal a Grecia.
Tardaron un año en preparar la guerra, Agamenón era un hábil organizador. Áulide tenía una situación perfecta para efectuar la salida de la flota, se trataba de una playa larga que podía dar cabida a mil barcos. Estaba situada frente a la isla de Ténedos y las costas de Troya; por otra parte, era un lugar protegido por los vientos del norte que impedían la navegación.
El acto de echar un bote al agua y ponerlo en condiciones de navegar revestía una importancia de ceremonia. Era empujado desde la playa por varios hombres hasta que el viento hinchaba la única vela cuadrada y las olas rompían contra la proa de la nave, ésta cortaba el viento con velocidad y navegaba con la destreza que sólo conocen los buenos marinos.
Antes de llegar a Troya, las olas se elevaron tanto y el viento arreció de tal modo que los jefes temieron que se levantara una tempestad, y Calcante fue llamado para que consultara los oráculos. Después de hacerlo, dijo:
- Los dioses están divididos. No contamos con el apoyo de Poseidón, que ama a Troya desde que construyó sus murallas, ni de Apolo o Afrodita, que fue elegida por Paris como la más bella. Pero nos protegen la vengativa Hera y la gran Atenea, que están furiosas por el desprecio de Paris. Llegaremos a Troya sin contratiempos.
Nada me sorprendía de los olímpicos, que disputaban entre ellos con la misma crueldad y violencia que sus adoradores aqueos. Debo contar la verdad y reconocer que eran buenos marinos y admirables guerreros. Pero me asqueaba su ferocidad, su barbarie, sus melenas enmarañadas y sucias, su olor a pescado podrido, sus bromas soeces, sus gritos y bravuconadas, sus borracheras, sus peleas, la forma indecorosa con que me tocaban los pechos o me levantaban la túnica, aunque luego por la noche escuchasen mis cantos o los de Aristoo -que había aprendido con prontitud el arte de los aedos y las fórmulas que nos ayudan a conservar los versos en nuestra memoria- alelados como idiotas, soñando con ser el mismo Heracles o el gran Teseo. Conocían los versos por escucharlos infinidad de veces, siempre con la misma o mayor pasión; sus labios se movían a la par que los míos mientras seguían la música moviendo uno de sus mugrientos pies. A más de uno puse un poco de cicuta en el vino -no disponía de mucha- y se le soltaba el vientre en plena cubierta sin poder impedir que los líquidos excrementos resbalaran por sus piernas, mientras los demás reían con la euforia de los borrachos y la grosería de los salvajes.
Cuando vi las costas de Troya, lloré de emoción, de alegría y de temor. Pensé en mi señora Casandra observando desde algún lugar de las terrazas de la ciudadela o quizá desde la muralla. Rogué a la Gran Madre que no sufriera uno de sus trances, que no salieran de su boca palabras que la hicieran de nuevo prisionera de su propio padre. Más tarde supe que la Diosa me escuchó.
Llegamos a la desembocadura del Simois. Empujaron las naves hasta la playa, dejándolas en seco, como era costumbre, con la popa amarrada a tierra.
Mi corazón se alegró cuando vi llegar al príncipe Héctor sobre su brillante carro, con su penacho de plumas y su envergadura de gran soldado que enmudeció a sus enemigos de admiración, envidia y temor. Era como los dioses de mis historias, pero más bello y más virtuoso, relucía con una luz de nobleza que muy pocos poseen: una madre hubiera puesto en sus brazos a su recién nacido, un comerciante su tienda, un pastor su ganado, un enamorado su secreto; a todos los protegería con su propia vida, pues por sus venas corría la sangre de todos los troyanos. Héctor era Troya. No la Troya del lucro fácil y la avaricia sin medida, del engaño y la ambición, sino una ciudad que sobrevive tras el sueño de sus murallas.
