20

Estaba empezando a amanecer. Se desprendieron de armas y uniformes y se vistieron de nuevo con las ropas de paisano. Todo el equipo se guardó en los maleteros de los coches. Cada uno conservó consigo un arma de mano y un cuchillo, dejando sus AK compactos bajo los asientos. Vladimir se puso al volante del coche delantero con Kroll y Dima sentados detrás. Zirak y Gregorin en el segundo coche, uno al volante y otro detrás, controlando la retaguardia.

Dima aún seguía furioso, pero hacía lo imposible para ocultárselo a los demás. Necesitaba que no tuvieran la menor duda respecto a que él conservaba el control.

—A partir de ahora lo haremos a mi manera. ¿Qué pasa con la señal que Shenk recibía de las ADM?7 ¿Aún está transmitiendo? —Kroll, que tenía el escáner en su regazo, se encogió de hombros—. Bueno, pues encuéntrala. Si Kaffarov no la ha anulado quiero que me pases inmediatamente las coordenadas y me comuniques cualquier cambio.

Tomaron la carretera que se dirigía al noroeste hacia Gurbulak. Cuanto antes pusieran distancia entre ellos y el recinto de Bazargan mejor para todos. Dima llamó al contacto que les había enviado las fotos de los muros del recinto. Darwish le facilitó la dirección de un salón de té regentado por un «amigo de toda confianza» en Meliksah, una pequeña ciudad a dieciocho kilómetros de allí. Dima la localizó en el mapa y transmitió por radio su ubicación al otro coche.

¿Una casa de té? ¿Y qué me dices del desayuno? —fue la respuesta de Zirak.

En el primer cruce de caminos se encontraron con un control de carreteras. Dos camionetas con las letras PLR, pintadas apresuradamente en los laterales, estaban atravesadas en la carretera dejando un estrecho paso, y dos hombres con la insignia del PLR prendida en sus chaquetas, llevando cada uno un AK, controlaban el acceso.

Desde la parte de atrás Dima dio instrucciones a Vladimir.

—Frena tarde y de golpe. Finge que estás furioso.

Vladimir resopló.

—Tienen aspecto de que los han reclutado hace diez minutos.

Antes incluso de que el Peykan se detuviera, Dima estaba fuera del coche, gritando furiosamente en farsi.

—¿Son ustedes la escolta? Muevan inmediatamente esas camionetas y llévennos hasta Kharvanah. ¡Ya!

Los guardias se miraron el uno al otro.

—¿No saben quién soy?

Dima sacó su sobado pasaporte iraní.

—¿Saben qué está pasando? —Hizo un gesto furioso hacia las colinas detrás de ellos—. Que un pelotón entero de insurgentes extranjeros está en esas colinas, eso es lo que pasa. Deberían estar buscándolos y no deteniendo a oficiales superiores del PLR. ¿Quién es el oficial al mando? —Dima sacó su teléfono—. ¡Voy a llamarle ahora mismo!

Los guardias volvieron a mirarse entre sí. El más alto hizo una ligera inclinación.

—Le pido perdón por no haberle reconocido, Señor.

—Así que no son la escolta. Vaya desorden. Muevan esas camionetas. Déjennos pasar. Y háganlo ya.

De vuelta en el coche, Dima se rio mientras contemplaba por el retrovisor cómo los guardias retrocedían.

—¿Qué tal lo he hecho?

Vladimir, al volante, se encogió de hombros.

—Podrías haber agitado más los brazos.

—La próxima vez lo harás tú.

—¿Dónde demonios está Kharvanah?

—Que me aspen si lo sé.

La calle principal de Meliksah estaba llena de baches y polvorienta, sin aparentes daños causados por el terremoto, a pesar de que todo el lugar parecía muy descuidado. No había gente a la vista, excepto una pareja de viejos sentados en un banco bajo un ciprés, que se quedaron mirándoles cuando descendieron de los coches.

Todas las tiendas estaban cerradas con tablones y las persianas echadas. Definitivamente demasiado tranquilo. Gregorin se ofreció para echar un ojo a los coches. Kroll se llevó una radio para poder estar en contacto. El salón de té estaba en un primer piso al que se accedía por un estrecho tramo de escaleras. El interior estaba muy animado, con algunos hombres tomando té en las mesas. Cuando Dima entró, todo el mundo dejó de hablar y le miró. Zirak hizo una inclinación y habló primero. En cuanto escucharon su acento y que mencionaba el nombre de Darwish parecieron perder interés y retomaron sus conversaciones.

