16
Bazargan, norte de Irán
Todos contemplaron la carnicería. Vladimir fue el primero en hablar, dirigiéndose a Gregorin.
—Bueno, al menos acabaste con los ejecutores.
—Y no ha llovido.
Ninguna situación era demasiado mala para que Vladimir no le sacara alguna nota de humor por macabra que fuera. Pero esta vez fracasó, no consiguiendo provocar ni una sonrisa. Finalmente todos los ojos se posaron en Dima. Estaba rígido, lleno de rabia contenida.
—Haced lo que podáis. Vamos a bajar ahí. Intentaré recuperar el escáner de Shenk.
El humo se arremolinaba a su alrededor, una mezcla acre de petróleo quemado, goma y carne. Los altos muros habían atrapado aquel infierno, conteniendo y concentrando el calor como en una cafetera. Durante varios segundos, a medida que las llamas alcanzaban la munición que aún no había estallado, se produjeron pequeñas explosiones y llamaradas.
El primer pensamiento de Dima, uno que se repetía con bastante frecuencia, fue: ¿Cómo se puede proclamar que estos hombres no mueren en vano? Aquellos que murieron defendiendo Moscú de Hitler, esos, ciertamente no murieron en vano, ni tampoco los que cayeron en la batalla por Berlín. Pero ¿las tropas soviéticas de Afganistán? Se había prometido a sí mismo que, cuando fuera demasiado viejo para seguir con este trabajo, escribiría un libro analizando los desastres militares rusos de todo tipo, grandes y pequeños. Más vale que empieces cuanto antes, había dicho Kroll. Puede que te lleve bastante tiempo analizarlos todos.
¿Qué había salido mal aquí? Todo: empezando por él mismo consintiendo en ser chantajeado para aceptar y dejar que Paliov interfiriera en el planteamiento y la ejecución. Paliov, aterrorizado por el fracaso, había conseguido exactamente eso, al no cederle el control de toda la operación. Dima nunca habría tenido a Shenk cerca del recinto, un hombre que, sin duda, era competente manejando toda clase de dispositivos nucleares en cualquier parte, excepto en el fragor de la batalla. Y dado que el tiempo no estaba de su lado, solo había realizado un mínimo de vigilancia. Había obtenido un montón de datos que parecían contarlo todo, pero que al final no decían nada, especialmente el dato clave: por qué el recinto, lejos de ser un escondite apenas poblado, era de hecho una base importante del PLR.
Miró a Gregorin y a Zirak, ambos con el rostro color ceniza mientras iban de cadáver en cadáver buscando en vano supervivientes. Ambos conocían a la mayoría de esos hombres, les habían enseñado cuanto sabían. Tendrían buenas razones para estar furiosos con él por permitir que aquello sucediera.
La carcasa del Mil de Shenk estaba rodeada por las llamas, su cola apuntando directamente hacia el aire. A través de la puerta abierta pudo ver a Shenk en su asiento, colgando de las correas, la cabeza apoyada en el pecho, como si se hubiera quedado dormido en medio del jaleo. Solo el impacto habría sido suficiente para acabar con su vida. Vio el escáner colocado en el mamparo que había frente a él. Una nueva cortina de llamas brotó entre medias. Dima se precipitó entre las llamas, trepó por el fuselaje y agarró el escáner. Estaba atascado. Se acercó más, y puso ambas manos a su alrededor.
—¡Dima, joder! —El agudo chillido de Kroll apenas se escuchó por encima del rugido de las llamas. Dio un último tirón y el aparato se soltó de golpe, el impulso mandándole contra las llamas. Rodó a través de ellas y consiguió saltar justo cuando todo el aparato estalló, incinerando a Shenk y a lo que quedaba de su tripulación.
Dima se escuchó dirigiéndose a su equipo.
—Encontrad al tipo al que estaban colgando: necesitamos confirmar que se trata de Kaffarov. Si no lo es, quiero asegurarme de que estaba siendo colgado contra su voluntad. Quiero confirmación de que hay —o había— dispositivos nucleares aquí. Necesitamos la información para ya: no me importa cómo la obtengáis. Vamos. —Entregó el escáner a Kroll—. Haz que funcione.
Gregorin y Vladimir tenían apartado a un hombre herido. Este había salido rodando hasta un espacio entre la estructura y el muro, donde quedó protegido tanto del tiroteo como del infierno desatado a su alrededor. Allí tendido, sangrando, con tres rusos armados de pie frente a él, tenía todos los incentivos para hablar, pero un torrente de insultos en farsi les indicó que su orgullo iba a ser un obstáculo.
—¡Muy bonito!
—¿Acaso fue la zorra de tu madre quien te enseñó esas palabras?
Zirak levantó una mano, dio un paso hacia él y sacó un cuchillo. Fue cortando la chaqueta y los pantalones del hombre, y luego sus calzoncillos. No había ningún signo de que fuera a parar. El hombre empezó a retorcerse, igual que el prisionero al que habían estado arrastrando a la horca hacía tan solo unos minutos. Zirak cogió los testículos del hombre y presionó la hoja del cuchillo contra ellos.