Todos habían oído hablar de él, era fácil reconocerlo, no sólo por su atavío de general, por su carro con el águila grabada en un costado y el caballo sobre una media luna en el otro, sino también por su gran estatura, la amplitud de sus espaldas y el duro grosor de sus brazos. Decían que podía matar a un hombre con una sola de sus manos y convertir al más salvaje de los caballos en un manso corcel con la misma facilidad con la que después acariciaba sus crines. Se sabía que un ejército dirigido por él era invencible, que sus lanzas ensartaban el centro del corazón de un hombre, igual que sus flechas, y que su espada era como los rayos con los que el olímpico Zeus derriba los robles.
Tras él, su ejército nos recibió con una lluvia de piedras y armas arrojadizas. Nadie se atrevía, ni siquiera Aquiles, a ser el primero en bajar, pues el oráculo había dicho que quien lo hiciera moriría. Lo hizo Protesilao, primo de Filoctetes, un hombre tranquilo a quien vi en varias ocasiones jugar a las damas con Palamedes en Áulide. Fue muerto de inmediato por el venablo de Héctor. Más tarde supe que, por su valor, los griegos lo divinizaron. Hasta los olímpicos se sintieron conmovidos por su coraje -el coraje temerario de quien no teme a la muerte-, y enviaron a Hermes al otro mundo a rescatarlo temporalmente para consolar a su viuda, la desdichada Laodamía. Cuando llegó el momento de la separación, ésta decidió acompañar a su esposo quitándose la vida. Es una hermosa historia que he cantado en muchas ocasiones y que a todos emociona.
Los troyanos eran inferiores en número, pero lucharon hasta que saltaron a tierra los mirmidones de Aquiles. Éste fue el último en bajar. Ignoro por qué, es bien sabido que no le faltaba coraje. ¿Por qué se comportó de ese modo un hombre que buscaba la gloria, que se había enrolado en una guerra con el único fin de que no se olvidara su nombre?
Yo, acostumbrada a confundirme en los tumultos donde nadie me prestaba atención, le vi parado en la proa sujetando su lanza, con la mirada fija en los movimientos de Héctor. Un escalofrío me recorrió la espalda. Estaba tenso, como una estatua, puro metal sus músculos sin nervios, sus ojos miraban con tanta atención que no parpadeaba, las aletas de su nariz dilatadas expresaban furia o ansiedad, su boca de labios finos parecía una línea hundida en su cara, el entrecejo fruncido indicaba una profunda reflexión. Ahora creo que escuchaba la voz de su madre, la voz de Tetis, que le hablaba desde las profundidades del mar. Sabía que moriría en Troya y que hallaría la gloria que buscaba. En ese mismo instante se le había manifestado algo más, una nueva verdad le había sido revelada a través de la diosa marina: la gloria que buscaba estaba en la vida de Héctor, en su nombre, en su nobleza, en su leyenda; la vida de Héctor era su botín. Es difícil el trabajo de los aedos; para contar historias es necesario saber penetrar en el corazón y el pensamiento de los hombres. Pero desde ese momento supe que Aquiles deseaba matar a Héctor, que ésa sería su muerte y su gloria, y que no cesaría hasta lograrlo.
Cuando al fin Aquiles saltó a tierra, no fue a enfrentarse con Héctor sino que mató al troyano Cieno, hijo de Poseidón, de una certera pedrada. Tetis, la nereida, y su propia intuición le decían que había de esperar para medir sus fuerzas con el único rival digno de él.
Héctor hubiera podido retarle entonces, sin duda comprendió la momentánea debilidad del hijo de Peleo. Pero no pensó más que en llevar a buen término la retirada de su ejército para evitar una carnicería, pues una vez desembarcados los mirmidones la superioridad numérica era abrumadora. Comenzó a dar órdenes a sus oficiales para que el repliegue se hiciese ajustadamente. Gracias a su pericia, las bajas troyanas fueron escasas, pero los aqueos ganaron la primera batalla.