Un hombre orondo con delantal apareció por las escaleras y les saludó como si fueran hermanos a los que no veía hacía tiempo. Acto seguido, Darwish entró en la habitación.

—Querido Zima —dijo Darwish, abrazándole y recordándole su viejo alias—. Ven, he reservado una habitación.

Le siguieron por un pasadizo hasta una habitación de techo bajo con las paredes desconchadas. En ella solo había un par de bancos y una antigua rueca, además de unas pocas gallinas que correteaban alrededor, picoteando el serrín que cubría el suelo.

El propietario del café les trajo una bandeja de té con pequeños vasos y una fuente con tortas de harina, queso local fresco, mermelada, granadas e higos. Zirak apenas podía contenerse.

—Por favor, aceptad mis disculpas por el estado de esta habitación —dijo el dueño del café.

—No, no, es perfecta. Tu hospitalidad es más que generosa.

Darwish esperó a que se marchara y cerró la puerta tras él echando el cerrojo. Cualquier rasgo de afabilidad desapareció. Levantó las manos al aire como si implorara a Alá.

—Esto es un gran, un gran problema.

—Y que lo digas —declaró Dima.

Darwish frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—Ya se ha dado una alerta por vosotros. No hay descripciones, solo un grupo de extranjeros, todos armados. Pero hay orden de disparar sin previo aviso. Se ofrece una gran recompensa para quien informe sobre vosotros, y otra aún mayor por vuestros cuerpos. Os aconsejo sinceramente que crucéis la frontera cuanto antes. El PLR se está aprovechando de las consecuencias del terremoto para apoderarse de todo el país.

—Has dicho «extranjeros». ¿Por qué no rusos? Deben de saber nuestra nacionalidad.

Él sacudió la cabeza con fuerza.

—No, no. Es todavía más astuto. Están diciendo que sois insurgentes respaldados por los americanos. Hace mucho más efecto en la gente, y refuerza el apoyo al PLR.

Agitó la cabeza disgustado y les miró con pena.

—Hasta el momento estáis haciendo el juego a Al Bashir. Lo que habéis hecho... —Señaló en la dirección del recinto—. Eso solo ratifica sus declaraciones sobre una incursión extranjera, que él utiliza para tenernos más atrapados. ¿Por qué habéis dejado que pasara?

Se apretó la frente y cerró los ojos.

Dima pasó un brazo por sus hombros.

—Lo primero de todo, gracias por arriesgar tu vida para vernos. No lo olvidaremos. Pero todavía no volvemos a casa. ¿Qué sabes de Amir Kaffarov?

Los ojos de Darwish se estrecharon.

—Antes de que apareciera Kaffarov, la gente como yo, progresistas que queríamos el cambio, simpatizábamos con Al Bashir creyendo que él también buscaba lo mismo. Un cambio pacífico. Pero ahora Al Bashir ha perdido interés en construir una coalición que le apoye, y cada vez resulta más claro que lo que quiere es todo el poder para sí mismo y su camarilla. Ahora solo se trata de demostrar poder, de enseñar su fuerza. Algunos lo achacan a Kaffarov. Kaffarov, que llegó cargado con sus mercancías y ha conseguido que Al Bashir sea un adicto a ellas. Al más mínimo problema en nuestra zona, él volverá y... —Hizo un gesto de aplastar con la mano—. Así que, Zima, estamos tratando de evitar problemas a toda costa. Debes irte.

Dima sostuvo su mirada.

—Aún no.

Darwish empezó a protestar pero Dima le puso un dedo en los labios. Le habló del equipaje letal de Kaffarov y de la reunión suspendida con Al Bashir.

—El tiempo no está de nuestra parte. Necesitamos acceder a alguien que esté en el corazón de los Altos Mandos del PLR. Necesitamos información a ese nivel. Alguien a quien podamos presionar.

Giró la cara de Darwish hacia él.

—Tú eres un hombre influyente. Conoces gente. Puedes ayudar.

Darwish sacudió la cabeza. Cogió el vaso que estaba frente a él y se lo bebió de un trago, como si fuera su última bebida en la tierra.

—Un último favor, por los viejos tiempos.

—Zima, eres como un hermano para mí. Sabes que moriría por ti, pero...

—Todos vamos a morir si no encontramos esa bomba.

Los brazos de Darwish se elevaron y cayeron.

