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Moscú
Poco después de las diez y media de la noche eran conducidos hacia el aeropuerto Domodedovo de Moscú en el Rolls de Bulganov. Acomodado en el asiento trasero, Dima se preguntaba si la extraña ausencia de ruido se debía a los cristales a prueba de balas o a que sus oídos se habían quedado dañados por el tiroteo. Kroll iba sentado delante junto al chófer, observando cada indicador y cada dial del salpicadero con evidente placer. Detrás, con Dima y Omorova, estaba Bulganov en persona.
Había sido reclutado a última hora para la misión. Dima era un hombre marcado. Habían puesto precio a su cabeza con instrucciones de dispararle en cuanto le vieran. Salir de Moscú hacia París, con una orden internacional de arresto, solo era posible con la influencia de Bulganov y en su jet privado. Este encendió un nuevo puro y soltó dos vaharadas de humo por los orificios nasales, sus ojos brillando de excitación. Bulganov no era amigo del régimen vigente en el Kremlin; Dima sabía que había llamado a una puerta abierta. Pero, como siempre, Bulganov tenía su precio. Mientras estaban subiendo al coche le anunció a Dima cuál era.
—Quiero ir con vosotros, ¿de acuerdo? O no habrá trato.
—Por supuesto —mintió Dima.
Omorova le había puesto una mirada de esfinge que significaba: «¿Va a dejar que este tipo juegue a buenos y malos con usted? No puede ser verdad», y Dima había respondido con un ceño inconfundible que decía: «No sea absurda: por supuesto que no». No tenía ni idea de cómo detenerle, pero estaba seguro de que algo se le ocurriría para librarse de Bulganov una vez que estuvieran en París. Después de todo, había sido adiestrado para tratar con lo inesperado.
Tal vez la presencia de Omorova estuviera incentivando el humor expansivo de Bulganov, que no paraba de hablar.
—¿Sabes cuál es el problema con la Rusia postsoviética? Todo el mundo puede ser señalado por haber robado algo de alguna parte. —Dio otra calada a su puro, llenando el coche con más humo—. Es un hecho. Yo soy más rico de lo que nunca soñé, pero también sé que todos los cristales antibalas del mundo no pueden impedir que vaya a prisión si caigo en desgracia con el Kremlin. De modo que necesito tener algo sobre ellos para que me dejen tranquilo.
Miró aprobadoramente a Omorova.
—Tengo razón, ¿verdad Katya?
Dima se dio cuenta de que ni siquiera había averiguado cuál era el nombre de pila de ella. No tenía arreglo. Ella proyectó su mejor sonrisa hacia Bulganov. Si alguien podía persuadirle de quedarse en Moscú esa era ella. Pero Bulganov estaba disfrutando de cada segundo.
—¿Sabes una cosa, Dima? Te envidio.
Esto se está poniendo ridículo, pensó Dima, tal vez está queriendo presumir delante de ella.
—Haces estas cosas. Te importa un bledo el dinero. Tener dinero es una carga. No te deja en paz. Es como un bebé. Necesita veinticuatro horas de atención los siete días de la semana. Tú, tú no tienes nada de lo que preocuparte. Eres libre.
Dima decidió no entrar al trapo. Había demasiadas cosas en su cabeza ahora mismo. Solomon cada vez ocupaba más sus pensamientos. Si no se concentraba, todos sus problemas y disgustos podían quedar minimizados ante una catástrofe inimaginable, y no tendría a nadie a quien encontrar en París.
Había, además, otra preocupación en su cabeza: Blackburn. Había pagado un precio muy alto por salvar la vida de Dima. Se inclinó hacia Omorova.
—¿Cree que el mensaje llegará?
Omorova suspiró.
—No puedo garantizarlo. Hace mucho tiempo que nadie utiliza ese canal. Solo podemos confiar en que así sea.
El Rolls se deslizó por la puerta VIP del aeropuerto hacia el jet de Bulganov que les esperaba.