Epílogo
En el Bois de Boulogne, el rumor de las hojas agitadas por la brisa resultaba muy agradable. Unas mesas más lejos, un perro pequeño se negaba a dejar de ladrar. Cuantos más trozos de bizcocho le daba su dueña más ladraba. Vladimir soltó un gruñido.
—Creo que voy a tener que matarla.
—Haga algo para apartar su mente de ello —sugirió Omorova, levantando la vista de su iPad para que Dima pudiera leer sus labios.
—Estoy fuera de servicio —contestó Dima desde detrás de sus gafas oscuras—. Es domingo. Me estoy relajando aquí en París, y dado que no puedo escuchar nada porque mis oídos aún siguen taponados, me encuentro muy bien, gracias.
Volvió a levantar los prismáticos y observó a las parejas que se paseaban.
—¿Sabe que podrían arrestarle por eso?
—No sé qué piensa que estoy haciendo, pero se equivoca.
Bajo sus tazas de café y los vasos de Ricard estaba el Herald Tribune. Vladimir asintió mirando el titular. Libre de Cargos el Heroico Marine de la Bomba.
—¿Crees que lo han inventado para no parecer unos inútiles? —Continuó leyendo—: «Terrorista nuclear muerto tras persecución en el metro». ¡Anda ya! Un minuto antes, Blackburn está en la trena por haber matado a su oficial al mando; y, al siguiente, está dando saltos por las vías del metro de Nueva York persiguiendo al enemigo público número uno. ¡No fastidies!
—América tiene una prensa libre. No se inventan esas noticias. Tienes que creer que pueden suceder cosas así. Por eso dirigen el mundo. Además, conozco a mi colega Blackburn y es un hombre de infinitos recursos. Por eso le seleccioné personalmente para el trabajo.
—Ahora eres tú quien inventa todo. Él fue quien te puso sobre la pista de Solomon.
—Y lo conocía desde hacía... ¿cuánto?, ¿dos horas?
—He tenido romances más cortos que eso.
Omorova miró a Vladimir, una mueca de disgusto en su rostro de esfinge, y luego sonrió a Dima.
—Ha demostrado que estaban equivocados sobre que nosotros los rusos siempre somos los chicos malos. De hecho, será un buen comienzo para sus memorias. Podrían ser un bestseller.
—Excepto que tendría que inventarme la última parte. No recuerdo absolutamente nada.
—El detonador explotó, pero el resto no lo hizo porque lo desactivaste. Has salvado París.
—Sí, pero los franceses no están demasiado contentos con nuestro papel como salvadores. Por eso dan tanta importancia a todos los daños que causamos por el camino.
Dima encontró lo que estaba buscando, dejó los prismáticos, agarró su bastón y se levantó de la mesa.
Omorova alzó un dedo.
—Ahora tranquilo, no queremos tener que recogerle del asfalto una segunda vez.
—¿A dónde va? —preguntó Vladimir.
—Un asunto sin concluir, creo —contestó Omorova.
Dima no había pensado en nada de lo que sucedería mientras avanzaba lentamente, la escayola de su pierna rota irritándole. No había preparado ningún discurso. Decidió seguir la corriente, y ver a dónde les llevaba la conversación y tal vez... o tal vez no. Y eso también estaría bien porque lo que no vio, cuando divisó a Adam Levalle y a su novia a través de los prismáticos, fue a la pareja mayor que iba detrás.
—¡Eh!
Adam saludó cuando vio a Dima.
—Bueno, esto sí que es una sorpresa.
Estrechó la mano de Dima con fuerza, y luego le abrazó. Su novia sonrió.
—Natalie, este es Dima Mayakovsky.
Adam se giró hacia la pareja mayor que iba enfrascada en su conversación.
—Dima, por favor, permíteme que te presente a mis padres. Escuchad, mamá, papá, quiero presentaros al Salvador de París. Y mi nuevo héroe.
Pero Dima no pudo encontrar las palabras.