—¿Hambriento?
El hombre se orinó encima, mojando las manos de Zirak. Este le apretó los huevos con más fuerza, aunque no lo suficientemente como para que se desmayara.
—Está bien, podrás tomarlos con salsa.
La rabia y la indignación desaparecieron del rostro del hombre. Aún seguía contorsionándose, pero ahora estaba gimoteando, susurrando algo a Zirak.
Al acercarse hacia ellos, Dima sintió algo contra su bota. Una mano alargándose. Miró hacia abajo. Quienquiera que fuera, estaba irreconocible, sus facciones arrasadas. Con su otra mano, el hombre herido agarró el cañón del AK de Dima y, enroscando el único dedo que le quedaba alrededor de la boca, lo dirigió contra su cabeza. Dima entendió su súplica. Una bala y la agonía del hombre terminó.
Zirak limpió su cuchillo en la manga del prisionero y se lo enfundó. Se volvió hacia Dima.
—Muy bien. Esta es su versión, así que habrá que tomarla con pinzas. Dice que a partir de mañana se suponía que esta iba a ser la base regional del PLR para el nordeste. Supone que a estas alturas el PLR se ha hecho con el control de todo el país y que Al Bashir ha jurado el cargo de Presidente y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. El hombre al que estaban a punto de ahorcar era el comandante del distrito, que había intentado organizar una resistencia, y los tíos de los camiones eran sus seguidores.
—¿Y qué pasa con Kaffarov?
—No parecía significar nada para él.
Esto no podía estar bien.
—Pregúntale si ha visto el Mercedes SUV.
Dima advirtió un destello de reconocimiento en el rostro del hombre. Sacó su cuchillo, se inclinó, y colocó la punta de la hoja justo debajo del ojo izquierdo. El hombre respondió en un ansioso ruso chapurreado.
—No saber nombre, nunca oír, por favor por cabeza de mi hija. —Empezó a asentir frenéticamente—. Yo visto Merc Jeep.
—Debería preocuparte algo más que la cabeza de tu hija. Levántate.
Vladimir lo puso en pie.
—Enséñame el centro de operaciones.
El hombre parecía confuso. Zirak se lo tradujo y entonces señaló a la entrada, detrás de la cual asomaba un tramo de escaleras.
—Que venga con nosotros.
Con Dima al frente, lo arrastraron a través del patio, pasando por los carbonizados restos de hombres y máquinas. La escalera estaba en penumbra. Nunca había conseguido llegar tan lejos como para cortar la electricidad del recinto, pero la conflagración debía de haberla inutilizado. Dima hizo un gesto a Gregorin para que se adelantara y este corrió sigilosamente escaleras arriba. Luego llamó a Dima para que le siguiera. Una puerta metálica, sin pomo ni mirilla. Gregorin se sacó el casco, y pegó la oreja contra la puerta, señalando con sus dedos: cinco, y luego otros cinco.
Dima llamó a los otros e hizo señas a Gregorin para que se colocara detrás de él. Cuando estuvieron todos alineados, Dima voló el marco de la puerta con su Dragunov y luego deslizó el arma justo por sus bisagras y disparó de nuevo. Cuando el marco se astilló, disparó hacia la habitación y esperó. No hubo respuesta. Echó un vistazo por la abertura. Gregorin tenía razón. Al menos diez hombres habían buscado refugio, la mayoría vestía una especie de uniforme, pero había tres en ropa interior. Debían de estar dormidos cuando los helicópteros aparecieron.
—¡Al suelo, boca abajo! —ladró en farsi—. Brazos y piernas separados donde pueda verlos. Hay cientos de hombres muertos ahí fuera. O cooperan o morirán también.
Posó la boca caliente de su Dragunov contra la sien de uno de los hombres en calzoncillos. El hombre dio un respingo.
—Kaffarov. ¿Dónde?
—Ido.
—¿Dispositivos nucleares?
No hubo respuesta para eso. Qué desperdicio. Todo su esfuerzo, todos sus planes para nada. Dima notó cómo la poca paciencia que le quedaba se evaporaba.
—¡No, no, por favor!
Apuntó a la cabeza del hombre, apretó el gatillo y, en el último segundo, giró el cañón una fracción a la izquierda mientras disparaba. El hombre se desplomó de lado, los restos de su oreja deslizándose por un costado de su cara.
—Está bien. ¿Están escuchándome, inútiles trozos de mierda? Dispararé contra todos los de esta habitación salvo que obtenga las respuestas que busco. El que esté al mando que levante la mano. ¡Ya!
Un hombre de pelo gris levantó la vista hacia él. Los ojos de Dima se clavaron en los suyos. Se agachó, agarró al hombre por el cuello y le puso en pie.
—El resto que salga y hagan lo que puedan por esos pobres bastardos de ahí fuera. Váyanse. ¡Ya!
Se levantaron y Kroll les sacó de la sala.
Dima se volvió hacia el hombre de pelo gris, que sonrió débilmente.
—¿Camarada Mayakovsky?