—La lealtad a Al Bashir se sostiene por el miedo. Todo este tiempo ha sido un líder popular, la gran esperanza de nuestra nación. Pero ahora... —Sacudió la cabeza con desesperación—. Muchos de sus viejos aliados han sido liquidados. La gente que le rodea actualmente son... extranjeros.

—Sí, lo sé. Influencias extranjeras. ¿De qué tipo?

—Ya sabes lo que es Teherán, siempre llena de rumores. Algunos dicen que es un hijo secreto que apadrinó en el extranjero.

Por ese camino no llegarían a ninguna parte. Había que halagarle. Dima sonrió.

—Darwish, tú eres el hombre que conoce a todo el mundo, tienes muchos parientes influyentes... ¿Tal vez uno de ellos?

La simpatía no estaba funcionando. Darwish sudaba copiosamente, entre temblores. Mostraba todos los síntomas de un hombre que se ha metido en algo que hubiera deseado no hacer.

—Me pediste que hiciera las fotos. Por los viejos tiempos. Bien. Era peligroso pero lo hice. Después estrelláis los helicópteros, y matáis a mucha gente. Ahora me pides que traicione...

Dima le interrumpió, aún con simpatía.

—Eres un agente, Darwish, muy bien conectado. Hasta ahora has jugado muy bien. Muy pocos de nosotros conocemos tus verdaderas lealtades. El hecho de que hayas podido reunirte con nosotros al descubierto, en un momento de emergencia nacional, me dice que, incluso ahora, piensas que no tienes nada que temer del PLR. Nadie tiene por qué saber tu papel. Esto no es solo por mí; es por tu país. Piénsalo.

Darwish lo estaba pensando, pero no en la dirección en que Dima quería que lo hiciera. Aún no. Siguió apretándole aunque esta vez con más frialdad.

—No tenemos tiempo de empezar con indagaciones, de tantear a la gente, vigilar, encontrar sus debilidades, comprometerles. En vez de semanas o meses, solo tenemos días, tal vez horas, para encontrar a Kaffarov y sus bombas. Hermano, no me hagas presionarte más.

Darwish se apartó, con un último coletazo de indignación.

—Me estás chantajeando. Después de todo lo que he...

Dima lo silenció con una fría mirada. Su relación siempre había sido desigual. Mientras se hacía pasar por un instructor de las Fuerzas Especiales rusas para la Guardia Revolucionaria, Dima había actuado como supervisor de Darwish, conduciéndole como una valiosa y privilegiada fuente de información hasta el interior del gobierno. La importancia de sus averiguaciones había sido incalculable y Darwish había sido recompensado con creces. Su coartada nunca se desveló, pero siempre supo que estaría toda su vida en deuda con Dima.

Dima aumentó la presión.

—Alguien muy cercano a Al Bashir que pueda conocerlo todo sobre Kaffarov. Sabemos que tienen relación porque estaba previsto que se reunieran en persona, ayer por la noche. Y si Al Bashir estaba preparado para viajar hasta aquí y encontrarse con él, eso significa que considera a Kaffarov valioso. Muy valioso. Vamos, Darwish, piensa en los viejos tiempos. «Todo es posible», ese era tu mantra. «Todo lo que necesites, Zima, lo tendrás». ¿Lo recuerdas?

Derrotado, Darwish dejó caer su cabeza en sus manos. Y después de unos segundos se puso en pie.

—Cinco minutos, por favor.

Después de que Darwish saliera de la habitación, Vladimir fue el primero en hablar.

—Bonito espectáculo, Dima. Si no te importa que lo pregunte, ¿qué nos va a traer todo esto?

—Ya lo veréis. —Dima se cruzó de brazos.

Entonces fue el turno de Kroll.

—Puesto que vamos mal de tiempo, ¿no sería más rápido partirle las piernas?

Dima miró a Zirak, que estaba masticando pensativo su pan.

—¿Qué tienes en mente?

—Esta mermelada no es tan buena como la de mi madre.

Dos minutos más tarde, Darwish estaba de vuelta. Traía en la mano una fotografía de boda y una tarjeta de visita. Dejó la foto en la mesa y señaló al novio, un apuesto gigantón de cuarenta y pocos años de rostro severo. Junto a él una triunfante y sonriente novia.

—Este es Gazul Halen. Es el número tres de Al Bashir. A cargo de la inteligencia.

Dima se acercó la foto, estudiando el rostro.

—¿Cómo contactaremos con él?

Darwish trazó un círculo con su dedo índice rodeando a la novia.

—Ella es mi hija, Amara.

7. Armas de destrucción masiva. (N. de la T.)